El templo de los inventos

Publicado en: Ultimas Noticias el 25/05/2012

A Capriles le dijeron en algún momento que el “truco” de Chávez para lograr cautivar a las masas era inventar fórmulas innovadoras que encantaran a la gente y él, como todo muchacho obediente que no contraría jamás a sus mayores por el miedo de quedarse sin chupeta, se dedicó a inventar.

Con una pizarrita que más bien parece una servilleta de botiquín (en la que los borrachos explican sus disparates mediante un enjambre de garabatos sin solución) y una maltrecha chuletica de papel arrugada entre la mano y el micrófono, el inefable candidato hace siempre el mismo esfuerzo de conmiseración para tratar de hacer creer a su exigua audiencia que articula una idea prominente para salvar a la Patria.

En su afán, fogoso y frenético como todo buen muchacho de alcurnia, se desboca y se pasa de maraca (muy probablemente sin percibirlo siquiera) al extremo de convertirse ante sus propios seguidores en un auténtico Jim Jones redivivo, aquel fatídico pastor del llamado Templo del Pueblo que llevó al suicidio a toda su feligresía en 1978 en lo que él mismo llamara el paraíso de Jonestown, en la Guyana.

Algo así como lo que inventa con esa insensatez de la “Misión Segunda Oportunidad”, consistente, nada más y nada menos, que en poner a trabajar de nuevo a la gente de la tercera edad que ya está jubilada. Un verdadero suicidio colectivo al que convoca a sus seguidores, convencido de haber encontrado la veta maravillosa de la fuente de la popularidad.

Proponer como oferta de futuro la misma receta que aplica hoy el Fondo Monetario en Europa para acabar con la seguridad social, no es ni siquiera una oferta demagógica sino una verdadera barbaridad que persigue mezclar, en una misma cosa amorfa y sin racionalidad, los fundamentos humanistas del socialismo con la barbarie explotadora del capitalismo. Algo que ni siquiera a los desclasados socialistas españoles se les ocurriría en su sano juicio.

Jamás comprenderá el imberbe candidato de la burguesía, por sus propias limitaciones y falencias, que el liderazgo no es un asunto de billete y espejitos, sino la expresión de una inmensidad humana que se apoya en la entrega indoblegable a claros ideales de justicia e igualdad social y en el amor más profundo y abnegado por el pueblo.

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