Los trabajadores de Capriles


El primer informe de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), publicado en 1990, sostenía que “La verdadera riqueza de una nación está en su gente“. Una tímida forma de aceptar, desde el ámbito de la concepción neoliberal que se tiene del desarrollo en los grandes centros del poder que controlan a esos organismos multilaterales, que es la gente y no las grandes corporaciones la verdadera y única razón de ser de la vida en el planeta, aún a pesar de los proverbiales intentos de los sectores dominantes por invertir esa ecuación y colocar a la empresa y a la gran industria como eje y centro de la historia de la humanidad.

Se aceptaba ya desde entonces que el camino hacia la destrucción de la humanidad no solo estaba más cerca de lo que siempre se pensó, sino que se hacía cada vez más acelerado en la medida en que el modelo capitalista dominante siguiera concibiendo al ser humano solo como un componente más del complejo sistema regulador del metabolismo del capital, como lo define Mészáros, y no como el elemento determinante de la sobrevivencia del mundo entero, incluyendo en él a esa gran industria que hoy solo persigue explotar al ser humano para acumular cada vez más riqueza a costa del hambre y la miseria de cientos de miles de millones a lo largo y ancho de los cinco continentes.

Más acá, en su informe “Llegar a los marginados”, de seguimiento del programa EPT (Educación Para Todos), publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación la Ciencia y la Cultura (Unesco) en 2010, se anuncia una impactante revelación como que “La crisis financiera mundial puede entrañar cambios radicales. En el informe se muestra que la disminución de los ingresos de los gobiernos y el aumento del desempleo suponen una grave amenaza para el progreso en todos los ámbitos del desarrollo (SIC). Los presupuestos gubernamentales están sometidos a una presión aún mayor y la financiación de la educación se halla en una posición especialmente vulnerable. Otro Tanto ocurre con las familias pobres. El aumento de los niveles de pobreza muestra que el desafío planteado por la satisfacción de las necesidades humanas básicas exige un combate diario. El pasado nos enseña que con frecuencia son los niños –y sus posibilidades de ir a la escuela- quienes primero padecen las consecuencias. (…) La educación está en la primera línea de ese combate. En efecto, la escuela no sólo enseña a leer y escribir sentando las bases para la vida activa, sino que además promueve la tolerancia, la paz y el entendimiento entre las personas, luchando contra las discriminaciones de todo tipo.”

La educación, incluso en la lógica del pensamiento neoliberal que domina en la institucionalidad burguesa que así se expresa, es el factor determinante en el crecimiento y de auténtica liberación del ser humano.

Sostiene Mészáros en el “Desafío y la carga del tiempo histórico, el Socialismo del Siglo XXI”, lo siguiente: “El modo de reproducción metabólica social, que históricamente es el único que puede tener el capital, tiene que degradar el tiempo porque la determinación objetiva más fundamental de su propia forma de intercambio humano es l tendencia irreprimible a la autoexpansión continua, definida por las características intrínsecas de ese modo de intercambio social como la necesaria expansión del capital, alcanzable en la sociedad mercantil solamente a través de la explotación del tiempo del trabajo. Así, el capital tiene que ser ciego ante cualquier dimensión del tiempo que no sea la del plustrabajo y el correspondiente tiempo de trabajo explotable al máximo.”

Según el prestigioso filósofo político, el capitalismo reduce al ser humano a la condición de “despojo del tiempo”, dada su persistencia en el viejo esquema burgués según el cual el individuo tiene valor únicamente en la medida de su productividad como fuerza de trabajo generadora de riqueza para el sector dominante.

Uno de los aspectos más degradantes del orden social del capital –dice Mészáros- es que éste reduce a los seres humanos a una condición cosificada, para así poder amoldarlos a los estrechos límites de la contabilidad del tiempo del sistema: el único tipo de contabilidad –extremadamente deshumanizadora- compatible con el orden social del capital. Este tipo de desarrollo social sumamente depauperante en el plano humano se ve justificado teóricamente en forma de una abstracción ideológicamente reveladora producida por los economistas políticos que vinculan directamente la individualidad abstracta (los individuos aislados) con la universalidad abstracta (la división y fragmentación capitalista del trabajo prevaleciente, que se decreta como una regla universal atemporal creada por la propia naturaleza). El procedimiento teórico reductor al extremo de los economistas políticos –que se abstrae de toda cualidad humana- está basado el reduccionismo práctico que subyace al capital, que Marx puso en evidencia al enfocar la relación objetiva entre el trabajo compuesto y el simple, y la subordinación alienante de los seres humanos al dominio de la cantidad y el trabajo bajo los imperativos prevalecientes del capital.

Una aproximación apenas a una explicación necesaria que pudiera hacer comprender a los venezolanos el disparate insólito del candidato de la derecha, Capriles Radonski, de proponerle al país el chamuscado recetario neoliberal que está ardiendo en el mundo capitalista, gracias al fuelle inquebrantable de los pueblos que se indignan contra el atropello y la agresión que representa ese esquema de oxigenación del poder económico mundial mediante la descomunal transfusión de dinero que extraen los gobiernos burgueses de los bolsillos de los trabajadores, los profesionales, los estudiantes, en fin la sociedad toda.

Proponer a ese respetable sector de la sociedad que son los ancianos, una Misión o programa de trabajo para la tercera edad, es un exabrupto sin dimensión mensurable en la historia. Pero hacerlo en el marco de la debacle capitalista como fórmula de salvación de la gran empresa a costa de la vida de los mayores, no puede ser sino un disparate.

Proponerle ahora a los jóvenes venezolanos un programa para sacarlos del sistema educativo e incorporarlos al mercado laboral desde la más temprana edad, como lo hizo en el marco de la misma campaña que persigue imitar a Chávez a como de lugar, es probablemente una aberración que pudiera rayar en lo demencial estúpido.

Dice Capriles: “Nosotros tenemos un plan (de empleo), a partir de los 15 años de edad. (Hay) muchos muchachos que tienen 15, 16 años de edad que dejaron el liceo, que no les gustan los estudios.

Prometió crear sedes municipales del Instituto Nacional de Capacitación y Educación para que los jóvenes que abandonaron sus estudios sean “capacitados” en formar sus propias empresas, no sin antes -explicó- cumplir con una pasantía en una transnacional extranjera, cuyos dueños recibirán “rebajas” en el pago de impuestos por recibir a los adolescentes.

Convoca este irresponsable a una juventud como la venezolana, agredida de manera persistente por el mensaje degradante y trasnculturizador de unos medios al servicio de los mismos intereses del gran capital que ese candidato representa, a una desbandada hacia el pasado de atraso y destrucción del tejido social de una nación que durante décadas se sembró en nuestro país.

En el mundo, ni siquiera en los laboratorios estratégicos de la derecha más reaccionaria y recalcitrante, no hay nadie que se atreva hoy a sugerir siquiera la barbaridad de un programa para favorecer las posibilidades de crecimiento de las grandes corporaciones, dotándoles de mano de obra barata y vigorosa a costa del atraso y la subcapacitación intelectual a los que induce directamente una medida delirante como esa de sacar a los jóvenes del sistema educativo para lanzarlos como ganado a las fauces de la gran empresa. Pero Capriles lo sostiene con la más entera convicción y ligereza, sin que se le perturbe ni el más mínimo músculo facial.

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