En defensa de Diosdado

Por: Luis Bilbao / Rebelión

Conocí a Diosdado Cabello en los últimos días de 2001. Nos aprestábamos a grabar con el presidente Hugo Chávez una conversación que aparecería como pequeño libro de amplia difusión dos meses después (*). Estados Unidos preparaba el golpe de Estado finalmente ocurrido en abril de 2002. Argentina vivía un momento tumultuoso. Urgía que las vanguardias latinoamericanas conocieran y comprendieran la Revolución Bolivariana y tuvieran una imagen objetiva de Chávez.

Diosdado era entonces un íntimo colaborador del comandante, a quien había acompañado desde la insurgencia del 4 de febrero de 1992. Ese periplo incluyó cárcel, transformación del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR 200) en el Movimiento Vª Republica (MVR) para buscar la organización política de las masas; luego la campaña electoral, la victoria y el arduo, desconocido, ejercicio del poder. Siempre al lado de Chávez.

Aunque tuve numerosos encuentros con el hoy presidente de la Asamblea Nacional, nunca hubo oportunidad de un trato íntimo con él. No soy su amigo, a menos que se extienda ese concepto al punto de considerar como tal a todo aquel hermanado por objetivos y luchas comunes. Sería para mí un honor contarlo como amigo en el sentido restringido que le damos a la palabra en las pampas de donde provengo. En cambio, sí lo considero un compañero revolucionario –concepto en muchos sentidos más elevado que el de amigo- y en ese carácter me siento obligado a escribir estas líneas, ahora que la contrarrevolución mundial intenta denigrarlo.

Con el Wall Street Journal como detonante, los conspiradores imperialistas desataron una campaña de la baja prensa global contra Diosdado. Una cadena de medios de la ultraderecha, a la que se sumó luego también un diario que se supone respetable, The New York Times (NYT), informa sin siquiera un dato preciso que, supuestamente, la DEA investiga a Diosdado Cabello por tráfico de drogas y lavado de dinero. Diarios, emisoras de radio y TV hacen coro en Argentina a esta campaña. Periodistas que desconocen por completo la realidad venezolana se dejan arrastrar por esa marejada calumniosa.

“Una gran parte de la cocaína que viaja al norte, hacia Estados Unidos, pasa por Venezuela, según funcionarios estadounidenses, a menudo en pequeños aviones que cargan y despegan de pistas de aterrizaje ocultas en el estado venezolano occidental de Apure”, dice el NYT. No aclara el matutino cómo aterrizan esos aviones en territorio estadounidense y decenas de miles de dealers distribuyen la carga. El diario más poderoso del mundo no acusa al gobierno de Washington y a la propia DEA por ese masivo arribo clandestino, ininterrumpido por décadas. ¿Dónde estarán las “pistas de aterrizaje ocultas” en el territorio estadounidense? ¿Quiénes serán responsables de ese tráfico billonario?

Pero denunciar la hipocresía, lacerante para la inteligencia más elemental, no es el motivo de esta nota. Aquí me propongo sólo resumir un testimonio en defensa de Diosdado. A partir de hechos. No de palabras, declaraciones ni cercanía personal.

La trayectoria de Cabello lo señala como cabal revolucionario. Tuvo la lucidez para comprender el proyecto de Chávez desde el primer momento. Y luego el coraje para acompañarlo en instancias de extremo riesgo. Diez años después ocupaba la vicepresidencia de la Nación –cargo no electivo en Venezuela- cuando ocurrió el golpe de Estado. Como tantos otros, supo eludir a los criminales que intentaban asesinarlo. Pero, más importante aún, mostró la integridad necesaria para no escuchar las voces que instaban a reemplazar a Chávez. Ocupó el lugar institucional del Presidente durante las horas que mediaron entre la huida de los golpistas de Miraflores y la llegada del comandante vencedor. Hay a disposición decenas de videos para seguir de cerca esos momentos. Si alguien pudo parecer tentado por la posibilidad de aprovechar la dramática coyuntura y desplazar a Chávez, cada gesto de Diosdado en esas horas de extrema tensión reveló su compromiso absoluto con el líder de la Revolución. Era evidente que por su cabeza no cruzó la idea de sacar partido individual de aquella situación.

Luego ocupó muchas diferentes trincheras de combate, siguiendo siempre las instrucciones del comandante. Ya en aquellos tiempos comenzó a ser blanco de calumnias sistemáticas. Quienes no se atrevían a atacar a Chávez, se ensañaban con él. Muchos amigos venezolanos recordarán mi posición en aquellos momentos.

Después vino la organización del Psuv; y las mil batallas libradas contra un enemigo que hace bien su faena y no da un momento de tregua. Acaso la prueba mayor de lealtad y convicción la ofreció Diosdado cuando Chávez, consciente de su inminente partida, designó a Maduro como candidato a sucederlo.

Como es sabido, estuve involucrado de cerca en todos estos momentos cruciales para la Revolución. Siempre vi a Diosdado como un revolucionario en toda la extensión y el mejor sentido de la palabra.

Ratificó esa condición desde la presidencia de la Asamblea Nacional. Luego, a través de su programa semanal Con el mazo dando, pudo verse otra faz de sus capacidades. Creció ante las dificultades y reafirmó su lugar como puntal de la Revolución Bolivariana.

Por eso se lo ataca. No sé si Diosdado Cabello comparte mi concepción filosófica. Y no me interesa. Porque tengo la más absoluta certeza de que estoy frente a un hombre empeñado en derrotar y abolir al capitalismo y sus lacras. Entre ellas la droga, por supuesto.

Toda caracterización puede errar y toda persona puede cambiar su conducta, incluso traicionar sus orígenes. Ejemplos hay en abundancia. Pero no existe un solo dato que indique semejante deriva en quien es hoy también vicepresidente del Psuv. Todo por el contrario, desde el agravamiento de la enfermedad de Chávez, Diosdado (como Nicolás Maduro, Rafael Ramírez y por supuesto Adán Chávez, entre tantos otros) dio pruebas de total compromiso con la revolución y con su comandante. Luego haría lo mismo con Nicolás Maduro, atacado con impar ferocidad por la prensa burguesa internacional en cadenaMe atrevo a decir que Diosdado seguirá en la primera línea de combate, junto con la Dirección Revolucionaria Político-Militar que enfrenta al imperialismo, hasta la batalla final.

Por eso se lo calumnia. Como parte de la ofensiva desesperada del imperialismo contra el gobierno de Maduro y la Revolución Bolivariana.

Por eso lo defiendo frente a esta calumnia miserable y cobarde. Es la defensa de la Revolución ante la embestida de la contrarrevolución.

El capitalismo es drogadicto, como señaló alguna vez una tapa de América XXI. Y sus gobernantes son cómplices estructurales del narcotráfico. Diosdado puede sentirse satisfecho del lugar que ocupa en la batalla decisiva que estamos librando contra la fuente de todos los vicios: la explotación del hombre por el hombre.

Buenos Aires, 21 de mayo de 2015

(*) Chávez y la Revolución Bolivariana; Conversaciones con Luis Bilbao. Buenos Aires, enero de 2002, Ediciones Le Monde diplomatique-Capital Intelectual (hubo luego sucesivas ediciones en Chile, Bolivia, Colombia, Venezuela y fue publicado también en inglés y francés).

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