La falsa promesa de la tierra prometida

– Publicado en el Correo del Orinoco el 20 de abril de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

El norte es una quimera, qué atrocidad, y dicen que allá se vive como un pachá” Luis Fragachán

Por lo general, la teoría política asume que la razón definitiva de los imperios es la sed de dominación de unas naciones sobre otras no solo por vía de la fuerza sino mediante el sometimiento religioso, cultural, económico o político. Por eso el expansionismo territorial ha sido siempre factor indispensable para la realización de cualquiera de las formas de imperialismo.

La misma tesis leninista que define al imperialismo como fase superior del capitalismo (la voraz expansión de los grandes consorcios hasta abarcar la totalidad de los mercados para someter y rendir las economías del mundo a sus particulares intereses económicos), termina por ser una aceptación de la propuesta que coloca al imperio como una entidad de poder supeditado principalmente a la necesidad imprescindible de la dominación territorial. Sin lo uno no es posible lo otro.

Pero el expansionismo resulta demasiado oneroso ya no solo por los costos de la estructura de ocupación sino por lo que representaría sufragar el desarrollo de las naciones bajo su control hegemónico. De ahí que su naturaleza sea eminentemente saqueadora. Y de ahí el repudio que obtienen siempre de los pueblos.

El imperio otomano, por ejemplo, que en la cúspide de su poder en el siglo XVII se extendía sobre más de cincuenta y cinco millones y medio de kilómetros cuadrados, ejercía su dominio sobre remotos territorios a los cuales, en muchos casos, les respetaba un alto grado de autonomía administrativa siempre y cuando ello no contraviniera la subordinación al imperio ni el tributo de impuestos que a este le debían. Lo económico era lo más importante, pero lo territorial era determinante por la fortaleza que aseguraba en la obtención de recursos naturales, fuerza laboral a bajo costo y capacidad de desmovilización enemiga en una vasta periferia.

Quienes argumentan la inevitabilidad de las rebeliones populares contra la dominación, debaten con quienes sostienen que la inviabilidad económica es lo que termina por hacer insostenible la inmensa carga financiera del imperio, así como con quienes afirman que su incapacidad para la actualización del conocimiento, la negación de la ciencia y la tecnología como instrumentos del desarrollo, sería la causa definitiva de su declive y posterior extinción.

En todo caso, el imperio más poderoso será aquel que controle de mejor manera todas esas variables bajo una misma premisa de orientación estrictamente hegemónica. Al decir de Gramsci, su sostenibilidad derivará de la ilusión de bienestar (desmovilización social) que a través de las herramientas del conocimiento (cultura, educación y religión) le imponga al pueblo el poderío fáctico del imperio.

Por eso el imperio norteamericano necesita una poderosa fachada de deslumbrante ilusionismo que contenga las aspiraciones emancipadoras del pueblo. Hollywood es la herramienta para el desarrollo intensivo de esa ilusión, cuyo propósito no es solo el de inhibir la naturaleza revolucionaria de las fuerzas sociales, sino el de reducir las barreras de soberanía de las naciones susceptibles de la dominación imperial.

Hoy en día todo aquel que sea presa del discurso alienante del imperio verá a los Estados Unidos como la tierra prometida y en función de eso orientará su aspiración de vida. El fomento de una cultura apátrida entre los pueblos de vocación nacionalista, procura la eliminación de esas barreras de soberanía que impiden el acceso expedito de las grandes corporaciones transnacionales a los países de economías emergentes, a la vez que tiende a acabar con la diversidad ideológica, religiosa, cultural y política que obstaculizan el avances de los imperios.

Los superhéroes son los dioses contemporáneos que con su encanto y destrezas todopoderosas rinden cada vez más a sus pies al mundo entero ya no como vetustas deidades envueltas en sábanas celestiales sino encantadores adonis enfundados en sugestivos trajes multicolores de titanio y grafeno templado. Los marines, como los ángeles, son los ayudantes de Dios en la salvación de aquellos que necesitan auxilio. Y los hijos de Dios en la tierra, cuya finalidad es traer a los mortales el mensaje de la buena nueva, están ahora en las listas de millonarios que año tras año la revista Forbes publica para dar a conocer los nombres de las figuras más poderosas del mundo capitalista.

El estilo de vida de los ricos y famosos se vende a través de las pantallas como el paraíso terrenal que solamente existe en los inexpugnables linderos del imperio norteamericano (el departamento de inmigración), al cual se puede acceder eventualmente si, y solo si, se cumple el mandato del buen comportamiento que las leyes sagradas (el comunismo como fruta prohibida) estipulan. Una franquicia internacional de televisión funge de purgatorio para alcanzar el cielo si se le responden quince preguntas a un arcángel (el moderador de “Who Want to be a millionaire”), con lo cual resultará siempre que, por culpa de su ignorancia, el pueblo no podrá ser jamás hijo de Dios, porque hijo de Dios no es cualquiera. Idea medular en el propósito desmovilizador que inoculan desde siempre en la mente de la gente el contenido mediático y la cultura occidental burguesa en general (“Rebelión en la granja”, es un claro ejemplo de esto).

En la vida real, el imperio es otra cosa. El designio profético que le otorga el atributo de la dominación del mundo no resuelve las inconsistencias ni los cabos sueltos que los imperios han terminado por temer siempre a lo largo de la historia. Ni la tesis del Destino Manifiesto ni la doctrina Monroe, como ningún otro postulado imperialista norteamericano, explican en qué radica la necesidad de erigir a los Estados Unidos en imperio. Se postulan en cada caso la causa de la libertad (en abstracto) como razón esencial del compromiso de lucha más allá de sus fronteras, así como la supuesta preservación de la seguridad nacional para ello. Pero en modo alguno se desarrolla desde el punto de vista filosófico o político por qué esa lucha debe librarse desde la condición imperial.

No se explica tampoco por qué, si los Estados Unidos es la tierra por excelencia de las oportunidades, la lista de millonarios más acaudalados de esa nación es la misma desde hace más de un cuarto de siglo. De ese grupo, solo uno, el dueño de la red social Facebook (cuyo salario anual es de cien mil millones de dólares), es menor de cuarenta años. El resto (al frente de los cuales se encuentra desde 1985 el magnate del software Bill Gates) promedia una edad de setenta y cinco años. Warren Buffett, con un patrimonio personal de 72.700 millones de dólares en su haber, celebrará este año sus primeros ochenta y cinco años de edad. A ese ritmo, incluyendo solamente a los 318.582.000 habitantes que constituyen la población norteamericana en la actualidad, habría que esperar cerca de 6.400 años para satisfacer la aspiración de cada uno de ellos a alcanzar ese privilegiado sitial.

En términos absolutos, la promesa de la supremacía no le sirve a la inmensa mayoría de los norteamericanos, quienes de acuerdo al informe para 2014 del Programa Mundial de la ONU para la Alimentación (FAO), padecen el hambre infantil más aguda del continente. Ni tampoco a los cientos de miles que sobreviven a la miseria amparados por deplorables programas de comida para indigentes, que rechazan la creciente e indetenible discriminación racial que día a día llena de luto a hogares humildes de ese país, o a los cientos de ellos que incrementan anualmente las cifras de renuncias a la nacionalidad estadounidense.

Tal es el caso de Quincy Davies, quien relataba en 2014 su experiencia en Taiwan luego de renunciar a su nacionalidad. “Cuando pienso lo que yo era como un hombre negro en Estados Unidos me doy cuenta que no tuve oportunidades”, dice. “A uno lo discriminan en Estados Unidos. Pero aquí (en Taiwán) la gente es muy amable, te invitan a su casa, son muy cálidos… No hay delito, no hay armas. No me queda más remedio que adorar este país”. (1)

La nueva realidad de un mundo contestatario que no cree ya en la falsa promesa de la tierra prometida, como vimos en la Cumbre de las Américas, ha comenzado a hacerle ver a ese imperio decadente que su final está cada vez más cerca.

(1) 20Minutos

@SoyAranguibel

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2 comentarios sobre “La falsa promesa de la tierra prometida

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