La rara dictadura democrática que enloquece a la derecha

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 27 de julio de 2015 –

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Por: Alberto Aranguibel B.

En una de las más estrambóticas declaraciones políticas de al menos el último cuarto de siglo, la activista venezolana de ultra derecha, María Machado, expone esta semana frente a la prensa una particular concepción de democracia, que de acuerdo a su afirmación consistiría en un desconcertante e inusual modelo de dictadura basada en elecciones.

“Cuando se enfrentan elecciones en dictadura no basta con ser mayoría”, dice sin arrugar ni uno solo de los cuarenta y tres músculos del rostro que facilitan la expresión facial. Lo cual, en su caso, es todo un logro de la fisiología.

La frenética ultraderechista viene de proponer como promesa central de su campaña precandidatural de la oposición en 2012 la no menos fabulosa oferta del “capitalismo popular” con la cual obtuvo apenas un exiguo 3,7 % del apoyo en esa contienda. Experiencia que no sirvió para aplacar en modo alguno su tendencia al desatino y a la miopía política, sino que constituye una más de la larga serie de torpezas en las que ha incurrido a través del tiempo.

El montaje de falsos atentados contra su persona como excusa para evadir la obligación de subir cerros que en su rol de candidata le correspondía; la alianza con los cabecillas de la violencia terrorista desatada contra el país y repudiada por la inmensa mayoría de los venezolanos; la convocatoria a asambleas ciudadanas al mismo tiempo que llama mediante comunicado de prensa a desconocer el gobierno legítimo y a insurreccionarse contra él; así como la provocación de su expulsión de la Asamblea Nacional por haber aceptado un cargo de representación de una nación extranjera ante un organismo internacional, son solo algunas de esas torpezas, entre muchos otros dislates menores en política pero de mucha connotación moral. Ejemplo de los cuales es la vulgar persistencia en retratarse cargando muchachitos a lo largo y ancho del país en un grotesco mercadeo de fingida imagen maternal, a raíz de serle cuestionado públicamente su impúdico llamado a los hijos de las madres venezolanas a arriesgar sus vidas en las acciones insurreccionales que ella promueve, mientras los suyos disfrutan a buen resguardo en el exterior las mieles de los lujos que como buenos burgueses les corresponden.

Sin Embargo, en su descabellada afirmación sobre la “democracia totalitaria” de la que hoy habla, pareciera no estar del todo fuera de foco.

Chica predilecta de la oligarquía nacional, formada en prestigiosas universidades norteamericanas, y objeto del aprecio irrestricto de las élites procapitalistas del continente, la pupila criolla de los halcones de Washington conoce a la perfección el pensamiento neoliberal desde su más honda esencia.

Solo una nación de profunda convicción imperialista como los Estados unidos ha podido sistematizar ese pensamiento desde un enfoque estrictamente político, más allá de la cerrada concepción corporativista, financista y liberal que le es propia.

James Madison, uno de los “Padres Fundadores”, como les llaman en los Estados Unidos a los constructores de la nación, reconocido por los norteamericanos como “El padre de la Constitución” por sus aportes como avanzado pensador político de su tiempo en la redacción de su carta magna, fue sin lugar a dudas uno de los más prolíficos teóricos del modelo de democracia sobre el cual se asienta hoy el imperio norteamericano. Sus disertaciones sobre ese tema se recogen en varios folletos que se publicaron a principios del siglo XIX como defensa del texto constitucional que proponía la unión de los estados en una sola nación. Dichos textos, conocidos como “The Federalist Papers”, han terminado por ser el compendio del pensamiento más elaborado sobre la democracia y la libertad desde la óptica liberal capitalista y referencia ideológica indispensable para la clase política norteamericana.

En ellos Madison define el modelo a partir de interpretaciones sobre la realidad europea, cuyos debates entre las ideas promonárquicas y proliberales parecían no ceñirse exactamente al proyecto de la incipiente nación, pero que servían de alguna manera en la construcción del mismo. Las reflexiones sobre los fundamentos y naturaleza de la democracia fueron parte medular de esos debates, en los que se discutían nociones encontradas de los conceptos de unidad, partidismo, totalitarismo, dictadura, etc.

En un forzado contrapunteo con Aristóteles, para el “Padre de la Constitución norteamericana” la democracia no debía ser el modelo que permitiera el protagonismo de las mayorías, porque siendo las minorías las poseedoras de la propiedad privada las mayorías podrían terminar aprobando leyes que atentaran contra esa propiedad y procuraran ponerla al servicio de los más.

Junto a otros pensadores, como Alexander Hamilton, quien definió a la mayoría no opulenta de la sociedad como “La gran bestia”, Madison establecía que la democracia (democracia directa) era un modelo peligroso porque permitía a las mayorías hacer valer sus deseos, mientras que el modelo republicano (democracia representativa) aseguraba el derecho a la propiedad privada por parte de los opulentos, porque ahí quienes toman las decisiones son sus representantes.

En un artículo publicado por Infoamerica.org, Noam Chomsky dice al respecto: “Madison previó que la democracia estaría probablemente más amenazada conforme pasara el tiempo, debido al aumento de «la proporción de los que serán víctimas de todas las penalidades de la vida y, en secreto, suspirarán por un reparto más equitativo de sus bendiciones». Era posible que ganasen influencia, temía Madison. Le preocupaban los «síntomas de un espíritu nivelador» que ya habían aparecido y advirtió sobre «el futuro peligro» si el derecho al voto ponía «poder sobre la propiedad en manos de quienes no la compartían». No era de esperar que aquellos «sin propiedad, o sin esperanzas de adquirirla, simpatizaran con este derecho», explicaba Madison. Su solución era mantener el poder político en manos de quienes «representan y provienen de la riqueza de la nación», «el conjunto de hombres más capaces», manteniendo a la población en general fragmentada y desorganizada.”

Sostiene el autor que a través del tiempo esa doctrina política que concibe la democracia como un modelo enemigo de los intereses de la república liberal, antes que flexibilizarse se consolida cada vez más como la lógica del pensamiento imperialista norteamericano.

Latinoamérica ha sido desde siempre una zona de influencia del imperio amenazada por el juicio político de esos opulentos. En ese sentido Chomsky cita las palabras del Secretario de Estado John Foster Dulles ante el Consejo Nacional de Seguridad durante la postguerra: “Las élites latinoamericanas son como niños; sin prácticamente ninguna capacidad de gobierno.” De ahí la necesidad de abrirse camino hacia el continente suramericano, más como una opción de reafirmación de dominación política que propiamente económica, en lo cual la herramienta del anticomunismo ha sido determinante. Junto a Eisenhower, Dulles consideraba que los comunistas disponían de una ventaja sobre los Estados Unidos, que era la facilidad que tenían los soviéticos para lograr convencer a las mayorías… «Se dirigen a los pobres y estos siempre han deseado expoliar a los ricos».

Según Lars Schoultz, uno de los principales estudiosos sobre Latinoamérica en Estados Unidos, citado por Chomsky en ese mismo texto, el propósito de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) es «destruir para siempre la amenaza detectada contra la existente estructura de privilegios socioeconómicos mediante la eliminación de la participación de la mayoría numérica».

Al respecto Chomsky ironiza: “En otras palabras, nos resulta difícil inducir a la gente a aceptar nuestra doctrina de que los ricos deben expoliar a los pobres, un problema de relaciones públicas que todavía no se ha resuelto.”

Por eso a María Machado, la ex diputada de Panamá, le preocupan tanto esas extrañas “dictaduras” que surgen del voto directo, universal y secreto del pueblo. Ella habla de una democracia inaceptable para las élites oligarcas que ella representa, en la cual la “gran bestia” pueda impulsar con el poder de su voto decenas de programas y políticas inclusivas de gobiernos revolucionarios que persigan la justicia y la igualdad social por encima de cualquier otro interés o conveniencia de naturaleza economicista o corporativista.

Solo que no puede decirlo abiertamente sin el uso de sofismas tramposos que le ayuden a engañar a la gente.

En eso sí que no comete errores María Machado… simplemente expresa en su verbo encendido la perversa y desalmada crudeza de una visión neoliberal que ya ni siquiera los mismos neoliberales defienden en público, fundamentalmente por el temor a que los llamen “locos”.

Y con toda razón.

@SoyAranguibel

¿Es justa la justicia de Provea?

– Publicado en el Correo del Orinoco el 20 de julio de 2015 –

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Por: Alberto Aranguibel B.

“Si tú juzgas a la Ley, no eres hacedor de la Ley sino juez”  Epístola de Santiago

Si en medio de su liturgia la misa contemplara la exclusión de entre su feligresía a los ateos, a los blasfemos, a los impíos, a los pendencieros, los prevaricadores, los usureros, los truhanes, los promiscuos, los inmorales, los depravados, los vanidosos, los egoístas, los infames, los mentirosos y los estafadores, el templo se quedaría virtual y dolorosamente solo.

La naturaleza congregacional o asamblearia de la iglesia deriva de la expresión bíblica que concibe a los mortales como rebaño de Cristo, que es su pastor, fieles a una misma doctrina; la palabra de dios. Todos son iguales a los ojos del Señor, porque en todos anida la sed de salvación que la justicia divina les depara.

Descendientes de Adán como son, los hombres sobre la tierra son pecadores por naturaleza y su necesidad de redención nace con su alumbramiento, con lo cual todos los demás pecados que acumule a lo largo de su vida son adicionales. El infierno, del cual no habla la Biblia, pero que lo sugiere en cada palabra con cada una de las cuales se adoctrina al creyente en el temor a Dios, es el castigo eterno a pecados tan breves como el desear la mujer del prójimo (que no es lo mismo que poseerla), que en las sociedades contemporáneas es casi una forma universal de la convivencia pacífica y el trato decoroso.

Quizás por eso las más deseadas suelen ser las que más valen la pena tan inmenso sacrificio.

Una vez dentro de la iglesia, la naturaleza particularísima del pecado no importa. Ahí lo relevante es que como pecador has acudido al altar para someterte al dictamen del Altísimo en busca del perdón. Sin el reconocimiento de esa autoridad no operará jamás la absolución.

Pero el juicio divino no sigue la norma del juicio terrenal. Las Leyes y procedimientos que los rigen son en esencia diferentes, porque unas surgen de los designios inapelables del Creador del universo y las otras del acuerdo común del los hombres.

De ese acuerdo (o pacto, según Rousseau) que establece los mecanismos de la armonización del cuerpo social, surge la institución del tribunal que impartirá justicia de acuerdo a la las Leyes que el poder legislativo elabore con el supremo propósito de organizar el desempeño de la sociedad y prevenir los desafueros de la misma. Tanto el juez como el jurado son elementos determinantes en esa distribución de justicia. Mientras el juez encarna la figura del Tribunal de Derecho, el jurado, por su parte, desempeña la del Tribunal de Hecho, porque asume la evaluación de las pruebas que contra el acusado se promuevan durante el proceso y garantiza el juicio entre iguales que consagra la doctrina democrática.

Cuando la noción de lo justo deriva de la concepción burguesa de la sociedad y no de la noción de equidad de los pueblos, la justicia se orientará siempre en favor de los intereses de los poderosos y su distribución entonces por parte de los jueces un dechado de arbitrariedad y despojos. El advenimiento del Estado de Derecho, cuyo fundamento es la separación de poderes, no resuelve el dilema de la iniquidad de la justicia impartida por los poderosos para sociedades que avanzaban progresivamente hacia modelos en los que la preservación de los derechos del ser humano eran una razón fundamental.

Mucho antes de la Revolución Francesa, en Gran Bretaña, Juan Sin Tierra instituía en su Carta Magna la figura del jurado como instancia que velara por los derechos de los individuos a ser juzgados por sus semejantes de acuerdo al sentimiento de la sociedad. Desde la antigua Grecia y ya en el imperio romano, modalidades de esa figura del jurado eran de uso común en los juicios públicos.

Pero el juicio entre iguales no siempre fue el más justo. Los pueblos ignorantes fueron muchas veces copartícipes de las más horrendas atrocidades cometidas contra los seres humanos a través de la historia. Desde la crucifixión de Cristo, hasta el satánico ritual de la inquisición, la algarabía de turbas enardecidas por el discurso de los púlpitos fue el acicate de miles de sentencias. Muchas de esas turbas llenan hoy, como llenaron en el pasado, con su fervor y su devoción a Dios las iglesias del mundo entero.

Estados Unidos lo padece. La impunidad que indigna al mundo por la muerte de un sinnúmero de afrodescendientes a manos de policías blancos, está determinada por jurados que integran ciudadanos la mayoría de las veces negros.

En una sociedad que procura su transformación, a partir precisamente de la evolución del Estado para replantear la idea de justicia y de igualdad como base del mismo, y darle cause a un modelo verdaderamente democrático en el que prevalezca el principio del sentido común y no del sentimiento común, tal como éste se concibe en el modelo burgués, la aplicación de la Ley es un asunto medular que obliga a repensar la doctrina del derecho desde sus más hondas raíces. Los parches o enmiendas de naturaleza superficial o puramente semántica al entramado legal del Estado, por muy revolucionarios que desde el punto de vista del derecho aparezcan, terminarán siempre por reproducir el modelo burgués que se persigue desmontar si lo que obliga a la justicia es el férreo cumplimiento de la norma que lo sostiene.

Por eso frente a un proyecto de transformación de la sociedad como el que encarna la revolución bolivariana en Venezuela, la burguesía va a procurar siempre preservar para sí instituciones como el poder judicial, las leyes de la república y hasta la Constitución nacional (aún a pesar de haber surgido ésta del mismo proceso revolucionario que adversa), precisamente porque asume que es en ese ámbito del Estado donde se ejerce el verdadero poder sobre la sociedad, en la medida en que las Leyes sean expresión de un sentimiento, o una cultura, que a través de la academia, la investigación, los medios de comunicación y el mercado, ella impone a su buen saber y entender.

Sin importar si los abatidos en enfrentamiento policial en la Cota 905 eran criminales o no (… el pecado no importa), Provea abogará por sus derechos humanos acusando al Estado por lo que esa organización no gubernamental de dudosa credibilidad presentará siempre como “masacre” porque lo que le interesa ahí no es en modo alguno el derecho sino el espacio donde puede obtener no solo el beneficio político que los medios de comunicación de la derecha le facilitarán a los suyos de cara a unas elecciones parlamentarias a las que asisten en la condición más depauperada del antichavismo en toda su historia, sino el rescate de un espacio de control social desde el cual los sectores dominantes han ejercido desde siempre su dominio.

Para la burguesía los instrumentos de justicia no son los cuerpos policiales, ni los cuerpos de investigación, ni los tribunales mismos. Montesquieu sostiene en su Espíritu de las Leyes, que “Los jueces de una nación no son sino la boca que pronuncia las palabras de la Ley”.

Provea, aún por encima del clamor mayoritario de una sociedad que aplaude al unísono la actuación del Gobierno revolucionario en el enfrentamiento de los grupos criminales que hoy sumen al país en la angustia y la violencia, no defiende derechos abstractos de individuos cuyo prontuarios los incriminan, sino un Estado de Derecho que sirva para preservar el modelo de la dominación por el cual los sectores de la derecha venezolana hoy abogan.

Acusar a la revolución de represora, cuando precisamente el centro y razón de ser de esa revolución es el ser humano, es parte esencial del discurso de una guerra comunicacional basada en la infamia y la distorsión de la realidad al que esos sectores recurren frente a la evidente incapacidad de lograr el respaldo popular al que aspiran. La campaña de Provea denunciando atropellos a los derechos humanos donde todo el país está viendo salvación, es otro de los clamorosos desatinos de esa derecha torpe y tozuda que todavía cree en la posibilidad de reinstaurar en Venezuela su vetusto y destartalado modelo.

@SoyAranguibel

Cuadrarse siempre con el mal

– Publicado en Últimas Noticias el 15 de julio de 2015 –
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Por: Alberto Aranguibel B.

Los facinerosos son como los borrachos; los únicos que creen que lo están haciendo bien son ellos. Como todo buen truhán, el desadaptado que obra contra los demás parte del principio del valor supremo de su punto de vista sobre la vida y la muerte por encima de lo que al respecto piense el resto de la sociedad.

No es nada más un asunto de poder (como suele argumentarse) en el que el antisocial se vale de una eventual ventaja bélica sobre su prójimo. Es también un tema de filosofía, cuya hipótesis central suele ser un constructo teórico más bien simple pero de un hondo contenido ideológico, que pudiera resumirse en la formulación semántica del “porqueyonoismo”.

El “bachaquero”, por ejemplo, así como el “raspacupo” y el “dolartudeicista” en general, tiene en su origen la insensata justificación del “¿Ah, y los demás sí pueden pero yo no?”

Como en todo credo, la decantación ideológica del pérfido termina por fanatizarlo y volverlo esclavo de su propia fe. Su convencimiento es tal que, sin lugar a dudas, puede afirmarse que en buena medida la violencia en la sociedad, más allá de las razones de naturaleza social que la puedan determinar, es un fenómeno derivado de la necesidad del transgresor por imponer su particular forma de concebir el mundo, antes que las simples razones de la perversidad y del lucro fácil que desde las ciencias sociales y la criminalística se le atribuyen.

Es la violencia que surge de la depravación de la que es presa la gente de frágiles convicciones y principios éticos y morales, a quienes el modelo de sociedad que promueve la riqueza fácil y la ilusión del confort en el capitalismo, lleva a hacer creer que mediante el delito se edifica en ese modelo enajenado de sociedad algún tipo de bienestar digno y perdurable.

Para ellos la revolución bolivariana es un enemigo a muerte, precisamente porque la propuesta de esa revolución es la superación del ser humano a partir de la erradicación de esos antivalores que promueven quienes, como Henrique Capriles, por ejemplo, se cuadran con los agresores de la patria creyendo que es la vía correcta de crecer en popularidad.

Quienes, como Capriles, ven una oportunidad en aliarse con Guyana en este momento, son capaces de vender a su madre por un puñado de dólares.

 

@SoyAranguibel

Adiós al libre mercado

– Publicado en el Correo del Orinoco el 13 de julio de 2015 –
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Por: Alberto Aranguibel B.

En Venezuela, como en ninguna parte del mundo, no existe Ley alguna que impida a la empresa privada reducir los precios de los productos que ella comercializa. Si quisiera, podría reducirlos con la más entera libertad y la total complacencia de los consumidores.

¿Por qué entonces la propuesta fundamental del sector empresarial y político de la derecha para resolver las distorsiones económicas por las que atraviesa el país y atender así al reclamo del pueblo contra la inflación es la de la eliminación de las regulaciones del Estado a los precios de los productos, si dichas regulaciones lo que impiden es el alza de los mismos pero de ninguna manera su disminución?

Porque, como se sabe, la premisa de la cual parte el neoliberalismo es la del “libre mercado”. Aquel donde una hipotética mano invisible, solo percibida supuestamente por los capitalistas más perspicaces y avezados, sería capaz de ordenar mediante el inescrutable mecanismo de la oferta y la demanda los tortuosos y enrevesados intersticios de la economía de las naciones y del mundo.

¿Por qué es invisible esa invisible mano del mercado?

Porque tal mano no existe.

Lo que existe en el ámbito de las economías capitalistas es el férreo control regulatorio que organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), El Banco Mundial, o el Banco de Pagos Internacionales (BIS), ejercen sobre ellas para someterlas a los rígidos lineamientos que el sistema financiero mundial ha concebido para garantizar la sostenibilidad en el tiempo del modelo neoliberal que los grandes bancos privados del mundo insisten en imponerle al planeta entero a pesar de su ya inocultable inviabilidad.

Los cultores del libre mercado esconden siempre su ineptitud para responder a las cada vez más crecientes exigencias económicas de las naciones, aduciendo limitaciones a las que se verían siempre sometidos los actores económicos por controles gubernamentales de diversa naturaleza, generalmente regulaciones de tasas de interés, Leyes laborales, tasas impositivas, tributaciones fiscales, controles de precios, etc.

Acusación que recae con la mayor frecuencia sobre regímenes o gobiernos cuyas economías tiendan a declarase independientes de los grandes centros de dominación financiera. De acuerdo con la doctrina neoliberal, esa tendencia las convierte en peligrosas para el sistema y hacia ellas enfila su ataque.

Sin embargo, los grandes conflictos que padece hoy la humanidad están determinados precisamente por esos organismos creados por los grandes centros de poder financiero mundial que esclavizan a los países bajo su dominio con el inmisericorde recetario de medidas económicas asfixiantes que procuran revitalizar el capitalismo mediante la monstruosa transfusión de dinero que surge de esas economías a las que someten y a las que obligan a aplicar medidas hambreadoras contra sus pueblos.

En 1966, Carroll Quigley profesor de la Universidad de Georgetown y uno de los mentores de Bill Clinton durante su periodo de estudiante universitario, escribió en su muy polémico libro Tragedy and Hope: A History of the World in Our Time, “El poder del capitalismo financiero tiene un plan a largo plazo, que no es más que crear un sistema global financiero en control de manos privadas que pueda dominar el sistema político de cada país y la economía del mundo entero. Este sistema sería controlado de una manera feudal por los bancos centrales del mundo actuando en concierto y por acuerdos secretos logrados en mítines y conferencias frecuentes. En la cima de este sistema estaría el Banco de Pagos Internacionales en Basilea, Suiza, un banco privado poseído y controlado por los bancos centrales del mundo, que a su vez son corporaciones privadas. Cada banco central trata de dominar su gobierno por su habilidad de controlar los préstamos al gobierno, la manipulación de moneda nacional y extranjera, y la influencia en toda actividad económica en el país y su influencia con los políticos por los regalos o prebendas que le otorgan en el mundo de los negocios.”

El planteamiento del catedrático no tardó en transformarse en premonición, y a medida que transcurrían los años el mundo capitalista, que se ufanó desde siempre de su liberalismo a ultranza como motor del desarrollo económico de las naciones, pasaba a ser el infernal panóptico en el que las élites de banqueros han convertido a ese modelo cada vez más saturado de controles y regulaciones infranqueables, ya no por parte de los Estados o sus gobiernos en modo alguno, sino por los grandes gurúes del nuevo orden neoliberal que hoy impera en el capitalismo. Como la inefable señora Lagarde, presidenta del FMI, quien recientemente expresara su pesar por la prolongada vida de los ancianos a quienes ella como figura cimera del neoliberalismo considera onerosos.

Quien tenga alguna duda al respecto, que revise con detenimiento no solo el genocida recetario del Fondo Monetario Internacional con el que estamos tan familiarizados en Latinoamérica, y que hoy se pretende aplicar a Grecia de manera desalmada, sino las regulaciones que ordena desde 1930 a los bancos centrales de las sesenta naciones más importantes del mundo el Banco de Pagos de Basilea.

En Venezuela, laboratorio viviente de la nueva sociedad de justicia e igualdad social que es referencia mundial de ese nuevo mundo posible a la luz del socialismo bolivariano y chavista que hoy el pueblo construye, la inoperancia del libre mercado está siendo puesta en evidencia con la guerra económica que el propio capital privado ha desatado contra nuestro país sin la más mínima conmiseración ni raciocinio.

La modalidad de “capitalismo popular” que representa el llamado “bachaqueo” que se ha puesto en práctica en buena parte de la población de bajos recursos a partir de la premisa de la especulación que se escuda tras la falsa doctrina regulatoria de “la oferta y la demanda”, no es sino demostración irrefutable de cómo el libre mercado no es capaz de asegurar por sí mismo, mediante ninguna fórmula económica sostenible, el equilibrio o la disminución de los precios de los productos sino todo lo contrario. Si la condición indispensable para elevar los precios es que el producto escasee, el capitalismo hará entonces que el producto desaparezca de los anaqueles, porque su interés no es reducir su ganancia sino incrementarla. Solo que así, mediante esa libertad absoluta e irracional que proclama el neoliberalismo (y que de manera empírica practica el bachaqueo) el capitalismo desata la furia incontenible de la anarquía que va a terminar siempre por devorarlo a sí mismo. Tal como está devorando hoy al capitalismo nacional ese bachaqueo que de su vocación especuladora surge, mientras insiste de manera obcecada en señalar como culpable de su propia tragedia al gobierno del Presidente Nicolás Maduro.

Para evitar eso es que existen el FMI, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo y el Banco de Pagos de Basilea, y sus inviolables y muy rígidos controles.

De ahí que el desmontaje del modelo económico al que se refiere la derecha venezolana (Fedecamaras, Consecomercio, la MUD, la cúpula eclesiástica, etc.) tal como lo contemplan todos los documentos, declaraciones, artículos de opinión y proclamas, de los distintos voceros y organismos opositores, incluyendo las “Primeras Ideas de Acciones Económicas a tomar por el gobierno de la unidad nacional”, aprobado por la Comisión de Políticas Públicas de la Mesa de la Unidad Democrática en 2013, así como los planes de gobierno presentados por el entonces candidato Capriles Radonski, el llamado “Plan Consenso País” presentado por el mismo sector en 2004, y el “Acuerdo Nacional para la Transición” que firmaran los líderes violentos de la derecha, no es más que un paso necesario que los sectores neoliberales del país deben dar para cumplir formalmente con la entrega de nuestra economía a un poder regulatorio mucho más férreo que cualquier otro control estatal jamás conocido hasta hoy por la humanidad, como lo es el de las élites todo poderosas del sistema bancario mundial, cuyos designios son verdaderamente inapelables e incontrovertibles y cuyas nefastas consecuencias acarrean el hambre, la exclusión y la miseria que hoy agobia a las sociedades del mundo capitalista.

Cuando el modelo coloca como eje y centro de su acción al ser humano las regulaciones que se instrumenten para protegerlo serán siempre fórmulas de justicia social. Pero cuando esas regulaciones favorecen a las minorías sedientas de acumulación de riqueza, a las que no les importa el padecimiento de ese pueblo, entonces ahí se producirán siempre las crisis que generarán la angustia y el dolor que padecen los pobres en el capitalismo.

La revolución bolivariana es el escenario donde esa verdad de la justicia y la igualdad social acabará definitivamente con la farsa neoliberal del libre mercado.

 

@SoyAranguibel

La misoginia como marca ideológica

– Publicado en el Correo del Orinoco el 06 de julio de 2015 –
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Por: Alberto Aranguibel B.

“Hagan como se hace en todas las Iglesias de los santos: que las mujeres estén calladas en las asambleas. No les corresponde tomar la palabra. Que estén sometidas como lo dice la Ley, y si desean saber más, que se lo pregunten en casa a su marido. Es feo que la mujer hable en la asamblea.”

San Pablo / Corintios 14: 34-35.

 

¿A quiénes acusaban las representantes de organizaciones feministas de la derecha venezolana cuando solicitaban desde hace meses ante el Consejo Nacional Electoral la obligatoriedad de una cuota de al menos un 40% apenas de participación de mujeres en las listas de candidatos de la oposición a la Asamblea Nacional? ¿Al chavismo? ¿Al gobierno del Presidente Nicolás Maduro?

Cuando se revisa la declaración de la doctora Elys Ojeda, dirigente del Frente Femenino del partido COPEI, refiriéndose a la decisión favorable del Poder Electoral en atención a esa solicitud, pareciera que sí… pero no.

Dice la doctora Ojeda en esa oportunidad: “Esta resolución del CNE no es un regalo que hace el CNE ni el gobierno chavista a las mujeres venezolanas; desde Febrero estamos dirigiéndonos a la MUD para que nos oiga para hacer esa solicitud de paridad. El que no se nos haya escuchado no es nuestra responsabilidad.”

La doctora Isabel Carmona, dirigente nacional del partido Acción Democrática, por su parte, dice en entrevista televisiva que “Esta es una hora en la cual lo que están perdiendo de vista los sectores políticos, incluyendo la oposición, es que el liderazgo más descollante es el liderazgo de las mujeres.”

Para ella, como para el resto de las integrantes del movimiento feminista opositor, resulta difícil articular una posición coherente desde el ámbito de la derecha en torno al tema de los derechos de la mujer.

Que el sector masculino de la derecha venezolana no se haya percatado (o no reconozca) el gran avance que ha tenido la paridad de género en Venezuela gracias al empeño personal del Comandante Hugo Chávez y al carácter feminista de la revolución bolivariana, puede ser entendible. Pero que las voceras de ese sector de la oposición no lo hagan, es simplemente escandaloso.

Según explica la doctora Ojeda, corrobora la doctora Carmona, y lo sabe perfectamente el país, es la oposición quien ha negado de manera persistente toda posibilidad de participación a la mujer en cualquier área del quehacer político, ya no por un interés personalísimo de un grupo de dirigentes del sexo masculino por hacerse de las cuotas de poder que la oposición pueda obtener eventualmente por la vía electoral, sino más bien por un asunto de tipo doctrinario que se remonta a mucho tiempo atrás en la historia y que nada tiene que ver con chavismo ni con madurismo alguno.

Y no podría ser de otra forma. La defensa de los derechos de la mujer jamás surgieron ni de la filosofía ni de la teoría política de la derecha. Todas las revoluciones liberales burguesas a través del tiempo, incluyendo la francesa, consagraron siempre los derechos de igualdad y justicia social y política para los hombres no como el conjunto del género humano, sino en expresa exclusión de la mujer como actor político. El ingreso de las mujeres como fuerza laboral en el ámbito del capitalismo de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, que ayudó a crear la percepción de cierto grado de liberación femenina durante todo aquel periodo, estuvo determinada fundamentalmente por la necesidad de suplir los puestos de trabajo que los hombres abandonaban para ir a la guerra.

Fue el pensamiento revolucionario el que abordó de manera científica la paridad de género que desde los inicios mismos de las sociedades organizadas preocupó al ser humano. Ciertamente, tanto Marx como Engels visualizaron que el rol de la mujer era determinante en la sociedad a partir de su emancipación plena (cuyo sometimiento es una forma más de la explotación capitalista) y en función de su aporte en la construcción del socialismo. Casi un siglo y medio antes, en Francia, Condorcet denunciaba desde una posición autocrítica la inconsistencia de los postulados revolucionarios que hablaban de “Libertad, igualdad y fraternidad” pero solo para los hombres y abiertamente negados a la mujer.

La Revolución Bolivariana subsanó esa histórica omisión incluyendo por primera vez en el mundo la paridad de género en la avanzada Constitución impulsada por el comandante Chávez en 1999. La misma que en 2002 la derecha venezolana (con el respaldo pletórico de sus mujeres) derogó durante el llamado “carmonazo”.

Esa condición misógina que prevaleció a lo largo de la historia en todos los ámbitos del quehacer humano, tuvo (y sigue teniendo) su expresión más acabada en las religiones que en muchos casos operaron como forjadoras del conocimiento y de la cultura, particularmente en la sociedad occidental. De ahí que los sectores más proclives a negar a ultranza la participación de la mujer en el escenario político sean precisamente los sectores más atrasados de la sociedad, como los partidos políticos de la derecha.

En Venezuela la misoginia política nos llega desde la fundación misma de la república. El desprecio militante de la oligarquía a Manuela Sanz, por ejemplo, es todavía hoy un rasgo que define el carácter antifeminista, clasista y hasta racista de la burguesía, como lo evidencia el asqueroso monólogo antipatriota de una seudo humorista a la que la derecha apela por estos días para articular de alguna manera un escueto discurso antichavista en el que se ofende la dignidad de nuestros próceres de independencia, incluyendo a la heroína.

La persistencia del carácter misógino de esa derecha, se constata en los debates en el antiguo Congreso Nacional sobre la pertinencia del voto femenino, una vez fallecido el dictador Juan Vicente Gómez.

En sesión ordinaria del 25 de junio de 1936, el diputado ultraconservador Augusto Murillo Chacón, representante del estado Táchira ante aquel parlamento, se oponía al voto femenino en estos términos: “Razones sentimentales suficientes se adujeron para que ella (la mujer) pudiera ocurrir a las urnas electorales. Creo que se ha cometido un grave error, pues esto equivaldría a sustraer a la mujer del hogar, en donde, con justa razón, se le ha considerado como una Diosa, para lanzarla a los azares de la política. Creo que la verdadera y más noble contribución de la mujer al Estado, es el aporte biológico […] Los pueblos en donde la mujer cobra un gran auge en la política, en la inmiscuencia de la cosa pública, son pueblos en decadencia, porque el hombre va degenerando y cediendo el puesto a la mujer.”

Por su parte, el honorable diputado Celis Paredes, de la misma bancada de Murillo Chacón, arrancaba aplausos emocionados y vítores desde la gradería diciendo: “Después de haber meditado esto mucho, estoy por la negativa. A la mujer en Venezuela no debe dársele el derecho al voto. Si lo tiene los Estados Unidos es porque aquella es una verdadera democracia y nosotros todavía no lo somos […] He hablado también con mujeres verdaderamente conscientes, y esas mujeres me han dicho que el derecho de sufragio a la mujer es perjudicial a la República. Y de ello saco como consecuencia que las mujeres verdaderamente conscientes se abstendrían de ir a las urnas electorales, e irían tal vez algunas que no nos convienen.”

Esas mujeres que “no nos convienen” de acuerdo al excelentísimo diputado Celis Paredes, son muy probablemente las mismas de las cuales se precave el pensamiento de los intelectuales de la MUD que sostienen hoy en un audio en el que se les escucha hablando de la polémica resolución del CNE sobre la paridad de género, ideas luminosas como “… o sea que así sea una burra, o así sea una prostituta, o así sea una huele pega, tú tienes que ponerla porque sí, porque tiene una cuchara […] y si les hacen caso, bueno entonces habrá que meter también un 20% de maricos y gays…”

En su irrespeto no solo a las mujeres, sino a esos compatriotas de las etnias indígenas originarias, de los afrodescendientes, de las prostitutas y de los gays, cuyos derechos son garantizados por primera vez en nuestra historia por mandato constitucional, esos obtusos intelectuales de la derecha atentan incluso contra los derechos humanos de su propio líder y candidato presidencial en dos oportunidades, al que aún a sabiendas de su orientación sexual han aclamado y ovacionado hipócritamente por años, solo por su insaciable sed de poder a como dé lugar.

Pretender construir política bajo la medieval doctrina de la discriminación sobre la que se asentó desde siempre el pensamiento de la derecha, en una sociedad que avanza cada vez con más fuerza hacia nuevos paradigmas de inclusión, solidaridad y justicia social, no puede ser sino demostración del estercolero ideológico que es el antichavismo.

 

@Soyaranguibel