Aranguibel en Kys FM: “Las elecciones internas del PSUV fueron un éxito”

movilnet

Alberto Aranguibel en entrevista con Carlos Román Chalbaud por Kys FM este lunes 24 de noviembre de 2014: “Las elecciones del PSUV fueron todo un éxito”

Oiga aquí la entrevista completa:

PARA SMARTPHONES

El viejo lamento de los “perseguidos”

- Publicado en el Correo del Orinoco el 24 de noviembre de 2014 -
Romulo_Betancourt_Life

Por: Alberto Aranguibel B.

La supuesta persecución por parte de la dirigencia revolucionaria contra las ideas radicales que encarnaría el trotskismo (para el trotskismo toda dirigencia revolucionaria es siempre una desviación pequeño burguesa y toda referencia que de él se haga por cualquier medio escrito o radioeléctrico sería una persecución), ha terminado por ser el mayor activo político de ese sector divisionista desde la muerte misma de Lenin en enero de 1924, e incluso desde mucho antes. El asesinato de Trotsky no fue sino un potenciador de ese activo, a pesar de lo incongruente que resultó siempre para el mundo la versión de un crimen supuestamente ordenado por Stalin, a quien según esa tesis y de forma completamente ilógica no le habría resultado práctico el exterminio del vetusto menchevique en el propio territorio ruso pero sí le habría parecido conveniente hacerlo en el otro lado del planeta 16 años después (1940) de fallecido Lenin cuando ya, entregado como estaba a las veleidades de la vida tropical, el anciano no representaba peligro alguno para nadie.

El discurso de la persecución más que un discurso es un arma de guerra utilizada por los trotskistas para victimizarse y procurar la solidaridad automática de la militancia, aquella sólidamente formada en la lealtad a las ideas revolucionarias y en los más nobles sentimientos de amor hacia el desvalido, como parte fundamental del proceso de captación de las bases de la estructura política no a partir del trabajo de profundización de la lucha revolucionaria organizada sino desmotivándola (o incluso predisponiéndola abiertamente contra la dirigencia natural de la organización), tal como lo establece la doctrina trotskista de la “revolución permanente”.

El objetivo fundamental de la victimización con la que se presentaron siempre los divisionistas ha sido el de inhibir o silenciar la respuesta política de sus adversarios, procurando con ello la deslealtad de la militancia hacia su propio partido (exactamente el mismo propósito de la derecha contra las alocuciones del Comandante Chávez). El principio básico de esta filosofía, es que del trotskismo no se podrá nunca hablar salvo que sea para respaldarle o elogiarle. Cualquier otra opción de argumentación en contrario será entendida en todo momento como una brutal persecución por parte de la “burocracia burguesa”, como ellos le llaman. Probablemente la más escueta y cobarde elaboración ideológica que corriente política alguna se haya formulado jamás.

El trotskismo procura siempre insertarse a lo interno del partido, en los órganos de base, difunde sus ataques contra la dirigencia por todos los medios a su alcance, asalta las asambleas en las fábricas, en los colectivos, en los centros de estudio, en las plazas públicas. Su inconsistencia y su deslealtad al proyecto revolucionario los lleva a ser persistentemente rechazados por esas bases, por esos trabajadores, por esos estudiantes, pero ellos no perciben en eso rechazo alguno sino persecución (igual que los guarimberos que se molestan con los vecinos que no se suman a su irracional forma de lucha).

En eso, el uso de una melcochosa retórica pseudorevolucionaria que contribuya a generar confusión y desconcierto entre la militancia es un recurso estratégico muy bien calculado, que permite captar el natural descontento que debe producirse en las sociedades en transición hacia el socialismo (el momento de crisis de la sociedad del que tanto habló el comandante Chávez citando a Gramsci). Para algunos es mucho más rentable políticamente pasarse al bando de los inconformes que sumar esfuerzos por superar las coyunturas más exigentes de la batalla.

Con ese recurso del radicalismo de izquierda, políticos de gran renombre terminaron sus días como baluartes de la guerra imperialista contra la soberanía de los pueblos, particularmente en la Latinoamérica saqueada por la dominación económica y asolada por el gorilismo impuestos durante más de un siglo en nuestros países desde el norte. De todos ellos, sin lugar a dudas uno de los más conspicuos fue Rómulo Betancourt.

Convertido a la larga en “padre de la democracia” por los sectores más reaccionarios de la política venezolana, el mismo de la criminal doctrina del “disparen primero y averigüen después”, quien en 1961 se jactara ovacionado en mítines públicos por la muerte de miles de venezolanos asesinados a mansalva por su gobierno, Betancourt fue uno de los más fogosos defensores de las ideas comunistas en la Venezuela rural de principios del siglo XX, a partir de una concepción marxista-leninista de inequívoca inspiración ultraizquierdista que le llevó incluso desde su más temprana incursión en la política a acusar de “oportunista” al mismísimo comité central del partido comunista.

Ya en 1932, en carta a Mariano Picón Salas (a quien le recomienda la lectura de El Materialismo Histórico, de Bujarin), Betancourt presenta su idea para la creación de una organización de corte mucho más radical que los movimientos revolucionarios conocidos hasta entonces en el país: “¿Le parece bien que demos a nuestra organización el nombre de ARDI, Agrupación Revolucionaria de Izquierda? En él están de acuerdo los compañeros de por aquí (Costa Rica). Creo que abarca nuestras tendencias como “grupo” que aún no es partido –ni conviene definirse como tal hasta no tener una labor hecha y una plataforma bien estructurada- que es revolucionario, pero no del tipo clásico del revolucionario antigomecista, sino de nuevo cuño, de filiación izquierdista y socialista”, le dice.

Ese mismo año, en carta a Leoni y Montilla, escribe: “Leo muchísimo y casi exclusivamente obras revolucionarias. He terminado por castrar todas las otras vocaciones entre ellas la “novelística”. Últimamente he leído Impuesto en Especie, de Lenin; La Revolución democrática y el proletariado, del mismo; el Manifiesto, en una magnífica edición, con notas de Riazanof; La Historia de la Comuna, de Lissagaray; La Historia de la Revolución Rusa, de Trotsky. Sobre El Capital tengo que estar a diario para preparar las lecciones para los obreros”. Según Arturo Sosa A., en su Introducción al tomo sobre el comienzo del Debate Socialista en Venezuela, de la colección El Pensamiento Político Venezolano del Siglo XX, toda esa literatura “era comparable a la mejor formación que en ese campo podía obtener un dirigente del Partido Comunista Francés en esa época”.

En otra carta, esta vez a Valmore Rodríguez, Betancourt sostiene: “Para nosotros sólo hay un partido posible, y es el P.C. (Partido Comunista), con su línea leninista firmemente establecida, sin filtraciones de ningún género…”.

Sin embargo, la progresión hacia las ideas socialdemócratas hacia las que se fue desplazando sinuosamente el fundador de Acción Democrática, no tardaría mucho en hacerse evidente.

Movido por los cuestionamientos del trotskismo a la línea de la III Internacional, propone su ruptura con la dirigencia del partido pero sin abandonar todavía esa trinchera como plataforma. “O bien constituimos dentro del PCV un ala oposicionista (¿Marea Oposicionista?), o bien constituimos nosotros, al margen de la III, un partido revolucionario, nómbrese o no comunista, en lucha abierta contra la burguesía criolla e imperialista, y aspirando a capturar el poder para desarrollar desde él un programa mínimo revolucionario”, sostiene.

Ya a finales de aquel año, en carta del 15 de agosto al mismo Valmore Rodríguez, deja perfectamente claro su propósito de desconocer a la dirigencia revolucionaria, en los siguientes términos: “Este grupo trabajaría por fortalecerse teóricamente, por difundir propaganda dentro de Venezuela, por reclutar dentro y fuera del país simpatizantes con nuestra línea; y ya regresados al país, constituir el núcleo inicial de un partido revolucionario, frente único de clases explotadas y el cual sería controlado exclusivamente por nosotros, por un estado mayor de revolucionarios intransigentes en cuanto a la aspiración última de la lucha –más concretamente por comunistas- que le evitarán desviaciones oportunistas a la organización”.

Pareciera, como reza el bolero del inmortal Felipe Pirela, que la historia vuelve a repetirse. Los contrarrevolucionarios de izquierda han decidido activarse hoy en Venezuela mediante una propuesta fraccionalista que favorece más que a nadie y de la manera más inequívoca a la derecha y a los planes intervencionistas del imperio norteamericano en nuestro país. Su discurso falaz sobre el acoso y la persecución de la que serían víctimas evoluciona ya (como lo hiciera Rómulo en su momento) a la posibilidad de presentarse de manera abierta como partido político independiente, en franco desconocimiento al llamado del Comandante Supremo en función de la unidad.

El Señor se apiade de sus almas.

@SoyAranguibel

Sobre la crítica según Cortázar

- Publicado en sietealacarta.com.ve el 19 de noviembre de 2014 -

cortazar_critica

Por: Gipsy Gastello

No cabe duda de que vivimos tiempos huracanados y confusos. Sin la presencia física del Comandante Chávez, una ausencia que jamás dejará de dolernos, nuestros estados de ánimo se revuelven y retuercen. De eso se aprovechan quienes detractan a la Revolución Bolivariana para envolvernos en una polvareda de angustia y decepción.

Somos un pueblo despierto y protagónico, consciente y luchador. Por lo tanto, no somos presa fácil para aquellos que pretenden doblegarnos a punta de guerras económicas y malversaciones mediáticas despiadadas. Y en medio de la lealtad absoluta que nos pidió el Comandante Chávez aquel 8 de diciembre para apoyar a nuestro Presidente Obrero Nicolás Maduro, también está nuestro criterio ejercitado, nuestro libre albedrío, nuestro derecho a opinar y a decidir, nuestro derecho a ser escuchados.

Sin embargo, en estos tiempos huracanados el ejercicio de la crítica y la autocrítica es un terreno movedizo y plagado de fragilidades que pudieran, más que sumar, restar voluntades. La derecha sabe dónde golpear y es allí, en esa certeza del otro que pretende arrodillarnos, donde debemos recordar más que nunca que solos somos una gota y que juntos somos aguacero, tal como decía el Comandante Chávez. Y no me malinterpreten, que no salten los puristas a sentenciarme con que el silencio no es la solución. Callarnos jamás, eso ni imaginarlo. Pero sí ejercitar la crítica y la autocrítica para construir y no para destruir.

No soy quien para definiciones de este tipo y mucho menos en un panorama tan sensible. Pero echo mano al gigante de la literatura, Julio Cortázar, para que me ayude en esta breve nota. En el libro recientemente editado por El Perro y La Rana, bajo el título Testimonios de una escritura política, Cortázar se detiene en este tema. En un capítulo llamado Los grados de la crítica, el argentino dice:

“Me muevo en el contexto de los procesos liberadores de Cuba y de Nicaragua, que conozco de cerca; si critico, lo hago por esos procesos y no contra ellos; aquí se instala la diferencia con la crítica que los rechaza desde su base; aunque no siempre lo reconozca explícitamente. Esa base es casi siempre escamoteada; prácticamente no se niega nunca al socialismo como ideología válida, mientras que se denuncian y atacan vehementemente los frecuentes errores de su práctica. A la cabeza (y a la vez en el fondo cuando se trata de Cuba) está la noción de la URSS vista como un régimen execrable; Stalin borra la imagen de Lenin, y Lenin la de Marx. Esa crítica no acepta el socialismo como ideología viable, y no lo acepta por las mismas razones que el capitalismo enuncia desembozadamente, así como éste supone un elitismo económico dominante e imperialista, esa crítica intelectual supone un elitismo ‘espiritual’ que se alía automática y necesariamente al económico. Pero eso, claro, no se dice nunca. El miedo signa esa crítica: el miedo de perder un status milenario.

Cuando no se tiene en cuenta esta opción básica, ese tipo de crítica puede convencer a muchos, y de hecho los convence, máxime cuando se hace con inteligencia y con el beneficio del prestigio que da una importante obra literaria paralela; ¿cómo echar en saco roto las críticas de un Octavio Paz, de un Mario Vargas Llosa? Personalmente comparto muchos de sus reparos, con la diferencia de que en mi caso lo hago para defender una idea del futuro que ellos sólo parecen imaginar como un presente, mejorado, sin aceptar que hay que cambiarlo de raíz”.

Con el desenlace actual de Mario Vargas Llosa, convertido en protagonista y bandera de la feroz derecha hispanoamericana, resulta interesante leer a un Cortázar militante de la izquierda, crítico constructor y defensor del socialismo. Ojalá tuviéramos todos esa mente brillante de Cortázar y su tino para diferenciar la crítica por el proceso y no contra el proceso. Hay una delgada línea -muy peligrosa- que separa a la una de la otra. Y en esa delgada línea, el miedo de algunos a perder su “status milenario”.

En la última entrevista que concedió Cortázar a la revista Siete Días, en febrero de 1984, hay una frase más que contundente que se las dejo a mis lectores y lectoras para que la guarden por allí: “Tiene que haber una crítica, una crítica generosa, que no sea una crítica desgraciada para jabonarle el piso al gobierno”. Creo que es necesario, hoy más que nunca, reflexionar en frío sobre esta gran afirmación del cronopio mayor.

@GipsyGastello

Fuente: sietealacarta.com.ve

El invariable empeño divisionista del trotskismo

- Publicado en el Correo del Orinoco el 17 de noviembre de 2014 -

IMG_1917.JPG
Por: Alberto Aranguibel B.

El clamor más angustiado del Comandante Chávez en su dolorosa despedida del 8 de diciembre de 2012 ante el país, no fue solamente la solicitud de respaldo del pueblo a Nicolás Maduro en las elecciones presidenciales que tendrían que hacerse para cumplir con lo establecido en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en caso de presentarse una “circunstancia sobrevenida” que lo inhabilitara. Esa fue quizás la más inesperada e impactante. La más vehemente súplica de aquella dura proclama fue el llamado a la unidad, por encima de todas las cosas.

Siendo, como hoy se le reconoce más que nunca, el más grande genio político de toda nuestra historia republicana, Chávez sabía que el trabajo más arduo era el de la consolidación perdurable de la unidad del pueblo en torno a una propuesta tan compleja y tan amenazada como la del socialismo, más aun cuando las fuerzas más retardatarias de la sociedad que adversan al chavismo cuentan con tantos recursos y respaldo imperialista como nunca antes en toda la historia. En el logro de esa unidad inquebrantable del pueblo, que impidió durante todo su mandato la arremetida invasora de las grandes potencias, estuvo determinado su liderazgo. Y él lo sabía.

El alerta contenido en la frase “No faltarán los que traten de aprovechar coyunturas difíciles para mantener ese empeño de la reinstauración del capitalismo, del neoliberalismo, para acabar con la Patria”, era más una premonición que una conseja. Su deslumbrante dominio de la historia y su destreza como político excepcional le permitían avizorar con claridad no sólo los riesgos sino las amenazas que se cernirían sobre el proceso bolivariano de no contar con su conducción.

La constante divisionista de la izquierda desde sus orígenes, era también con toda seguridad una preocupación que le mortificaba.

Desde mucho antes de aparecer Leon Trotsky en la escena política rusa a principios del siglo XX, las divisiones en la izquierda con base en la prepotencia y la arrogancia de intelectuales erigidos de la noche a la mañana en ideólogos revolucionarios fueron el fenómeno más recurrente en los grandes momentos de construcción del modelo socialista de justicia e igualdad social que desde siempre reclamaron los pueblos. Desde 1864, año de la instalación de la Ira Internacional, hasta después de la 2da Guerra mundial, las divisiones promovidas por radicales que cuestionaban indistintamente las concepciones del socialismo formuladas por Lenín, Engels o hasta por el mismísimo Carlos Marx, fueron una constante en el quehacer de la izquierda en el mundo. Pero sin lugar a dudas que a Trotsky y al trotskismo se deben las más resonantes, inútiles e irresponsables de todas cuantas ha habido a lo largo de más de un siglo de lucha revolucionaria.

A través del tiempo, los trotskistas han querido presentar una versión de la historia completamente tergiversada y amoldada a sus muy particulares intereses fraccionalistas, que nada tiene que ver con la realidad de los hechos que marcaron el devenir de la propuesta socialista. Hoy puede sostenerse con entera propiedad que el trotskismo, como propuesta revolucionaria, ha sido siempre y es hoy una completa farsa histórica.

Trotsky nunca fue revolucionario. Las dos corrientes fundamentales que promovían la transformación de Rusia a principios del siglo XX fueron los mencheviques, entre los que se encontraba Trotsky, tendencia pequeño-burguesa con una visión reformista de la transformación de la realidad, y los bolcheviques, la tendencia revolucionaria autóctona liderada por Lenin.

Los mencheviques se opusieron desde siempre a la manera revolucionaria en que los bolcheviques hacían política. Ya en 1904, en su texto “Nuestras tareas políticas” Trotsky acusaba a Lenin de “dictador”, “autócrata” y “revolucionario burgués”, dejando ver que sus manidas diferencias contra Stalin no se debían al supuesto “despotismo” con el que éste (según Trotsky) ejercía la política, ni a la supuesta traición de las raíces de la revolución por parte del líder bolchevique, sino que su conflicto era esencialmente contra la propuesta socialista, incluso desde mucho antes del inicio de la revolución bolchevique y, por supuesto, antes de fallecer Lenin. De hecho, esa infamante guerra de Trotsky contra Stalin es uno de los mayores aportes a la cultura anticomunista promovida desde entonces hasta hoy por el imperio norteamericano.

La razón por la que Trotsky se incorpora formalmente a las filas de la Revolución Bolchevique tiene su explicación en la necesidad política del alzamiento de 1917 gracias a la genialidad estratégica de Lenin. En vísperas de aquella rebelión popular contra el zarismo, Lenin entendía la importancia de la unidad de todas las fuerzas, ya fuesen revolucionarias, reformistas o progresistas, para asestar el último golpe al poder zarista en Rusia, pero sin perder de vista jamás el carácter contrarrevolucionario del pensamiento y el accionar de Trotsky. En las conocidas cartas que escribió el líder bolchevique antes de morir, Lenin sostenía la incapacidad de Trotsky para dirigir al partido comunista por su esencia “pequeño-burguesa”.

En los años que siguieron a la muerte de Lenin se llevaron a cabo intensos debates en el seno del Partido Comunista Bolchevique, en donde personajes como Trotsky expresaron de manera abierta sus ideas políticas. No existe ni una sola prueba histórica de que Trotsky fuese “botado arbitrariamente” del partido. Pero sí sobran las pruebas de que ni su propuesta ni él como líder jamás pudieron lograr el respaldo de las mayorías.

Como elemento clave en la farsa histórica que representa el trotskismo, se encuentra el hecho de que Trotsky catalogaba a la dirigencia revolucionaria de entonces como “traidores” al legado de Lenin y como “enemigos” del pueblo, pero cuando personajes como Bujarin y Zinoviev decidieron distanciarse de la propuesta socialista y se declararon enemigos del poder revolucionario establecido, estos fueron recibidos por Trotksy como grandes héroes, conformando con ellos la autodenominada “Oposición de izquierda”.

Desde el seno del partido, militantes y dirigentes combatieron a esa “Oposición de izquierda” con mucha fuerza, no por razones de intolerancia sino por razones políticas: al triunfo de la Revolución Lenin estableció firmemente la necesidad de que no existieran fracciones ni tendencias a lo interno del partido, idea que se plasmó en los estatutos del partido comunista.

La respuesta del trotskismo ante su incapacidad para ganarse al pueblo bolchevique fue entonces la de asumir el camino de la violencia fascista emprendiendo una serie de acciones de sabotajes en las empresas más importantes del Estado Soviético. Como demuestra claramente el autor Ludo Martens en su conocido texto “Otra mirada sobre Stalin”, los inspectores de fábricas conseguían arena, piedras y artefactos ajenos al proceso de producción a lo interno de la maquinaria laboral, colocadas ahí intencionalmente por agentes del trotskismo infiltrados en el movimiento obrero, para deteriorar los equipos y obstruir las labores en dichos espacios.

Sabotaje que alcanzaba dimensiones internacionales con propuestas innegablemente contrarrevolucionarias como las que expresa un manifiesto de la IV Internacional convocada por Trotsky en 1940, en el que se asumía la defensa de Rusia frente a la amenaza nazi de invadir el territorio ruso, pero se combatía a la vez a la “oligarquía de Moscú”, es decir al Partido Bolchevique. En el momento en que la Alemania nazi se proponía invadir a la URSS y masacrar al pueblo ruso, Trotsky proponía luchar contra su gobierno y debilitarlo. Ya entonces se conocían evidencias que demostraban la existencia de una alianza directa entre el nazismo y el trotskismo (el hijo de Trotsky, León Zedov, vivía en Alemania durante el nazismo), amén de las absurdas y torpes propuestas de clara orientación fascista que promovía la fraternización con los ejércitos invasores nazis por considerarles “trabajadores en uniforme”.

Esas y muchas otras razones llevaron a los principales dirigentes revolucionarios del siglo XX, Stalin, Mao Tsetung, Ho Chi Min, entre otros, a rechazar expresamente al trotskismo como corriente pequeño-burguesa, infiltrada siempre a lo interno de las revoluciones socialistas para dividirlas y acabarlas. Por ese afán divisionista, en Latinoamérica, particularmente en Argentina, Brasil, México y Uruguay, el trotskismo ha sido la causa más frecuente del fracaso de las luchas populares.

Pero el trotskismo y su afán divisionista sobrevive y es hoy una amenaza más junto a todas las que penden sobre la Revolución Bolivariana. Desmontar su trampa de la “autocrítica”, que solo persigue desprestigiar el liderazgo revolucionario (acusándolo, como hace 100 años, de “burócratas”, “autócratas” y “revolucionarios burgueses”) para desmovilizar a la militancia y abrirle así el paso al fascismo que pretende poner de nuevo sus garras sobre nuestra Patria, es una obligación impostergable de los hijos de Chávez.

@SoyAranguibel