Ricardo Acosta: EEUU contra el mundo

marine hdp

Por Ricardo Acosta

Estados Unidos es el principal enemigo de la libertad, la democracia y la paz mundial. Ahora mismo mantiene una ofensiva simultánea contra Venezuela, Ucrania y Siria, con el objetivo de derrocar a sus gobiernos, saquear sus riquezas naturales y apropiarse de sus rutas comerciales.

Las reservas de petróleo de Venezuela, los gaseoductos rusos que atraviesan Ucrania y la posición geoestratégica de Siria explican una nueva agresión imperialista, que se disfraza de protestas populares, exigiendo un cambio de régimen.

Los acontecimientos siempre reproducen la misma secuencia. Los manifestantes ocupan pacíficamente calles y plazas, pero no tardan en producirse actos de violencia y pérdidas de vidas humanas.

Thierry Meyssan, fundador y presidente de la Red Voltaire, afirma que no se trata de incidentes incontrolados: “…fuerzas especiales o elementos a las órdenes de Estados Unidos o de la OTAN, convenientemente ubicados, disparan a la vez contra la multitud y contra la policía.

Así sucedió en Deraa (Siria) en 2011, al igual que en Kiev (Ucrania) y en Caracas (Venezuela) en los últimos días. En el caso de Venezuela, las autopsias practicadas demuestran que 2 víctimas –un manifestante de la oposición y otro favorable al gobierno– fueron baleadas con la misma arma”. Estados Unidos no deja nada al azar.

Cada acto de injerencia se realiza desde un país vecino, que permite dirigir la operación desde la retaguardia, creando una zona de escape y apoyo militar, financiero y sanitario. En los casos de Siria, Ucrania y Venezuela, desempeñan ese papel Turquía, Polonia y Colombia, respectivamente.

Si Estados Unidos consigue… sus objetivos, ningún país podrá estar tranquilo.

Cuando se desintegró la URSS, Estados Unidos se apropió de casi todas sus zonas de influencia en Europa Oriental.

A veces, se limitó a absorberlas, utilizando su enorme poder militar y económico, sin necesidad de recurrir a maniobras desestabilizadoras. Polonia, República Checa, Hungría, Estonia, Letonia, Lituania, Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia y Albania acabaron en sus redes, sin grandes esfuerzos.

En el caso de Yugoslavia, se utilizó la misma estrategia de las “primaveras árabes”: alimentar las viejas tensiones étnicas, agitar la violencia, manipular a la opinión pública mediante los grandes medios de comunicación, aplicar una estricta censura militar para que las víctimas de los bombardeos de la OTAN se hicieran invisibles.

Estados Unidos afirmó que su intervención solo pretendía frenar la violencia étnica y proteger a la población civil, pero con ese pretexto destruyó hospitales, escuelas, fábricas, vías fluviales y puentes. Yugoslavia desapareció como Estado socialista no alineado y en su lugar aparecieron mini-estados tutelados por la OTAN. Rusia perdió una de sus rutas comerciales hacia el Mediterráneo. De hecho, el proyecto de gaseoducto ruso-greco-búlgaro se sustituyó por un gaseoducto que recorrería Albania, Macedonia y Bulgaria. Estados Unidos se hizo con los Balcanes, sus recursos y sus mercados, impidiendo que Alemania se convirtiera en una potencia regional, aprovechando su estrecha relación con Eslovenia y Croacia.

La independencia de Kosovo fue la jugada maestra de Estados Unidos, pues le permitió levantar Camp Bondsteel, la mayor base militar norteamericana del mundo fuera de sus fronteras. Kosovo se convirtió en un narco-estado, que empezó a distribuir por Europa la heroína producida en Afganistán bajo la protección de las fuerzas militares norteamericanas.

Son muchos los que acusan a Estados Unidos de promover y proteger narco-estados como México y Colombia, y no es un secreto que Wall Street lava impunemente el dinero procedente del tráfico de drogas, inyectando liquidez -dinero real, no virtual- en sus balances. Algunos analistas apuntan que gracias a ese dinero, muchos bancos se han salvado de la quiebra desde que se inició la crisis en 2008.

Gadafi cometió el error de ofrecer las reservas de oro del Banco Central de Libia para crear una nueva moneda de reserva mundial, alternativa al dólar.

Un desafío tan intolerable como el de Saddam Hussein, cuando a finales de 2000, animado por Francia y otros países de la UE, intentó vender el petróleo iraquí en euros a cambio de alimentos. A veces se olvida que en 1970 Estados Unidos logró imponer el dólar estadounidense como moneda única para comprar y vender crudo.

El Presidente Nixon aseguró al Rey Faisal de Arabia Saudí que protegería sus campos petrolíferos de enemigos potenciales, como Irán, Iraq o la Unión Soviética, si vendía su crudo exclusivamente en dólares e invertía los beneficios en moneda, bonos y letras del tesoro estadounidenses.

En 1975, todos los países de la OPEP establecieron el mismo acuerdo. El monopolio del dólar en el negocio del petróleo acentuó su condición de moneda de reserva para el comercio mundial, garantizando un enorme depósito de crédito para la economía norteamericana, pues todos los países empezaron a acumular dólares para mejorar su competitividad y fijar el precio de su propia moneda en materia de importaciones y exportaciones, de acuerdo con el cambio de divisas y la coyuntura internacional.

El desafío de Saddam Hussein contra la hegemonía del petrodólar impulsó a otras naciones a imitar su ejemplo. Rusia, Irán, Indonesia, Venezuela y la UE mantuvieron conversaciones con la OPEP para analizar las consecuencias de utilizar su moneda para comprar petróleo. Estados Unidos cortó en seco esta iniciativa. En marzo de 2003 invadió Irak y el dólar recuperó sus privilegios.

Todos los países entendieron el mensaje y abandonaron su tímida ofensiva contra el sistema del petrodólar.

En febrero de 2011, Dominique Strauss-Kahn, director del FMI, planteó otra vez la necesidad de crear una nueva moneda de reserva global con el discreto apoyo de Angela Merkel. Un escándalo sexual defenestró a Strauss-Kahn, que se libró de la cárcel, presentando su dimisión.

Si pudiera comprarse y venderse crudo en yenes, yuanes, rublos o cualquier otra moneda, el dólar se desplomaría y Estados Unidos perdería su papel de gran potencia mundial.

Si Bashar al-Assad no es derrocado, será imposible extender la influencia de Estados Unidos en Oriente Medio, controlando las rutas comerciales del gas y el petróleo.

El objetivo final es la caída de Irán y la seguridad de Israel. Este objetivo no se materializará mientras Siria conserve su soberanía y pueda dirigir libremente su política exterior.

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