Clorox, o el mito de la eficiencia capitalista

– Publicado en el Correo del Orinoco el 29 de septiembre de 2014 –

Fraudex
Por: Alberto Aranguibel B.

Rara crisis económica esa de la que habla la derecha en Venezuela, en la que los bancos no solo no quiebran sino que crecen exponencialmente, captando cada vez más dinero (proveniente del caudal de circulante que generan las políticas sociales inclusivas puestas en marcha por la revolución desde hace más de una década) y ampliando su red de distribución como nunca antes se había visto en el país. En medio de la vorágine capitalista por captar esa masa monetaria construyendo cada vez más numerosos y descomunales centros comerciales a lo largo y ancho del territorio nacional, los primeros que se instalan ahí son siempre los bancos.

La expansión bancaria se apoya impúdicamente en la matriz catastrofista que el antichavismo se empeña en sostener como discurso, con acciones como el incremento desmedido del límite de crédito de los tarjetahabientes que de la noche a la mañana ven como un anuncio celestial el correo en el que su banco les informa que su línea de crédito ha sido multiplicada hasta por tres y cuatro veces su monto anterior, con lo cual la banca se convierte en cómplice directa de los sectores especuladores que han instaurado en el país la cultura de las compras compulsivas que hoy son las causantes de la mayoría de las colas en abastos y supermercados para la obtención de productos de todo tipo. El hábito que cultiva esa cultura especulativa no es el de comprar lo necesario sino la mayor cantidad de lo que haya. Desde su perspectiva, el ahorro (base de la intermediación financiera que debería desempeñar la banca) es hoy un concepto caduco. El propósito de la banca con esa virosis consumista es hacerse del dinero de los trabajadores para que las políticas salariales revolucionarias se conviertan en sal y agua de la manera más rápida posible. Pero más que eso, es la fórmula de sobrevivencia a la que apela históricamente el capitalismo para intentar sobreponerse a sus propias crisis. La de la socialización de las pérdidas.

En “El Capital” Marx definía a los bancos como “la forma de contabilidad general y de la distribución de los medios de producción”. Es decir, como una herramienta del capitalismo, más no del Estado. Lenín acotaba: “Los datos que muestran el aumento del capital bancario, el aumento del número de oficinas y sucursales de los bancos más importantes y de sus cuentas corrientes, etc., nos muestran en concreto esa “contabilidad general” de toda la clase capitalista y aun no solo capitalista, pues los bancos recogen, aunque sea no más que temporalmente, los ingresos monetarios de todo género, tanto de los más pequeños patronos como de los empleados y de una reducida capa superior de los obreros”.

De modo que cuando se da rienda suelta a las pretensiones de cada vez mayor intervención (que no intermediación) financiera de la banca en la economía, lo que se genera no es mayor desarrollo económico sino mayor acumulación de riqueza en manos de la oligarquía, como sucede principalmente en las naciones capitalistas, evidenciándose de manera palpable como en ningún otro escenario el fenómeno de la división de las atribuciones y responsabilidades entre el Estado y el sector privado en cuanto al funcionamiento y dinámica de la economía.

Al apropiarse por vía del incremento en su actividad financiera del potencial económico de la sociedad, la economía tiende a mermar sus verdaderas posibilidades de desarrollo y expansión, en virtud de la limitada capacidad de maniobra del Estado para la generación de inversiones por sí solo. A eso, precisamente juega el capital privado en la búsqueda del espacio irrestricto para ampliar sus mercados y para asegurar la acumulación de la riqueza para la cual está concebido.

El Comandante Chávez, en su infinita capacidad para visualizar estos fenómenos, avanzó con propuestas como la nacionalización de aquellos bancos que en un momento determinado decidieron enfrentarse al gobierno aduciendo problemas de caja y otras justificaciones en un intento por obligar al Estado a asumir las pérdidas de esas entidades causadas por su ineficiencia y por su abierta indisposición a invertir en el desarrollo económico de un modelo socialista como el que Chávez planteaba. Según la lógica del modelo neoliberal, la banca no solo debe estar al servicio de la acumulación de la riqueza en pocas manos, sino que ella debe realizarse mediante el control del diseño de modelo industrial, empresarial, económico, social y hasta político de la sociedad, a través de su capacidad discrecional para el otorgamiento de créditos. En el capitalismo, es el sector bancario quien decide cuáles áreas de la industria deberán desarrollarse o no de acuerdo a sus políticas crediticias y de inversión. El carácter privado de la institución financiera y no las regulaciones que imponga el Estado, como aducen los voceros del capital, es ahí lo determinante. Las fórmulas de trueque o intercambio ideados por el Comandante para ser puestas en práctica en los Consejos Comunales (ideas ridiculizadas por la derecha hasta más no poder), son apenas una muestra de su profunda preocupación en este sentido.

Comentando ideas de Fidel y de Borón en las Líneas de Chávez, el Comandante decía (refiriéndose a las causas verdaderas de la llamada “crisis perfecta” del capitalismo), “Pero a estas causas estructurales (de la crisis) hay que agregar otras; la acelerada financiarización de la economía, la irresistible tendencia hacia la incursión en operaciones especulativas cada vez más arriesgadas. Descubierta la “fuente de juvencia” del capital gracias al cual el dinero genera más dinero prescindiendo de la valorización que le aporta la explotación de la fuerza de trabajo y, teniendo en cuenta que enormes masas de capital ficticio se pueden lograr en cuestión de días, o semanas a lo máximo, la adicción del capital lo lleva a dejar de lado cualquier escrúpulo”.

Y la crisis de la trasnacional Clorox en Venezuela es una crisis de escrúpulos. El hábito recurrente del capital por apropiarse de manera absoluta de los logros en su productividad, convertidos en utilidades que por su naturaleza privada jamás se reinvierten en desarrollo sino en riqueza para unos pocos (engrosando, como en este caso, economías extranjeras como la norteamericana y no la nacional), y de evadir sus responsabilidades cuando de problemas se trata, para delegar siempre en el Estado la carga de las pérdidas, es el causante de la quiebra ilegal de esa empresa en el país. Ahora, luego de haberle asignado millones de dólares en divisas para que cumpliera con sus obligaciones, el gobierno nacional tiene que salir a asumir las responsabilidades que ella fue incapaz de asumir.

¿Por qué, si el ineficiente es el Estado, el capitalismo no le sirvió para superar sus dificultades? ¿Por qué ningún banco, nacional o extranjero acudió en su auxilio? ¿Por qué no uso en resolver sus problemas los más de veinte millones de dólares que se le otorgaron oportunamente?¿Por qué quiebran a diario miles de empresas en el mundo capitalista dejando en la calle a millones de trabajadores sin haber allá control cambiario, ni mercados paralelos, ni devaluaciones que, como dicen, les impiden trabajar aquí?

Exactamente por la misma razón por la que las líneas aéreas internacionales se han erigido en un cártel usurero que ha encontrado en la exacerbación que se ha dado en el país de esa lógica neoliberal según la cual el Estado debe sufragar el rescate de la ineficiencia del sector privado el más grande negocio de la historia. La misma que llevó a la empresa Polar a desbocarse esta semana publicando un sorpresivo aviso de cierre de operaciones en la producción de harina de maíz, cuando en verdad no existían en modo alguno razones que justificaran tal alarmante anuncio, tal como se lo demostró el gobierno revolucionario en la reunión a la que fueron convocados de inmediato sus directivos. Un vulgar intento de “robo de base”, pues, con una nada sutil intención desestabilizadora.

La fraudulenta quiebra de Clorox en Venezuela evidencia una vez más que el capitalismo no es un buen sistema social sino un mal modelo económico. No solo no genera por sí mismo desarrollo, ni industrial, ni económico, ni social, ni ambiental, en modo alguno, sino que su tendencia es a destruirlo. Por eso el Estado, con apego a Leyes justas concebidas en función del interés nacional, debe regular el desempeño de la empresa privada.

@SoyAranguibel

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