El fabuloso botín detrás de la vivienda

GMVV

Por: Alberto Aranguibel B.

La promesa fundamental del capitalismo es sin lugar a dudas el carácter privado de la propiedad. La ilusión de poder que comprende la libertad de hacer con las propiedades lo que mejor le parezca a cada quien es un atractivo insuperable en la oferta de su modelo.

En una sociedad eminentemente consumista como la capitalista, la idea de la propiedad comunal o colectiva es poco menos que despreciable. De ahí la importancia que le otorgó el Comandante Chávez a la formación ideológica del pueblo como factor indispensable para la construcción del Socialismo Bolivariano. Para él el bienestar material, aún siendo un aspecto de suprema importancia para avanzar en la inclusión social, no era lo prioritario. Lo material, asumido de manera inconsciente, envilece y degrada al ser humano y lo hace víctima de su propia necesidad.

Aspecto relevante colocado por el Comandante en el Plan de la Patria para contrarrestar ese envilecimiento, es precisamente el de la ética bolivariana. “Para avanzar y consolidar la democracia participativa y protagónica –dice- se requiere afianzar el valor de la vida humana y su defensa, desde un plano fundamentalmente ético donde prive la solidaridad y el valor del ser por encima del valor capitalista del tener para ser, de consumir para existir”.

Por eso Chávez le imprimió a la vivienda un valor infinitamente superior al de su precio como inmueble al considerarla un Derecho Social en forma de hábitat integral que sirva para el desarrollo no solo del individuo o de su núcleo familiar, sino de la comunidad a partir del principio de vivir viviendo, en espacios urbanos dotados de servicios que aseguren el desarrollo pleno del pueblo y que resulten armoniosos con el medio ambiente.

Bajo esa concepción, Venezuela se ha convertido en una potencia mundial en construcción de viviendas de interés social subsidiadas por el Estado, alcanzando la cifra de un millón de casas y apartamentos destinadas principalmente a los sectores populares de más bajos recursos.

China, por ejemplo, la segunda economía y a la vez el país más poblado del mundo, con un ambicioso plan de construcción de siete millones de viviendas de interés social para el periodo comprendido entre el 2009 y el 2016, alcanza con ese descomunal plan solamente al 0,5 % de su población total (1.369.811.000 hab.), mientras que nuestro país, en apenas tres años y medio, arriba a un 3,2 % de sus casi treinta y un millones de habitantes (30.620.400 hab.).

La revolución popular china contempla que el terreno donde se edifiquen esas viviendas de interés social (ya sea mediante financiamiento del Estado o del sector privado) será siempre propiedad de la nación, que cede el derecho al usufructo como espacio para complejos habitacionales por un periodo de 70 años renovables. Es de ahí de donde surge la aviesa versión neoliberal según la cual en el socialismo no existiría la figura de la propiedad sobre la vivienda, lo que ha dado pie a décadas de infamias anticomunistas contra los modelos revolucionarios.

La idea de la preservación de la soberanía de las naciones sobre su territorio es contrario al propósito y razón de ser del modelo capitalista. Pero también lo es el derecho de los pobres a ser dueños de su propia casa.

La revolución bolivariana, que consagra constitucionalmente el derecho a la vivienda mediante varias modalidades de propiedad, ha avanzado en la conformación de un sistema de aseguramiento de la propiedad no solo de la misma sino del conjunto tierra, vivienda y hábitat, tal como lo establece la ley correspondiente: “El Estado desarrollará la naturaleza social de la ley, bajo parámetros de dotación de vivienda y hábitat dignos, trabajo productivo, calidad de vida y progresividad, que se expresará a través de la priorización del acceso a la vivienda según necesidades sociales de la población, la visión sistémica asumiendo la integridad entre tierra, vivienda y hábitat, el establecimiento de parámetros para la construcción de hábitat y viviendas dignos para la población, y una nueva visión de la vivienda como derecho social” (LRPVH/Art. 11).

¿Por qué entonces la derecha venezolana se empecina en la aprobación de una ley a todas luces inconducente e innecesaria como la que hoy propone en el parlamento?

Por supuesto que la razón fundamental es despojar a la revolución bolivariana de uno de sus más grandes logros como proceso de inclusión social único en el mundo, cuya eficacia se constata en la misma negación que durante años ha mantenido esa misma oposición obtusa y retrechera en contra de ese descomunal plan de inversión del ingreso petrolero en obra social.

Mediante el simple mecanismo de poner la facultad parlamentaria al servicio de la demagogia para entregar un papel de propiedad a quienes el gobierno revolucionario les ha entregado el bien material más importante que jamás pudieron ni siquiera aspirar tener durante el periodo neoliberal cuartorepublicano, la derecha procura convencer al pueblo de que quien le benefició en verdad fue el neoliberalismo y no el modelo de justicia e igualdad social que promueve la revolución. La idea es tratar de aprovechar la alienación consumista de la que es víctima la población, que pudiera llevarle a pensar que sería siempre mucho mejor ser propietario que beneficiario, por ejemplo. En la lógica individualista que promueve el capitalismo eso es perfectamente razonable.

Pero más allá del interés político en la aprobación de esa ley, está la naturaleza económica detrás del millón de viviendas que la revolución le ha entregado al pueblo.

Quienes han sugerido la hipótesis de acuerdos soterrados entre los parlamentarios que la proponen y empresas de la construcción o del ramo de bienes raíces, olvidan la naturaleza hipotecaria de ese bien tan preciado para la banca.

Cuando en el capitalismo el pobre adquiere de manera eventual alguna cantidad importante de dinero (producto de su liquidación, prestaciones, ahorros, etc.) irremediablemente se le desvanece en un proceso de gastos de bienes de consumo perdurables y no perdurables, entre los que se incluyen por lo general un vehículo nuevo, algún equipamiento del hogar y hasta el costo de una nueva vivienda. De ahí en adelante, agotado ese pequeño capital, la solución más eficaz a sus nuevas necesidades de liquidez será hipotecar la vivienda. Pero para eso necesita que exista un título de propiedad que pueda usar como garantía ante cualquier banco.

El gran negocio no es la propiedad privada sino la hipoteca de la que puede ser objeto la vivienda en manos de sectores populares que de no poseer ese bien no tendrían ninguna posibilidad de insertarse en el sistema bancario, que es el que debe crecer cada vez más en el modelo neoliberal imperante para lograr consolidarse y hacerse perdurable.

La gran crisis del capitalismo en el siglo XXI tuvo su origen en el estallido de una burbuja inmobiliaria (la llamada “crisis de las subprimes”) en una economía como la norteamericana, cuya sociedad casi mayoritariamente trabaja para cancelar no una sino a veces hasta dos y tres hipotecas por su vivienda. Sucedió que de repente el dinero fiduciario (dinero inexistente) excedía en casi cinco o seis veces el dinero real en el sistema financiero. De acuerdo a estimaciones de organismos internacionales, el dinero real circulante en el mundo, el llamado M0, no excede el 17 o 18 % del total de capitales que se mueven en el sistema bancario mundial. Un sistema de tan alta fragilidad, soportado en más de un 80% básicamente por “papeles” o compromisos de pago (bonos, pagarés, acciones, créditos, dinero plástico, etc.), necesita imperiosamente la liquidez que representa el salario de los trabajadores, la mayoría de los cuales, salvo su vivienda, no poseen bienes de capital que le resulten atractivos a la banca.

En España, como en todos los países del mundo capitalista, la ejecución de hipotecas que los sectores medios y de menores recursos no pueden cancelar, es el detonante de la crisis profunda que desde hace años padece un inviable modelo de sociedad que a medida que genera mayor riqueza para lo ricos produce mayor pobreza para los pobres.

Es el botín detrás de esa ley de propiedad de la vivienda que hoy propone el antichavismo en la Asamblea Nacional. Su fin verdadero es no solo despojar a la revolución de un gran logro, sino convertir a los dueños de un millón de viviendas que hoy tienen asegurado su bienestar para toda la vida con las políticas sociales por las cuales no ha tenido que pagar lo que ese mismo bienestar costaría en el mercado capitalista, en un sector bancarizado al cual poder expropiar a su antojo.

 

@SoyAranguibel

 

¿Cuánto vale Bolívar?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 1 de febrero de 2016 –Simón Padre Bolívar.jpeg

Por: Alberto Aranguibel B.

“Dicen que tuvo en su faz lo que salva y lo que aterra…” Potentini

La única imagen del Libertador Simón Bolívar que no fue realizada por la mano arbitraria y subjetiva de ningún artista, fue hecha por computadora luego de un exhaustivo trabajo de multidisciplinaria investigación científica que contó con lo más avanzado de las técnicas forenses y antropológicas de reconstrucción facial existentes, a partir de la propia osamenta del Padre de la Patria.

Sobre la base metodológica de esas mismas técnicas se investiga hoy el origen del hombre y las circunstancias de su evolución en la búsqueda de respuestas lo más precisas posibles para la ciencia acerca del porvenir de la humanidad y del universo mismo, precisamente para evitar las subjetivas interpretaciones de la creación artística.

De hecho, los grandes saltos del arte pictórico han surgido de la inquietud de los artistas por tratar de reproducir la realidad pero siempre a partir de un lenguaje propio que ha dado origen a las diferentes corrientes del arte a través de la historia. Por eso en los lienzos que recogen la figura humana no se busca la fidelidad de los rasgos del personaje sino la calidad, imponencia y naturaleza particular de la técnica, del trazo, o del estilo del arte que lo contiene. De haberse propuesto Picasso un retrato del Libertador, con toda seguridad habría sido excepcional y valioso como pieza de arte, pero indiscutiblemente horrendo como reflejo del Bolívar verdadero.

En su tiempo Miguel Angel, quizás el más grande artista plástico de la historia, no fue capaz de imaginar el rostro de Dios (y ni siquiera se lo propuso porque su oficio no era el de teólogo) sino que plasmó para la posteridad al anciano bonachón de luenga barba que se aceptaba comúnmente desde que la grandeza se representaba robusta y arropada con las túnicas impolutas que ataviaban a los sabios de la antigüedad.

Con Bolívar los artistas de su época hicieron lo que mejor les pareció y por las más diversas razones. La multiplicidad de rostros diferentes con los cuales lo intentaron reproducir dan fe de ello.

El historiador Jorge Mier Hoffman se refirió a este aspecto de la vida del Padre de la Patria en estos términos: “Simón Bolívar cautivó las mentes creativas de los artistas que encontraban en los cuadros del Libertador un rentable negocio ante la demanda que tenían las pinturas de su rostro… Los campos de Daubingy que bordean la cosmopolita París, era el lugar de encuentro de innumerables artistas plásticos, quienes inspirados en esos parajes pintorescos de primavera, se dedicaban a pintar el rostro de Bolívar de mil maneras, mil batallas y mil ambientes: de perfil italiano, griego, árabe, afrancesado, inglés; en fin, cada artista lo interpretaba en un ideal y un liderazgo de mil formas y mil estilos distintos…”

El gigante de las letras latinoamericanas y premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez presenta en su novela histórica El General en su laberinto, obra que él mismo afirmó le había costado cientos de horas de investigación y documentación, una esclarecedora revelación. “El más antiguo de sus retratos era una miniatura anónima –dice- pintada en Madrid cuando tenía dieciséis años. A los treinta y dos le hicieron otro en Haití, y los dos eran fieles a su edad y a su índole caribe. Tenía una línea de sangre africana, por un tatarabuelo paterno que tuvo un hijo con una esclava, y era tan evidente en sus facciones que los aristócratas de Lima lo llamaban El Zambo. Pero a medida que su gloria aumentaba, los pintores iban idealizándolo, lavándole la sangre, mitificándolo, hasta que lo implantaron en la memoria oficial con el perfil romano de sus estatuas.”

Sobre el verdadero aspecto del Libertador, el historiador argentino José Luis Busaniche compendia en su libro “Bolívar visto por sus contemporáneos” no una semblanza de antojadizos biógrafos de inspirado albedrío, sino una serie de escritos de muchos de quienes conocieron en persona al prócer independentista, incluyendo textos de aquellos que tuvieron profundas desavenencias con él, como el infame coronel inglés Hippisley, quien relata: “Si consideraba todo cuanto había oído hablar de él, se me hacía difícil identificarlo con la persona que ahora tenía ante mis ojos. Bolívar es un hombre de pequeña apariencia a quien se le darían cincuenta años de edad y no cuenta más que treinta y ocho. Tiene cinco pies y seis pulgadas de estatura ( 1,70 mts); es flaco y pálido, el rostro alargado ofrece todos los síntomas de la inquietud, de la ansiedad, y hasta podría decirse del desaliento y la desesperación. Daba la impresión de haber experimentado grandes fatigas. Sus grandes ojos oscuros que otrora fueron brillantes, aparecían en aquel momento apagados abatidos. Llevaba los cabellos negros atados con una cinta en la parte posterior de la cabeza. Lucía grandes bigotes negros y ostentaba un pañuelo negro alrededor del cuello; vestía casaca militar, pantalones azules y botas con espuelas.”

La descripción del mercenario inglés se acercaba mucho más que las pinturas a lo que Páez describió en sus memorias sobre aquel hombre de carne y hueso: “Sus dos principales distintivos –dice Páez- consistían en la excesiva movilidad del cuerpo y en el brillo de los ojos que eran negros con mirar de águila, circunstancias que suplían con ventaja a lo que la estatura faltaba para sobresalir sobre sus acompañantes. La tez tostada por el sol de los trópicos, conservaba, no obstante, la limpidez y lustre que no habían podido arrebatarle los rigores de la intemperie y los continuos y violentos cambios de latitudes por las cuales había pasado en sus marchas.”

Bolívar, pues, como lo ilustra Potentini, ha podido tener mil rostros. Que el propio Libertador haya tenido que terciar en la polémica que ya en vida suya causaba la disparidad de interpretaciones que los retratistas le hacían, al escoger el cuadro de Gil de Castro que usa como escudo Ramos Allup como “el que más se asemeja” a él, es demostración inequívoca de que ninguno de esos cuadros se le parecía.

Demuestra la bravata del parlamentario sacando de la Asamblea Nacional al Libertador con toda clase de denuestos, que la derecha jamás escuchó razones cuando se incorporaba la octava estrella al pabellón nacional. Y que mucho menos comprendía la necesidad del pueblo cuando quiso conocer si a quien se veneraba en el Panteón Nacional era en verdad a su libertador. Su problema fue en todo momento marcar la mayor distancia posible con lo que desde siempre consideró de manera irracional la simbología chavista.

El soez argumento del parlamentario a tan grave afrenta al padre de la patria (“…ese fue un invento para hacer que Bolívar se pareciera a Chávez”) pone al descubierto el desprecio ya no solo al sentimiento del alma nacional, sino a la más elemental idea del poder. Quizás porque así lo conciben los adecos, Ramos supone que la simbología puede categorizarse de acuerdo a la clase social, y en consecuencia de tal insensatez actúa.

No se trata ya del ancestral desprecio de la burguesía hacia Simón Bolívar por haber dado la libertad a los esclavos y expropiado a los terratenientes del imperio español, o de la exaltación de Páez como el restaurador de los privilegios del mantuanaje y autor de la expulsión de Bolívar del suelo patrio, sino de la delirante pretensión de una oligarquía rastacuero y pendenciera como la venezolana por hacerse de un prócer distinguido no “amulatado”.

En las casonas del Country Club, las figuras de Bolívar y de Miranda estuvieron proscritas desde siempre. Ahora, cuando un gigante de la talla de Hugo Chávez trae de nuevo al verdadero Libertador y lo coloca en el centro del corazón de todos los venezolanos, porque hoy existe entre ellos una perfecta conciencia del sentido de patria, la burguesía se encuentra en una disyuntiva asfixiante y terrorífica. Aceptar al Bolívar verdadero, al que dio su vida por la emancipación del pueblo, es una insolencia a la idea misma de alcurnia que ellos representan, pero ya no les es posible seguir escondiéndolo en un sótano oscuro y maloliente.

Lo que ha hecho el diputado Ramos con esa barbaridad pseudo académica del “Bolívar clásico”, perfectamente engalanado en imponente traje militar y muy lustrosas botas que difiere por completo al que el mismísimo Páez describe en sus memorias, es inventarle a la oligarquía un Padre de la Patria aristocrático medianamente digerible para ellos.

Un Bolívar que no será jamás el que valora el pueblo.

 

@SoyAranguibel

 

Lección desatendida

– Publicado en el diario Últimas Noticias el miércoles 27 de enero de 2016 –haIER.jpeg

Por: Alberto Aranguibel B

Todavía a estas alturas resulta difícil para muchos precisar con exactitud las verdaderas causas del revés electoral de las fuerzas revolucionarias el pasado 6 de diciembre. La común y más fácil de todas ellas son las colas para la obtención de los productos de la cesta básica que han desaparecido de los anaqueles.

Pero el fenómeno es a todas luces multifactorial.

La incidencia en la decisión del voto del maltrato o la falta de respuesta eficiente al pueblo en infinidad de organismos públicos, tiene que haber sido sin lugar a dudas una razón determinante en todo ello. No se sabe si por falta de vocación de servicio por parte de empleados que no han sido debidamente formados para atender correctamente al público o por simple saboteo de escuálidos infiltrados, lo cierto es que mucho del descontento popular debe atribuirse a ese fenómeno.

Los “mata votos” como se les llama, están regados por toda la administración pública a lo largo y ancho del país haciendo y deshaciendo a su buen saber y entender, más por desidia de los altos mandos que por ninguna otra cosa. Atender el llamado de la revolución a trabajar por el pueblo no es solamente vestirse de rojo y salir a marchar para hacer bulto. Es entregarse con verdadero sentido del compromiso al proyecto de redención del pueblo cualquiera sea la trinchera de lucha.

Sin embargo, pese al contundente llamado a la conciencia revolucionaria que ha hecho ese pueblo con su voto, siguen apareciendo intactos algunos vicios ancestrales arrastrados desde los tiempos del puntofijismo, como si nada hubiera pasado.

El insolente desparpajo de camionetas con placas militares cargando a sus anchas por calles y autopistas la infinidad de equipos de línea blanca subsidiados por el Estado para favorecer a los pobres, son evidencia ambulante del secuestro que se hace todavía con esos equipos desde el estamento militar en detrimento de las oportunidades de los más necesitados.

¿En razón de qué los militares se sienten con derecho a acaparar vehículos, aires acondicionados, neveras, lavadoras, para montar los grandes negociados que se conocen han montado con todos esos vehículos y artefactos?

Si no lo explican bien clarito, la gente, con todo su derecho, cada día seguirá votando cada vez más contra la revolución.

@SoyAranguibel

¿La última oportunidad?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 25 de enero de 2016 –Presidentes

Por: Alberto Aranguibel B.

Como quien descubre de manera prodigiosa la exacta formulación del agua tibia, el mundo empresarial venezolano celebra hoy la concordia nacional para buscarle salidas a lo que la oposición venezolana ha logrado hacer ver entre buena parte de la población como “crisis económica”, cuando todas las evidencias han mostrado de manera irrefutable que se trata de una confabulación orquestada por los sectores del gran capital para intentar acabar con la revolución bolivariana y hacer a la vez el gran negocio que es para un sector empresarial acostumbrado desde hace casi un siglo al subsidio del Estado para lucrar con la importación de todo tipo de productos de fabricación extranjera antes que apostar por la inversión en nuestro propio suelo, el diferencial que esa guerra ha creado entre el valor real de la divisa y el valor ficticio que los especuladores cambiarios han impuesto de manera artificial en la economía del país.

Para la vocería de ese sector, el punto de partida de tan necesario consenso es que la revolución bolivariana habría destruido el aparato productivo con políticas según ellos erradas para favorecer el desarrollo de una economía de puertos. Una economía instaurada en realidad en el país desde nuestros orígenes como república y contra la cual el gobierno del comandante Chávez en primer lugar y ahora el del presidente Maduro han luchado con la mayor tenacidad y empeño promoviendo una nueva cultura empresarial basada en los principios de la soberanía y de verdadera independencia económica.

En virtud de ello, lo primero que habría que hacer, según dicen, es cambiar el modelo y asumir las reglas del libre mercado como las orientadoras de este gran esfuerzo nacional.

En todas y cada una de las reuniones, tanto en Miraflores como en PDVSA y la Asamblea Nacional, la actitud de esos empresarios ha sido la misma; la empresa privada estaría dispuesta a “ayudar” a salvar la economía siempre y cuando el Estado sea el que haga las inversiones, ponga la plata, entregue las divisas y libere el mercado.

En un ritornelo cada vez más asfixiante se oyen a diestra y siniestra solicitudes de trato preferencial ya no solo en el otorgamiento de divisas para la importación sino ahora también para la exportación, como si de una feria de remates se tratara, pero a ninguno se le escucha ni el más mínimo comentario sobre el ataque al bolívar que se perpetra desde Colombia, que es el causante fundamental de la inflación inducida que nos agobia, y factor determinante en el deterioro del poder adquisitivo de los venezolanos en los dos últimos años.

Para nadie ahí es un asunto de importancia cuáles medidas debieran tomarse para frenar el embate sistemático de la página terrorista Dólar Today contra nuestra moneda, y más bien pareciera que el tema es dejado de lado intencionalmente como quien protege a un buen benefactor que podría seguir siendo muy útil en un futuro no muy lejano.

¿Cuál es el propósito de tanto silencio del empresariado con todos esos factores que definitivamente inciden de manera tan decisiva en la economía? ¿Por qué ninguno se ha puesto a la orden para ayudar en lo posible al gobierno en su lucha contra esos flagelos del contrabando de extracción, del bachaqueo, del acaparamiento y de la usura, si en verdad la disposición a cooperar en la recuperación económica es sincera? ¿Por qué su bancada en la Asamblea Nacional niega la aprobación del Decreto de Emergencia Económica?

El trasfondo ideológico es un elemento de primordial importancia en todo este proceso que hoy ha emprendido el gobierno nacional.

Durante meses, la derecha venezolana ha acusado a la revolución bolivariana de no atender el desarrollo de la producción nacional, porque desde su ángulo neoliberal no es posible reconocer que el mayor logro en apoyo a la industria del país en toda nuestra historia lo alcanzó Hugo Chávez, cuando de manera visionaria comprendió antes que nadie la amenaza que significaba el ALCA para nuestros pueblos, en particular para nuestro empresariado que por su rabioso antichavismo no llegó a ver esa inmensa oportunidad que se le abría a las economías de nuestros países con esa decisión asumida por los presidentes de 20 naciones que le dijeron al primer mandatario de los Estados Unidos durante la Cumbre de las Américas del 4 y 5 de noviembre de 2005, que rechazaban la intención de firmar un acuerdo que habría significado la más perpetua dependencia económica y financiera de la Patria Grande.

El impulso de un sector industrial propio que genere soberanía en el área de los alimentos, o de productos terminados de cualquier tipo, atenta contra los intereses de las grandes corporaciones transnacionales que aspiran precisamente al derribamiento de las barreras nacionalistas en el mundo entero bajo el sofisma de la “globalización” en la búsqueda de mercados que favorezcan la elevación de sus ingresos.

Barack Obama, máximo exponente de la ideología neoliberal que rige al sector empresarial privado venezolano y del mundo, ha sostenido de manera reiterada la visión que acerca de la soberanía tiene el imperio a su mando: “La política y la solidaridad que dependen de la demonización de otros y que aprovecha el sectarismo religioso, el tribalismo restringido o el patrioterismo, algunas veces puede parecer fortaleza en un momento dado, pero con el tiempo se expondrá su debilidad. Y la historia nos dice que las oscuras fuerzas desencadenadas por este tipo de política con certeza nos hacen menos seguros.”

“El liderazgo de Estados Unidos en el siglo XXI no es una elección entre no hacer caso al resto del mundo, excepto cuando asesinamos a terroristas; u ocupar y reconstruir cualquier sociedad que se esté desmoronando. El liderazgo significa saber usar sabiamente la fuerza militar y movilizar al mundo detrás de las causas justas. Significa tratar la asistencia al extranjero como parte de nuestra seguridad nacional, no una beneficencia.”

Quizás sea por eso que hay a quienes no les resulte extraño que de los tres presidentes que lideraron el acuerdo contra el ALCA (Chávez, Kirchner y Lula Da Silva) dos han muerto de manera prematura y el tercero padece un cáncer incipiente contra el cual lucha con un riguroso tratamiento.

Como respuesta a esa concepción imperialista, el presidente Nicolás Maduro ha puesto sobre la mesa una valiente propuesta en pro de la soberanía empresarial venezolana. Nueve motores estratégicos orientados a la fundación de un poderoso sector productivo nacional que genere bienestar social y económico en una relación de “ganar ganar”, como él mismo ha dicho.

¿Servirá esta nueva disposición al trabajo conjunto para relanzar con verdadera fuerza a nuestra economía, o por el contrario terminará siendo vista por algunos como una oportunidad para favorecer una vez más el modelo antipatriótico que promueve el imperio norteamericano?

No existe en verdad una definición universalmente aceptada del término economía. Al respecto la humanidad no ha logrado jamás un acuerdo. Luego de decenas de enfoques teóricos, desde los más escuetos que la colocaban como la simple sistematización de los recursos y los bienes escasos hasta las corrientes científicas marxistas más ortodoxas, el estudio de la economía ha terminado circunscrito hoy al comportamiento del capital en las bolsas de valores y a la manera en que los capitalistas asumen tal proceso desde sus centros de poder financiero mundial.

Por eso hablar de “producción nacional” en un mundo sometido al rigor de la globalización, es un verdadero reto.

La producción nacional por la que abogó desde sus orígenes el sector empresarial venezolano fue aquella que le ofreciera siempre la mayor rentabilidad sin importar el desarrollo del país sino la acumulación de capital. El subsidio del Estado para hacer importaciones cuantiosas que se tradujeran en muchos más bolívares que los que le ofrecía la inversión necesaria para la creación de un parque nacional pujante y competitivo, fue hasta ahora el único negocio aceptable para ese sector. La prueba del fracaso de ese modelo rentista es precisamente el clamor actual por un aparato productivo propio de los venezolanos.

¿Seguirá la economía siendo vista de esa forma tan estrecha por el empresariado? ¿Perderá de nuevo el país la oportunidad de contar con un vigoroso sector empresarial entregado con verdadero interés nacionalista al desarrollo nacional?

El patriotismo no es algo que se lleve de la boca para afuera ni el tiempo sobra como darse el lujo de perderlo en diatribas improductivas. Como que es hora de revisar la vocación auténticamente emprendedora de quienes hasta ahora solo han pensado exclusivamente en su propio beneficio.

 

@SoyAranguibel

El viejo camuflaje de la derecha y el discurso de un presidente verdaderamente revolucionario

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 18 de enero de 2016 –

Karl_Marx_Grave

Por: Alberto Aranguibel B.

La democracia deja de funcionar cuando la gente siente que el sistema está al servicio de los ricos, de los poderosos, o de algún interés específico” Barack Obama

En la modesta tumba de Carlos Marx en el cementerio de Highgate, en la ciudad de Londres, los huesos del creador del socialismo científico tal como lo conocemos hoy deben haber estallado entre una polvareda de células petrificadas y desvencijados ropajes sepulcrales, en el instante mismo en que la betancuriana voz del secretario general de Acción Democrática tronaba amenazadora en la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, proclamando: “Yo no soy neoliberal… ¡Y tengo obra escrita!”.

Sin permitir ni un instante la necesaria recuperación del aliento de la concurrencia y del mundo entero que presenciaba estupefacto por radio y televisión el desafuero del veterano parlamentario luego del mensaje a la nación ofrecido por el primer mandatario, Nicolás Maduro Moros, Ramos Allup (completamente de polizón en la cadena nacional presidencial) remataba su pueril perorata de tartamuda y nerviosa pero divertida egolatría con el apotegma “¡Obra escrita que muchos académicos de izquierda consultan!”

Apenas cuatro días antes, el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica (y máximo exponente del neoliberalismo en el mundo) presentaba su saludo anual al congreso de esa nación, en el que exponía a cabalidad la que perfectamente pudiera denominarse la doctrina Obama de la impudicia y el caradurismo, apoyada en el mismo recurso al que apela el presidente de la Asamblea Nacional de usar un esquema discursivo de izquierda que le permita lograr algún nivel de credibilidad y resonancia entre la audiencia.

Atónita, la humanidad escuchó en boca del primer presidente negro del imperio norteamericano, la grotesca arrogancia de un emperador insolente y desalmado como nunca antes ha conocido la humanidad. A las desconcertantes preguntas de tono claramente socialistoides con las que iniciaba su discurso (“¿Cómo le damos a cada uno una posibilidad justa de tener oportunidades y seguridad en esta nueva economía?¿Cómo haremos para que la tecnología juegue a nuestro favor y no en nuestra contra, especialmente cuando se trata de resolver los desafíos más urgentes como el cambio climático?¿Cómo haremos para garantizar la seguridad de Estados Unidos y liderar el mundo sin convertirnos en la policía mundial? Y por último, ¿Cómo haremos para que nuestra política refleje nuestras mejores virtudes en vez de nuestros peores defectos?”) el mismo mandatario respondía sin ambages de ninguna naturaleza cosas como: “En la economía global, las empresas pueden radicarse en cualquier lugar y están sujetas a una competencia más dura. Como consecuencia, los trabajadores tienen menos influencia para conseguir aumentos de sueldo. Las compañías tienen menos lealtad hacia sus comunidades. Y los ingresos y la riqueza se concentran cada vez más en las capas más altas de la sociedad. Debemos procurar que los trabajadores sean accionistas de las empresas.”

En franco reconocimiento del fracaso del capitalismo, Obama no tiene escrúpulo alguno en afirmar que “A una familia trabajadora se le ha hecho más difícil salir de la pobreza, se le ha hecho más difícil a los jóvenes comenzar sus carreras y más duro para los trabajadores poder jubilarse cuando lo desean.” Exactamente igual a lo dicho por Hugo Chávez durante más de quince años y por lo cual fue proscrito por el imperio hasta conducirle al deceso.

Una tras otra, las consignas de inspiración eminentemente comunistas salpicaban a la incrédula audiencia que no comprendía cómo el más poderoso hombre del imperio más neoliberal de la historia se atrevía a retar al capitalismo con enunciados como “Tenemos que hacer que la universidad sea asequible para todos los estadounidenses. Porque ningún estudiante que trabaje duro debería estar endeudado.” ¿Qué habrá pasado en ese instante por la mente del expresidente de Chile, Sebastián Piñera, que a tanto estudiante reprimió por muchísimo menos que eso?

Con un cinismo sin precedentes en la historia, Obama invita a “sacar el dinero de la política”, pero no explica qué pasará entonces con el descomunal presupuesto armamentista del que él mismo se jacta (“Gastamos más en nuestras fuerzas militares que las siguientes ocho naciones juntas. Nuestras tropas son las mejores fuerzas de combate de la historia del mundo”) ni cómo va a hacer para sostener su política exterior injerencista sin el financiamiento cada vez más cuantioso que su Departamento de Estado hace en desestabilización de gobiernos y regímenes a lo largo y ancho del planeta a través de organismos como la NED y la USAID, por citar solo dos de los más importantes.

El farsante se desgañita en esa misma comparecencia ante el congreso con una delirante exaltación de la guerra y del uso dispendioso de ese presupuesto militar, incluso sin autorización de los senadores y representantes, porque en definitiva su naturaleza imperialista no puede ocultarse. “Estamos entrenando, armando y apoyando a las fuerzas que poco a poco están reclamando territorios en Irak y en Siria […] el pueblo estadounidense debería saber que con o sin la intervención del Congreso, ISIS aprenderá las mismas lecciones que los terroristas que vinieron antes que ellos. Si dudan del compromiso de Estados Unidos —o del mío— para vigilar que se haga justicia pregunten a Osama bin Laden.” El rey Felipe II solía decir que “En España nunca se pone el sol” para referirse a la extensión de su imperio, que en su mayor auge llegó a abarcar hasta los cinco continentes, expresando su poderío con dignidad y estatura pero sin la repulsiva soberbia y la insolente desfachatez del demagogo de la Casa Blanca.

A través del engaño y la usurpación es como la derecha ha pretendido captar el favor del pueblo. En ello la demagogia no es un simple recurso discursivo sino un vulgar camuflaje.

El presidente Maduro lo sabe y por eso lo advirtió en su mensaje al país esta semana, al atajar la previsible cantinela del diputado Ramos y el desatino de toda la bancada opositora que pretende hoy asaltar las conquistas revolucionarias con malabarismos legislativos de seducción mercadotécnica, cuando denunciaba la estrategia de recomposición del discurso de la reacción en Latinoamérica (a la que le reconoce con gallardía que ha tomado un nuevo aire), en los mismos términos en que lo hizo el Comandante Chávez, quien alertó en todo momento sobre la impostura de una oposición inmoral y sin escrúpulos que de manera calculada ofrecía el relanzamiento de las Misiones y el logro del bienestar social alcanzado en revolución como una promesa del modelo neoliberal hacia los pobres, en un claro intento de esconder tras el sofisma del lenguaje izquierdoso la perversión del capitalismo.

Llamar a la paz verdadera (que no la “pax romana”, como dice Ramos) no es concebible sin justicia social ni invocando a los ejércitos para acabar con naciones y civilizaciones enteras que no se arrodillen a los designios de los imperios.

Llamar a la paz es hacer lo que ha hecho el actual gobierno desde el primer día, convocando al país a una auténtica cruzada en pro de la concordia y la armonía entre los venezolanos, sin intervencionismos ni guerras mediáticas o corporativas de por medio que promuevan el odio o el estallido social, y sin falsos discursos populistas que reivindiquen politiqueramente como suyos los grandes logros revolucionarios de un pueblo al que han agredido y humillado con la mayor indolencia durante tanto tiempo.

Frente a la hipocresía y al oportunismo de la derecha, Maduro enrostra la verdad revolucionaria y persiste sin titubeos en la inflexibilidad del proyecto chavista. Con admirable coraje y sentido autocrítico asume el inmenso reto de las dificultades para dejar clara su persistencia en el proyecto chavista de justicia e igualdad más allá de cualquier circunstancia, enarbolando orgulloso el Plan de la Patria y el compromiso irreductible de su gobierno en función de los pobres.

El hijo de Chávez puede hacerlo con la frente en alto porque, tal como lo ha dicho, no usurpa el discurso de nadie. “Los revolucionarios nos caracterizamos por la objetividad, por la fuerza, el optimismo.”

Es la diferencia entre un modelo humanista, fundamentado en la verdad histórica de los pueblos, y la falsedad y la impostura oportunista de un neoliberalismo mentiroso, desvergonzado y sin pudor.

 

@SoyAranguibel