El hombre sin pasado

– Publicado en el Correo del Orinoco el martes 14 de abril de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Si los Estados Unidos tuviese un presidente que valorara la historia, el mundo sería completamente diferente. Porque si algo le ha resultado desastroso a todos los imperios ha sido dejarse llevar por la jactancia y la prepotencia con la que Obama conduce al imperio bajo su mando hacia el cadalso, tal como solo la historia puede demostrarlo.

En su maravillosa película sobre la sensibilidad humana, El Hombre Sin Pasado (2002), el finés Aki Kaurismäki, denuncia la indiferencia de la sociedad capitalista hacia los desposeídos, a quienes el sistema neoliberal desprecia y excluye de manera casi doctrinaria, usando como eje de la trama a un personaje sin nombre que, producto de la violencia que el afán de riqueza fácil que el capitalismo genera, es víctima de una golpiza que le ocasiona la pérdida de la memoria. Tal circunstancia lo lleva a deambular hasta encontrar el abrigo de una comunidad de indigentes que de manera desinteresada le ayudan a soportar la terrible carga de su infortunio para descubrir, cuando por fin se recupera de su padecimiento, que la autenticidad del afecto y la solidaridad de esa gente humilde es infinitamente más valiosa que todo lo que conoció en su confortable vida pasada.

Sin memoria, como lo plantea Kaurismäki, no hay ninguna posibilidad de ser incorporado a la sociedad, porque la consecuencia directa de la desmemoria es la carencia de identidad y sin identidad no existe forma de acceder a servicio alguno o de ser tomado en cuenta por organismo o empresa de ninguna naturaleza, como un banco, por ejemplo, en donde el personaje de la película es detenido durante un robo del cual no participa pero del que es sospechoso precisamente por no poseer identificación.

Con un presidente que respetara el papel de la historia en el desarrollo de la humanidad, Estados Unidos no se vería hoy atrapado en el callejón sin salida en el que Barack Obama ha metido a esa nación por culpa de su torpe concepción de las relaciones con el continente suramericano y caribeño, y por supuesto, no se habría visto en la necesidad de promulgar una arbitraria e inconducente orden ejecutiva contra un país soberano, ni mucho menos quedar en ridículo ante el mundo con el disparatado argumento de la protección contra la amenaza que ese país representaría para la mayor potencia militar, económica y científica del mundo, como se lo enrostró clara y contundente la presidente de Argentina en la VII Cumbre de las Américas.

Se habría percatado de la inconveniencia de hablar en un escenario tan exigente como ese acerca de la libertad de expresión y los derechos de libertad de prensa, cuando su país tiene ilegalmente sometido a la más brutal persecución hasta en lo más apartado del planeta a periodistas como Edward Snowden y Julian Assange, a quienes el imperio tiene amenazados de llevar a la silla eléctrica por el único pecado de intentar dar a conocer al mundo información sobre las prácticas injerencistas de los Estados Unidos en el mundo. Ello sin hablar de las decenas de programas de opinión, portales web y medios impresos o radioeléctricos que son cerrados bajo el imperio de la Ley Patriota vigente en Norteamérica, o las cientos de personas que a diario son detenidas sin mediación de juicio alguno en ese país por colocar en sus computadoras caseras o redes sociales expresiones (o incluso palabras apenas) que los espías de los servicios de seguridad detectan en uno de los procesos de violación masiva de las comunicaciones personales que jamás haya conocido la humanidad, ni siquiera en tiempos de guerra.

Quizás no morirían tantos negros como mueren a diario en los Estados Unidos a manos de policías racistas que, como la más insolente burla a la dignidad humana, son dejados en libertad por jurados de raza blanca, ni habría tanta gente pobre sufriendo el rigor del hambre y la exclusión en ese país, porque probablemente la cordura y no la arrogancia prevalecería en el ánimo de su presidente y tal vez, en vez de tanto dinero gastado en armamento para destruir naciones en nombre de una libertad que nunca alcanzan, sumidos como viven en las penurias que las guerras de “liberación” generan, abriría espacios de participación para esos olvidados de siempre y buscaría acabar con la inmoralidad de una cultura que considera un triunfo que sólo el uno por ciento de su población sea dueño de más de 59 por ciento de la riqueza nacional y que condena a decenas de niños menores de 14 años, casi siempre negros, a penas de muerte o cadenas perpetuas por delitos de los cuales el responsable fundamental es el propio sistema capitalista.

Ni mucho menos acusaría insultante a los mandatarios de las naciones que luchan por la superación de la desigualdad social, precisamente porque conocen la historia de horror que ha representado para los pueblos latinoamericanos la expoliación y el saqueo de que han sido víctimas por más de dos siglos producto de las ansias de dominación planetaria de un imperio cruel y desalmado, que pretende no darse por enterado de sus atropellos pero no para evadir su responsabilidad ante los mismos, sino para reimpulsar su perversa maquinaria de explotación indiscriminada de nuestros recursos y para el secuestro una vez más de nuestras posibilidades de redención y de justicia. No cometería, por ejemplo, la desquiciada imprudencia de asomar en esa importante reunión de mandatarios de países soberanos e independientes, la infeliz idea según la cual el gobierno de los Estados Unidos, abrogándose facultades que no tiene y que violan inequívocamente el derecho internacional, estaría “revisando las fuentes energéticas de los países de Centro América y del Caribe para sustituir las existentes (¿Petrocaribe?) por otras más eficientes”. ¿Por qué no lo hizo cuando esos países estaban sumidos en la más ruinosa miseria, como estuvieron desde nuestros orígenes como repúblicas, hasta que la visión solidaria y profundamente humanista del Comandante Chávez ideó y puso en marcha un plan de cooperación que promoviera su desarrollo basado no en las posibilidades de rentabilidad económica sino en la justicia social como lo es Petrocaribe? ¿Por qué es después de medio siglo cuando vienen a aceptar la naturaleza injusta, ilegítima y criminal de su agresión contra Cuba? Probablemente por el desprecio a la historia del cual se jacta el hombre sin pasado que hoy manda en la Casa Blanca.

Si fuera estudioso de la historia, como dice ser Obama, tendría el mínimo de decencia de pedir perdón a nuestros pueblos por el inmenso sufrimiento que causaron las dictaduras asesinas que el imperio impuso durante décadas en nuestros países. Buscaría alguna forma de resarcir las muertes, las pérdidas de tiempo y recursos con los que se hubiera podido construir el bienestar por el que tanto han clamado esos pueblos. Quizás así, con un gesto decencia y de humildad como el que jamás tuvo en mente el arrogante Obama (quien no solo se dedicó a masticar chicle durante la exposición del presidente Raúl Castro, sino que abandonó de manera cobarde la sala de reuniones mientras hablaba el presidente Maduro), se habría explicado, que no justificado en modo alguno, la razón de la desigualdad entre la obscena riqueza de los Estados Unidos y las pobreza de las naciones suramericanas y se habrían abierto puertas verdaderamente auspiciosas para el replanteamiento de las relaciones entre las naciones del continente, a partir del respeto mutuo a la soberanía y a la libre autodeterminación de las naciones.

Pero no. En los Estados Unidos no hay hoy un presidente que considere a la historia una herramienta valiosa sobre la cual cimentar la construcción del mejor porvenir para la región suramericana. Ni hay razones para suponer que lo habrá en el futuro cercano. El enemigo más peligroso para ese futuro promisorio es y seguirá siendo el carácter ahistórico de una nación imperialista que se considera con el derecho divino a sojuzgar y someter a nuestros pueblos a sus arbitrarios y desalmados designios tan solo por su salvaje propósito de acumulación de riqueza. El mismo presidente lo ha sostenido categórico en las dos únicas cumbres a las que asistirá en su condición de mandatario de esa nación. No quiere saber de la historia, pero tampoco hizo nada por el futuro durante todo su mandato.

No lo hizo porque como renegado (el House Negro del que hablaba Malcom-X) prefiere disfrutar el presente de opulencia como el hombre más poderoso del planeta donde lo colocó el destino, antes que andar rememorando su origen de afrodescendiente marginal y macilento, como se lo recordó Castro en Panamá.

Exactamente al revés del planteamiento de Kaurismäki, en su prodigiosa película.

unhombresinpasado

Un hombre sin pasado (2002)

@SoyAranguibel

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2 comentarios sobre “El hombre sin pasado

  1. En ese pequeño espacio y tiempo en que habló Obama al mundo, en la VII Cumbre de las Américas, pensé que podía conocer otra historia de EEUU que no fuese el “Sueño Americano”, pero resultó peor ya que de boca del propio presidente de EEUU escuché que reconocía la OSCURA HISTORIA de los EEUU y que la aplicación de los DDHH en su país no ha sido congruente… Vaya forma de un Presidente hablar de su país… Que manera de Amar su Patria…

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