Crisis, consumos y ganancias.

Papeltualera

Por: Alberto Aranguibel B. / Fotos: AAB.

El mito de las veintidós mil empresas de maletín que habrían secado las reservas internacionales del país, y su correlativa versión según la cual el gobierno las tendría escondidas porque supuestamente sus propietarios formarían parte del alto mando político de la revolución, acomoda perfecto en un escenario donde el imperio norteamericano, las más poderosas transnacionales del planeta y todo el ámbito capitalista en general, desatan la más feroz de todas las guerras económicas que jamás se hayan llevado a cabo contra una nación.

Nada resulta más conveniente y oportuno a un especulador cambiario cualquiera que la estampida de todo un país en el sentido opuesto a donde él se encuentra, es decir; corriendo a buscar al culpable equivocado del desfalco más gigantesco que se haya producido contra su economía. De ahí que comerciantes de toda pelambre, importadores, corporaciones nacionales e internacionales, gremios, y representantes del poderoso sector privado que rabió por años por la supuestas dificultades para la obtención de tan preciado instrumento transable, no abra ni en lo más mínimo su boca para decir tan siquiera, no que celebra la cacería, sino al menos que se solidariza de algún modo con la jauría que persigue a los presuntos maletineros.

De la noche a la mañana, ya nadie recuerda a los miles de usureros que hasta hace poco reventaron a su antojo los parámetros de lo imaginable en elevación de precios, valiéndose precisamente de divisas obtenidas del Estado a tasa preferencial, para amasar inmensas fortunas estafando a la gente, ni a los cientos de miles de raspacupos que hicieron saltar en menos de tres años hasta tres y cuatro veces las tarifas aéreas con su torbellino de turismo defraudador, ni a los millones de viajeros frecuentes que solo por diversión entregaron en el exterior los miles de millones de divisas que recibían también a tasa solidaria. Sin contar, por supuesto, a los cientos de miles de empresas que efectivamente honraron su compromiso con el Estado en el uso de la moneda extranjera que se les estaba otorgando. Ya no hay malandros en el capitalismo.

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Recordar hoy, después de la inmensa campaña mediática y opositora urdida para posicionar la especie contrarevolucionaria como una verdad incontrovertible, que de lo que habló el Ministro Ramírez en su rueda de prensa del 18 de octubre del 2013, en la que anunció la eliminación del sistema cambiario, fue de “sectores que han defraudado al Fisco, y que están al margen de la Ley” y no de veintidós mil empresas fantasmas, no tiene hoy sentido. La matriz ha sido sembrada en la dirección que conviene al gran capital y en ella se moverá la sociedad. Pero, cabe preguntarse ¿Y de aquellos perversos que todo el país vio saqueando el país y acabando con el bienestar de los venezolanos a punta de incrementos de precios, acaparamientos masivos, contrabandos millonarios, qué será?

El asunto, que ahora se reduce a una simple cacería de la dirigencia chavista, acusada, ¡oh paradoja!, por los llamados sectores radicales de la revolución como los estafadores del sistema cambiario, allana al sector capitalista el camino para su reorganización y mayor fortalecimiento en el país, mediante una modalidad de guerra económica poco convencional incluso en el modelo ingerencista del imperio norteamericano, que es aquella en la que se conspira fomentando una escases inducida de todo tipo de productos y bienes de consumo que, contrario a lo que dicta la ley fundamental del neoliberalismo, la de la oferta y la demanda, y a lo que fue siempre asumido como “inversión a pérdida” por las grandes corporaciones transnacionales para justificar su aporte en el derribamiento de gobiernos hostiles a los intereses de los EEUU, no genera pérdidas sino… ¡mucha ganancia!

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Unas insólitas colas para comprar una franela negra o un inadecuado chaquetón de invierno en medio de estos calorones, disparan las alarmas cuando el mundo entero ve con estupor cómo un país que se dice en crisis atiborra las tiendas Zara, que en Venezuela, como en el resto del mundo, comercializa ropa de segunda y tercera categoría como si fuera de primera. De la noche a la mañana, la gente entra progresivamente en cuenta que no es ésta una crisis de carestía alguna, sino de exceso de consumo, que vacía anaqueles tras anaqueles con un furor de compras compulsivas que desconciertan y transforman el paisaje urbano con los miles de viandantes cargados de paquetes de harina PAN, bultos aparatosos de papel tualé y bolsas repletas de tarros de margarina, como si del Apocalipsis se tratara. Que lo que faltan son dólares. Y que eso también es una crisis.

El periodista Michael Castellanos, en un reportaje sobre las compras nerviosas en Últimas Noticias, dice “Gerentes y supervisores de algunos comercios visitados en un recorrido realizado por el equipo de Últimas Noticias, expresaron que televisores y aires acondicionados se venden en un santiamén. Indicaron que esta conducta de los consumidores ha llevado a que se les agote el inventario rápidamente, a pesar de que reciben mercancía por parte de los proveedores con cierta regularidad (…) El Jefe de Almacén de DAKA, en Boleíta, que prefirió permanecer en el anonimato, dijo que han llegado a recibir mercancía cuatro (4) días a la semana, pero “Todo se vende casi justo cuando llega; por eso los anaqueles están vacíos. Incluso hemos llegado a vender doscientos (200) aires acondicionados en un (1) día” ”. (UN/Economía/ 27/04/2014)

En cuanta tienda se entra a preguntar por lo que sea, el vendedor dirá siempre a más tardar a los dos minutos y medio la misma frase referida a la “situación país”, que es como los opositores denominan en su lenguaje exquisito al escenario catastrófico por el cual ellos están entregando sus vidas en las calles. Bajo ese signo, auténtica contraseña de interconexión solidaria entre el comprador y el tendero, la gente acepta que no hay mercancía y acepta llevar “lo que hay”, al precio que sea porque se dice que mañana va a venir a precio nuevo… ¡si es que viene!

Pero siempre viene. El que le da la gana a la transnacional en cada caso, pero viene. La modalidad del “ciclo de la alternancia” impuesto por las grandes corporaciones que juegan hoy en nuestro país a la desestabilización estimulando el descontento popular hacia el gobierno con la escasez de sus productos, hace que la gente se obstine de ver durante un mes el anaquel de los champús, por ejemplo, casi completamente vacío, en el que solo hay por allá muy al fondo un tipo de champú, digamos el azul, que luego de un mes desaparece y es suplantado por el verde, de la misma marca, y así sucesivamente hasta que todos los tipos de champú de esa marca han desfilado por el mismo rinconcito del anaquel de marras para iniciar de nuevo su perverso ciclo golpista. Cada anaquel es un “centro ideológico” para el opositor de a pie, que espera con ansias el momento de ir al supermercado para instalarse ahí a hablar pestes del gobierno con cuanto prójimo aparezca, a aún cuando su carrito repleto de productos que “NO HAY” revele su estado de disociación psicótica.

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Mientras se transmite la impresión del horrendo desastre en el que nos sumerge la “situación país”, se vende “lo que hay” a todo el mundo y se gana siempre lo mismo. O más, si le añadimos la especulación que nunca es de extrañar en la cultura capitalista.

Igual es con el desodorante, con las hojillas y máquinas de afeitar, lavaplatos, desinfectantes, jabón, detergentes, suavizantes, etc., etc., que para sorpresa de los venezolanos, que en su casi totalidad ni lo imaginan, son siempre productos de una misma gran corporación transnacional, que alega falta de flujo de divisas para explicar y justificar su comportamiento. Jamás explicará, por supuesto, cómo es que para comercializar un solo tipo de champú al mes sí tiene divisas.

Es la providencial posibilidad que se ofrece a corporaciones veteranas en el arte de derrocar gobiernos progresistas a través de la historia, de permitirse promover el descontento y la rabia entre la gente, a la vez de acumular inmensas fortunas vendiendo, en términos proporcionales, lo que ni siquiera en mercados perfectamente desarrollados y estables alcanzarían a vender hoy en medio de la crisis terminal que experimenta el modelo neoliberal capitalista.

No es por falta de dólares que una gigantesca empresa como la Procter & Gamble, probablemente la más poderosa fabricante de productos de consumo masivo en el planeta, va a dejar de vender sus mercancías en el país. Su tradición golpista, junto a muchas otras como ella, de infausta recordación en Latinoamérica por sus muy decisivas acciones contra gobiernos democráticos, como el de Salvador Allende, por ejemplo, les precede.

Solo le falta que el glorioso pueblo chavista les permita repetir aquí su repugnante felonía. Y eso sí que en verdad pareciera ser lo más remoto.

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