Los carajtos me aprietan, las medias me dan calor y el beso que me dio mi madre…

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Por: Alberto Aranguibel B.

Es como cosa de cuentos. La persistencia en la torpeza, en el equívoco, en el dislate consuetudinario e irrefrenable de la oposición, no hace sino ratificar de manera creciente e incontrovertible que el verdadero problema de ese entente antichavista no es en modo alguno político, sino… maternal.

Luego de su arrogancia inicial, aquella de los primeros años de la revolución bolivariana, durante los cuales la oposición, derrotada estruendosamente por el líder que el pueblo había designado ya como su conductor indiscutible, se presentó al país como el súmmum de la sabiduría política, que resumía en una misma entidad polivalente el genio de Betancourt elevado a su máxima expresión, la densidad académica de Caldera, el brillo deslumbrante de Raúl Ramos Gimenez, Ruíz Pineda, Calvani y hasta del mismísimo Jóvito, amalgamados todos en una sola masa pluscuamperfecta, la dirigencia cuartorepublicana entendió, con base en sus propios fracasos, que la lucha que pretendía librar contra el proceso iniciado con la muerte del inviable modelo neoliberal a finales del siglo XX, no era un asunto tan simple que pudiera resolverse con el solo concurso de esas eminencias en las que ellos se constituyeron a sí mismos. Que debían apelar a ejecutores con mayor capacidad de choque. Es decir, que no fueran tan incompetentes, tan cobardes ni tan embusteros como ellos.

Fue así como llegaron en algún buen momento a la clara convicción de que debían poner al frente de la pelea por la reinstauración del neoliberalismo a los que por aquellos tiempos, en el 2001, se llamaban todavía los ¨padres y representantes¨, a quienes sacaron a marchar furiosos contra el Decreto 1011 a lo largo y ancho del país, pero sin obtener en modo alguno la ansiada respuesta del derribamiento del régimen. Meses después del sofoco de padres, madres y farsantes que asumían el rol de representantes en los colegios de toda la nación, la revolución y el chavismo seguían intactos. Había que cambiar de ejecutores.

Sucesivamente se enarbolaron como promesa contrarrevolucionaria después de los derrotados padres y representantes la engreidísima Gente del Petróleo, los militares en retiro vergonzoso, las actrices desvencijadas del siglo pasado, las divorciadas sin esperanzas de las urbanizaciones del este, todos y cada uno de los sectores de la más pastosa “sociedad civil”, como ellos gustan llamarle para diferenciarla de la sociedad salvaje que según ellos el chavismo encarna, se turnaron al bate a través del tiempo para tratar de sacarla de jonrón con el plan golpista del Departamento de Estado norteamericano, pero ninguno dio pie con bola, como le dicen los que saben, hasta que pensaron (más por descarte que por ninguna otra razón) en los muchachitos bien, cuyas ganas de protagonizar alguna película de Rambo les desvela hasta la narcosis desde que agarraron por primera vez un joystick de Play Station y supieron lo que era el éxtasis del asesinato por placer.

Los llamados líderes de la derecha tuvieron entonces que acordar probablemente un proceso de educación neonatal antes que de formación política o ideológica propiamente dicha. Educar a combatientes en la lucha contrarrevolucionaria no es en modo alguno lo mismo que entrenar imberbes para que pongan bombas por el simple placer de la figuración temprana en las pantallas de la televisión y las fotos de prensa, y que además de eso tengan la suficiente perspicacia y talento como para saber quedarse callados frente a la policía cuando de explosivos y acciones terroristas se trata.

Educar carajitos en el lenguaje de la conspiración, sobre todo cuando se tiene montada la fachada de la lucha democrática recorriendo el país con mitincitos de lastimosidad (que bien pudieran hacerse dentro de un ascensor y sobraría espacio) para dar la impresión de que no se tiene nada que ver con esos niñitos bien que estás usando como carne de cañón para que sean ellos los que se jodan a la hora de las chiquiticas, es un trabajo arduo y difícil que no cualquiera puede hacer bien, por mucha cancha que se tenga con el Departamento de Estado o con el dueño de la Polar, por decir algo. El que con muchachito se acuesta, con toda seguridad resultará embarrado, dice la voz popular. Y seguramente será por algo.

Ahora, como siempre, cuando esos, sus niños consentidos, la embarran hasta más no poder, por impericia, inmadurez y hasta por imbecilidad, como el caso de los niños bomba que conmocionan hoy al país y al mundo con sus disertaciones sobre las muertes que pretenden causar en Venezuela con sus jueguitos de “Maricori tumba a Maduro” versión 2.0, el liderazgo opositor no consigue articular respuesta alguna y solo alcanza a poner cara de mamita consternada porque papá Barack no logra poner en cintura a sus lindas criaturas. Toda madre sabe que los muchachitos van a salir igualitos a sus padres. O por lo menos eso procuran. Por eso aquí la culpa no es de los monos sino de quienes les dan los garrotes… o los explosivos.

No se sabe quién la embarra más, si los niñitos que la ponen o las mamás que los pellizcan.

@SoyAranguibel

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