MUD: remiendos de una vieja colcha de retazos

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Por: Alberto Aranguibel B. / Correo del Orinoco 18 de agosto de 2014

Los medios de comunicación fueron determinantes en el aplacamiento de la rebelión del 4 de febrero de 1992. Lo que la derecha quiso vender como el fracaso del movimiento cívico-militar que insurgía entonces para abrir los causes de la revolución popular que años después llevaría a Chávez al poder, no fue sino el logro circunstancial de una élite política que de manera sorprendentemente sincronizada, y casi por acto reflejo, imponía ante el país aquella madrugada una imagen de férrea cohesión a través de las pantallas de televisión por donde fueron desfilando uno a uno los dirigentes de los principales partidos políticos del estatus, así como prominentes representantes de los organismos empresariales y de la sociedad civil que aquella noche se expresaron contra la insurgencia, como dijeron entonces, en defensa de la democracia.

De no haber sido por aquella comparecencia mediática en bloque de los defensores del modelo neoliberal que la revolución se proponía desplazar del poder, muy probablemente el curso de los acontecimientos habría sido distinto. El país había visto a través de sus televisores una inusual unidad de sectores diversos, e incluso en algunos casos antagónicos, repudiando la expresión popular y eso hizo dudar al pueblo por algún tiempo de la conveniencia o viabilidad de aquella fórmula de transformación que los valientes insurrectos planteaban.

Algo de lo cual la mal llamada Mesa de la Unidad Democrática no se percató jamás en la actual coyuntura, en una clara demostración de ineptitud y de torpeza para leer la realidad política del país. Las mezquindades e intereses individuales de la serie de grupos ahí reunidos obnubilaron por completo la capacidad de asimilación de las oportunidades que le presentaban los acontecimientos que uno a uno fueron desbordando la frágil estructura de naturaleza eminentemente electoralista de ese proyecto hasta llevarle al inexorable naufragio del que nunca estuvo en condiciones de salvarse, sobre todo a partir del 12 de febrero de 2014, fecha en la cual el tsunami que ellos mismos denominaron “La salida” terminó por derruir la precaria estabilidad que ya tenía.

No haberse deslindado, ya fuese por cobardía o por simple cálculo oportunista, del plan terrorista que evidentemente se proponía dar al traste con la democracia venezolana que acababa de proclamar a Nicolás Maduro como Presidente Constitucional de la República, tal como lo hicieron aquella madrugada de febrero del ’92 en defensa de Carlos Andrés Pérez, no solo los puso en evidencia como solidarios con el terrorismo, sino que les restó respetabilidad hasta en su propia base como sector político cuya responsabilidad es desempeñar un papel de contrapeso en la institucionalidad del Estado. Prolongar ese mutismo durante las semanas que el fascismo de la derecha mantuvo en zozobra a la población los hizo receptores directos del repudio masivo a esas acciones de violencia indiscriminada que se iba acumulando en el país. Es decir; a la MUD la acabó la guarimba como detonante al menos de una implosión anunciada desde mucho tiempo atrás por el largo proceso de contradicciones internas que entre ellos mismos, por esa proverbial cobardía para asumir sus derrotas, se negaron a aceptar desde siempre. Por esa ineptitud fue que nunca entendieron que buena parte del liderazgo de Chávez se debió muy particularmente a su excepcional capacidad para asumir la responsabilidad de sus actos, cualesquiera que fueran.

Esas diferencias, la mayoría de las veces insalvables, signaron desde sus orígenes el destino trágico de la MUD, porque impidieron en todo momento la construcción de un piso político que capitalizara efectivamente el sentimiento antichavista que expresaba electoralmente una parte considerable de la población, pero que jamás lograron ellos convertir en militancia activa. La juntura de siglas, por lo general de minúsculas parcelas políticas, como es el caso de la MUD, no significa construcción de fuerza política si ello no va acompañado del trabajo ideológico y organizacional que le cohesione y le de sustentabilidad.

Incluso en el capitalismo, el desprecio a la construcción política se paga caro, porque en el fondo se traduce en desprecio al carácter participativo que reclama hoy en día el electorado al cual como sector político pretenden convocar.

Descrito en su momento por el Comandante Hugo Chávez como “la nada”, precisamente por la insustancialidad de su propuesta discursiva, el ex candidato presidencial y líder fundamental de la MUD, Henrique Capriles, sostiene ahora en un programa de televisión que en la MUD “Hay visiones distintas, y si hay visiones distintas que por lo visto no hay forma de engranar, que no hay disposición de respetar, bueno tratemos de llegar a un acuerdo electoral”, remedando la miopía de quien se entusiasma con el curso veloz del bote que impulsan las aguas de un gran río sin presentir el trágico destino que le aguarda en la caída de agua hacia la que de manera inexorable se aproxima. Insistir en despreciar la formación ideológica en función del interés meramente electoral es sin dudas perseverar en la torpeza.

Es la misma miopía, opacada únicamente por su proverbial arrogancia, que les impide percatarse de lo errado que resulta en un país sumido en la mayor polarización política de su historia, orientar sus esfuerzos de reestructuración hacia el sector más insignificante del electorado venezolano, en términos cuantitativos al menos, como lo es el de los independientes (tal como lo propone el sector que lidera la exdiputada María Machado). Una especie en franco proceso de extinción a medida que se profundiza la confrontación entre el chavismo y el antichavismo que hoy, ante la ausencia física del Comandante Chávez, adquiere visos inequívocamente ideológicos y hasta de tipo cultural.

De ahí que no perciban como oportunidad para un sector que aspira confrontar con relativas posibilidades de éxito al partido fundamental de la revolución bolivariana, el PSUV, cuya base de sustentación ideológica es el chavismo, la de fundar una organización abiertamente antichavista como el P.A.N., por ejemplo, (Partido Antichavista Nacional) en el cual, con toda seguridad, se aglutinaría sin titubeos ese elevado número de electores que jamás han sido caprilistas, ni ledezmistas, rosalistas o allupistas, en modo alguno (por mucho que a ellos les duela), pero que sí han demostrado de manera consistente en cada elección su vocación contrarevolucionaria e irrenunciablemente antichavista. (Además, por supuesto, de la posibilidad de capitalizar con ello el inmenso posicionamiento que tiene hoy entre el venezolano la marca P.A.N., como resultado de las aviesas manipulaciones de la empresa Polar en el marco de la guerra económica desatada por el sector privado contra el gobierno del presidente Maduro).

No lo harán jamás porque la valentía que exige antes que eso asumir frente al país la responsabilidad del fracaso del fallido proyecto unitario que tantas expectativas sembró en el corazón de venezolanos de buena fe que de manera ingenua creyeron en la insustancial oferta política de la MUD, escapa a las posibilidades de una dirigencia caracterizada por el narcisismo y por su recurrente falta de tino, y porque sus asesores, presentados por ellos de manera inaudita como poseedores de una sabiduría superior a la de su propio liderazgo, suelen ser más expertos en el desarrollo de marcas de champú que de imagen política.

Por eso, a pesar de las operaciones de remozamiento o cambio de identidad que a lo sumo terminen aplicándole a la destartalada MUD, lo que en definitiva resultará de la traumática coyuntura por la que hoy atraviesan no pasará de los simples remiendos de consolación que cuando mucho puedan hacerle a esa vetusta colcha de retazos, sin alcanzar a resolver el problema político de fondo que portan en las entrañas mismas de su código genético.

@SoyAranguibel

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