La verdad de una mentira mil veces dicha

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 27 de abril de 2015 –

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Por: Alberto Aranguibel B.

“La propaganda puede ser aprendida. Debe ser conducida solo por un fino y seguro instinto para percibir los sentimientos siempre cambiantes de la gente”  Joseph Goebbels

Resulta común en cualquier tratado de historia política contemporánea o escuela de comunicación social en el mundo, aseverar categóricamente que la mentira fue el recurso por excelencia utilizado por el doctor Paul Joseph Goebbels, a quien la industria mediática occidental ha presentado por más de siete décadas como el más perverso y despiadado manipulador de masas desde su arribo al cargo de ministro de propaganda del Tercer Reich en la Alemania nazi hasta la caída del régimen en 1945.

Quien fuera considerado como uno de los mejores oradores de todos los tiempos (que pronunciara el famoso discurso “La guerra total” con el que Hitler emprendió la arremetida final de su régimen) ha sido acusado sistemáticamente de ser el autor de una supuesto decálogo cuya máxima filosófica es usualmente resumida en la expresión “Una mentira dicha mil veces se convierte en verdad”.

Lo cierto es que Goebbels jamás escribió ni dijo nada semejante. El origen de la equívoca leyenda se encuentra en un artículo del alto dirigente nazi, publicado el 5 de octubre de 1941 en el periódico Das Reich, en el cual Goebbels sentía un particular orgullo de editorializar semanalmente desde 1940 para promover el ideario nacionalsocialista y responder desde ahí a los embates propagandísticos de los enemigos de la Alemania nazi.

En ese texto, Goebbels, cuya filosofía como profesional de la comunicación era la inconveniencia de “la mentira” como instrumento de convencimiento, se expresaba de las campañas de propaganda que Inglaterra y Rusia orquestaban contra Alemania, de la siguiente manera: “la propaganda inglesa y bolchevique pensó que le había llegado su hora. […] siempre hicieron predicciones falsas. Todavía tienen las agallas de mostrarse ante el mundo como puros e incorruptibles fanáticos de la verdad que se presentan como son, mientras alegan que nosotros abolimos la libertad de expresión, envían mentira tras mentira al mundo, y tanto mienten que ya no sabemos cuál es la verdad” (subrayado nuestro) (1).

En realidad lo que se conoce como “las leyes de la propaganda” atribuidas al inefable personaje, no es sino el resumen que de manera arbitraria elaborara el profesor emérito de la Universidad de Yale, Leonard W. Doob, a partir de lo que él mismo señala en su libro “Principios de la Propaganda de Goebbels”, publicado en 1950 por la Universidad de Oxford en cooperación con el Instituto Americano para la Investigación de la Opinión Pública, en plena efervescencia de la Guerra Fría, que “se basa en una lectura cuidadosa de documentos escritos y no escritos por Goebbels, que reposan en la librería del Instituto Hoover para el Estudio de la Guerra, la Paz y la Revolución, de la Universidad de Stanford” que “no necesariamente son una relación exacta y verdadera de su personalidad, ni como persona ni como propagandista“. (2) A confesión de parte relevo de pruebas, se dice en derecho.

La “objetividad” de Doob para la apreciación de las ideas de Goebbels queda completamente en entredicho cuando se sabe que dicho profesor norteamericano se desempeñó durante la Segunda Guerra mundial como encargado de la OWI (United States Office of War Information) en Europa, una oficina creada por los Estados Unidos para el trabajo de contrainformación y propaganda cuyo propósito fundamental era precisamente el de operar como una máquina para la producción de materiales que aparentaran ser propaganda nazi para ser distribuidos en Alemania y en el resto de Europa durante todo aquel período. Un verdadero trabajo de guerra sucia llevado a cabo bajo la denominada modalidad de “ataque de bandera falsa” en la cual Doob se convirtió en todo un experto.

En síntesis, tanto el libro de Doob como la obvia subjetividad con la que debe haberse realizado la investigación en la cual se fundamenta, demuestran que el tan difundido manual de propaganda (más parecido a un panfleto anti-nazi que a ninguna otra cosa) jamás fue escrito por Goebbels quien, como hombre sólidamente formado como intelectual y como profesional, es evidente que jamás habría llegado a afirmar la sarta de barbaridades que en ese apócrifo documento se le atribuyen. Fue gracias a la libre interpretación del entonces agente de propaganda norteamericano que la frase del editorial “La materia de la peste” escrito por Goebbels en 1941 ( “… envían mentira tras mentira al mundo, y tanto mienten que ya no sabemos cuál es la verdad”) pasó a ser la infame pero muy conveniente máxima para los intereses políticos de los EEUU “una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad“.

De hecho, Edward Bernays, verdadero inspirador de buena parte del trabajo de Doob en Europa, recogía en su famoso libro “Propaganda” publicado en 1928, mucho antes del ascenso del nacionalsocialismo alemán al poder, su visión de lo que él mismo había practicado desde 1917 en el uso de la propaganda como herramienta para la manipulación de las masas, en su condición de asesor de imagen del Presidente Wilson de los EEUU durante la primera Guerra Mundial, de la siguiente manera: “Fue, por supuesto, el éxito sin precedentes de la propaganda durante la guerra lo que les abrió los ojos  a los más perspicaces en los diferentes campos acerca de las posibilidades de disciplinar a la opinión pública […] La manipulación deliberada e inteligente de los hábitos estructurados y de las opiniones de las masas es un elemento importante en las sociedades democráticas. Aquellos que manipulan este oculto mecanismo de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder dirigente de nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes están amoldadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, en gran medida por hombres de los que nunca hemos oído hablar.”(3)

Pero mucho más allá de todo eso, está la intensa actividad llevada a cabo por el magnate de la prensa norteamericana William Randolph Hearst, también asesor de Adolph Hitler desde mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, en la manipulación de las noticias que llegaban tanto a Alemania como a Norteamérica desde Rusia para tratar de contener la expansión del comunismo en Europa, en lo cual Hearst aplicó a la más perfecta cabalidad todas y cada de las técnicas de guerra sucia que describe el manual que veinte años después Doob redacta y le atribuye maliciosamente a Goebbels.

De todo eso se desprende sin lugar a dudas que no fue Goebbels en modo alguno el creador de los modelos de manipulación de los cuales es acusado por la propaganda occidental. Algo que pone en evidencia al imperio norteamericano y a su poderosa red de corporaciones mediáticas, verdaderos cultores de la mentira, en su propósito de la desmovilización de los pueblos progresistas, soberanos e independientes del mundo.

La suerte (buena o mala, según se aprecie desde un ángulo o de otro) de Goebbels fue que su desempeño como Ministro de Propaganda coincidió en el tiempo con el surgimiento de un fenómeno nunca antes visto en la historia de la humanidad, como lo fue el nacimiento casi simultáneo de los grandes medios de comunicación que hoy la sociedad conoce, como el cine, la radio y la televisión, los cuales utilizó inteligentemente, tal como lo hacen hoy de manera intensiva todos los gobiernos del mundo, no solo con los mismos medios sino también con Internet y las llamadas redes sociales.

Ese lógico aprovechamiento de la comunicación de masas al que se abocara el ministro nazi, generó el desprecio de las potencias que desde entonces se vieron amenazadas con el inmenso poder de convencimiento que Goebbels podía tener usando los medios para decir la verdad que había detrás de las insaciables ambiciones imperialistas y de dominación que esas potencias que él enfrentaba escondían tras su fachada de “libertadores” del mundo.

Hoy, lamentablemente, esa verdad de un modelo imperialista que mediante la manipulación y la mentira pretende rendir a los pueblos del mundo presentándose como redentor de una democracia que en todas partes él mismo violenta, es una realidad absoluta e innegable.

@SoyAranguibel

(1) La materia de la peste, Das Reich, 5 de octubre de 1941.

(2) Goebbels’ Principles of Propaganda, Doob, The Public Opinion Quarterly, Vol. 14, No. 3, (Autumn, 1950), pp. 419-442

(3) http://ia600804.us.archive.org/4/items/Porpaganda/PropagandaedwardBernays1928.pdf

Liberen wifi

– Publicado en Últimas Noticias el sábado 25 de abril de 2015 –

liberen wifi

Por: Alberto Aranguibel B.

En La tragedia de Ricardo III, que relata las vicisitudes del último rey de la dinastía Plantagenet, Shakespeare coloca en boca del desesperado monarca durante la batalla de Bosworth en la cual Ricardo terminaría muerto en combate, el grito “¡Un caballo, un caballo!… Mi reino por un caballo!” dando a entender lo angustiante que debe haber sido la insalvable y difícil batalla en la que acabó su vida, más o menos por los mismos años en que Colón arribaba por primera vez a suelo americano.

En la vida real, luego del pavoroso trepidar de la tierra que llenó de dolor y angustia a la población caraqueña de principios del siglo XIX, el joven independentista y futuro Libertador de América, Simón Bolívar, reacciona contra la infamia de la cúpula eclesiástica que pretendía sacar provecho de la adversidad y proclama enérgico “¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”, con la cual se definiría de manera indiscutible el carácter gallardo del que conduciría al pueblo hacia su libertad.

Poco después, en 1815, el Emperador Bonaparte regresaba de su exilio en la isla Elba sorprendiendo al mundo entero con su audacia al enfrentar al ejército del rey Luis XVIII con apenas su escolta privada. A la hora de su detención, llevada a cabo por una avanzada del ejército francés, les dice desabotonando furioso su camisa: “¡No permitiré que mis soldados derramen su sangre sin motivo. Si alguno de vosotros aún está dispuesto a disparar a su Emperador, aquí lo tenéis!”

Más o menos en los mismos términos en los que el Che Guevara se enfrentó a la muerte cuando el asesino que lo ejecutó cobardemente se le presentó a su celda: “Apunte bien y dispare. Va usted a matar a un hombre”, le dijo, a sabiendas del infausto final que le esperaba.

Aquí las turbas antichavistas, en vez de valerosas arengas, lo que piden a gritos en medio de las refriegas incendiarias que desatan contra la paz del país, es que “¡Liberen wi-fi!”.

Una absurda forma de lucha que deja en manos del tuiter las posibilidades de triunfo, solo evidencia, además de un gran ridículo, la fragilidad y la insensatez de ese lamentable proyecto.

Más aún si se considera que la revolución, esa supuesta dictadura contra la que dicen pelear, ha llenado el país de puntos wi-fi totalmente libres y sin costo alguno.

La falsa promesa de la tierra prometida

– Publicado en el Correo del Orinoco el 20 de abril de 2015 –
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Por: Alberto Aranguibel B.

El norte es una quimera, qué atrocidad, y dicen que allá se vive como un pachá” Luis Fragachán

Por lo general, la teoría política asume que la razón definitiva de los imperios es la sed de dominación de unas naciones sobre otras no solo por vía de la fuerza sino mediante el sometimiento religioso, cultural, económico o político. Por eso el expansionismo territorial ha sido siempre factor indispensable para la realización de cualquiera de las formas de imperialismo.

La misma tesis leninista que define al imperialismo como fase superior del capitalismo (la voraz expansión de los grandes consorcios hasta abarcar la totalidad de los mercados para someter y rendir las economías del mundo a sus particulares intereses económicos), termina por ser una aceptación de la propuesta que coloca al imperio como una entidad de poder supeditado principalmente a la necesidad imprescindible de la dominación territorial. Sin lo uno no es posible lo otro.

Pero el expansionismo resulta demasiado oneroso ya no solo por los costos de la estructura de ocupación sino por lo que representaría sufragar el desarrollo de las naciones bajo su control hegemónico. De ahí que su naturaleza sea eminentemente saqueadora. Y de ahí el repudio que obtienen siempre de los pueblos.

El imperio otomano, por ejemplo, que en la cúspide de su poder en el siglo XVII se extendía sobre más de cincuenta y cinco millones y medio de kilómetros cuadrados, ejercía su dominio sobre remotos territorios a los cuales, en muchos casos, les respetaba un alto grado de autonomía administrativa siempre y cuando ello no contraviniera la subordinación al imperio ni el tributo de impuestos que a este le debían. Lo económico era lo más importante, pero lo territorial era determinante por la fortaleza que aseguraba en la obtención de recursos naturales, fuerza laboral a bajo costo y capacidad de desmovilización enemiga en una vasta periferia.

Quienes argumentan la inevitabilidad de las rebeliones populares contra la dominación, debaten con quienes sostienen que la inviabilidad económica es lo que termina por hacer insostenible la inmensa carga financiera del imperio, así como con quienes afirman que su incapacidad para la actualización del conocimiento, la negación de la ciencia y la tecnología como instrumentos del desarrollo, sería la causa definitiva de su declive y posterior extinción.

En todo caso, el imperio más poderoso será aquel que controle de mejor manera todas esas variables bajo una misma premisa de orientación estrictamente hegemónica. Al decir de Gramsci, su sostenibilidad derivará de la ilusión de bienestar (desmovilización social) que a través de las herramientas del conocimiento (cultura, educación y religión) le imponga al pueblo el poderío fáctico del imperio.

Por eso el imperio norteamericano necesita una poderosa fachada de deslumbrante ilusionismo que contenga las aspiraciones emancipadoras del pueblo. Hollywood es la herramienta para el desarrollo intensivo de esa ilusión, cuyo propósito no es solo el de inhibir la naturaleza revolucionaria de las fuerzas sociales, sino el de reducir las barreras de soberanía de las naciones susceptibles de la dominación imperial.

Hoy en día todo aquel que sea presa del discurso alienante del imperio verá a los Estados Unidos como la tierra prometida y en función de eso orientará su aspiración de vida. El fomento de una cultura apátrida entre los pueblos de vocación nacionalista, procura la eliminación de esas barreras de soberanía que impiden el acceso expedito de las grandes corporaciones transnacionales a los países de economías emergentes, a la vez que tiende a acabar con la diversidad ideológica, religiosa, cultural y política que obstaculizan el avances de los imperios.

Los superhéroes son los dioses contemporáneos que con su encanto y destrezas todopoderosas rinden cada vez más a sus pies al mundo entero ya no como vetustas deidades envueltas en sábanas celestiales sino encantadores adonis enfundados en sugestivos trajes multicolores de titanio y grafeno templado. Los marines, como los ángeles, son los ayudantes de Dios en la salvación de aquellos que necesitan auxilio. Y los hijos de Dios en la tierra, cuya finalidad es traer a los mortales el mensaje de la buena nueva, están ahora en las listas de millonarios que año tras año la revista Forbes publica para dar a conocer los nombres de las figuras más poderosas del mundo capitalista.

El estilo de vida de los ricos y famosos se vende a través de las pantallas como el paraíso terrenal que solamente existe en los inexpugnables linderos del imperio norteamericano (el departamento de inmigración), al cual se puede acceder eventualmente si, y solo si, se cumple el mandato del buen comportamiento que las leyes sagradas (el comunismo como fruta prohibida) estipulan. Una franquicia internacional de televisión funge de purgatorio para alcanzar el cielo si se le responden quince preguntas a un arcángel (el moderador de “Who Want to be a millionaire”), con lo cual resultará siempre que, por culpa de su ignorancia, el pueblo no podrá ser jamás hijo de Dios, porque hijo de Dios no es cualquiera. Idea medular en el propósito desmovilizador que inoculan desde siempre en la mente de la gente el contenido mediático y la cultura occidental burguesa en general (“Rebelión en la granja”, es un claro ejemplo de esto).

En la vida real, el imperio es otra cosa. El designio profético que le otorga el atributo de la dominación del mundo no resuelve las inconsistencias ni los cabos sueltos que los imperios han terminado por temer siempre a lo largo de la historia. Ni la tesis del Destino Manifiesto ni la doctrina Monroe, como ningún otro postulado imperialista norteamericano, explican en qué radica la necesidad de erigir a los Estados Unidos en imperio. Se postulan en cada caso la causa de la libertad (en abstracto) como razón esencial del compromiso de lucha más allá de sus fronteras, así como la supuesta preservación de la seguridad nacional para ello. Pero en modo alguno se desarrolla desde el punto de vista filosófico o político por qué esa lucha debe librarse desde la condición imperial.

No se explica tampoco por qué, si los Estados Unidos es la tierra por excelencia de las oportunidades, la lista de millonarios más acaudalados de esa nación es la misma desde hace más de un cuarto de siglo. De ese grupo, solo uno, el dueño de la red social Facebook (cuyo salario anual es de cien mil millones de dólares), es menor de cuarenta años. El resto (al frente de los cuales se encuentra desde 1985 el magnate del software Bill Gates) promedia una edad de setenta y cinco años. Warren Buffett, con un patrimonio personal de 72.700 millones de dólares en su haber, celebrará este año sus primeros ochenta y cinco años de edad. A ese ritmo, incluyendo solamente a los 318.582.000 habitantes que constituyen la población norteamericana en la actualidad, habría que esperar cerca de 6.400 años para satisfacer la aspiración de cada uno de ellos a alcanzar ese privilegiado sitial.

En términos absolutos, la promesa de la supremacía no le sirve a la inmensa mayoría de los norteamericanos, quienes de acuerdo al informe para 2014 del Programa Mundial de la ONU para la Alimentación (FAO), padecen el hambre infantil más aguda del continente. Ni tampoco a los cientos de miles que sobreviven a la miseria amparados por deplorables programas de comida para indigentes, que rechazan la creciente e indetenible discriminación racial que día a día llena de luto a hogares humildes de ese país, o a los cientos de ellos que incrementan anualmente las cifras de renuncias a la nacionalidad estadounidense.

Tal es el caso de Quincy Davies, quien relataba en 2014 su experiencia en Taiwan luego de renunciar a su nacionalidad. “Cuando pienso lo que yo era como un hombre negro en Estados Unidos me doy cuenta que no tuve oportunidades”, dice. “A uno lo discriminan en Estados Unidos. Pero aquí (en Taiwán) la gente es muy amable, te invitan a su casa, son muy cálidos… No hay delito, no hay armas. No me queda más remedio que adorar este país”. (1)

La nueva realidad de un mundo contestatario que no cree ya en la falsa promesa de la tierra prometida, como vimos en la Cumbre de las Américas, ha comenzado a hacerle ver a ese imperio decadente que su final está cada vez más cerca.

(1) 20Minutos

@SoyAranguibel

Aranguibel en DesdeLaPlaza.com: “El hábito ancestral de España con nuestro país ha sido el de la expoliación y el saqueo”

– Publicado en DesdeLaPlaza.com el 16 de abril de 2015 –

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Las tensiones diplomáticas entre España y Venezuela, se han mostrado en ascenso en los últimos días. El Gobierno Nacional acusó a la nación europea de mantener una postura injerencista, tras aprobar el pasado 14 de abril una resolución a favor de la liberación de varios líderes opositores.

Conforme a esta iniciativa validada por el parlamento de ese país, el Presidente de la República, Nicolás Maduro, se pronunció y tildó al Jefe del Gobierno español, Mariano Rajoy, de promover el “racismo histórico” contra Venezuela. El Ministerio de Asuntos Exteriores de la nación europea, en respuesta al mandatario venezolano, emitió un comunicado donde considera estas declaraciones como “intolerables”.

Pero, partiendo de toda esta coyuntura, ¿Qué consecuencias tienen estos conflictos bilaterales? Ante esta interrogante el analista político, Alberto Aranguibel, comentó a DesdeLaPlaza.com, que esta tensión diplomática entra ambas naciones no acarrea, ni debe generar ningún efecto negativo para el país.

“Esto no deberá ni debe tener consecuencias. El presidente Maduro está dejando clara la posición de defensa de la soberanía en nombre de todos los venezolanos y venezolanas, así como del proyecto de Patria aprobado por la Asamblea Nacional”, dijo Aranguibel, quien seguidamente añadió que se espera una rectificación del gobierno español, que está metido a fondo en la “guerra contra Venezuela”.

Referente a la declaración del Jefe de Estado venezolano acerca de que “está preparado para dar la batalla contra Madrid”, el analista político indicó que no debe considerarse indebido o incorrecto. “Si el país es agredido por cualquier nación, el Gobierno tiene el derecho de reaccionar en el tono que considere lo suficientemente enérgico como para dejar clara la posición de nuestro país”, argumentó.

“Venezuela lo que ha hecho es dar una respuesta, probablemente inusual,  en el marco de la cortesía del trato amable y diplomático que hay establecido entre las naciones, pero que no transgrede las leyes ni las relaciones internacionales”, aclaró.

¿Qué sucederá con los acuerdos entre ambas naciones?

Venezuela tiene múltiples acuerdos firmados con España, como evitar la Doble Tributación,  Promoción y Protección Recíproca, Seguridad Social, Cooperación Técnica entre ambas naciones, que contempla diseño, planificación, construcción, suministro, instalación y mantenimiento del sistema integral, entre otros convenios.

Sin embargo, ¿Qué pasaría en caso de que se  rompan las relaciones diplomáticas entre ambos países? En respuesta a esta incógnita, Aranguibel planteó quehabría que verlo a luz de cada uno de esos tratados. Además, agregó que Venezuela nunca se ha visto beneficiada a través de estos convenios con la nación europea.

“España no ha traído nada positivo para Venezuela. Jamás. No nos ha dejado nada positivo ni en términos de desarrollo industrial, académico, ni social. El hábito ancestral de España con nuestro país ha sido el de la expoliación, el del saqueo y eso lo ha mantenido como cultura“, precisó el analista político.

En este sentido, argumentó que en la década de los 80’ y 90’ España hizo quebrar decenas de compañías importantes en Venezuela, como sucedió en el caso de la línea de aviación bandera del país, Viasa, que fue “saqueada y desmantelada” por la empresa Iberia, con base en esos acuerdos.

Ellos han utilizado algunos convenios para expoliar a nuestro país, y este desequilibrio es parte de lo que quiere corregir la Revolución Bolivariana. Impedir que siga viéndose a Venezuela como ámbito para el saqueo”, finalizó.

DesdeLaPlaza.com/Kelvin Castillo

Fuente: DesdeLaPlaza.com

El hombre sin pasado

– Publicado en el Correo del Orinoco el martes 14 de abril de 2015 –

obama historia

Por: Alberto Aranguibel B.

Si los Estados Unidos tuviese un presidente que valorara la historia, el mundo sería completamente diferente, porque si algo le ha resultado desastroso a todos los imperios ha sido dejarse llevar por la jactancia y la prepotencia con la que Obama conduce al imperio bajo su mando hacia el cadalso, tal como solo la historia puede demostrarlo.

En su maravillosa película sobre la sensibilidad humana, El Hombre Sin Pasado (2002), el finés Aki Kaurismäki, denuncia la indiferencia de la sociedad capitalista hacia los desposeídos, a quienes el sistema neoliberal desprecia y excluye de manera casi doctrinaria, usando como eje de la trama a un personaje sin nombre que, producto de la violencia que el afán de riqueza fácil que el capitalismo genera, es víctima de una golpiza que le ocasiona la pérdida de la memoria. Tal circunstancia lo lleva a deambular hasta encontrar el abrigo de una comunidad de indigentes que de manera desinteresada le ayudan a soportar la terrible carga de su infortunio para descubrir, cuando por fin se recupera de su padecimiento, que la autenticidad del afecto y la solidaridad de esa gente humilde es infinitamente más valiosa que todo lo que conoció en su confortable vida pasada.

Sin memoria, como lo plantea Kaurismäki, no hay ninguna posibilidad de ser incorporado a la sociedad, porque la consecuencia directa de la desmemoria es la carencia de identidad y sin identidad no existe forma de acceder a servicio alguno o de ser tomado en cuenta por organismo o empresa de ninguna naturaleza, como un banco, por ejemplo, en donde el personaje de la película es detenido durante un robo del cual no participa pero del que es sospechoso precisamente por no poseer identificación.

Con un presidente que respetara el papel de la historia en el desarrollo de la humanidad, Estados Unidos no se vería hoy atrapado en el callejón sin salida en el que Barack Obama ha metido a esa nación por culpa de su torpe concepción de las relaciones con el continente suramericano y caribeño, y por supuesto, no se habría visto en la necesidad de promulgar una arbitraria e inconducente orden ejecutiva contra un país soberano, ni mucho menos quedar en ridículo ante el mundo con el disparatado argumento de la protección contra la amenaza que ese país representaría para la mayor potencia militar, económica y científica del mundo, como se lo enrostró clara y contundente la presidente de Argentina en la VII Cumbre de las Américas.

Se habría percatado de la inconveniencia de hablar en un escenario tan exigente como ese acerca de la libertad de expresión y los derechos de libertad de prensa, cuando su país tiene ilegalmente sometido a la más brutal persecución hasta en lo más apartado del planeta a periodistas como Edward Snowden y Julian Assange, a quienes el imperio tiene amenazados de llevar a la silla eléctrica por el único pecado de intentar dar a conocer al mundo información sobre las prácticas injerencistas de los Estados Unidos en el mundo. Ello sin hablar de las decenas de programas de opinión, portales web y medios impresos o radioeléctricos que son cerrados bajo el imperio de la Ley Patriota vigente en Norteamérica, o las cientos de personas que a diario son detenidas sin mediación de juicio alguno en ese país por colocar en sus computadoras caseras o redes sociales expresiones (o incluso palabras apenas) que los espías de los servicios de seguridad detectan en uno de los procesos de violación masiva de las comunicaciones personales que jamás haya conocido la humanidad, ni siquiera en tiempos de guerra.

Quizás no morirían tantos negros como mueren a diario en los Estados Unidos a manos de policías racistas que, como la más insolente burla a la dignidad humana, son dejados en libertad por jurados de raza blanca, ni habría tanta gente pobre sufriendo el rigor del hambre y la exclusión en ese país, porque probablemente la cordura y no la arrogancia prevalecería en el ánimo de su presidente y tal vez, en vez de tanto dinero gastado en armamento para destruir naciones en nombre de una libertad que nunca alcanzan, sumidos como viven en las penurias que las guerras de “liberación” generan, abriría espacios de participación para esos olvidados de siempre y buscaría acabar con la inmoralidad de una cultura que considera un triunfo que sólo el uno por ciento de su población sea dueño de más de 59 por ciento de la riqueza nacional y que condena a decenas de niños menores de 14 años, casi siempre negros, a penas de muerte o cadenas perpetuas por delitos de los cuales el responsable fundamental es el propio sistema capitalista.

Ni mucho menos acusaría insultante a los mandatarios de las naciones que luchan por la superación de la desigualdad social, precisamente porque conocen la historia de horror que ha representado para los pueblos latinoamericanos la expoliación y el saqueo de que han sido víctimas por más de dos siglos producto de las ansias de dominación planetaria de un imperio cruel y desalmado, que pretende no darse por enterado de sus atropellos pero no para evadir su responsabilidad ante los mismos, sino para reimpulsar su perversa maquinaria de explotación indiscriminada de nuestros recursos y para el secuestro una vez más de nuestras posibilidades de redención y de justicia. No cometería, por ejemplo, la desquiciada imprudencia de asomar en esa importante reunión de mandatarios de países soberanos e independientes, la infeliz idea según la cual el gobierno de los Estados Unidos, abrogándose facultades que no tiene y que violan inequívocamente el derecho internacional, estaría “revisando las fuentes energéticas de los países de Centro América y del Caribe para sustituir las existentes (¿Petrocaribe?) por otras más eficientes”. ¿Por qué no lo hizo cuando esos países estaban sumidos en la más ruinosa miseria, como estuvieron desde nuestros orígenes como repúblicas, hasta que la visión solidaria y profundamente humanista del Comandante Chávez ideó y puso en marcha un plan de cooperación que promoviera su desarrollo basado no en las posibilidades de rentabilidad económica sino en la justicia social como lo es Petrocaribe? ¿Por qué es después de medio siglo cuando vienen a aceptar la naturaleza injusta, ilegítima y criminal de su agresión contra Cuba? Probablemente por el desprecio a la historia del cual se jacta el hombre sin pasado que hoy manda en la Casa Blanca.

Si fuera estudioso de la historia, como dice ser Obama, tendría el mínimo de decencia de pedir perdón a nuestros pueblos por el inmenso sufrimiento que causaron las dictaduras asesinas que el imperio impuso durante décadas en nuestros países. Buscaría alguna forma de resarcir las muertes, las pérdidas de tiempo y recursos con los que se hubiera podido construir el bienestar por el que tanto han clamado esos pueblos. Quizás así, con un gesto decencia y de humildad como el que jamás tuvo en mente el arrogante Obama (quien no solo se dedicó a masticar chicle durante la exposición del presidente Raúl Castro, sino que abandonó de manera cobarde la sala de reuniones mientras hablaba el presidente Maduro), se habría explicado, que no justificado en modo alguno, la razón de la desigualdad entre la obscena riqueza de los Estados Unidos y las pobreza de las naciones suramericanas y se habrían abierto puertas verdaderamente auspiciosas para el replanteamiento de las relaciones entre las naciones del continente, a partir del respeto mutuo a la soberanía y a la libre autodeterminación de las naciones.

Pero no. En los Estados Unidos no hay hoy un presidente que considere a la historia una herramienta valiosa sobre la cual cimentar la construcción del mejor porvenir para la región suramericana. Ni hay razones para suponer que lo habrá en el futuro cercano. El enemigo más peligroso para ese futuro promisorio es y seguirá siendo el carácter ahistórico de una nación imperialista que se considera con el derecho divino a sojuzgar y someter a nuestros pueblos a sus arbitrarios y desalmados designios tan solo por su salvaje propósito de acumulación de riqueza. El mismo presidente lo ha sostenido categórico en las dos únicas cumbres a las que asistirá en su condición de mandatario de esa nación. No quiere saber de la historia, pero tampoco hizo nada por el futuro durante todo su mandato.

No lo hizo porque como renegado (el House Negro del que hablaba Malcom-X) prefiere disfrutar el presente de opulencia como el hombre más poderoso del planeta donde lo colocó el destino, antes que andar rememorando su origen de afrodescendiente marginal y macilento, como se lo recordó Castro en Panamá.

Exactamente al revés del planteamiento de Kaurismäki, en su prodigiosa película.

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Un hombre sin pasado (2002)

@SoyAranguibel