La dama de la encrucijada

hillary clinton

Por: Alberto Aranguibel B.

Difícil encrucijada la de la oposición venezolana que, en medio del más crítico trance de su historia como sector antichavista, hoy desmembrado, cargado de conflictos internos, con la más exigua capacidad de convocatoria que jamás ha tenido, sin direccionalidad, ni proyecto ni liderazgo consistente, se ve ahora en la dura obligación de tomar cuanto antes una decisión de la cual pudiera depender la sustentabilidad misma de su proyecto de reinstauración en el país del modelo neoliberal, tan largamente anhelado por quienes dentro y fuera de Venezuela han invertido esfuerzos y recursos incalculables durante más de tres lustros sin lograrlo.

El cierre de la frontera con Colombia ordenado esta semana por el presidente Nicolás Maduro pone de manifiesto la incapacidad de la derecha venezolana para articular una posición digna frente a los asuntos de verdadero interés nacional, al perder una vez más una excepcional oportunidad de contraponerle a la revolución una fórmula aceptable de propuesta política con su absurdo rechazo a una medida de naturaleza coyuntural que el pueblo entero ha aplaudido sin mezquindad alguna en virtud de la significación que tiene para los venezolanos que padecen el saqueo del cual el país ha sido víctima desde hace meses por la criminalidad que con tanta perversión nos llega hoy desde la hermana república.

Por esa terca tendencia al desatino político, la oposición venezolana no coincide jamás con el clamor popular en temas de especial relevancia como la defensa de la soberanía o el culto a la patria. Su vigencia en algunos sectores de la población obedece más a la desinformación que la misma derecha promueve a través de sus campañas mediáticas contra el proceso bolivariano que a la aceptación de su modelo social, político y económico contrarrevolucionario, por lo general rechazado por la gran mayoría que se niega a correr la misma suerte de la devastación que en el pasado ocasionó ese modelo en el país y que hoy causa tantos estragos en el mundo capitalista.

Su empeño en colocarse siempre en el punto más radicalmente opuesto a la propuesta revolucionaria le lleva a exabruptos indecibles de insensatez, como esa loca ocurrencia de responder al llamado de unidad nacional formulado por el presidente Maduro ante la contingencia con Colombia, abogando por los supuestos derechos humanos de los bachaqueros y los contrabandistas cuyas modalidades delictivas han disparado exponencialmente los precios de los productos de primera necesidad y provocado la desaparición de la gran mayoría de ellos del mercado nacional. Demostración tangible e irrefutable del desatino de esa antipatriótica posición es la descomunal movilización popular del viernes pasado en contra del paramilitarismo y en favor de la paz, en la que el pueblo en pleno le dijo al mundo que no desea más invasión extranjera en función de la criminalidad y del saqueo de nuestras posibilidades, y donde reafirmó una vez más con la mayor contundencia que no comparte la visión entreguista que la oposición le propone al país.

marcha paz 1

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Los millones de personas que permanentemente dan fe inobjetable del inmenso apoyo popular del que goza la revolución, contrastan con la pobrísima asistencia a los eventos de toda naturaleza convocados por una oposición delirante que no cesa de asumirse como mayoría a pesar de la tan demoledora realidad que la deja en evidencia, no solo en la calle sino en las elecciones, las encuestas y hasta en las redes sociales.

Ese desquiciado afán es el que le lleva hoy a debatirse en la escogencia de un candidato a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica conveniente a sus intereses como sector neoliberal burgués cuya vigencia depende fundamentalmente de su relación con los factores de poder del imperio.

La creencia de la burguesía criolla ha sido desde siempre que lo más conveniente para las economías suramericanas sería un presidente norteamericano de extracción radicalmente conservadora que imponga políticas severas de control en la región (como el Plan Colombia, por ejemplo) que contengan eficazmente la insurgencia de movimientos progresistas que promuevan en nuestras naciones ideas revolucionarias de transformación social. El asomo de un candidato de ascendencia afroamericana en 2008 y su posterior elección en 2009 como el primer presidente negro de la historia en los Estados Unidos, aterró a ese retardatario sector cuyo sistema nervioso casi colapsa cuando el entonces mandatario venezolano Hugo Chávez le entregara en la V Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago un ejemplar del libro de Eduardo Galeano “Las venas abiertas de América Latina” y el gringo respondiera con una muy diplomática sonrisa que los escuálidos entendieron como una amenaza de traición imperialista a su sueño de sometimiento económico a los designios imperiales.

Las diferencias entre el afrodescendiente y sus predecesores (desde Eisenhower hasta George Walker Bush) fueron sin embargo muy escasas para la clase adinerada del país, que vieron en cada oportunidad en que los norteamericanos enfrentaban un proceso de elecciones presidenciales una esperanza de inminente asalto de las fuerzas imperialistas para llevar a cabo el despojo definitivo de nuestra economía que esa inepta clase de alto poder adquisitivo no ha logrado llevar a cabo jamás por cuenta propia.

Pero hoy la alternativa entre los candidatos con mayores posibilidades de alcanzar la primera magistratura en la nación del norte no está determinada precisamente por las perspectivas o significación que cada uno represente para el proyecto de reinstauración del neoliberalismo en Venezuela al que aspiran los sectores del gran capital tanto del país como del imperio.

El tema de la inmigración latina que ha sido históricamente centro de interés de las propuestas de gobierno tanto de los candidatos republicanos como demócratas, es de nuevo un asunto de especial atención para la burguesía ya no solo en nuestro país sino en toda la región latinoamericana. La dureza, el desprecio y la intolerancia con la que uno u otro candidato traten a esa importante población, puede significar para la deprimida derecha del subcontinente una señal de posible relanzamiento de la estrategia de dominación neoliberal en esta parte del mundo.

No sería de extrañar que la proverbial miopía política de la contrarrevolución le lleve a convencerse de que su candidato sin discusión sería el estrafalario magnate gringo Donald Trump, por su simetría discursiva con el desprecio que hoy expresa ese alicaída clase dominante contra el pueblo, en especial en Venezuela, al que ese sector considera culpable del retroceso de las opciones para el neoliberalismo en la región.

Una tesis que descarta de plano la posibilidad de que la incursión de un personaje tan irreverente con la norma del ritual seudo democrático del imperio en el muy escrupulosamente cuidado quehacer político de esa nación, pudiera ser solo un muy bien concebido tinglado comunicacional para favorecer la candidatura de quien debe librar la batalla más difícil para candidato alguno después de la que le correspondiera sortear en su oportunidad al actual presidente Obama… la de intentar ser la primera mujer presidenta del imperio.

Por primera vez en la historia de una nación discriminatoria y segregacionista por excelencia se postula para tamaña responsabilidad una representante del sector más subyugado de su sociedad. Más allá de esa ya de por sí severa limitación, Hillary Clinton se presenta sin un plan de soluciones a los graves problemas económicos, sociales y políticos de ese complicado país, que hoy acusa los más altos índices de pobreza, desempleo y problemas raciales que en mucho tiempo haya padecido esa nación. Su expediente como promotora de la guerra y del armamentismo es su única hoja de presentación.

Sin embargo, con toda seguridad la señora Clinton será la primera mujer presidenta de los Estados Unidos, muy a pesar de la proverbial repulsa de la derecha a la idea del liderazgo femenino en cualquier ámbito. No es solo por progresistas que esa derecha misógina adversa a Cristina Fernández y a Dilma Rousseff, y ve con recelo a Michelle Bachelet.

Trump aparece odiando a los pueblos humildes de nuestros países con la salvaje irracionalidad que agrada a los sectores oligarcas de la derecha latinoamericana, en particular la venezolana. Ese sería un buen candidato para esa obtusa derecha. Clinton, por su parte, ofrece la guerra como solución a los problemas del mundo, en especial los que para el imperio representan el surgimiento de los movimientos revolucionarios en Sudamérica. Probablemente lo que más necesita el neoliberalismo en nuestra región. Pero es mujer.

Tremenda encrucijada para la derecha.

@Soyaranguibel

Colas de colas

– Publicado en Últimas Noticias el miércoles 26 de agosto de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Uno de los fenómenos más atípicos de la llamada crisis económica que dicen los escuálidos que habría en el país, es el de las colas.

Desde la oposición se pretende que el signo más revelador del supuesto fracaso del “modelo” sería precisamente el que demuestra de manera más irrebatible que el neoliberalismo es el infierno del cual todos los pueblos del mundo quieren liberarse hoy en día.

En Venezuela el bachaqueo existe porque existen productos que interesan a esa economía ilegal cuya área de oportunidad es precisamente la excepcional posibilidad de conseguirlos a bajo precio en el mercado venezolano, como no es posible en ningún otro país como Colombia, por ejemplo.

Pero hay un sinnúmero de colas que no mencionan para nada la oposición ni los medios de la derecha, que expresan de igual manera la realidad económica del país. Y con las cuales pretenden hacerse los locos los agoreros del antichavismo tanto nacional como extranjero que hoy sacan cuentas de triunfo con el padecimiento del pueblo.

Las colas para comprar productos no serían posibles si el pueblo no tuviera dinero con qué comprar. Eso explica las colas en los cajeros de los bancos que nadie ha comentado hasta ahora en el marco de esta guerra contra los venezolanos.

A lo largo y ancho del país existe una red de agencias bancarias y de cajeros automáticos que triplica, al menos, la cantidad de supermercados. En todas esas agencias y cajeros se produce a toda hora una concentración infinita de gente buscando sacar dinero, en unos casos para comprar los alimentos y productos necesarios, y en otros para inyectarlo al perverso sistema del bachaqueo.

Pero hay colas para entrar al cine, para ver conciertos, para tomar el metro o la camionetica, para montarse en un avión a cualquier parte de Venezuela o del mundo, para viajar en ferry, para comer en los restaurantes.

¿Es en verdad signo de crisis que un país en pleno esté haciendo cola para comprar de todo lo que se venda y al precio que sea? No parece lógico.

Pareciera más bien que a partir de cierto momento el país le fue quedando muy grande a una empresa privada habituada a no invertir y a solo disfrutar de la renta petrolera sin preocuparse por el crecimiento de un pueblo que cada día, gracias a una revolución incluyente, fue demandando cada vez más.

@SoyAranguibel

Capitalismo: El modelo del hambre (II)

– Publicado en el Correo del Orinoco el 24 de agosto de 2015 –

Por:Alberto Aranguibel B.

La teoría política establece que todo proceso de transición es por excelencia un espacio de incertidumbre producto de la movilidad social y las transformaciones que ella genera. No significa eso necesariamente que los agentes de los cambios no se apoyen en un instrumental ideológico consistente, sino que la evolución en la búsqueda de alcanzar los objetivos comprende escenarios imprecisos que deben sortearse progresivamente hasta superar el ámbito de lo ambiguo. Por ello la pretensión tanto de la derecha como del ultraizquierdismo trasnochado que rumia hoy desde las catacumbas dogmáticas, ha sido la de encasillar en uno u otro sentido el proyecto socialista propuesto por el Comandante Chávez en Venezuela. Solo que sin lograrlo.

La realidad política venezolana se caracteriza por una tendencia creciente a la definición cada vez con mayor claridad de las diferencias entre los modelos en pugna. El chavismo, como fenómeno social, cultural y político, es hoy toda una ideología con perfil propio basada en el humanismo bolivariano, cada vez con mayor arraigo popular. La derecha, por su parte, enfatiza su vocación eminentemente neoliberal burguesa. Un modelo cada vez más impresentable en virtud de sus propias deficiencias.

De ahí que la infamia, la calumnia y la mentira sean las herramientas dispuestas por la oposición como únicos recursos de articulación ideológica contra el modelo revolucionario bolivariano. La audacia de la acusación que desde la derecha se urde para tratar de resquebrajar la lealtad popular hacia la revolución, no ha pasado de ser para el pueblo una perorata de insulsa charlatanería oposicionista. Su fracaso ha estado determinado no solamente por la solidez del soporte ideológico de la revolución, sino por la profunda insustancialidad teórica del modelo neoliberal, que no ha podido demostrar en ninguna parte del mundo la supuesta viabilidad de sí mismo.

Aferrado al esquema anticomunista más retardatario, el neoliberalismo promueve la imagen hambreadora del socialismo, ocultando siempre de manera muy bien estudiada la lapidaria e innegable realidad que representan los casi mil millones de seres humanos que padecen hoy ese terrible flagelo en las sociedades del mundo capitalista, sin perspectiva alguna de superación desde el punto de vista político, social o económico, que no sea precisamente la comprendida en una transformación a fondo del Estado para generar mayor espacio para la inclusión, mayor justicia social a partir de una más equitativa distribución de la riqueza, y unas nuevas relaciones de producción para colocar en manos del pueblo las posibilidades de un desarrollo económico sustentable.

El economista chileno Manfred Max-Neff ha calculado que con los auxilios financieros de seis bancos centrales (EEUU, Unión Europea, Japón, Canadá, Inglaterra y Suiza) por el orden de los 17 trillones de dólares otorgados entre 2008 y 2009 a la banca privada internacional para sacarles de la quiebra, se habría podido acabar con el hambre por lo menos durante los próximos seiscientos años, tomando como referencia las cifras de la FAO que para ese mismo momento estimaba en cerca de treinta mil millones de dólares anuales la inversión necesaria para salvar todas esas vidas que hoy en día se pierden por el hambre.

Hambre producto de la injusticia social que genera el modelo de producción capitalista basado en la explotación del hombre por el hombre, determinada además por la crueldad, el desprecio y la indiferencia humanas que son inherentes e indispensables a la ética de la acumulación de riqueza.

Que solo reduciendo un 25% la comida que se desperdicia a diario en el mundo (más de 1.400 millones de toneladas al año) pueda acabarse con la falta de alimentos que hoy padecen esos casi mil millones de seres humanos y que tal reducción no se lleve a cabo por razones de carácter estrictamente mercadotécnico, es en sí mismo una denuncia que clama al cielo por su inmoralidad y su naturaleza inequívocamente criminal.

Una criminalidad que impacta sobre la especie humana, y que acaba progresivamente con toda forma de vida en el planeta, a medida que las exigencias de sostenibilidad del sistema económico de los grandes productores y distribuidores de alimentos sean más acuciantes. En Europa, por ejemplo, donde en muchas naciones todavía no se prohíbe la pesca de arrastre, normas estrictas obligan a los pescadores a desechar aquellos productos que saquen del mar y que no estén ajustados a los requerimientos del mercado. Millones de toneladas al año de pescado de diversos tipos son devueltos al agua destrozados o sin vida, para evitar perturbaciones indebidas en los precios, o simplemente para no violar alguna permisología o normativa de pesca. Esas pérdidas colaterales, o bycatch como también se le denomina a dicho proceso de devastación, contaminación y degradación de la fauna y la superficie marina, se estiman en el orden del 80 o 90% de lo capturado en las redes. Es decir, solo un 10 o un 20 % a lo sumo de todo lo que el capitalismo mata en los océanos es lo que se consume. El resto es desechado, porque de acuerdo a las reglas capitalistas tampoco puede ser aprovechado por quienes necesitan ese alimento para evitar morir de hambre.

Robert Van Otterdijk, coordinador del programa de ahorro de alimentos de la FAO, explica recientemente a The Guardian que “El cambio climático tiene que ver, por encima de todo, con el desequilibrio entre nuestra economía de producción y consumo y la capacidad de sustentación que ofrece el planeta”. Se estima que el total de CO2 producido por los alimentos desechados alcanza las 3.3 gigatoneladas al año. De acuerdo al informe publicado por Europa Press, el ser humano usa cerca de 1.400 millones de hectáreas (30% del terreno agrícola existente en el mundo) para producir alimentos que nunca van a ser consumidos.

“La producción de comida es uno de los mayores sectores productivos del mundo, y si un tercio de todo esto se produce en vano, imaginen el efecto que puede tener en los recursos naturales, en la tierra, en el agua, en la energía y en los gases que provocan el efecto invernadero”, concluye Otterdijk.

Paradójicamente, el “modelo” que la derecha nacional e internacional pretende derrocar por cualquier vía en Venezuela ha merecido el reiterado reconocimiento de las Naciones Unidas como el país que más ha logrado en los últimos años en la lucha contra el hambre, tal como lo dio a conocer en abril de este año Raúl Benitez, Director de la FAO para Latinoamérica y el Caribe, quien, en virtud de ello, anunció la decisión de ese organismo de asignarle al programa mundial de erradicación del hambre el nombre de Hugo Chávez. Algo que hasta ahora no ha merecido ninguna nación capitalista.

El socialismo emprendido por el comandante ha recorrido fases complejas que han marcado el acento profundamente humanista del mismo, desde la aprobación de una Ley de Pesca que eliminó la devastadora pesca de arrastre, y que entre otras razones ocasionó en 2002 la violenta reacción de los sectores neoliberales que condujo al llamado “carmonazo”, hasta la transformación progresiva del Estado que lleva hoy al Presidente Maduro a convertir a la Comuna en factor económico de primer orden, tal como lo ordena el Plan de la Patria.

En la consecución de ese modelo que promueve la creación de la vida y que niega el salvaje e inhumano modelo hambreador del capitalismo, el primer mandatario da pasos consistentes mediante la aprobación esta semana en Consejo Presidencial de Gobierno Popular de las Comunas de cuantiosos créditos para la aceleración de inversiones productivas, creación de un sistema socialista de distribución de alimentos, adquisición de maquinaria agrícola y de repuestos, instalación de areneras y granzoneras comunales, plantas de producción de alimentos para animales, adquisición de tierras públicas para destinarlas a la producción comunal, así como la reforma del Código de Comercio para incluir a las Comunas como factor comercial del país, además de ordenar la apertura de una taquilla única en el puerto de La Guaira y el aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía para la tramitación expedita y eficaz de la exportación de los productos comunales.

Ese empeño que luego de luchas intensas y esfuerzos sostenidos por parte del Gobierno revolucionario ha empezado a convertirse en una innegable realidad del proceso, forma parte del sueño chavista de consolidación de una fórmula propia, que no es calco ni imitación de ninguna otra y que deberá ser denominada, sin espacio alguno para la ambigüedad ideológica; “Socialismo Bolivariano y Chavista”.

@SoyAranguibel

Aranguibel con Jessica Sosa en Unión Radio: “El problema con Colombia es que allá imperia el neoliberalismo”

aranguibel

Caracas 21/08/2015.- Alberto Aranguibel sostiene en entrevista con Jessica sosa en el programa “Sin Duda” que transmite Unión Radio, que el problema entre Colombia y Venezuela no es solo la tensión que se produce en la frontera por razones de los desequilibrios económicos o por la elevada cifra de desplazados que migran hacia nuestro país en virtud de la terrible situación de pobreza de la hermana república colombiana, sino que hay un tema mucho más de fondo como lo es la confrontación de los modelos neoliberal y socialista existente entre ambas naciones, en virtud de lo cual el cierre de frontera de manera permanente no es la solución más idónea.

Oiga aquí la entrevista completa:

Capitalismo: El modelo del hambre (I)

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 17 de agosto de 2015 –
hambre

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando el comandante Chávez hablaba en 2005 de la naturaleza perniciosa del rico, se refería al carácter enajenante de la ostentación como condición humana, tal como lo consagra la biblia. “¿Ustedes no recuerdan lo que dijo Cristo? Más fácil será que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos. Nosotros no queremos ser ricos. Ser rico es malo; es inhumano”, dijo entonces.

Extraída sin alteración alguna del mismo texto sagrado frente al cual se arrodilla hipócritamente desde hace dos mil años esa oligarquía a la que hace referencia, la frase sirvió sin embargo para que la derecha pusiera el grito en el cielo como si de una revelación satánica se tratara.

Se pretendió colocar a la población en contra del Presidente, argumentando que la idea expresaba una exaltación de la pobreza como objetivo doctrinario de la revolución. Exactamente en el mismo sentido infamante en el que el dogma del anticomunismo se refiere al propósito emancipador del socialismo.

En ningún momento el líder de la revolución proponía que la pobreza es buena, sino que los pobres son buenos.

Con su extraordinario don de comunicador excepcional, explicaba que el pobre es gente de alma noble guiada por lo general por sentimientos de amor, de hermandad y de solidaridad, mientras que el rico suele ser movido por la avaricia y la mezquindad más inhumanas, con lo cual establecía la diferencia ética fundamental entre los modelos y concepciones de sociedad que se confrontan en el debate político venezolano de hoy, y que en el marco de la alienación y la enajenación a la que ha sido sometida por décadas la población era indispensable establecer para mostrar con claridad las particulares características del revolucionario proyecto de transformaciones que le presentaba al país.

El capitalismo es obsceno precisamente porque su propósito y fin último es la acumulación de riqueza por encima de cualquier otra finalidad u objetivo, sin importar el hambre y la miseria que en su proceso se genere. En eso tanto Jesucristo como el comandante Chávez tuvieron siempre la razón.

Más que la pobreza, el hambre es en definitiva el peor flagelo causado a la humanidad por el capitalismo. Un individuo pobre pero alimentado sobrevivirá siempre de mejor manera a la penuria de su miserable condición que aquel que aún disponiendo de buen techo y abrigo deba soportar la inclemencia del hambre.

De hecho, según el Programa Mundial de Alimentos (WFP) adscrito al sistema de las Naciones Unidas, el hambre mata a más seres humanos que el sida, la malaria y la tuberculosis juntas, y constituye el más alto riesgo para la salud del ser humano en el mundo.

Solamente medido por la injusticia que representa la inmensa cantidad de alimentos que hoy por hoy son desperdiciados en el mundo capitalista, hay ya una de las más terribles y demoledoras demostraciones de la perversidad de ese modelo que consagra al rico como supuesto símbolo de progreso frente a los cientos de millones de seres humanos que padecen y a diario mueren de hambre.

De acuerdo al informe presentado este mes por la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) más de 795 millones de personas al año mueren por desnutrición y unos 870 millones padecen los rigores del hambre, mientras más de 1.300 millones de toneladas de alimentos son tirados a la basura. Una cantidad que serviría para erradicar de manera permanente el problema del hambre.

Solamente en los países más ricos del planeta se bota casi tanta comida (222 millones de toneladas) como la que se produce en el África subsahariana (230 millones). La frutas y vegetales aparecen en el informe como los alimentos con la tasa más alta de desperdicio (50%), por encima del pescado (35%), los cereales (30%) y las carnes (20%).

Como es de esperarse, Estados Unidos lidera la lista de países en los que más se desechan alimentos todavía en buenas condiciones para el consumo humano. Seguido por Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

La escandalosa cifra de comida que es desechada a diario en el mundo capitalista está determinada principalmente por una mecanización irracional de la producción, sistemas ineficientes de distribución, y una lógica de mercadeo que obliga a descartar productos en buen estado pero que las leyes del consumidor consideran obsoletos o de mal aspecto. Sin embargo, la razón de más peso (y con toda seguridad la más inmoral) es la imposibilidad de permitir el acceso de la gente a esos alimentos a que obliga la lógica de la oferta y la demanda. Si los productos excedentes pudieran ofertarse a precios módicos, o llegaran a ser donados o regalados de alguna manera a los necesitados, los precios de los productos se vendrían abajo. Y eso el capitalismo no está dispuesto a aceptarlo. De ahí que se excedente deberá ser no solo desechado sino destruido.

Si a este obsceno comportamiento del mercado se añade la aberrante fruición consumista por adquirir más productos de los que en realidad se necesitan (lo que genera un alto índice de desperdicio por parte del consumidor), la cifra de alimentos que se pierden a diario en el mundo se incrementa todavía mucho más.

Una sociedad dividida entre quienes gozan del privilegio del acceso a los alimentos y quienes en virtud de la exclusión deben soportar los rigores del hambre, es completamente normal y aceptable en la lógica del modelo capitalista, que privilegia el crecimiento empresarial y el libre mercado a la vez que repudia la inversión de recursos en el ser humano (“populismo”, según la óptica neoliberal burguesa), al que considera útil solamente en la medida de su capacidad laboral. Es decir, de acuerdo a esa concepción, el ser humano deberá estar al servicio de la empresa que produce los alimentos que seguramente él no podrá consumir.

Una concepción de desarrollo que alcanza niveles de disparate cuando se estima que un 30% de la superficie cultivable (cerca de un 1.400 millones de hectáreas) en el planeta producen alimentos que jamás van a ser consumidos, pero que para su producción utilizan más agua que toda la que necesitan China o la India al año.

Por eso la guerra económica que ha desatado la derecha nacional e internacional contra nuestro país se exprese de manera más cruda contra el pueblo, a partir precisamente del martirio al que es sometido el venezolano de bajos recursos con la escases de alimentos que es inducida desde los sectores del gran capital tanto nacional como de las grandes corporaciones transnacionales que aquí operan.

En la Venezuela de hoy, como jamás lo ha hecho en la historia, el rico no hace colas para la obtención de sus alimentos porque goza de un privilegio excepcional que le permite ubicarse en una posición de ventaja frente al resto de la población. Ese privilegio es la ostentación con la cual se realiza la condición de rico. Para el sector burgués que el pobre pase trabajo y padezca hambre mientras el rico disfruta del confort que su estatus le permite es el estado ideal de la sociedad.

Una crisis fenomenal en la que, parafraseando al poeta colombiano Willian Ospina, los ricos protestan por carencias de las que no carecen, mientras los pobres soportan con lealtad revolucionaria un tormento que no merecen, porque tienen clara conciencia del carácter salvaje de un capitalismo que necesita el hambre como sustancia para el aseguramiento de su sobrevivencia.

A esos que se consideran ricos porque procuran la sobrevivencia de su confort y de sus privilegios mediante el hambre que generan en el pueblo, es exactamente a quienes se refería el Comandante Chávez cuando decía que ser rico es ser malo.

 

@SoyAranguibel