De medios y de sociedades imperfectas

La consulta a la opinión pública mediante la “entrevista de calle”, como se denomina en el ámbito periodístico, más que una modalidad de reporterismo es cada vez más una herramienta de sicología clínica, que opera como instrumento de forja conductual para la cultura de la dominación que reproducen los medios de comunicación, más que como recurso noticioso.

Su naturaleza dialéctica (el medio de comunicación consulta en la calle lo que la noche anterior le ha dicho a la gente acerca de un tema, para luego afirmar que es la gente la que opina sobre ese tema en particular, para volver así, de manera ascendente y recurrente, sobre lo mismo cada día) hace que el proceso de retroalimentación in crescendo que se produce en la medida en que avanza el interés de la sociedad sobre los asuntos que le conciernen termine convirtiendo la realidad por la cual se preocupa en un fenómeno virtual completamente desconectado de aquello que en efecto tiene que ver con su vida, pero que sí tiene que ver con lo que ella misma ha profesado largamente a través de la “entrevista en la calle” sin que medie en todo ello ni la más mínima metodología científica por parte del medio, ni mucho menos por parte del entrevistado, que será siempre un desprevenido transeunte sin rudimentos intelectuales ni académicos de ningún tipo.

Entonces “la voz del pueblo” ya no es la voz de Dios, sino la “voz de los medios”. Y eso sí es en definitiva una verdadera distorsión del universo.

Una distorsión que explica el disparate mediático que coloca a los venezolanos de a pie, los entrevistados en la calle, como unos auténticos miserables cuya felicidad es más bien nula, cuando no lamentable, en contravención del informe de la Universidad de Columbia, que dice que Venezuela es el segundo país más feliz del continente y uno entre los veinte más felices de la tierra.

Para esos entrevistados (una milésima parte de la población venezolana), el estudio de la prestigiosa universidad es poco menos que panfletario, y su inexactitud estriba en que los investigadores no deben haber venido nunca al país y… no habrían visto, por ende, los noticieros venezolanos.

Se trata, a la larga, de una propuesta que comprende la lógica de la sociedad de masas de la que habló LeBon en su oportunidad,  según la cual los investigadores de toda universidad seria, para llevar adelante un proyecto cualquiera de naturaleza social o política, tendrían que someterse a la obligación de ingresar primero en el círculo inagotable e inexpugnable de la verdad periodística que consagran hoy por hoy los medios de comunicación… de masas. Se cumpliría así la vieja máxima entreguista del inefable Mcluhan, que colocaba al medio como eje y centro gravitacional de la vida en el universo.

De acuerdo a esa lógica, el ciudadano en sociedad debe aspirar a la libertad siempre y cuando se someta sin reparos de ningún tipo al yugo del medio de comunicación que día a día persigue el propósito de su supremacía absoluta más allá incluso de los parámetros de las élites hegemónicas, financieras, religiosas o revolucionarias. El medio pretende ser hoy, como lo señala el presidente Correa, más que la voz de los ciudadanos (como se autodefine), abogado de todas las causas, supremo fiscal acusador, jurado omnisapiente, juez divino y Dios sobre la tierra, en una misma entidad insustancial e intangible, por encima del bien, del mal… y de las Leyes.

La experiencia venezolana en la convivencia cotidiana de una realidad verdadera en contraste permanente con la virtual que construyen a diario los medios de comunicación, es sin lugar a dudas un acontecimiento excepcional en el mundo.

Un medio impreso detecta en un momento determinado unos contenedores con alimentos descompuestos y denuncia públicamente la supuesta negligencia del gobierno en su manipulación (sugiriendo siempre la existencia de corrupción más que de negligencia) y pide (en nombre de toda una sociedad que no le ha entregado jamás tamaña atribución) una investigación oficial a fondo. La investigación establece que en efecto hay alimentos descompuestos, pero no en la cantidad que el medio había señalado previamente sin investigación alguna. Pues, antes que difundir la noticia de la precisión a la que ha llegado dicha investigación, se lanza en furiosa campaña de descrédito contra el gobierno en virtud de no aceptar éste las cifras que el medio había establecido inicialmente de manera arbitraria y antojadiza. La cantidad de alimentos descompuestos, como de todo lo que diga el medio, no será jamás la que determine una investigación oficial.

Más que vender periódicos o espacios, la lógica del medio es perpetuar la búsqueda de la “sociedad perfecta” que se contrapone a la sociedad a la cual vive denunciando por sus supuestos errores o sus “desviaciones” hacia modelos no compatibles con su concepción de libertad.

Si esas desviaciones llegasen a generar en algún momento entre la población algún grado de bienestar, o de felicidad incluso, su extirpación mediante sus poderosos mecanismos de modificación de las percepciones será la tarea más impostergable y necesaria, aún a costa de invertir (o pervertir) la esencia misma de la razón fundamental de la vida humana.

Millones de personas pueden experimentar estadios de felicidad auténtica frente a las escuetas cifras de decesos que pueda haber de manera lamentable en una nación (producto por lo general de la violencia en la que se educa a la sociedad a través de los mismos medios de comunicación) pero el medio les hará convencerse a todos que es ese un país de miserables infelices donde la gente muere o morirá a balazos. En Venezuela esa dinámica perversa de una sociedad en la que fallece por arma de fuego una ínfima cantidad de personas al año en comparación con los millones que viven por primera vez la fortuna del bienestar y de la felicidad verdadera, pero en la cual los medios intervienen de manera consuetudinaria para convertirles sin razón alguna los más infelices seres de la tierra, llega a niveles de paroxismo. Los países desarrollados en los que se padezca hambre, violencia y exclusión social, no serán jamás países infelices sino todo lo contrario.

El daño, a la larga, es la destrucción entre la población de la necesidad de lucha por la verdadera razón de la vida, que no es otra que la mayor suma de felicidad posible. La búsqueda infinita de la inexistente “sociedad perfecta”, conduce a la destrucción progresiva de sus posibilidades como pueblo, de su fuerza como ser humano, de su talante revolucionario, para dar paso a la más honda frustración. A una sociedad sumida en el dolor y en el sufrimiento.

La “sociedad perfecta”, además de quimérica, es así una herramienta desmovilizadora y un concepto profundamente contra revolucionario. Algo así como Disneyworld… pero sólo que en la mente.

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