¡A encochinar la campaña!

Publicado en Ultimas Noticias el 22/06/12

Nunca dejó de llamar la atención cómo la burguesía, que se presentaba como el sector ilustrado de la sociedad, formada en las “grandes universidades del norte” como las denominaron toda su vida, no encontró jamás problema alguno en que sus dirigentes surgieran precisamente del sector más ignaro de la población.

Como cualquier país subdesarrollado (condición de la cual quisieron siempre hacernos sentir orgullosos durante su mandato), Venezuela ostentó durante la cuarta república el bochornoso privilegio de contar con dirigentes políticos, ministros y hasta presidentes, que no culminaron nunca el bachillerato y que ni siquiera, como en muchos casos, cursaron estudios de primaria. Se argumentaba el exilio y la clandestinidad como excusas al persistente desprecio a la formación académica. Los liderazgos surgían de las aplanadoras políticas antes que de la capacidad intelectual de los dirigentes. Es decir; del exterminio de las carreras de sus propios copartidarios.

No había necesidad de formación política ni ideológica, porque no se exigía ni una visión ni un proyecto de país qué presentar, pues no se estaba debatiendo nunca el modelo de sociedad sino la sobrevivencia personal de los figurones del partido. La chequera, la zancadilla y la metralleta eran las herramientas.

Un formato perfecto para el imperialismo y los sectores oligárquicos del país, para quienes un líder de masas culto y sólidamente formado hubiera resultado más un obstáculo que un aliado en su afán de dominación del Estado desde detrás de bambalinas. Mientras más iletrado e inmoral, mejor era el candidato para el propósito del saqueo a nuestros recursos. Por eso Piñerúa. Por eso Mendoza. Por eso Rosales. Por eso Capriles.

¿Qué Capriles no logra articular ideas y da pena ajena de la pura ignorancia? Más bien es un orgullo y un logro supremo para una burguesía que ha ansiado durante décadas el momento glorioso de su definitivo asalto al poder para consolidar su condición de clase pudiente y ostentosa por encima de ese lumpen proletariat que tanto desprecia.

El camino es una falacia. Lo que se requiere de él hoy es sólo que encochine la campaña, ofreciendo a diestra y siniestra soluciones disparatadas que le embasuren a Chávez el triunfo del cual todos ellos están más que perfectamente convencidos.

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