4-F: El fin del pinochetismo en América Latina

– Publicado en el Correo del Orinoco el 02 de febrero de 2015 – 

Por: Alberto Aranguibel B.

Por lo general el golpe contra el gobierno del presidente Allende en 1973 suele ser presentado solamente como un hecho surgido de la traición de un grupo de militares colocados al servicio de los intereses neoliberales del imperio norteamericano, que dieron al traste con la Unidad Popular a partir de una feroz guerra económica urdida desde la Casa Blanca por el entonces presidente Richard Nixon y su Secretario de Estado Henry Kissinger.

La omisión del contexto social y político del Chile de aquel entonces en el ámbito latinoamericano es casi una constante en la revisión que desde la óptica actual se hace de aquel proceso de instauración de tiranías ultraderechistas que pretendió borrar de la faz de nuestro continente el impulso que las ideas de justicia e igualdad venían adquiriendo con la inspiración y el ejemplo que desde principios de los años sesentas daba a nuestros pueblos el triunfo de la revolución cubana.

Al colocar aquella experiencia como un hecho aislado, sin ninguna conexión con la efervescencia de movimientos progresistas que desde los cuatro puntos cardinales de Suramérica pugnaban por gobiernos soberanos no rendidos a los designios del Fondo Monetario, del Banco Mundial, ni de las trasnacionales norteamericanas, se dificulta la comprensión y significación del proceso histórico de las luchas populares que durante más de cuatro décadas se llevó a cabo en Latinoamérica hasta la aparición en la escena política venezolana de la generación de militares nacionalistas de clara convicción bolivariana que encabezaba el teniente coronel Hugo Chávez, en febrero de 1992.

No fue por falta de recursos ni de apoyo de los sectores más reaccionarios del continente suramericanos que los Estados Unidos fue perdiendo progresivamente influencia en la región a lo largo de todo aquel periodo que abarcó el último cuarto del siglo XX, sino por el avance de una conciencia de soberanía que se expandió desde los sindicatos de trabajadores petroleros, de la minería, de las fábricas, de la producción del campo y de la ciudad, hasta las universidades, gremios y fuerzas armadas comprometidas con el ideario de los próceres de la lucha independentista de nuestros pueblos, como se fue dando cada vez con más fuerza desde el sur del Río Grande hasta la Patagonia, abriendo los cauces a la consolidación de movimientos populares que recogían cada vez con mayor claridad el sentimiento y la necesidad de dar al traste con las fórmulas neoliberales que nos plagaron de hambre, miseria y exclusión.

El fracaso de la Alianza Para El Progreso, con la cual John F. Kennedy pretendió contener desde 1961 aquella efervescencia por goteo que crecía entre el pueblo, fue solo un indicio temprano del descalabro de su dominación política en el que desde siempre ha considerado su patio trasero, y que alcanza su punto más álgido con el nacimiento en diciembre de 2012 de la Comunidad de Estados latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en la ciudad de Caracas, organismo que excluye expresamente a los Estados Unidos y Canadá.

Aquel militarismo salvaje que actuó como soporte de la dominación gringa en nuestro territorio, y que abrió las puertas al neoliberalismo que desató la más grande crisis económica que en conjunto padecieron nuestras naciones a lo largo de todo aquel periodo de dictaduras y regímenes despóticos indiferentes a las penurias del pueblo, fueron durante mucho tiempo el emblema de una realidad de oprobio, atraso y desolación que signó a la región en el pasado.

La misma miseria que el capitalismo generaba hacía indispensable una fuerza brutal y desalmada como esa, con sectores políticos, empresariales y eclesiásticos a su servicio para intentar aplacar el ímpetu revolucionario del pueblo. La falta de alimentos, de educación y de asistencia médica, colocaban a Suramérica como una de las regiones más pobres del mundo. El Caribe padecía a perpetuidad la falta de energía y recursos para sostener sus depauperadas economías. Todos los demás países se sostenían en niveles de precaria sobrevivencia económica marcada por los mismos problemas que en común les afectaban.

El pueblo, cansado del inmoral discurso de las élites políticas que legitimaban sin ninguna vergüenza ni compasión las iniquidades y la injusticia, expresaba su furia en medio de una creciente desesperanza, cada vez con mayor insistencia e inflexibilidad. El Plan Cóndor fue la respuesta del imperio norteamericano para someter la ira popular que se iba gestando. De ahí la fuerza con la que irrumpe el fascismo bajo el uniforme militar en países como Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Brasil y Bolivia, y que alcanzó con su siniestra doctrina de exterminio del pensamiento revolucionario a Perú, Colombia, Panamá, Nicaragua, El Salvador, Haití, Grenada, Venezuela y Ecuador.

Una de esas expresiones de la ira popular contra el neoliberalismo fue, además de la revolución cubana y el propio triunfo de la Unidad Popular en Chile, la que dio paso al surgimiento de movimientos patrióticos verdaderamente comprometidos con el sentimiento de las grandes mayorías oprimidas, como lo fue el llamado “caracazo” del 27 de febrero de 1989.

Un movimiento que asume las luchas populares como su razón de ser y abre las sendas del relanzamiento económico de Suramérica y el Caribe a partir de una avanzada concepción de integración, solidaridad y cooperación entre las naciones, impulsando poderosos mecanismos como Petrocaribe y el Banco del Sur, que sumados a los esfuerzos por la construcción del nuevo orden hoy se levanta a través de propuestas como el ALBA y la CELAC, transforman la dolorosa realidad del pasado en un nuevo escenario de economías pujantes orientadas hacia el desarrollo en todos los ámbitos.

En eso la gesta bolivariana emprendida desde Venezuela ha tenido una responsabilidad decisiva. Los pasos emprendidos por el Comandante Chávez en pro de la conformación de un sólido bloque antiimperialista en la región, jugaron hasta ahora el papel más importante.

El histórico revés del imperio en la 37a Asamblea de la Organización de Estados Americanos en Panamá, en la cual el entonces Canciller de Venezuela Nicolás Maduro derrotó la propuesta de Estados Unidos de aprobar una intervención internacional en nuestro país (motivando el violento abandono de la sesión por parte de la Secretaria de Estado norteamericana Condolezza Rice) fue sin lugar a dudas un momento de quiebre de la historia de dominación del imperio en la región.

El reconocimiento por parte del presidente Obama del fracaso del bloqueo económico contra Cuba luego de más de medio siglo, es con toda seguridad el corolario de los triunfos de las ideas de soberanía que promueve el bolivarianismo desde hace casi un cuarto de siglo y que marcan la abismal diferencia entre la Latinoamérica del gorilismo y la Latinoamérica del poder popular que hoy se extiende de norte a sur del continente.

La existencia a lo largo del continente de un pueblo organizado, políticamente consiente y comprometido como no existía en aquellos años oscuros de nuestra historia, los mecanismos de integración creados en todo este tiempo como sólido escudo de protección política de nuestras naciones, el instrumental creado para la cooperación sin menoscabo de nuestras soberanías, es un resguardo inexpugnable de la seguridad estratégica en los suministros para nuestros países como nunca antes fue posible. La realidad de esa fortaleza que ha acumulado la Suramérica bolivariana a lo largo de todo este trayecto, no tiene nada que ver con la fragilidad que favoreció la dominación y la tiranía en el pasado.

Quien crea que con el uso de expresidentes ultraderechistas, medios de comunicación inescrupulosos, o fórmulas ancestrales de guerras económicas (que les cuestan más que a nadie a los imperios y a sus grandes corporaciones) se puede reproducir hoy el modelo pinochetista en alguno de los países del continente suramericano, aferrado como está al mismo ideario del glorioso 4 de febrero de 1992, desconoce la fuerza transformadora de ese pueblo que por siglos luchó para alcanzar ese gran sueño de emancipación que no se dejará arrebatar de ninguna manera, precisamente por el nivel de conciencia y de compromiso revolucionario que sembró en su alma y para siempre el Comandante Eterno.

@SoyAranguibel

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