De reyes, de magos y de otros dislates

– Publicado en el Correo del Orinoco el 05 de enero de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

El proceso de expansión de la fe cristiana, como el de todas las religiones y sectas en general, obedeció desde siempre fundamentalmente a la dominación que la iglesia ejerció sobre la sociedad a través de su manejo del poder político, de las guerras con las que diezmó naciones y continentes enteros, o de los embates ideológicos que contra culturas y civilizaciones llevó a cabo de manera despiadada e inmisericorde a través del tiempo para imponer a toda costa su dios por encima de las milenarias creencias de los pueblos, cualesquiera que ellas fueran.

Un proceso determinado en todo momento por la mediación de un discurso estructurado con una clara y muy bien definida orientación desmovilizadora, cuyo único propósito es el aletargamiento de la capacidad crítica de la sociedad, con base en el uso intensivo de un poderoso lenguaje de la dominación, una semiótica deslumbrante apoyada en ideas, códigos y simbologías más propias de la ciencia esotérica que de la filosofía o la religión, carente por completo de argumentación teórica pero con una excepcional capacidad comunicacional que le ha permitido no solo superponerse por más de dos mil años al juicio meticuloso de la ciencia (y hasta del sentido común), sino incrementar su peso en esa sociedad que, antes que ser emancipada por los avances del conocimiento o por la creciente refundación de las culturas originarias de los pueblos, acepta cada vez más como una realidad inexorable el hecho de la institucionalización de la iglesia como parte esencial del Estado en virtud ya no de la proliferación de la fe (o de su creciente poderío político en el ámbito del modelo neoliberal burgués hoy en el mundo) sino de la difusión y del impacto del medio de comunicación en la sociedad, y que la iglesia usa cada vez más con mayor intensidad.

La iglesia, que vio como nadie en su momento en la imprenta uno de los más valiosos recursos de los que pudiera disponer jamás institución alguna, no ha desatendido nunca a lo largo de los dos últimos milenios el valor del aspecto comunicacional en su propósito de captación de lo que ella llama “almas descarriadas”. Sin lugar a dudas la imprenta le permitió a la iglesia avanzar exponencialmente y con mucho mayor rapidez de lo que hubiera podido alcanzar solamente mediante el ritual de la liturgia y de los sacramentos. Ni siquiera las guerras, o el genocidio en nombre de la evangelización, le habrían facilitado (como tanto lo hicieron en el pasado) el impulso que los medios de comunicación le han brindado a lo largo del último siglo.

Es el medio de comunicación (ya no solo como espacio para la difusión de noticias relacionadas con la iglesia, sino como instrumento que opera bajo su control absoluto para la publicación de su mensaje a través de infinidad de periódicos, emisoras de radio y canales de televisión, de su propiedad) la herramienta que le permite como ninguna otra a la iglesia la posibilidad de articular un mensaje en apariencia denso, consistente y de un profundo contenido ideológico, cuando en realidad es exactamente todo lo contrario, si nos atenemos a la lógica discursiva que debe regir el contenido mediático según los sectores hegemónicos burgueses en el marco del sistema neoliberal capitalista. Los códigos comunicacionales, tanto de la iglesia como del capitalismo, terminan siempre por ser elementos de un lenguaje común en el que la identificación de intereses y propósitos es inevitable; no desarrollo de ideas sino de reglas o normas, sustitución de la doctrina con el uso de la guerra contra el enemigo como medio de realización, exaltación de la ilusión mediante el recurso de la narrativa de ficción y de los efectos especiales (misticismo), y manipulación o falseamiento de la realidad, entre muchos otros.

El propósito de unos personajes como los Reyes Magos, por ejemplo, cuya existencia no ha podido ser comprobada jamás en modo alguno; que ni siquiera son mencionados en la Biblia sino en un escueto pasaje en el que se les describe tangencialmente como errantes viajeros transcontinentales de vago origen; que fueron (si es que en verdad lo fueron) integrantes de una inexplicable caravana de un número y de unos nombres sobre los que no hay acuerdo alguno entre los historiadores, motivada por un raro fenómeno celeste que la astronomía, ni con todo el poder de la ciencia más avanzada, no logra registrar; deja al descubierto una escandalosa inconsistencia bíblica, usualmente no revisada por la teología desde un punto de vista pragmático (como sí lo han sido por ejemplo el purgatorio y hasta el mismísimo pesebre por parte de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI respectivamente).

Los Reyes Magos (llamados así por su supuesta sabiduría y facultades astrológicas y no por sus destrezas como prestidigitadores) no sanaron a nadie de ninguna enfermedad por muy leve o insignificante que fuera, ni antes ni después de su ofrenda al niño Jesús. Tampoco salvaron a nadie de las garras del demonio ni mucho menos le devolvieron la vida. Ni le resolvieron los problemas económicos o de naturaleza legal a nadie. No hicieron levitar a nadie ni tampoco levitaron ellos, ni al primero ni al segundo ni al tercer día ni a ningún otro. Sin embargo, los apócrifos personajes logran trascender en la historia convirtiéndose en piedra angular de la religión cristiana, llegando a ser por casi dos mil años (desde el siglo IV hasta entrado el siglo XX) el centro de disputas encarnizadas entre las antiguas Constantinopla, Milán y Colonia, ciudades que a lo largo de todo ese periodo se pelearon los restos mortales que supuestamente les pertenecieron.

¿A qué se debe entonces la deslumbrante significación religiosa de estas desconcertantes figuras del evangelio? Sin lugar a dudas a su excepcional capacidad de convocatoria para movilizar a la sociedad en torno a una propuesta consumista. Es decir, su enorme poder para reactivar el afán de compra en el ciudadano común, presa como es de la doctrina cristiana del amor al prójimo y de necesidad de conmemorar la rendición de los reyes magos al hijo de dios.

En todo ello el medio de comunicación ha jugado un papel determinante. Si la finalidad de la iglesia es fortalecer el modelo de la dominación mediante la narcosis a la que la religión induce al individuo, así como la exaltación de los valores del capitalismo más brutal y salvaje, entonces la religión será difundida por los medios de las grandes corporaciones capitalistas.

Pero si quien hace el milagro de la redención social, de la sanación sin costo a través de misiones de salud gratuita en el barrio, de la devolución de la vista a millones de seres humanos dejados al olvido en el pasado por alguna deficiencia visual, del otorgamiento de la luz de la alfabetización a los que nunca se les dio la oportunidad tan siquiera de aprender a leer, de la vuelta a la vida gracias a un prodigioso centro cardiológico que salva gratuitamente a miles de niños, de la superación de la miseria mediante infinidad de programas de dotación de viviendas, equipamiento del hogar, alimentos, útiles escolares, equipos de computación, educación gratuita a todos los niveles, y acceso a productos y bienes de consumo a bajo costo, es un revolucionario comprometido con la idea de la justicia social y de la soberanía de su pueblo, como lo fue Hugo Chávez Frías o como lo es Nicolás Maduro, entonces ese líder no aparecerá jamás en ningún medio, salvo que sea para desvirtuarlo, para deformarlo o para difamarlo.

Es ese el rol del medio de comunicación hoy en día en la sociedad de consumo, en perfecta connivencia con la iglesia reaccionaria y retardataria que rige el desempeño de la cristiandad en el mundo.

Por eso una joven que no tiene sino qué agradecer hasta el día de su muerte al Comandante Chávez y al presidente Maduro el logro maravilloso de la vida de su pequeño hijo, salvado, no una sino dos veces, por la medicina del Cardiológico Infantil Rodriguez Ochoa, termina odiando hasta la irracionalidad a cualquier figura pública asociada al chavismo que se le atraviese por enfrente, como lo demostró la desquiciada opositora que atacó de manera salvaje a la ex Defensora del Pueblo, doctora Gabriela Ramirez, en un restaurante donde ésta (con la libertad y el derecho al respeto y a la integridad que consagran nuestra Constitución) compartía con sus pequeños hijos.

Exactamente como se le garantizan a esa endemoniada agresora, pero que ella no asume como un bien de la sociedad sino como un beneficio para sí misma, simplemente porque ve mucha televisión capitalista, escucha mucha radio capitalista, y lee mucha prensa capitalista.

El Señor se apiade de su atormentada alma.

 

@SoyAranguibel

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