El pueblo bajo la alfombra

– Publicado en Últimas Noticias el 01 de julio de 2015 –

richard blanco nulo

Por: Alberto Aranguibel B.

Pretender invisibilizar el protagonismo del pueblo es uno de los errores más recurrentes de la derecha en su afán por impedir a como dé lugar el avance del proceso de transformaciones emprendido desde hace tres lustros por la revolución bolivariana en el país.

Suponer a estas alturas que no mencionar, o negar en los medios de comunicación privados y redes sociales, la participación de esa inmensa mayoría de venezolanos que se movilizan hoy en Venezuela inspirados por el ideario chavista de justicia y de igualdad social, es una estupidez que expresa ya no solo desespero en una oposición definitivamente incompetente en política para responder a esa incontrovertible realidad, sino definitivamente una severa perturbación de la psiquis de quienes puedan creer que esa de la negación forzada pueda ser una fórmula eficiente en una sociedad tan altamente concientizada como la venezolana.

Sin embargo, la derecha recurre indefectiblemente al expediente de falsear la verdad tratando siempre de empatar el juego apelando a los mismos argumentos que le ponen en evidencia en cada uno de sus persistentes fracasos. Tratar de endilgarle a la revolución la incapacidad para alcanzar el respaldo popular al que tan infructuosamente aspira el antichavismo, es hoy un tan burdo recurso de decadente manipulación que ya ni los más neófitos en política se lo tragan.

Anhelan que la fuerza del medio privado de comunicación se imponga sin importar el tamaño del disparate con el que tuerzan la realidad que el país entero ve hoy con la más perfecta claridad a través del sistema nacional de medios públicos y de los cientos de medios alternativos y comunitarios que la revolución ha promovido durante más de dieciséis años. Parecieran no temer en lo más mínimo ni siquiera al más elemental sentido común y queman sus naves cada vez con más impudicia frente al país y al mundo.

El horrible festival de titulares y declaraciones disparatadas intentando negar el estruendoso triunfo histórico que significó la primaria del PSUV, usando las descalificaciones que solo pueden ser aplicadas a la grotesca farsa montada un mes antes por la MUD, más que un ejercicio de periodismo mercenario e inmoral es una demostración de desquiciada imbecilidad.

Es como tratar de esconder a todo un pueblo bajo la alfombra.

 

@SoyAranguibel

Cuando el odio se convierte en filosofía

– Publicado en el Correo del Orinoco el 29 de junio de 2015 –

maldito chavista

Por: Alberto Aranguibel B.

«¡Así cueste la muerte de miles de venezolanos, seguiremos luchando por una Venezuela de progreso y bienestar!»
Lilian Tintori

Cuando el Comandante Chávez propuso en enero de 2007 la consigna “Patria, socialismo o muerte”, hacía un uso más que luminoso del castellano para establecer mediante una clara metáfora la diferencia entre la vida que propone a los hombres y mujeres de la patria el modelo profundamente humanista del socialismo bolivariano, y la desastrosa opción de la propuesta neoliberal que le presenta la derecha al país, que conduce de manera indefectible a la degradación de la vida toda de la sociedad mediante el flagelo de la exclusión y la miseria (que es como la muerte).

La derecha, neófita como es en asuntos del buen hablar (porque su preocupación se centra exclusivamente en la materialista aritmética del dinero), no sólo no supo leer correctamente el carácter enunciativo de ese lema sino que no comprendió jamás su contenido emancipador y propositivo. La alternativa era clara; optábamos por la vida o nos arrollaría la muerte de manera inexorable. Pero la oposición leyó que el Comandante hacía una exaltación del término, al que supuestamente colocaba como un valor inherente al proyecto. En un blog opositor (anónimo como suelen ser sus tribunas de aguerrida cobardía) se resume casi con precisión bíblica la idea que esa obtusa derecha captó del mensaje: « “O Muerte”. La de quién? la de nosotros los pitiyankees escuálidos fascistas oligarcas? es posible. Pero en realidad creen que nosotros vamos a hacer fila para que nos metan en un horno y nos tuesten? No han considerado que tal vez, dentro de esa aseveración de “muerte” también están incluidos sus hijos, hermanos, papás? (…) Yo les aseguro algo, ellos podrán ser “malandros”, “matones” y demás criminales, pero esos carajos no están listos para morir por Chávez. Esos carajos no están listos para que les maten un hijo en nombre de la revolución. Porque esos carajos no tienen ideales. »

A la larga, frente a la terca estupidez opositora y obligado por la dolorosa circunstancia de su enfermedad, el líder de la revolución chavista recomendó en julio de 2011 modificar la consigna para evolucionarla a una expresión más acorde con el mensaje de fe y de esperanza que correspondía en ese momento en virtud de sus problemas de salud. Fue así como propuso entonces la frase “Aquí no habrá muerte, tenemos que vivir y tenemos que vencer, por eso propongo otros lemas: Patria, socialista y victoria, ¡viviremos y venceremos!”

La apuesta del socialismo bolivariano ha sido pues desde siempre por la vida.

El primer plan socialista de la nación, el llamado Plan Simón Bolívar, consagra en su capítulo primero “la nueva ética socialista”, consistente en: “…una ética exclusiva de una sociedad pluralista que asume como propios un conjunto de valores y principios que pueden y deben ser universalizables porque desarrollan y ponen en marcha la fuerza humanizadora que va a convertir a los hombres en personas y ciudadanos justos, solidarios y felices. Todos los venezolanos están llamados a ser protagonistas en la construcción de una sociedad más humana. Esto nos lo dice el preámbulo de la Constitución del la República Bolivariana de Venezuela; refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica, pluricultural en un Estado de justicia, federal y descentralizado que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común…”

En ese mismo sentido se recoge el espíritu humanista del socialismo bolivariano en el Plan de la Patria, segundo plan socialista de la nación, así como en todos y cada uno de los documentos que el intenso debate ideológico de la revolución ha adelantado. Sin contar las miles de horas de transmisión usadas por el Comandante Eterno en sus comparecencias públicas, así como la inmensa cantidad de tiempo que el presidente Nicolás Maduro le ha dedicado a ese tema en sus primeros dos años de gobierno.

Pero la oposición, en particular el opositor de a pie, a medida que el discurso revolucionario profundiza su acento en la necesidad de la paz y de la tolerancia como única opción para asegurar efectivamente la estabilidad democrática del país, radicaliza cada vez más su desprecio hacia el que considera su contrario político, determinado arbitrariamente por él básicamente a partir de su condición de clase. Que esa oposición haya entendido de forma retorcida que denunciar la injusticia de la desigualdad es dividir a la sociedad, ese es su problema. La negación de la lucha de clases forma parte medular del discurso hegemónico de la burguesía para desmovilizar a los pueblos.

Más allá del lamentable uso del lenguaje profusamente escatológico al que recurre el opositor promedio para referirse al chavismo y a todo lo que con ello tenga que ver, o a la insustancialidad o vaciedad ideológica que por lo general expresa, la invariable constante de su argumentación es el odio, ya no como una patología sicológica sino como un constructo de tipo ideológico.

De acuerdo con la sicología, el odio es un sentimiento “profundo y duradero, intensa expresión de animosidad, ira y hostilidad hacia una persona, grupo u objeto”, considerado más una conducta aprendida que una respuesta eventual en virtud de su prolongación en el tiempo.

Freud habla incluso de “un estado del yo que busca destruir la fuente de su infelicidad”, con lo cual lo coloca en una condición reactiva, que procura deshacerse de aquello a lo que le tiene rabia una persona ya sea por una causa o por otra. De ahí que cuando se trate de una cantidad de individuos que odian a un mismo objeto, persona o grupo, podría decirse que el odio sirve para reafirmar el sentido de pertenencia a esa causa, esa ideología, o hasta esa filosofía para destruir entre todos a la persona o grupo que se odia en conjunto, como es perfectamente evidente en la conducta común del antichavismo.

La falta de una ideología propia que referencie el discurso opositor, más allá de la constante e insustancial acusación contra el chavismo, es el caldo de cultivo para la proliferación de sentimientos irracionales de reacción que invaden el alma del militante opositor, basados fundamentalmente en el odio y el deseo de muerte hacia el chavista, porque desde la lógica del capitalismo el odio es el generador de la violencia que requiere el modelo dominante para su perpetuación.

El “crimen de odio”, como se le conoce a esa violencia contra las personas por su raza, credo religioso, tendencia política o de clase, entre otros, ha sido desde tiempos inmemoriales un aspecto de difícil solución en las sociedades regidas por el imperio de las Leyes, cuyo deber es velar principalmente por la preservación de la integridad de las personas y de los bienes y no de las áreas difusas de los intereses grupales de naturaleza ideológica. El régimen nazi, por ejemplo, pudo ser juzgado no por sus ideas de segregación racial, sino por los crímenes que en nombre de ellas cometió.

Penalizar el odio es un arma de doble filo para un establishment que cada día ve más en riesgo su sostenibilidad, tal como sucede hoy en los Estados Unidos donde las Leyes contra los crímenes de odio (como la Ley para la Prevención de Crímenes de Odio Shepard y Bird) aún cuando están vigentes desde hace más de veinte años, no son usadas en ninguno de los crímenes raciales que a diario se cometen en esa nación. Penalizar el odio sería atentar contra el modelo hegemónico que de él depende.

La alarmante profusión de asesinatos de líderes revolucionarios, escoltas de figuras prominentes de la revolución, de funcionarios de la Fuerza Armada Bolivariana, tanto activos como en retiro, así como de hombres y mujeres del pueblo que son sorprendidos por ráfagas absurdas de balas sin sentido, da cuenta de la progresión de una forma de hacer política nunca antes vista en el país, que alcanza ya visos de cultura de la muerte como recurso de quienes pretenden el poder a la fuerza sin el más mínimo respeto por la vida de ese mismo ser humano al que le piden su apoyo electoral.

Para la oposición, pedir la muerte de los venezolanos para satisfacer sus desquiciados proyectos de reinstauración del neoliberalismo en el país no es ya una propuesta criminal sino una frívola declaración de fe, que en el lenguaje de la publicidad vendría a ser algo así como aquel “Como si nada” de los champús de las pelo lindo.

El odio es así no solo una forma de repudio expresado por una clase arrogante y testaruda contra el pueblo, sino una peligrosa filosofía de la degradación humana, asociada al capitalismo y a su sistemático desprecio por la vida.

 

@SoyAranguibel

Aranguibel: “En Venezuela hay una guerra económica que genera escasez”

Alberto Aranguibel sostuvo este lunes 22 de junio de 2015 en el programa Vladimir a la 1 que transmite Globovisión, que en Venezuela está demostrado que lo que efectivamente hay es una guerra económica que genera perturbaciones como la escasez de productos mediante formas eminentemente capitalistas como el contrabando, el acaparamiento y el llamado bachaqueo, que según él analista no son sino las formas en las que esa guerra contra el pueblo se expresa.

 

El preso necesario

– Publicado en el Correo de Orinoco el 22 de junio de 2015 –
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Por: Alberto Aranguibel B.

La tesis de la llamada “Tercera Vía” que a finales de los noventa del siglo pasado presentara al mundo el entonces Primer Ministro británico Tony Blair como respuesta del “nuevo laborismo” al agotamiento del modelo capitalista, no fue jamás nada nuevo. Su nacimiento se remonta cuando menos a los tiempos en que Edward Bernstein rompía con la Internacional Socialista para promover la fórmula socialdemócrata en la que los disidentes del comunismo pretendían reunir la utopía humanista del socialismo con las hipotéticas bondades del libre mercado, pero que más temprano que tarde abandonaron para entregarse de lleno a los postulados del neoliberalismo y a la negación más radical de toda tesis de corte socialista.

El debate sobre el origen o la pertinencia política del término es inagotable porque la llamada Tercera Vía no fue nunca en verdad un instrumental teórico, sino más bien un remozamiento de las ideas neoliberales convencionales, pensado por los sectores dominantes para atender la propensión de la sociedad a buscar nuevos derroteros que le ayudasen a superar la cada vez más evidente insostenibilidad del modelo capitalista. En ese sentido operaron los virajes pseudo progresistas que llevaron a cabo en su momento figuras como Franklin D. Roosevelt, De Gaulle, Reagan y Margaret Thatcher, sin que en ninguna de esas oportunidades el modelo fuese sustituido ni siquiera por una versión evolucionada del mismo. Cada vez que se solventaban medianamente las crisis que originaron esos “new deals”, el modelo capitalista se reinstauraba siempre bajo los mismo principios del libre mercado, el mismo objetivo de la acumulación de riqueza en pocas manos, y la tendencia a las desregulaciones y la reducción del Estado como norma.

A decir del prestigioso columnista David Walker del diario The Guardian refiriéndose en 1998 al lanzamiento del libro de Tony Blair, “El problema cuando usted se dedica a crear una ideología en tiempos de desideologización, es que termina haciendo cuando mucho un resumen de lo que usted ya viene llevando a cabo desde antes, pero poniéndole un fantasioso nombre.” Con eso denunciaba en realidad que la Tercera Vía no era sino una carrera hacia adelante que más bien dejaba al descubierto la imposibilidad del capitalismo para evolucionar doctrinariamente y adecuarse a las exigencias de las permanentes crisis de sostenibilidad de ese desgastado modelo. La crisis del capitalismo no comienza pues en su inviabilidad económica, sino en su ineptitud para la reformulación de su discurso y de su visión del mundo.

Frente a esa expresa incapacidad para incorporar nuevo conocimiento y asumir procesos de reestructuración sustantiva de sus dogmas, el capitalismo debe apelar a mecanismos de sustentación cada vez más complejos, que le permitan oxigenar su atrofiada musculatura para imponer su dominio. Esos mecanismos son hoy los sistemas avanzados de espionaje de los que disponen las grandes potencias; el control de las redes sociales y de internet; y los medios de comunicación a su servicio.

Procesos de cambio como los que experimenta hoy Latinoamérica, serán siempre objeto del ataque más brutal e intensivo con todo ese poder de fuego utilizado de manera simultánea y constante. Su objetivo primordial, frente a sus limitaciones para la construcción de un discurso para la transformación, es la ciega destrucción del contrario.

Pero el inusitado avance de corrientes extremistas, islamistas y neofascistas ya no solo en el viejo mundo y en el Asia, sino en el continente americano, empezando por Norteamérica y algunos países de Suramérica, pone en riesgo la dominación neoliberal y modifica sustancialmente los planes de la hegemonía dominante basados hasta ahora casi exclusivamente en el anticomunismo pro imperialista.

En términos de imagen, el capitalismo, por sus carencias y contradicciones, termina por convertirse cada vez más en su propio enemigo, lo que abre paso por todas partes a liderazgos revolucionarios de diversos signos que día a día van alcanzando mayores espacios de credibilidad entre los pueblos. Es ahí donde aparece la necesidad de darle un rostro que sirva para referenciarlo y para ello nada más a la mano que desenterrar a los últimos operarios del neoliberalismo que el capitalismo sepultó con la demencial cruzada desatada por el imperio norteamericano y sus aliados con el manido pretexto de la guerra preventiva antiterrorista. Así como los crearon y adiestraron durante décadas para imponer en Latinoamérica las recetas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, así mismo los desecharon cuando creyeron que ya la política no era necesaria para someter a los pueblos. Hoy les resultan imprescindibles. Pero requieren de un justificativo para lanzarlos de nuevo a la palestra pública.

La prisión de Leopoldo López se convierte así en una oportuna fuente de posibilidades para esa titánica tarea de relanzamiento que necesita de manera impostergable el capitalismo, porque le abre un invaluable espacio de resonancia a piezas de arqueología política como las que integran el decrépito “Club de Madrid”, que sumados a la nómina en dólares de las casas disqueras que ordenan a sus artistas hacerse la vista gorda con el hambre, la miseria y la criminalidad de sus pueblos para enfilar su arte contra Venezuela, son ahora la cara del pasado con la que el inviable modelo pretende presentarse ante el mundo como una opción de futuro, de bienestar y de progreso.

De no ser por López, ninguno de esos fósiles del fracaso, en el que estuvo sumido desde siempre nuestro continente y buena parte del resto del mundo, estaría hoy en posibilidad alguna de resucitar ante las cámaras de televisión ni en los titulares de prensa, ni siquiera en sus propios países, salvo que fuera por la apertura de investigaciones en las que aparezcan imputados por delitos de corrupción o de otra naturaleza, como es cada vez más frecuente en esa generación de políticos desvencijados.

Ese club de ex presidentes sin oficio, esos organismos multilaterales de dominación económica y esos países desarrollados sedientos de energía y de dinero fácil, necesitan con urgencia una farsa que haga de alguna manera presentable al capitalismo y que ayude a ocultar la devastación que el mismo está generando en un mundo donde gracias a él la miseria alcanza ya casi a la mitad de la población mundial y el hambre agobia a más de una quinta parte de la misma.

El empeño de ese grotesco sainete de comisiones y voceros de la derecha nacional e internacional por ver a López, es en realidad la procura de la imposibilidad para acceder a él. Una imposibilidad que es norma inviolable en las cárceles del mundo entero y que en Venezuela, como país democrático apegado al derecho y a las Leyes de la República, no es excepción. Ilich Ramirez Sanchez, por ejemplo, preso ilegalmente en Francia por la supuesta muerte de dos policías franceses, lleva más de veinte años sin poder recibir visitas ni siquiera de sus abogados o de su esposa. A López se le acusa por la instigación al asesinato de cuarenta y tres venezolanos, amén de los actos de terrorismo contra el estado de derecho y la propiedad pública y privada. Desde mucho antes de anunciar que vienen al país todos ellos están perfectamente claros en eso.

¿Qué puede favorecer a la causa del capitalismo una conversación de algunos minutos con un preso acusado de graves delitos como Leopoldo López? Nada. Sin embargo no hay nada que resulte mejor hoy al capitalismo que el revuelo que puede montarse con la victimización que con ello se puede lograr a través de las grandes corporaciones mediáticas al servicio de la hegemonía dominante, sesgadas como están a favor de un victimario y en contra de las decenas de víctimas que los actos terroristas promovidos por él causaron. Su propósito es el show por el show en sí mismo, no la libertad de ningún preso.

López en libertad significaría la desactivación inmediata de toda esa bulla mediática que la campaña por su liberación arbitraria ha generado. No tendrían razón de ser las giras de dramaturgia de las “pasionarias” de la derecha recorriendo el mundo en nombre de la libertad y del modelo de democracia neoliberal que el capitalismo promueve, ni habría primeras páginas consuetudinarias en la prensa mundial con su lamento. La llamada Mesa de la Unidad, plegada de manera irracional al absurdo petitorio de López de adelanto de la fecha de elecciones parlamentarias, quedaría automáticamente sin discurso.

Para la derecha mundial, López es valioso… pero sólo si permanece preso.

 

@SoyAranguibel

Cultura contra bachaqueo

– Publicado en Últimas Noticias el 17 de junio de 2015 –
toboso_B

Por: Alberto Aranguibel B.

En pleno corazón económico de Petare, en los alrededores de la redoma y en su vertiente hacia Maca, conviven hoy de manera yuxtapuesta los factores más emblemáticos de la confrontación ideológica por la que transita el país desde hace más de tres lustros.

En las calles es virtualmente imposible alcanzar a ver el piso entre la anárquica turbamulta de timbiriches de bachaquería, mercachifles de toda pelambre, compradores desesperados, motitaxistas arbitrarios, camioneteros del abuso y pobladores de resignación infinita, ninguno de los cuales refleja en modo alguno en su rostro expresión de complacencia con el tumulto que ya pareciera formar parte inexorable de sus vidas.

El bachaqueo se impuso en toda esa zona como si de un demencial territorio liberado se tratara, para colocarse al servicio de una distorsión socioeconómica que deriva directamente de dos factores; por un lado los bajos precios de los productos regulados de los cuales se aprovecha el bachaqueo para llevar a cabo su perverso negocio, y por el otro la inmoral usura que, gracias a un consumismo voraz sembrado en la sociedad por el capitalismo, persigue destruir la capacidad adquisitiva del venezolano y adueñarse del bienestar económico que con tanto esfuerzo la revolución bolivariana ha construido.

De manera sorprendente, la Hacienda El Toboso se erige como un oasis en medio de ese degradante muladar capitalista, para dar paso a un escenario de paz en el que Tito Salas diera vida a su obra inmortal y que hoy la revolución bolivariana reactiva a través del valioso e incansable esfuerzo de un excepcional equipo de cultores populares al frente del cual se encuentra la infatigable promotora y amiga de la cultura nacional Natacha Castillo.

Una muestra más del inmenso trabajo de rescate de nuestros auténticos valores culturales, así como de refacción a fondo de toda una inapreciable infraestructura que el capitalismo abandonara como expresión de su desprecio por nuestra identidad como pueblo.

Son dos concepciones y dos modelos los que se enfrentan hoy en Petare; el capitalismo salvaje que promueve el bachaqueo usurero y especulador, y el socialismo bolivariano profundamente humanista y redentor de lo nuestro, con base en la paz, la cultura y la justicia social.

 

@SoyAranguibel