Apuntes para una buena farsa trotskista

– Publicado en el Correo del Orinoco el 01 de diciembre de 2014 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Siguiendo la más pura lógica del dogma menchevique que obliga a aparentar el mayor compromiso revolucionario que jamás haya conocido la humanidad a través de los siglos, procure iniciar desde el principio mismo de su proyecto con la idea de ampulosidad ideológica con la que debe usted revestirlo, usando siempre, desde el nombre mismo que le asigne a su plan, una terminología rebuscada, lo más críptica posible, que transmita la impresión de emanar de lo más interno de las lajas del grisáceo mármol que sirven de asiento al busto de Marx en el Cementerio Highgate, de Londres, en las que se lee el escueto pero significativo epitafio “Obreros del mundo, uníos”, aún cuando eso de la “unidad” no le parezca a usted en modo alguno relevante.

Aclare, eso sí, cuanto antes, lo disparatado que a usted le resultan esas diletancias de las que hablaron Simón Rodríguez, Bolívar, Lenin, Mao, o Chávez, sobre inventar “lo nuevo” repensando el pasado. Argumente que lo correcto es la consagración a los dogmas que usted mejor domine, sin inclusión de ningún otro por muy avanzado que sea. Solo con eso toda la dirigencia revolucionaria que usted adversa quedará ante los ojos del mundo como la más vulgar y traidora reformista.

Hable de “autocrítica” aunque usted no forme parte en modo alguno de la estructura que critica. Haga saber que usted tiene derecho a criticar a la organización por puro designio Divino. Sea cauteloso. Tenga mucho cuidado del terreno que pisa por ejemplo cuando “autocritique” los acuerdos con los grandes aliados de la revolución, como Rusia y China, porque para cualquiera va a ser muy fácil deducir que en el fondo usted lo que promueve es el fortalecimiento de las posibilidades del imperio norteamericano en la economía nacional. Pero insista en que usted “autocritica”” esas relaciones comerciales porque es usted un gran revolucionario. Sobre todo porque cada vez será más difícil encontrar diferencia alguna entre lo que usted dice y lo que dice gente como María Corina (solo que ella siempre agregará a Cuba en su discurso). En todo caso, busque siempre el aislamiento internacional de la revolución aun cuando eso sea exactamente lo que ha procurado la oligarquía sin lograrlo desde hace más de tres lustros.

Apóyese en construcciones deslumbrantes que connoten luminosidad teórica e infundan a la vez temor a lo supremo, como “¡Fuerza en la Gloria y Tenacidad en la Batalla!”, y cosas por el estilo.

Es decir, deberá procurar hacer ver que solo usted, y más nadie, domina a plenitud el complejo ejercicio de la elaboración ideológica. En eso la retórica recargada de citas grandilocuentes (descontextualizadas o no, ese no es el problema) le ayudarán más que ninguna otra cosa. Cite con la mayor frecuencia posible a autores y teóricos del mayor renombre, pero desglosando sus ideas con tal soltura y naturalidad que parezca en cada caso que esos grandes pensadores quisieron en todo momento corroborarlo a usted cuando desarrollaban sus ideas y jamás a la inversa. El militante revolucionario de hoy en día deberá asumir de una u otra manera, ya sea consciente o inconscientemente, que Marx escribió teniendo en mente que quizás algún día llegaría usted a darle un uso verdaderamente lúcido, como nadie más lo haya logrado antes de usted, a su pensamiento revolucionario.

De alcanzar usted ese primer objetivo, el militante revolucionario debería comprender sin ninguna dificultad que todo cuanto de calamitoso experimente en su vida producto de los embates violentos a los que la burguesía apele en contra del proceso de transformaciones que esa burocracia revolucionaria que usted adversa haya logrado adelantar por encima de las grandes dificultades y obstáculos que el sistema capitalista le coloque en su camino, es el resultado de la tozudez del gobierno en su empeño de no hacer el más mínimo caso a lo que usted considera que debe hacerse en el país para alcanzar el bienestar social. No se detenga en sentimentalismos baratos con el hecho de que, a diferencia de usted (que jamás logró concitar el respaldo popular ni la sublevación de componente militar alguno) esa revolución sí haya alcanzado objetivos importantes en inclusión social y en logro de bienestar para el pueblo. No se desvíe.

Ármese de un buen stock de argumentaciones teóricas en las áreas en las que logre usted obtener algún aporte de algún copartidario suyo que sepa de eso (aunque este se mantenga a la sombra tras bambalinas) y que eventualmente haya tenido que ver aunque sea tangencialmente con las políticas implementadas por el gobierno, y dele con ellas soporte a la fraseología ideológica. Expóngala en cada caso como producto de un supuestamente largo e intensivo trabajo de consultas con las comunidades, en el barrio, en las fábricas o en las universidades, a fin de anular de antemano cualquier respuesta oficial que las ponga medianamente en riesgo y corra entonces usted el peligro de quedarse repentinamente sin argumentaciones teórico/políticas.

Si su copartidario le dice, por ejemplo, que debe usted hablar de macroeconomía (por muy enrevesado que eso sea para usted) y que deje de denunciar la intolerancia y la imposibilidad de la autocrítica que usted tan ingeniosamente ha tenido como centro de su discurso, y lo pone a mostrar algunos gráficos sobre el comportamiento histórico, digamos, del flujo de divisas hacia el exterior, no se le ocurra bajo ninguna circunstancia preguntarle si por alguna casualidad pudiera él estar comprometido en modo alguno como responsable de esa fuga de divisas durante más de diez años, o algo así. Se vería feo y hasta ofensivo, dependiendo de cuán bonachón sea o no su copartidario.

Búsquese otros de similar estirpe que hayan ostentado uno que otro carguito por ahí, que le sirvan para escribir mucho sobre la naturaleza humana del líder máximo. Alguien que haga ver que ese líder no era tan grandioso. Más bien que era muy terrenal… hasta muy ordinario, si le es posible. Póngalo a hablar de cosas chocantes e irrespetuosas hacia ese líder, como por ejemplo la forma en que éste orinaba. Desmitifique al líder y los demás caerán por su propio peso. De hecho, eso fue lo que mejor hizo Trotsky en la Rusia estalinista. Y mire usted lo bien que le salió, que el imperio mismo no ha dejado nunca de agradecérselo.

Eso sí, sea muy precavido. Oculte al máximo el verdadero objetivo de su plan hasta en las eventualidades más difíciles y frente a quien sea, no vaya a ser que termine haciéndole ver al pueblo que el verdadero trotskista, más que usted, es alguna notable figura de la derecha, como Capriles por ejemplo, que también ha dicho durante años y a través de intensas campañas a lo largo y ancho de todo el territorio nacional (y con la más cuantiosa inversión propagandística que se recuerde, además de todo el respaldo del Departamento de Estado que le ha sido brindado) exactamente lo mismo que usted sostiene en cuanto a que la revolución sí sirve, pero que quienes no sirven son sus líderes. Que las Misiones son una conquista del pueblo que lo que necesitan es optimizar su eficiencia sacando de ellas a los corruptos y a los ineficientes. Si usted usa ese mismo discurso (dejando estratégicamente por fuera a los infiltrados, a los especuladores y al imperio) lo más seguro es que Capriles le gane y pierda usted todo su esfuerzo. Quizás eso no le disguste mucho a usted porque a la larga eso vendría a constituir la concreción en la realidad de todo cuanto advirtió en su “autocrítica” acerca del despeñadero sobre el cual alertaba, sin importar cuánto haya contribuido usted a que ese descalabro se hiciera realidad ni con cuánta aviesa intencionalidad lo hizo, pero seguramente le hará pasar un mal rato el sentir que estuvo usted trabajando pa’ lapa sin ser cachicamo.

No deje de tener en cuenta siempre que usted es un verdadero Caballo de Troya; que su objetivo es solo impedir la concreción del proyecto de los “burócratas pequeño-burgueses” que no le permitieron a usted erigirse en conductor supremo del proceso cuando usted vio que con la muerte del líder máximo había un claro chance para la rebatiña. Aférrese a los ejemplos de muchos pero fundamentalmente al de Betancourt, que supo librar como nadie esa misma batalla por la cual hoy entregaría usted hasta su vida, de frenar el ascenso de un modelo revolucionario orientado al logro de la justicia y la igualdad social. Tenga por seguro que nadie lo notará.

Eso sí; no olvide jamás que en lo único en lo que falló Trotsky fue en dejarse ver mucho el bojote. Persevere, resista, aguante, pero mienta. Que usted no necesitará nunca ser absuelto por la historia. Llegado el momento ya estará usted muy por encima de todo eso.

@Soyaranguibel

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