¡Yo soy el Guasón! ¡Tú eres el Guasón! ¡Todos somos el Guasón!

Quizás el matón de Aurora no haya pronunciado una expresión ni medianamente semejante en medio de la refriega que sucedió a la mortandad que había ocasionado momentos antes de ser detenido ni durante el proceso de su detención.

Lo más probable es que en la mente de la mayoría de los asistentes a la proyección del film del hombre murciélago que tanto han admirado los norteamericanos por más de seis generaciones, lo mínimamente esperable es que esa fuera la única frase que pudiera articular el demente asesino, producto de una lógica en la que toda la sociedad se subsume complacida desde hace décadas con el mayor placer, y que no es otra que la del superhéroe surgido de una sociedad que lucha por la libertad como ninguna otra y que no cede ni cederá jamás bajo ningún respecto ni negociación ante las bajas pretensiones de las fuerzas del mal, cualesquiera sean o ubicadas donde quiera que estén hasta en el último rincón del planeta.

Es decir; no importa si dijo lo que dicen que dijo. El asunto es cómo se enmarca esa masacre en el ranking internacional de los asesinatos en masa y cómo su difusión impacta en la mente de los ciudadanos que de manera consciente o inconsciente se ubican en la lista de los potenciales protagonistas de esa fulgurante modalidad de notoriedad instantánea, cuyo mayor logro es su salto en distinción y categoría miles de estadios por encima del terrorismo palurdo y subdesarrollado de los talibanes que tanto desprecian los gringos. Ni en Colombine, ni en Aurora, ni en ningún otro atentado de esa naturaleza como los que a cada rato se producen en Estados Unidos, se usará jamás en medio de comunicación alguno el término “terrorista”. Se hablará hasta la saciedad de “tragedia”, “suceso lamentable”, “tiroteo”, “horror inexplicable”, “masacre”, “acto de locura”, “doloroso acontecimiento”, o lo que usted quiera, pero jamás, óigase bien; ¡jamás! se pronunciará en un medio de esos la palabra “terrorismo” cuando se trate de un evento que involucre como protagonista a un ciudadano de la impoluta libertad norteamericana. No. En ninguna redacción de prensa de ninguna corporación mediática capitalista, un gringo comete actos semejantes… cuando mucho, padece de “problemas emocionales”.

Y es así porque la cultura de las armas en los Estados Unidos está fundada en muy grande medida en la devoción al superhéroe como prototipo de ser humano incomparable y ejemplar en cualquiera de sus múltiples expresiones o categorías, particularmente en el soldado de la marina norteamericana, llamado por ellos de manera cariñosa “marine”, sin cuyas gloriosas gestas de ultramar liberando naciones y continentes enteros e inculcándoles a sus sobrevivientes (si es que los hay) la avanzada noción de democracia totalitaria a la que los obligan, el acervo cultural de esa poderosa nación del norte sería poco menos que un vulgar retazo de coleto arqueológico sin significación alguna.

Terrorismo es otra cosa. Inferior en términos de su categoría, pero muy superior en cuanto al horror que justificará la muerte de millones de seres humanos inocentes y el respaldo o la anuencia de las naciones del llamado “mundo libre”. Sobretodo si con ello se contribuye al crecimiento como nación ante ese mundo.

Por eso, lo importante será siempre el valor noticioso que para esa sociedad en particular tenga el fenómeno del asesinato (que no es terrorismo sino “acontecimiento doloroso”). Porque es el peso de la noticia que lo coloque como evento aislado, circunstancial y sin causas sociales probables de ningún tipo, lo que salvará a la sociedad del riesgo que pudieran tener las libertades en la mayor nación del planeta, en especial la libertad de portar el arma que les de la gana y de usarla como les venga en gana.

Frente al polémico debate que se produzca a partir del hecho a través de esos medios noticiosos, acerca de la conveniencia o no de seguir permitiendo el uso indiscriminado de armas en una sociedad cada vez más conflictiva y disfuncional como la norteamericana, la idea más inexpugnable deberá ser siempre la defensa del derecho del ciudadano común a portar armamento. Porque una sociedad formada en la idea del poderío y la supremacía bélica como requisitos indispensables para su correcto desempeño, sin armas no tiene ningún valor. Y por ende, ningún poderío.

Educados como estamos todos a través del diverso y descomunal contenido mediático con el que los medios de comunicación nos impactan a toda hora en el logro del arma como instrumento de realización personal, la violencia se convierte cada vez más en rasgo natural e inevitable del paisaje urbano en nuestras sociedades. Cada vez es menos concebible la utopía de la convivencia armónica.

Mientras los medios (y sus derivados directos, como los video juegos, que “educan” hoy en día al ser humano desde la más temprana edad y más que ningún otro medio en el uso de la violencia como recurso indispensable de superación en la vida) continúen labrando de manera tan intensiva, extendida y persistente la cultura de la sociedad bravía, donde el más fuerte o el mejor armado será el único que obtenga siempre el premio del bienestar y la felicidad, aún a costa de su propia miseria y padecimiento moral y material, será muy poco lo que podremos hacer para contener en modo alguno la creciente proliferación de los guasones atrabiliarios que se nos atraviesen en nuestras vidas.

La obligación de una verdadera revolución socialista, como la Revolución Bolivariana, es asumir el reto y el compromiso histórico de empezar a debatir a fondo y en toda su extensión el rol del medio de comunicación en la sociedad y su papel más allá del discurso o de la simple confrontación política.

No hacerlo es obrar como cómplices, por omisión al menos, de esos guasones.

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