El triunfo peligroso

– Publicado el lunes 22 de diciembre de 2014 en el Correo del Orinoco –

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde la creación de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en 1945, la democracia se ha ido imponiendo como sistema político universal cada vez más aceptado por sociedades que apenas hace medio siglo ni siquiera tenían conocimiento de su existencia o simplemente no les interesaba en lo absoluto, como las de algunos países de África, Asia o del Medio Oriente.

Habiendo surgido inicialmente en Europa, producto de las rebeliones contra las más cruentas y ancestrales tiranías, la democracia ha terminado por ser aceptada como el modelo necesario más por la presión que ejercen los Estados Unidos sobre el mundo que por ninguna otra razón, en virtud del interés del imperio por imponer no un particular modelo de libertades políticas sino un sistema económico que le favorezca. El acoso en el que se empeña hoy Estados Unidos contra Rusia, nación a la que somete actualmente a sanciones económicas ilegales e injustificadas, demuestra que su confrontación contra la URSS durante la Guerra Fría no estuvo nunca determinada por la supuesta lucha por la libertad, como adujo durante todo ese tiempo. Si algo es hoy contrario al planteamiento comunista de la vieja Rusia bolchevique, es la Rusia de Putín, que obtiene en su reelección como Presidente de esa nación una ventaja del 47% sobre Ziugánov, su más cercano contendor, Secretario General del partido comunista ruso.

¿Pero existe en verdad nación alguna que haya alcanzado niveles superiores de desarrollo en lo social, en lo económico, o incluso en lo político, una vez instaurada esa democracia de fachada emancipadora que promueve los Estados Unidos? No puede haberlo.

En su artículo “Los límites de la democracia occidental”, Teresa Vicente Giménez nos dice: “Uno de los límites que plantea la democracia occidental es que legitima un modelo capitalista de economía de mercado, donde el mercado financiero actúa como guía de la economía real, y este modelo tiene graves deficiencias de funcionamiento ya que genera entre sus ´externalidades´ acumulación de riqueza, degradación social, y destrucción medioambiental. Además, los problemas sociales y ecológicos más graves que padecen nuestras sociedades ya han superado el espacio nacional sobre el que se construyó el proyecto democrático ilustrado del Estado moderno, para situarse ahora en la esfera global de las mayorías pobres y explotada frente a la minoría rica y explotadora, y en la defensa de la naturaleza frente a la técnica y la especulación, de tal modo que en la actualidad las nuevas tecnologías permiten a los mercados especular con productos financieros que se basan en recursos naturales básicos para la vida, como los alimentos, el agua, la vivienda, o las emisiones de CO2, y los Estados democráticos resultan incapaces de defender los intereses de la vida en el planeta y de las mayorías presentes y futuras.”(1)

Es así como se comprende cabalmente el sentido de la impúdica frase de Barack Obama al anunciar el replanteamiento de las relaciones con Cuba luego de 50 años de infructuoso bloqueo económico contra la isla, en la que afirma “Vamos a poner fin a un enfoque obsoleto que ha fracasado durante décadas en promover nuestros intereses. Vamos a empezar a normalizar las relaciones entre nuestros dos países (…) Creo que las empresas estadounidenses no deberían ponerse en desventaja y que un aumento en el comercio es bueno para los estadounidenses y para los cubanos.”(2)

El modelo se propone acabar con el concepto de soberanía de los pueblos (y por supuesto con su idea de independencia económica) mediante una ilusoria ficción de libertades cuyo único interés es estimular hasta en el último rincón del planeta el desarrollo de un poderoso sistema neoliberal que derribe las barreras comerciales que impidan el avance de las grandes corporaciones norteamericanas en las economías emergentes. Su objetivo es revertir el creciente rechazo del mundo a los acuerdos de libre comercio (ALCA), que solo favorecen los intereses norteamericanos, para imponer su modelo depredador y salvaje bajo una nueva modalidad de mayor pragmatismo económico que político.

Por eso el inesperado cambio de estrategia frente a Cuba.

¿Por qué replantear ahora una medida que durante más de medio siglo diez presidentes norteamericanos consecutivos no aceptaron jamás ni siquiera discutir? Porque en el pasado el poderío económico del imperio no estaba en riesgo. La razón política pesaba mucho más que ninguna otra en la construcción de esa imagen de policía del mundo que le era tan necesaria durante la guerra fría, con lo cual las inmensas pérdidas que generaba el absurdo bloqueo podían ser consideradas una valiosa “inversión” a largo plazo. Se trataba de la idea que presentaba a los EEUU ante el mundo como el “exterminador del comunismo por excelencia”.

Pero hoy en día, cuando la guerra y todo su equipamiento militar es más costosa que en ningún otro momento de la historia, cuando la economía más poderosa del planeta empieza a ser desplazada por la de un competidor de signo comunista, cuando emergen en suelo suramericano y caribeño fuerzas progresistas de clara convicción antiimperialista con grandes perspectivas económicas, el que existan territorios potencialmente consumidores a escasas millas náuticas de los EEUU, con espacios fértiles para la expansión de las multinacionales norteamericanas y para el asentamiento de una cultura de la bancarización de toda una economía con vocación de crecimiento como la cubana, determinado (a pesar de ser un país pobre, producto fundamentalmente del ilegal y cruel bloqueo imperialista del que ha sido objeto por más de cincuenta años) por sus avances en la educación, en salud, en las ciencias y en las artes en general, resulta definitivamente muy inconveniente pero, más que nada, muy dispendioso invertir en el aspecto estrictamente político del proyecto hegemónico neoliberal.

Una nueva realidad multipolar expresada en el BRICS, en UNASUR y en el ALBA, ha impedido a los EEUU avanzar en la idea que más fuertemente impulsó el concepto de “globalización” promovido por el capitalismo desde 1982, con la caída del Muro de Berlín, que no fue otra que la que entendía el planeta como un “mercado único”, no dividido entre bloques de intereses divergentes. En eso Cuba (junto a Venezuela) tiene una especial simbología.

Amartya Sen, premio Nobel de economía, profesor de la Universidad de Harvard, sostiene con el cinismo de una muy obcecada mentalidad pro imperialista que: “el Muro de Berlín no sólo simbolizaba que había gente que no podía salir de Alemania del Este, sino que era además una manera de impedir que nos formáramos una visión global de nuestro futuro. Mientras estaba ahí el Muro de Berlín no podíamos reflexionar sobre el mundo desde un punto de vista global”. (La tierra es plana/Friedman_p.60)

La globalización llevó a las trasnacionales no solo hasta Japón, sino a Taiwán, a Corea, a China, a la India y a Pakistán, además de a Rusia y Suramérica, cuyas economías jamás se beneficiaron con ese proceso porque las ganancias de esas empresas nunca se transformaron en inversiones en ninguno de esos países, sino que retornaron siempre al imperio en calidad de utilidades, tal como lo consagran las inexpugnables leyes del libre mercado.

Es exactamente ahí donde se esconde el peligro que hoy se cierne sobre nuestros pueblos ante este nuevo escenario de la revisión de relaciones con Cuba. El propósito no es del buen samaritano que persigue acabar con una gran injusticia contra un pueblo digno como el cubano, como pretende presentarlo Obama. La amenaza la ha planteado él mismo en su discurso cuando dice: “Permítannos dejar atrás el legado de la colonización y comunismo, la tiranía de los carteles de droga, dictadores y farsas electorales.” Es decir, “permítannos acabar con Cuba tal como nosotros la vemos para imponer la que queremos”.

De ahí que la revolución cubana, al no ceder bajo ningún respecto a ninguno de los postulados que la convirtieron en ejemplo de dignidad para los pueblos del mundo, ha alcanzando con este vergonzoso retroceso de los Estados Unidos, obligado a ello no solo por la nueva realidad sino por las fuerzas progresistas de todo el planeta a reconocer su más grande derrota desde el bochornoso fracaso de su ejército en la guerra de Vietnam, el más resonante triunfo que jamás haya podido alcanzar la lucha revolucionaria latinoamericana en casi dos siglos de historia.

Pero que nadie se equivoque. La nueva etapa de esta inmensa batalla que está apenas comenzando será tan dura como la que hoy va quedando para la historia. Y tal vez más.

1 ) Los límites de la democracia occidental
2 )
Discurso de Obama sobre reanudación de relaciones con Cuba

@SoyAranguibel

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