El loco empeño de la derecha en despojar a la revolución

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 15 de junio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

En diciembre de 2013, casi tres lustros después de ser aprobada en referéndum popular la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela con más del 70% de los votos, uno de los líderes del fallido golpe de Estado que se perpetrara en abril de 2002 contra el estado de derecho en el país, Gerardo Blyde, tomaba la palabra en el encuentro por el diálogo convocado por el Presidente Maduro en Miraflores con los alcaldes de la oposición, para exponer lo que él mismo definió en ese momento como su planteamiento más importante en esa reunión: que la Constitución existe solo porque la oposición se opuso a ella. “La Constitución nacional –dijo entonces- ustedes la constituyeron, la defendieron, buscaron que el pueblo la aprobara, y el pueblo la aprobó. Luego buscaron reformarla, y otros nos opusimos a esa reforma. Y fue allí cuando la Constitución fue reafirmada, porque fue aceptada por ustedes y por nosotros; cuando quisieron reformarla la gente dijo entonces “No hay reforma”, y ahí fue cuando la Constitución cuajó.” (1)

El argumento, venido de uno de los diputados de la derecha que más férreamente se opuso en 1999 a la aprobación de la nueva carta magna que Hugo Chávez le había prometido al país, y que apoyó la disolución de todos los poderes públicos durante el llamado carmonazo, que empezó por derogar ese mismo texto constitucional que según él “cuajó” cuando la oposición votó contra ella, es tan disparatado como afirmar que Fernando VII sería tan Libertador de América como Simón Bolívar, porque mientras éste impulsó la independencia aquel luchó con todas sus fuerzas contra ella.

Pero el disparate no es casual.

La razón de fondo de tan absurdo y muy bien calculado razonamiento, no es otra que la de buscar despojar a la revolución bolivariana de uno de sus más valiosos e importantes logros políticos en el proceso de transformación del Estado.

El gesto mismo que usara en todo momento el comandante Chávez para destacar la importancia de esa gran conquista popular que es la constitución bolivariana, consistente en mostrarla alzándola en su mano cada vez que se refería a ella, es copiado sin la más mínima vergüenza por la dirigencia opositora como si de un gesto común del neoliberalismo se tratara. No existe ninguna normativa que obligue a alzar la constitución cada vez que se mencione, pero la oposición lo hace indefectiblemente porque piensa que con ello le resta al impulsor de ese avanzadísimo texto fundacional el crédito de su autoría.

Con ese mismo loco empeño, el ex candidato de la derecha, Capriles, intentaba en un momento determinado apropiarse de la imagen que Chávez construyó durante años como redentor de nuestra identidad nacional, poniéndose la gorra tricolor de ocho estrellas usada siempre por el comandante y que en todo momento ha repudiado la oposición.

La falsedad de su apego a esa gorra no es evidente nada más en su tozudo empeño en enarbolar simultáneamente la antigua bandera de siete estrellas que con tan ridículo furor enarbolan en las mismas marchas en las que exigen dólares para viajar a Miami, sino en la troglodita sorna de “¡Sí, pero tenemos Patria!” que profieren cuando no consiguen papel tualé. La contradicción ahí no es de ninguna manera relevante (y probablemente ni siquiera perceptible) para ellos. El propósito central es el de despojar a la revolución de un importante activo simbólico, y eso en sí mismo ya constituye una razón más que determinante para perseverar en el dislate.

Desde la óptica del anticomunismo las contradicciones no son elementos de valor en la confrontación con todo aquel modelo que de alguna manera refiera a ideas o postulados de izquierda. A diferencia de lo que suele pensarse, el anticomunismo no es sinónimo de la ideología capitalista. Mientras que el capitalismo es riguroso en la elaboración conceptual de principios y postulados filosóficos propios, el anticomunismo no se basa en cuerpo doctrinario alguno, sino en el odio hacia las ideas de otros. Lo que permite que corrientes de diverso signo (socialcristianos, socialdemócratas, centro izquierdistas, ultraizquierdistas, etc.) puedan converger en un mismo propósito, como es el caso de la llamada Mesa de la Unidad Democrática en Venezuela, que tiene en el antichavismo su único elemento doctrinario común.

La recurrente propuesta del diálogo a la que apela la oposición antichavista de manera terca como fórmula milagrosa para subsanar lo que ella denomina “crisis nacional” (que no es otra cosa que la evidencia de su propia ineptitud para alcanzar el poder por la vía democrática), persigue colocar a la minoría política del país en una posición decisoria de gobierno sin necesidad de haber alcanzado la mayoría que en todo régimen democrático resulta indispensable para la determinación de la responsabilidad en la conducción del Estado. El chantaje que a la larga significa esa propuesta de diálogo (que amenaza persistentemente con incendiar el país si no se le satisface), no es sino otro intento de vulgar saqueo contra el derecho soberano del pueblo a elegir sus gobernantes, y una perversa emboscada política que busca frenar desde una mesa de conciliábulo el avance del Plan de la Patria por el que el pueblo votó mayoritariamente.

Para el anticomunismo todo régimen popular es por excelencia antidemocrático esencialmente porque, según el dogma anticomunista, el poder debe ser ejercido por las élites dominantes y no por las mayorías proletarias (comunismo). Es por ello que, para la retardataria derecha antichavista nacional e internacional que hoy ataca a la revolución bolivariana el voto termina siendo un enemigo de primer orden, porque ha convertido a los venezolanos en actores de un proceso de transformaciones que han impedido mediante el sufragio durante más de dieciséis años la reinstauración del modelo neoliberal que tanta exclusión, hambre y miseria generó en el pasado.

A lo largo de toda la revolución bolivariana, se han llevado a cabo más elecciones que en ningún otro momento de nuestra historia como república. Un promedio de una elección anual así lo evidencia.

Jamás el cronograma que el Consejo Nacional Electoral está obligado por Ley a establecer ha sido postergado. No hay ningún anuncio (y ni siquiera un indicio) que permita afirmar que se está evadiendo en esta oportunidad ese compromiso con la democracia, que la revolución ha honrado sistemáticamente como parte de su propuesta de profundización de la participación y el protagonismo que ella promueve con su proyecto de socialismo bolivariano y chavista. El voto, como instrumento de reafirmación democrática de los pueblos, es consustancial a la concepción chavista del Estado.

De ahí que el objetivo más importante de la huelga de hambre montada por los líderes terroristas recluidos en la cárcel militar de Ramo Verde, presos gracias a sus actos de agavillamiento, conspiración e instigación al asesinato, y por los cuales se ha movilizado tan activamente esa derecha nacional e internacional, no sea ya demandar su liberación sino exigir el establecimiento de una fecha para las elecciones parlamentarias de este año. La observación internacional de las elecciones, otro gran avance en el perfeccionamiento del sistema electoral venezolano que se ha expandido desde Venezuela hacia el mundo entero (menos a EEUU que la prohíbe), y que durante la revolución ha estado incluida en todos los procesos eleccionarios, forma parte del ridículo paquete de solicitudes absurdas de esos huelguistas.

El propósito no es otro que el de hacer aparecer desde ya ante el mundo a la revolución como una dictadura, para preparar el terreno mediático que les permita denunciar fraude en unas elecciones en las que a todas luces saldrán inevitablemente derrotados, tal como lo indican no solo las encuestas sino el estruendoso fracaso de sus primarias y la muy escasa capacidad de convocatoria que apenas logran alcanzar en sus movilizaciones de calle. La realidad de la oposición es el descalabro en el que agoniza.

Exigir lo que inevitablemente se va a dar, lo pidan ellos o no, es una burda forma de engaño que solo busca confundir al pueblo mediante el viejo truco de las profecías autocumplidas, al mejor estilo de los vaticinios de lastimosidad de los videntes de la antiguedad que anunciaban como prodigio propio la salida del sol por las mañanas. Es el recurso último y desesperado de una derecha fracasada y estafadora que solo puede vivir, cuando mucho, del impúdico despojo de los logros ajenos.

(1) Intervención de Gerardo Blyde

@SoyAranguibel

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