¿Por qué los imperios sí pueden drogarse?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 01 de junio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

«Todos los desgraciados que están a favor de legalizar la marihuana son judíos»
Richard M. Nixon

El actual presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Barack Obama, no ha tenido jamás vergüenza en declararse consumidor de marihuana, al extremo de ser objeto de invitaciones de ciudadanos que le ofrecen droga en sus apariciones públicas, como le sucedió en la ciudad de Denver durante una gira en 2014 cuando rompiendo el protocolo de seguridad ingresó en un bar y lo primero que hizo uno de los parroquianos ahí presentes fue invitarle a compartir su pucho de marihuana diciéndole “¿Quieres un toque, amigo?”, tal como lo muestra el video que Manton89 montó en Instagram.

Obama ha reconocido en varias oportunidades que durante su juventud fue no solo consumidor, como lo fue también el expresidente Bill Clinton, sino que a diferencia de este, el actual mandatario integró durante años una banda conocida como “Choom Gang”, algo así como “los duros de la yerba”, cuya técnica era la llamada “absorción total” que consiste en la competencia entre el grupo para ver quién aguanta más tiempo sin expulsar el humo de la droga, lo que solían hacer dentro de un vehículo con las ventanas cerradas para evitar el más mínimo desperdicio del mismo.

Según el libro “Barack Obama: The Story” del premio Pulitzer 1993 David Maraniss, Barry (como le decían en Hawái a Barack Obama) no solo era integrante del grupo sino que era considerado el líder del mismo. “«Cuando estabas con Barry y sus colegas, si exhalabas un preciado pakalolo (jerga de Hawái para referirse a la marihuana) en lugar de absorberlo complemente en tus pulmones, se te imponía un castigo y tu turno era saltado hasta que el porro daba la vuelta», dice Maraniss en su libro publicado en 2012.

Sin embargo, en un país que se erige a sí mismo desde hace casi un siglo en el policía antinarcóticos del planeta, el que su presidente sea un connotado ex marihuanero no es para nada alarmante. La sociedad norteamericana es probablemente la más familiarizada con el fenómeno de las drogas, no nada más porque es la que mayor población de consumidores tiene, sino porque como nación es la que más promueve el desarrollo de la producción y distribución de narcóticos en el mundo entero. Pero, como imperio que es, no está dispuesto a aceptar que el gigantesco negocio que representa la droga caiga en manos de otros y de ahí su hipócrita combate al narcotráfico.

El 10 de diciembre de 2013 el congreso del Uruguay aprobaba un Ley que legalizaba la producción, comercialización y tenencia de la marihuana, convirtiéndose en el primer país del mundo en legalizarla. La aprobación es el resultado de una tendencia general de las sociedades modernas que abogan cada vez con más fuerza por la despenalización del consumo de esta droga en particular, aduciendo por una parte el derecho de las personas a una libertad plena y por la otra la función medicinal de la yerba.

El mismo Barack Obama hace recientemente una clara distinción al respecto, en declaración a la prestigiosa revista New Yorker en enero de 2014, cuando le dice al periodista David Remnick que “la marihuana no es más dañina que el alcohol”.

Aún cuando en la mayoría de las naciones las drogas son por lo general penalizadas, su consumo suele ser tratado con mayor tolerancia a partir del avance que han tenido las luchas de grupos que abogan por la legalización del cannabis, como la Organización Nacional para la Reforma de las Leyes de la Marihuana (NORML, por sus siglas en ingles), con sede en varios países en los que la defensa de los consumidores es una cultura muy arraigada, por lo cual esta asociación vio la necesidad de defender igualmente los derechos de los consumidores de cannabis.

Un enorme vacío legal hace que tal contradicción sea hasta ahora insuperable; ¿cómo permitir el consumo si al mismo tiempo se penaliza al proveedor? El imperio norteamericano ha encontrado una fórmula prodigiosa para ello. No se penaliza a todos los narcotraficantes, sino a los que al imperio le conviene perseguir.

El consumidor es otra cosa. A él se le persigue pero hasta cierto punto. No porque atente contra la sociedad, sino porque el consumidor es parte esencial de un fabuloso mercado donde el dinero no es intangible sino real.

La ilegalización del alcohol en los Estados Unidos entre 1920 y 1933, por ejemplo, fue considerada una de las más grandes violaciones a la libertad que se haya perpetrado en esa nación en toda su historia, pero también (por esa misma razón) uno de los más lucrativos negocios llevados a cabo en tiempos de severa recesión económica.

En ambas prohibiciones, la del alcohol y la de las drogas, la represión a la población estuvo determinada siempre por la necesidad de incrementar el flujo de presos hacia las cárceles privadas (más de un millón por causas del consumo o tráfico de drogas, en su mayoría afrodescendientes pobres), así como de elevar el precio de dichos productos ilícitos en las calles.

De ahí que la saña contra el narcotráfico de la que hace gala hoy Estados Unidos no es sino una fachada para todo un andamiaje económico cuyos capitales son los más redituables que existen hoy en día en el mercado financiero mundial, en virtud de ser capitales libres de pasivos contables, costos financieros y de cargas impositivas.

La presidenta de Argentina Cristina Fernández se lo espetó sin tapujos al primer mandatario norteamericano en la VII Cumbre las Américas, realizada recientemente en Panamá, cuando le dijo: “Y también hay que hablar del financiamiento del narcotráfico, porque en los países productores, cuando sale la sustancia tóxica, vale 2.000 dólares, pero, por ejemplo, llega a Chicago y vale 40.000. Entonces, deberíamos abordar y deberían abordar fundamentalmente los países que más consumen droga este problema y, fundamentalmente también, el nudo de la cuestión, el financiamiento. ¿En dónde se lava el dinero del narcotráfico? ¿En los bancos de los países que la producen o en los bancos de los países desarrollados y los paraísos fiscales que pertenecen a los países desarrollados? No seamos cínicos, no seamos cínicos…”

Ese cinismo es exactamente el que impuso como norma los Estados Unidos en su accionar contra el narcotráfico desde 1930, cuando creó el Federal Bureau of Narcotics para supuestamente frenar el consumo de marihuana, a la vez que estimulaba la producción y el tráfico de estupefacientes en el mundo entero por razones de naturaleza estrictamente geopolítica y financiera. O lo que pretendió Richard Nixon cuando desaprobaba el informe de la Comisión Shafer en 1972 (que recomendaba legalizar el consumo y venta de marihuana en el país) mientras que en el sur del Asia los soldados norteamericanos se erigían en los más grandes narcotraficantes de su tiempo.

El revelador artículo de Peter Dale Scott, “El opio, la CIA y la administración Karzai”, publicado en la Red Voltaire en 2010, da cuenta de las implicaciones de la CIA a través del tiempo en el surgimiento y desarrollo de los más grandes mercados de narcóticos hoy en día en el mundo. En dicho artículo el autor refiere con total exactitud cómo los cultivos de precursores de drogas se incrementan en aquellos países donde hace presencia militar los Estados Unidos, como Afganistán, Colombia, Paquistán y México, tal como lo denunciara esta misma semana en rueda de prensa el Director de la Oficina Nacional Antidrogas del gobierno bolivariano, Irwin José Ascanio Escalona, quien señaló además que solamente en Estados Unidos se lavan alrededor de unos 400 mil millones de dólares al año provenientes del narcotráfico.

Sostiene Dale Scott que “La primera realidad es que la creciente implicación de la CIA y su responsabilidad en el tráfico mundial de droga es un tema tabú en los círculos políticos, campañas electorales y medios masivos de difusión. Y quienes han tratado de romper ese silencio, como el periodista Gary Webb, han visto sus carreras destruidas.”

El autor, que hace a la vez referencia a un artículo de Alfred McCoy publicado ese mismo año en el TomDispatch, afirma que la OTAN elimina plantíos de amapola que cultivan los opositores en Afganistán y protege los de sus aliados. Y cierra con una frase de McCoy: «El opio surgió como fuerza estratégica en el medio político afgano durante la guerra secreta de la CIA contra los soviéticos» esa guerra «fue el catalizador que transformó la frontera pakistano-afgana en la más importante región productora del mundo».

El Comandante Chávez lo resumió en una frase luminosa: “El imperialismo no lucha contra las drogas sino que las administra”, dijo.

Por eso acusan sin ningún pudor (y sin ninguna prueba) a quienes jamás han tenido que ver con drogas, como nuestros líderes revolucionarios, aún cuando ellos tienen como presidentes a verdaderos marihuaneros confesos como Obama.

@SoyAranguibel

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