¿Es humor la política o es política el humor?


Publicado en la revista “Así somos” #14 / Agosto – Septiembre de 2012


Precisamente de la calle, de las formas más simples y llanas del habla común es de donde ha surgido siempre esa expresión franca, abierta y desenfadada, de la personalidad caribe que nos caracteriza de manera raigal a lo largo del tiempo y que en la formalidad semántica se conoce como “sentido del humor” (casi en el extremo de lo estrictamente biológico), convertido en auténtico rasgo cultural que se recicla y regenera de manera persistente en el tiempo a medida que avanza la sociedad, como parte de un inescrutable engranaje de fenotipos, giros lingüísticos, mitos y leyendas urbanas y del campo, la literatura, la tradición oral y las expresiones artísticas, entre otros, que terminan a la larga por conformar nuestra raza fiestera por antonomasia. Habría que preguntarse, por ejemplo,  ¿qué sería de la cultura nacional si no existiese Joselo?

¡Bochinche, bochinche, bochinche!

De allí, también de la calle, es de donde surge el arte de la política, definida en términos platónicos como la expresión del “ser gregario”. El Estado burgués, en convivencia con las más acartonadas academias, ha pretendido revestir con el rígido manto de la solemnidad y el protocolo los eventos y pasajes de nuestro devenir histórico para separar a la sociedad de las instancias del poder político.

Un recurso, quizás, de esa decadente institucionalidad que procuró desde siempre su perdurabilidad cultivando más el temor a la autoridad que el bien entendido respeto al poder establecido. Cada vez que se ha roto esa solemnidad y se ha despojado de protocolo a la política, el resultado ha sido invariablemente la evolución del pueblo. Prueba irrefutable de ello es sin lugar a dudas la serie de eventos que marcaron el 19 de abril de 1810, los inicios de la patria. Con una lectura ampliada de aquellos sucesos resultará perfectamente comprensible que el gobierno de un poder imperial, como lo era el de España para entonces, fuera derrocado por la simple ocurrencia de un monje benedictino de hacer mofas a espalda de la autoridad suprema para que la gente gritara “¡No!” a su dilemática consulta en el primer balcón del pueblo que recuerde la historia.

Con toda seguridad de ahí deriva de manera directa el tan irrespetuoso y chocante hábito de dibujarle cachos con las manos por detrás de la cabeza a los pendejos de la fiesta en el momento de la foto en grupo.

La historia registra que, enfrentado a la tragedia del proyecto libertario apenas en su más temprano inicio (tragedia que consistió nada más y nada menos que en su detención y destierro hacia España), Miranda no recurrió a las expresiones castellanas de uso correcto que pudieran explicar cabalmente su objeción a la forma desatinada como se resolvían los asuntos de la patria que nacía, tales como: “irresponsabilidad”, “improvisación”, “inconveniencia”, “imprudencia”, “error”, “torpeza” o “barbaridad”, sino que, más bien, apeló sin titubeos de ningún tipo a un contundente y gráfico “¡Bochinche, bochinche, bochinche!”, que con toda seguridad estaba referido más al carácter jodedor de la gente en aquella incipiente sociedad que al carácter estrictamente organizacional del asunto. Así, precisamente (“¡Buenas noches cuerda ‘e jodedores!”), es como se presenta hoy ante el público el famoso Conde del Guácharo.

La naturaleza humorística de la política

No habría espacio en esta breve reflexión para comentar la infinita lista de situaciones en las cuales a lo largo de la historia se constató siempre la naturaleza humorística de la política en el país, ya fuese en forma intencional o no, porque esto es una revista y no una enciclopedia. Sin embargo, hay que ocupar, obligatoriamente, unas líneas en algunos casos particulares de esa constante relación indisoluble entre el humor y la política a lo largo de nuestra historia, para demostrar cómo, en efecto, debemos hablar de una relación en la cual ni los actores o su circunstancia, ni el discurso o su ideología, ni la ocasión o el escenario, han permitido establecer jamás una clara y definida diferencia entre lo uno o lo otro. Ni tampoco todo lo contrario, por supuesto.

No hablaremos pues en estas líneas de las magníficas generaciones de cultores del más refinado e inteligente buen humor criollo que fueron apareciendo siempre en el país con las distintas circunstancias políticas sucedidas a través del tiempo (guerra federal, revolución restauradora, dictadura gomecista, lopecismo, etc.) porque toda síntesis al respecto sería, si no un irrespeto, por lo menos un mateo. Y además, porque seguramente ya hay gente seria escribiendo con verdadera propiedad sobre todas ellas en esta misma edición.

Uno de los casos que debemos mencionar aquí, sin lugar a dudas, es el de la repentina demencia del doctor Diógenes Escalante, candidato del medinismo a la presidencia de la República en 1945, quien apenas a meses antes de las elecciones en las que era considerado como el vencedor indiscutible, se le presentó al doctor Ramón J. Velásquez (entonces secretario de la Presidencia) nada más y nada menos que encorbatado pero sin ninguna otra prenda de vestir, listo para trasladarse a Miraflores, en semejante facha, para asistir a una reunión de trabajo con el Presidente.

Definitivamente tiene que haber sido muy incómodo para el ciudadano común de aquella Venezuela conservadora que todavía éramos, enfrentarse al compromiso de tratar de comentar en serio un asunto tan escandaloso como ese en medio de cualquier reunión, incluidos los velorios. El humor tiene que haber sido la fórmula de salvación ante tan difícil coyuntura.

Otro, el del incruento atentado en Los Próceres contra Rómulo Betancourt, el 24 de junio de 1960. No por el drama que tanto para él y su familia, como para la familia del coronel Armas Pérez, jefe de la Casa Militar fallecido en el intento de magnicidio, significó ese episodio, sino por la vuelta que le dio el pueblo cuando el presidente aparecía al día siguiente frente a las cámaras para decir que estaba vivo pero con las manos, heridas por las llamas, completamente vendadas. La ironía afloró de inmediato en la mente de los venezolanos porque semanas antes del suceso Betancourt, estentóreo y apocalíptico como era, habría pronunciado la lapidaria frase: “¡Que se me quemen las manos si he tocado alguna vez el dinero del erario nacional!”. Desde aquel preciso instante, y hasta el día de hoy, no se ha sabido de nadie que haya logrado la fórmula de referirse al asunto sin soltar una estruendosa carcajada.

Y, finalmente, uno que Walter Martínez describiría tajante como “un acontecimiento en pleno desarrollo”, como lo es el del maniático empeño de la oposición venezolana en lo que va del siglo XXI, de escoger como candidatos a la presidencia de la República a frustrados cómicos de lastimosidad que les van apareciendo por el camino (y jamás de la lucha social o política de ningún tipo) y que usurpan con maestría prodigiosa el rol de pensadores políticos de derecha a partir de una inusual e inexplicable destreza natural para la imbecilidad y la torpeza que tan perfectamente le agradan a la pequeña, mediana y alta burguesía criolla.

¿Por qué ese empeño de endiosar la estupidez y la ignorancia alcanza niveles de tan frenética pasión entre el majunchismo nacional? Es algo que está por verse. Lamentablemente la ciencia todavía no llega a dominios tan hondos ni tan exactos de exploración de la corteza cerebral de los primates domésticos.

Manuel Rosales, expresión viva de esa manía escuálida del culto al disparate, logró como nadie superar lo insuperable de Enrique Mendoza (primo hermano ¡casualmente! de Capriles Radonski, de María Corina Machado y Leopoldo López), en cuanto a su fenomenal capacidad para el dislate y el desacierto con frases como: “Margarita es una isla rodeada de agua”, “El 12 de abril yo firmé fue una lista de invitados”, “Ni con el barbudo ni con el imperialista (…) haremos negocios con todo el mundo (…) pero ni un barril (de petróleo) más a Cuba”, “Nosotros repartiremos la propiedad privada”, “Si a mí me matan y me muero, responsabilizo a este gobierno”, “Nosotros vamos a mejorar la inseguridad”, “Yo no me voy a dejar seducir por cantos de ballena”, “No hay que pedirle peras al horno”, solo por nombrar algunas.

El pueblo y la política

En cada uno de esos casos, como en todos a lo largo de la historia, el ingenio y la picardía del venezolano, sin ser jamás reconocidos por esas élites políticas chapuceras como actores fundamentales que eran (y que son hoy más que nunca en el pasado), fueron determinantes en el curso de los hechos. Los protagonistas de la infinidad de bochornos que marcaron nuestro devenir fueron los políticos. El pueblo, con su proverbial sentido del buen humor, lo que hizo fue reírse de la irresponsable actuación de cada uno de ellos y generar a partir de ahí la larga serie de maravillosas obras del humor criollo que hoy constituyen sin duda uno de los más valiosos activos culturales de la nación.

Aquella élite política que debió haber sido la institución sobre la cual se asentara la democracia ejemplar con la que supuestamente construiríamos la patria, además de entreguista, negligente, tránsfuga y corrupta, fue en esencia solo una ensarta de trapisondas, entuertos y disparates, entre lo trágico y lo cómico, que se nos vendía como seria y respetable pero que en verdad no era sino tarambana y desordenada. Un antiguo dicho popular, escatológico si se quiere pero perfectamente bien logrado, lo define de manera por demás gráfica y profundamente reveladora, y resume a la vez el espíritu de fondo de este planteamiento: “Cara seria; culo rochelero”.

¿Habría habido forma de responder con rectitud o solemnidad alguna al flamante “¡Tú a mí no me jodes!” de aquel patético expresidente del hábito etílico? Difícilmente. De haberla habido, el pueblo, en su inmensa sabiduría, la habría encontrado hace tiempo. Fue el pueblo, y será cada vez más el pueblo en la medida en que se consolide el proceso liberador que comprende la revolución bolivariana, el que demostró siempre que el humor era la única forma honesta de ejercer la política, sin celadas, dobleces o ambages acomodaticios, en un país cuyos políticos no se cansaban nunca de hacer el ridículo y provocar risa entre la gente con sus torpezas, sus perversiones y sus desatinos, trastocándose así la naturaleza de las cosas para terminar convirtiendo la política en humor y asumiendo el humor el rol de orientador del rumbo correcto de la patria que le correspondía a la política.

Hoy sus generaciones de relevo, como una terrible exclamación de desespero ante el drama que sus predecesores les construyeron como patético legado de ineptitud, solo aciertan a medio balbucear entre panas un doloroso “¡Me iría demasiado!”. Mientras, aquel pueblo, entonces oprimido y sin esperanzas, se levanta hoy alegre y vital, con una clara noción de la patria y de su lealtad hacia el líder de la revolución bolivariana.

Por eso el llamado de Chávez al Conde del Guácharo debió entenderse en su oportunidad no como una genial e irreverente ocurrencia del comandante en medio de una improvisada transmisión en vivo, sino como una expresión de su agudeza y sentido del tino político que le ha caracterizado siempre, como rasgo de su indiscutible capacidad de comunicación con el pueblo.

Ciertamente resulta lamentable que se haya perdido la ocasión de competir de nuevo contra el Conde. Con esa tan sacra seriedad con la que Capriles lleva adelante su campaña ni se entretiene ni se logran votos en este país. El viejo dicho popular así lo establece. Mucho menos ahora, que es sobrino octavo del Padre de la Patria… ¡Na’ guará!

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