El champú y los jabones de Loremys

- Publicado en el Correo del Orinoco el 20 de octubre de 2014 -
Champú de Loremys

Por. Alberto Aranguibel B.

Desde los inicios mismos de la revolución bolivariana, el tema de la fundamentación ideológica del socialismo del siglo XXI que propuso el Comandante Chávez al país y al mundo fue en gran medida el centro del debate político y de las descalificaciones que sobre el proyecto se cernían, no solo desde la contra revolución sino incluso desde eventuales vocerías inquisidoras surgidas de las propias filas revolucionarias. Quienes argumentaron en su contra dijeron siempre que la viabilidad del modelo que encarnaba la propuesta estaba por verse porque sin sustentación teórica, según ellos, era imposible adelantar la transformación del Estado en procura de la justicia y la igualdad social con base en la construcción de una verdadera soberanía nacional y de un auténtico Poder Popular.

Rompiendo esquemas y dogmatismos de todo género con los que se le pretendió acorralar, Chávez demostró que la transformación era perfectamente factible asumiendo con claridad y coraje la realidad económica de la cual partía, para ponerla al servicio del proyecto de justicia social por encima de la urgencia ideológica y no a la inversa, como hasta entonces había sido la lógica recurrente de la lucha contra el modelo neoliberal que por décadas se nos impuso. Fue así como la revolución pudo avanzar por encima de la infinidad de obstáculos y perturbaciones que los sectores contra revolucionarios le opusieron; instrumentando desde un primer momento políticas sociales inclusivas de alto impacto, reorientando el gasto público y abriendo espacios a nuevas formas de inversión en aquellas áreas abandonadas o entregadas por los sectores neoliberales a los intereses de las transnacionales y que el Comandante asumió como estratégicas y de importancia vital para la nación, a la vez que impulsaba la creación de nuevas formas de organización popular así como de una estructura jurídica en consonancia con las exigencias del proyecto. Todo ello sin abandonar jamás las banderas del bolivarianismo, pero sin perder de vista que nuestra revolución surgía de un país ciertamente empobrecido y con grandes desigualdades e injusticias, pero inmensamente rico en recursos y posibilidades económicas. Negar las opciones que esa excepcional condición le brindaban al país, en cuanto a acelerar el proceso de transformación que permitiera elevar en el menor tiempo posible la calidad de vida de los venezolanos mediante el logro del salario integral, estabilidad laboral, gratuidad de la salud, la enseñanza, la vivienda, y facilitando el acceso a bienes y servicios con políticas de rescate e inversión en el agro, la pesca, y en la grande, pequeña y mediana industria, simplemente para satisfacer la rigurosidad científica de cualquier postulado teórico, habría ocasionado no solo una descomunal pérdida de oportunidad para el país sino un doloroso fracaso para el proceso de redención que el proyecto comprende.

Tanto la oposición como los sectores radicales de la revolución, sostienen ahora que la profundización de ese modelo avanzado concebido por el Comandante Chávez (y que ha asegurado el logro de importantes conquistas revolucionarias sin las cuales jamás habríamos podido alcanzar la condición de liderazgo que hoy ostenta Venezuela en el mundo en cumplimiento de Metas del Milenio que ni siquiera los países más desarrollados han podido alcanzar en crecimiento humano, reducción de pobreza y de desigualdades sociales, acceso a agua potable, incremento de escolaridad y eliminación de analfabetismo, etc.), sería una suerte de destrucción del aparato productivo, según los primeros, y de desviación del sendero revolucionario, según los otros.

Desde la oposición se argumenta que la destrucción se evidenciaría en la creciente dependencia de las importaciones. Pero los importadores son los mismos sectores opositores que desde hace más de un siglo se negaron recurrentemente a la inversión nacional, bajo el sempiterno justificativo de la supuesta “falta de reglas claras para la inversión” que ancestralmente denunciaron desde los gobiernos de principios del siglo pasado hasta hoy. Una oposición que reclama falta de estímulos a la producción nacional, pero que a la vez lo único que hace es pedir dólares para la importación de productos terminados y exigir la eliminación del control de cambio de divisas no puede en modo alguno ser tomada en serio con tan severas contradicciones.

Los sectores radicales, por su parte, palabras más palabras menos, acusan de traidor al presidente Maduro básicamente por la desviación al reformismo que representaría para ellos el que se entreguen dólares para que esos sectores de la derecha que hoy constituyen el grueso del parque empresarial y comercial del país (y que se quejan precisamente de no recibir dólares) cumplan con su papel de actores de la economía supliendo los productos que todavía Venezuela no está en capacidad de producir.

La orientación del gobierno del presidente Maduro ha sido en todo momento que la revolución deberá estar en capacidad más temprano que tarde de producir todo cuanto hoy importamos, pero ceñidos rigurosamente al modelo chavista y no a ningún otro en el que se empeñen los sectores oligarcas con recetas neoliberales remozadas o que emerja a última hora de los anaqueles de los centros de teorización política de ninguna ultra izquierda. En tal sentido, los encuentros del sector oficial con el sector privado en la búsqueda de su incorporación a la lucha contra el desabastecimiento y la especulación, han tenido siempre el carácter de reuniones de trabajo cuyos propósitos y principios son exactamente los que consagra la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela en cuanto a las libertades empresariales y al necesario estímulo que el Estado debe llevar a cabo en pro del bienestar económico de la nación. Tal como fuera estrictamente diseñado por el Comandante Eterno en uno de los aspectos esenciales que más definen su concepción del Socialismo del Siglo XXI.

Pero el obstáculo más importante a superar en todo eso no es solamente el relativo a las inversiones necesarias para el desarrollo del parque industrial propio que reclama el país, pensado en términos de su capacidad productiva y de generación de bienestar social, o de legislación alguna en ese sentido, como seguramente habrá que hacer cuanto antes. El problema fundamental es la cultura de la importación que a través del tiempo se ha enraizado no solo en el pensamiento empresarial venezolano, sino en la mentalidad de la gente que cada día actúa más como consumidora que como seres racionales, como debieran, con capacidad de discernimiento entre lo fatuo, lo frívolo e insustancial, y lo que en verdad interesa. La creencia según la cual todo producto nacional es inservible es el cáncer que a través del tiempo ha corroído nuestro sentido de identidad y que más ha obstruido las posibilidades de desarrollo de un sector empresarial venezolano pujante.

Loremys Estrada, compatriota tuitera de los lados de Quinta Crespo, que sabe del sobredimensionamiento que la publicidad hace con los supuestos atributos de los productos de consumo masivo de las grandes marcas transnacionales, comprendió esto con perfecta claridad y frente a la inmisericorde guerra económica que los sectores especuladores de la economía han desatado contra el país, y que la ha puesto a ella (como a miles de venezolanos) a pasar por el amargo calvario de las colas y de la frustración por no conseguir lo que se busca, decidió rescatar el rol participativo y protagónico que le otorga la Constitución y se puso a buscar la fórmula para la fabricación de un champú para bebé, porque el bienestar de su hija no tiene ya más espacio para la paciencia frente a los conspiradores.

Loremys encontró la fórmula y descubrió que su preparación es más que sencilla y de bajo costo. Y lo más importante; que el champú y los jabones que ella prepara son mucho mejores que los productos comerciales, porque no contienen aditamentos químicos ni detergentes, por lo cual el cabello de su pequeñita ahora es más esplendoroso y su piel más fragante. Nos recuerda así Loremys que tanto la soberanía como el bienestar son cosas que debemos construir nosotros mismos, con nuestro propio esfuerzo y nuestro más profundo amor a la Patria.

Como nos lo pidió Chávez desde siempre.

@SoyAranguibel

Así.. ¡Como si nada!

Mandrake
Por: Alberto Aranguibel B.

El legendario Lee Falk, creador de dos de los más fascinantes personajes que jamás se hallan inventado en las tiras cómicas, “El Fantasma” y “Mandrake el Mago”, seguramente jamás supuso que alguno de ellos pudiera ser reproducido en modo alguno en la realidad ni que sus ingeniosos recursos de fantasía, como aquello de una playa de arena de oro en polvo de la cual disponía el “duende que camina” para su exclusivo uso personal (al fondo de la cual le esperaba siempre para su intimidad amorosa con su eterna prometida Diana Palmer, embajadora plenipotenciaria de la ONU en el continente asiático, una choza tallada en una sola pieza de jade importado para él por algún ignoto emperador directamente desde lo más profundo de la antigua China), o el sorprendente gesto hipnótico mediante el cual Mandrake sometía a cuanto ser humano o animal se interpusiera en su camino, sin siquiera tocarlo o infligirle daño alguno. Solo levantar rápidamente la mano derecha con sus dedos índice y medio extendidos, de la misma forma en que lo hacen los papas para rendir a la feligresía, le bastaba al mago para influenciar a todos cuantos le rodeaban con el influjo de su poderosa magia. Era así como les hacía creer que se convertían en marranos, en guacamayas, en ratones o en simples diputados de la oposición, y eso le era más que suficiente para desarmarlos e inmovilizarlos.

Pero se equivocó por completo.

Probablemente por no haber pisado nunca la tierra de los indómitos indios Caribes, fue que no pudo prever que su desbordada imaginación podría ser no solo perfectamente recreada en la vida real a este lado del Río Grande, sino que podría ser superada hasta lo indecible por la fabulosa capacidad inventiva de los líderes de la MUD, con sus proverbiales ocurrencias políticas que más parecen actos de prestidigitación de principiantes de circo que de ideología alguna.

De la noche a la mañana, el entente antichavista aparece reuniendo como si de barajitas se tratara corrientes ideológicas diametralmente antagónicas, como la socialdemocracia y el socialcristianismo, junto a agrupaciones de ultraizquierda o de pensamiento desarrollista con versiones diferentemente matizadas de neoliberalismo mezclado con laborismo de derecha en una misma busaca, y pretenden que el país los asuma como una propuesta unitaria de orientación nacionalista.

El miedo a enfrentar a un pueblo consciente de su condición de clase, políticamente maduro y socialmente movilizado, con el planteamiento contra revolucionario que los aglutina, les ha hecho indispensable apelar cada vez con mayor inevitabilidad a la fórmula de la demagogia que por siglos le ha sido tan oportuna a los sectores dominantes para engañar y someter a los pueblos. En su empeño, la falsificación de la realidad es una constante atormentadora que disuelve por completo la división entre la verdad y la mentira a extremos inequívocamente patológicos.

Igual que los personajes de tiras cómicas, le pierden absolutamente la vergüenza al ridículo y asumen que en cada aparición hay una historia nueva, sin solución de continuidad con la anterior, en la cual, y en cada caso, se puede reformular arbitrariamente el discurso sin el menor atisbo de incomodidad o inconveniencia.

Cual vendedores de feria, presentan y desechan modelos políticos alternativos al país, como si de conejos sacados de una chistera se tratara y saltan de “desarrollismo” a “neoliberalismo” (como hacían en el siglo XX), con la misma facilidad con la que saltan de “capitalismo popular” a “progresismo”, como hacen ahora María Machado y Capriles, en el convencimiento pleno (como se les nota) de que están deslumbrando a la audiencia mediante un simple acto de prestidigitación al mejor estilo de Mandrake el mago.

En solo dos años apenas, Capriles ha sostenido ante el país con la misma fuerza e irresponsabilidad, las tesis de la “libre empresa” contenidas en su programa de gobierno, del “perfeccionamiento del socialismo del siglo XXI” en su discurso de campaña, del “fascismo” a la hora de su segunda y más dolorosa derrota (de las cuatro que como líder opositor lleva en fila) y ahora del “progresismo” de cara a las elecciones parlamentarias del 2015, como quien ofrece a su clientela una nueva y más exquisita fragancia de champú.

Así de simple… ¡como si nada!

@SoyAranguibel

Cambiar el modelo, esa necia cantaleta opositora

- Publicado en Correo del Orinoco el 13 de octubre de 2014 -
Casa de los Mendoza- Casa de los Mendoza, Veroes a Jesuitas, Caracas. Foto: Alberto Aranguibel B. -

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde los orígenes mismos de la república, una vez culminado el periodo independentista, los sectores oligárquicos venezolanos han pretendido de manera recurrente el control del poder político, causando la mayoría de las guerras intestinas en nuestro país y generándole a nuestra nación la infinita pérdida de recursos y oportunidades de desarrollo que le han ocasionado.

La eterna pugnacidad por el poder que nos llevó a guerras consuetudinarias de uno u otro signo durante más de un siglo, no estuvo determinada exclusivamente por razones de tipo político o rastreras ambiciones personalistas de caudillos delirantes, como se nos hizo ver a través del tiempo, sino que esas razones estuvieron siempre influenciadas por los intereses de los poderosos sectores económicos que fueron moldeando mediante su decisiva intervención en las propuestas y políticas económicas aplicadas por los distintos gobiernos que se sucedieron en nuestra historia desde el primer mandato de José Antonio Páez en 1830.

Por lo general, todas esas guerras, revoluciones y contra revoluciones, que costaron millones de vidas y oportunidades de bienestar a los venezolanos por más de un siglo, se debieron no al fracaso de los modelos políticos de diverso signo que las sempiternas luchas fueron dejando a su paso, sino al fracaso de la concepción del desarrollo que se asumía que en cada oportunidad desde ese obtuso sector oligarca que manejó el poder tras bastidores. El ideal estrictamente capitalista que orientó en todo momento ese empeño, no fue jamás la solución sino el agravante de las profundas carencias y desigualdades que el país aspiró siempre a superar.

La instauración de la libre competencia y el derecho de propiedad privada fue determinante como norma para intentar promover el desarrollo nacional desde el primer gobierno de Páez, a partir del impulso que los sectores pudientes de la naciente república le daban a una muy primitiva pero muy clara concepción liberal de la economía, gracias a la afinidad de intereses de clase que ese sector fue encontrando progresivamente en el caudillo, acostumbrado ya para aquel entonces a las ideas de libre mercado que desde el siglo IXX se esparcían por el mundo y que venían llegado a suelo americano por diversas vías mucho antes de la revolución independentista. Tomás Lander fue uno de sus precursores en el país. El diccionario de Historia de Venezuela, de la Fundación Polar, lo registra así: “Poco a poco se ubican en una línea común, cuya fortaleza reside en la confianza depositada en un programa de transformación nacional. El programa consiste en la liquidación de la sociedad tradicional mediante un cambio del papel del Estado, que en adelante deberá ocuparse de la libre competencia de los propietarios, suceso inédito en la historia venezolana (…) Según las nuevas reglas, la prosperidad pública depende de las condiciones materiales que pueda proveer la autoridad con el objeto de hacer expedito el juego de los patrimonios particulares.” Era ese el espíritu de la “Ley de Libertad de Contratos” que expedía el Congreso en abril de 1834. (1)

Es por eso que la oligarquía asumió y asume a Páez como el auténtico creador de la República, tal como lo afirma el ex-candidato presidencial de COPEI, Oswaldo Alvarez Paz, quien afirma categóricamente: “No podemos permitir que la República de Venezuela como la fundó José Antonio Páez, como se mantuvo en medio de muchas circunstancias en el siglo XIX, en el siglo XX y en parte del XXI, se destruya para darle paso a un Estado socialista…”. Lo que expresa en sí mismo el repudio a Bolívar como Padre de la Patria y el reconocimiento al “Centauro” como legítimo instaurador del modelo neoliberal por el cual hoy aboga la derecha venezolana. (2)

El desprecio al Padre de la Patria es toda una cultura enraizada en el alma de la godarria venezolana, precisamente por los grandes valores de justicia e igualdad social por los que Bolívar luchó en completa contraposición a los obscenos intereses de la clase oligarca. Ello explica la urgencia con la que esa misma oligarquía desalojó del salón Ayacucho del palacio de Miraflores en abril del 2002, durante el golpe de estado contra el Comandante Chávez, el cuadro de El Libertador para depositarlo en un oscuro baño a la hora de la auto juramentación de Carmona. Otro ejemplo de esta chocante discriminación puede apreciarse claramente en la Casa de los Mendoza en el centro de Caracas, verdadero templo de la cultura goda en el país fundado por el viejo Lorenzo Mendoza Quintero (abuelo del dueño del más importante emporio industrial privado en Venezuela), en la cual no es el cuadro del Padre de la Patria el que preside la imponente sala sino el de José Antonio Páez, a quien ubican de manera prominente en todo lo alto de la pared principal, mientras que el Libertador es colocado, un poco como por cortesía, en una condición completamente disminuida en el lado opuesto. (ver foto)

La tragedia de nuestro país, al decir del escritor y filósofo Carlos Rangel, fue que mientras otras naciones latinoamericanas, como México, Perú, Chile y otras, se dedicaban a construir sociedades avanzadas, en Venezuela no salíamos nunca de sempiternas luchas por el poder. Luchas en las que el interés y la miopía política de los grandes hacendados que presionaron siempre al sector militar y político en la búsqueda de imponer un inviable modelo de libertades plenas en el plano económico, fue gestando la condición de pobreza crónica que desde siempre ha castigado a nuestro pueblo, permitiendo a la vez que se institucionalizara el creciente ritmo de atraso que el país acumuló en todos los ámbitos con el tiempo.

Eso que hoy se conoce popularmente como “paquetazo” (término que resume la naturaleza ineficaz e inhumana de fórmulas economicistas que desconocen o subestiman la realidad social, política y estructural del país en función del libre mercado) ha estado presente en la vida económica venezolana en todos los gobiernos que intentaron superar, uno tras otro, las asfixiantes limitaciones que desde siempre tuvo el Estado para asumir por sí mismo los compromisos financieros de los planes y proyectos de desarrollo. Antes que construir esa sólida capacidad de autogestión que demandaba la nación, para los gobiernos que se sucedían en revueltas tras revueltas ceder a las propuestas de la oligarquía siempre apareció como el camino más simple y a la mano, sobre todo a lo largo del periodo no petrolero de nuestra economía.

Las máscaras usadas por ese sector pudiente de la economía para cambiarle el rostro a los distintos proyectos por ellos impulsados para ocultar la verdadera intención depredadora que cada uno de ellos comprendía, han sido muchas a lo largo de la historia, desde el “liberalismo económico” del siglo IXX, la “economía democrática” o el “desarrollismo” del siglo XX, etc., hasta el “capitalismo popular” de María Corina o el “progresismo” del siglo XXI que presenta ahora Capriles.

Todos, sin excepción, han sido siempre reformulaciones de un mismo plan, de una misma idea, de una misma filosofía, que persigue ser percibida en cada caso como opción de futuro, carente de pasado, pero en la cual están implícitas las verdaderas causas del hambre y la miseria que agobia a nuestro pueblo.

Es por ello que la difícil realidad que enfrenta hoy Venezuela, la crisis en el abastecimiento y la cultura del bachaqueo y el alza indetenible de precios, que derivan directamente de la lógica especuladora del capitalismo, antes que económica en modo alguno, es fundamentalmente ideológica.

Es la lógica de un modelo capitalista que lleva a la gente pobre a creer, por ejemplo, que vendiendo el apartamento que con tanto esfuerzo le ha entregado en forma gratuita la revolución bolivariana o incorporándose como mula a la red de contrabando interno o externo a cambio de un insignificante monto de dinero que cada día va a valer menos en la medida en que esa absurda modalidad capitalista siga avanzando, está logrando acabar de alguna manera con la pobreza que solo el socialismo puede ayudarle a superar de manera efectiva y perdurable.

El “vivir bien”, el “vivir viviendo”, como dijo el Comandante Eterno, no es en modo alguno “la buena vida” que ofrece el modelo capitalista, en la cual lo único que se logra inevitablemente es “vivir muriendo”. “El socialismo es lo nuevo”, decía, y la historia así lo confirma.

 Fuentes:

(1) Conservadurismo – Diccionario de Historia de Venezuela – Fundación Polar – ISBN 980-6397-37-1 – 1997

(2) http://youtu.be/iz92CAX5GR4?list=UUAnBVrWZ7MQj7i_nhoNf-qg

@SoyAranguibel

Aranguibel y Díaz debatieron sobre la violencia: hay que “elevar conciencia ante las amenazas”

(Caracas, 12 de octubre – Noticias24).- Los periodistas y analistas políticos Dhameliz Díaz y Alberto Aranguibel confrontaron puntos de vista en el programa La Semana Venevisión transmitido este sábado, sobre la “violencia política”que, según las primeras versiones de prensa, revelan los hechos violentos ocurridos en el país durante los últimos días.

En medio de la expectativa que vive el país sobre los resultados de las investigaciones policiales del asesinato del diputado Robert Serra y su asistente, así como el enfrentamiento en el que murieron cinco integrantes de colectivos revolucionarios en la avenida Baralt, Díaz y Aranguibel hicieron un análisis de los hechos y del rol de la sociedad para garantizar la paz.

A propósito de estos acontecimientos, Díaz expresó que es preciso estudiar “quién tiene el control de las armas”. Añadió que “por el bien de Venezuela”, las pesquisas deben estar orientadas a dar con los responsables de este acto: “Estamos en un nivel de conflictividad política, en la cual, los venezolanos necesitan certificaciones científicas de la solución de un hecho delictivo de esta magnitud”.

Por su parte, Aranguibel hizo un llamado a los venezolanos para “elevar la conciencia que debemos tener como sociedad ante las amenazas” que representan estos actos.

Los comunicadores se refirieron a tales sucesos como muestras de una “situación preocupante” que debe ser atendida no solo por el Estado venezolano como garante de la seguridad pública, sino por los sectores políticos y la sociedad misma cuyo rol participativo debe estar al servicio de la convivencia pacífica, para lo cual, el tema del debate de las ideas debe ser asumido por todos “con la debida responsabilidad y buen juicio”.

En ese sentido, el papel que juegan los medios de comunicación fue señalado por los analistas como determinante, toda vez que su influencia pueda generar por igual, tanto tranquilidad como intranquilidad, dependiendo, como ambos periodistas lo expresaron, del enfoque (sensacionalista o responsable) con el que se cubran estos acontecimientos y el debate político en general.

“El derecho de vivir en paz”

- Publicado en Últimas Noticias el 11 de octubre de 2014 -
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– Foto: Alberto Aranguibel B. -

Por: Alberto Aranguibel B.

En 1971, el inmortal Víctor Jara vio en la efervescencia revolucionaria que denunciaba desde mediados de los sesentas el atropello que significaban las políticas imperialistas contra los pueblos del mundo, en particular contra el pueblo de Vietnam en aquel momento, un clamor común que en su canto combativo y maravilloso era considerado por él como un derecho humano casi por encima de todos los demás.

El derecho a vivir en paz ha sido efectivamente la aspiración suprema del ser humano en la sociedad contemporánea, tal como lo recogen tanto la Declaración de los Derechos Humanos de 1948, como la Carta Internacional de Derechos Humanos que la comprende desde 1967 junto con el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y sus dos protocolos facultativos, los cuales consagran de manera casi idéntica en sus primeros artículos que los derechos provienen de la dignidad del ser humano y de su deseo de vivir en paz.

De manera específica, la Declaración Universal sostiene en su 1er Artículo que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos a los otros.”

Quienes más han violentado ese derecho a través del tiempo desde que existe el modelo democrático como forma de organización del cuerpo social, han sido siempre los anarquistas, que supeditan el derecho del resto de la sociedad a sus propios y muy particulares intereses, y sus expresiones más radicales, como el fascismo por ejemplo, que no solo niega el derecho del otro sino que procura su exterminio físico como única forma aceptable de confrontación política.

En Venezuela el fascismo se ha activado ya abiertamente en la búsqueda del poder, tal como lo evidencian las pruebas recabadas por los cuerpos de seguridad del Estado contra peligrosos terroristas capturados, así como los horrendos asesinatos del fiscal Danilo Anderson, del líder revolucionario Eliécer Otaiza, y más recientemente de los jóvenes Robert Serra y María Herrera.

La disyuntiva ahora es si el país está dispuesto a aceptar esa fórmula de destrucción de nuestro derecho a vivir en paz, bajo la excusa del particular interés de una terca minoría.

@SoyAranguibel