Adiós al libre mercado

– Publicado en el Correo del Orinoco el 13 de julio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

En Venezuela, como en ninguna parte del mundo, no existe Ley alguna que impida a la empresa privada reducir los precios de los productos que ella comercializa. Si quisiera, podría reducirlos con la más entera libertad y la total complacencia de los consumidores.

¿Por qué entonces la propuesta fundamental del sector empresarial y político de la derecha para resolver las distorsiones económicas por las que atraviesa el país y atender así al reclamo del pueblo contra la inflación es la de la eliminación de las regulaciones del Estado a los precios de los productos, si dichas regulaciones lo que impiden es el alza de los mismos pero de ninguna manera su disminución?

Porque, como se sabe, la premisa de la cual parte el neoliberalismo es la del “libre mercado”. Aquel donde una hipotética mano invisible, solo percibida supuestamente por los capitalistas más perspicaces y avezados, sería capaz de ordenar mediante el inescrutable mecanismo de la oferta y la demanda los tortuosos y enrevesados intersticios de la economía de las naciones y del mundo.

¿Por qué es invisible esa invisible mano del mercado?

Porque tal mano no existe.

Lo que existe en el ámbito de las economías capitalistas es el férreo control regulatorio que organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), El Banco Mundial, o el Banco de Pagos Internacionales (BIS), ejercen sobre ellas para someterlas a los rígidos lineamientos que el sistema financiero mundial ha concebido para garantizar la sostenibilidad en el tiempo del modelo neoliberal que los grandes bancos privados del mundo insisten en imponerle al planeta entero a pesar de su ya inocultable inviabilidad.

Los cultores del libre mercado esconden siempre su ineptitud para responder a las cada vez más crecientes exigencias económicas de las naciones, aduciendo limitaciones a las que se verían siempre sometidos los actores económicos por controles gubernamentales de diversa naturaleza, generalmente regulaciones de tasas de interés, Leyes laborales, tasas impositivas, tributaciones fiscales, controles de precios, etc.

Acusación que recae con la mayor frecuencia sobre regímenes o gobiernos cuyas economías tiendan a declarase independientes de los grandes centros de dominación financiera. De acuerdo con la doctrina neoliberal, esa tendencia las convierte en peligrosas para el sistema y hacia ellas enfila su ataque.

Sin embargo, los grandes conflictos que padece hoy la humanidad están determinados precisamente por esos organismos creados por los grandes centros de poder financiero mundial que esclavizan a los países bajo su dominio con el inmisericorde recetario de medidas económicas asfixiantes que procuran revitalizar el capitalismo mediante la monstruosa transfusión de dinero que surge de esas economías a las que someten y a las que obligan a aplicar medidas hambreadoras contra sus pueblos.

En 1966, Carroll Quigley profesor de la Universidad de Georgetown y uno de los mentores de Bill Clinton durante su periodo de estudiante universitario, escribió en su muy polémico libro Tragedy and Hope: A History of the World in Our Time, “El poder del capitalismo financiero tiene un plan a largo plazo, que no es más que crear un sistema global financiero en control de manos privadas que pueda dominar el sistema político de cada país y la economía del mundo entero. Este sistema sería controlado de una manera feudal por los bancos centrales del mundo actuando en concierto y por acuerdos secretos logrados en mítines y conferencias frecuentes. En la cima de este sistema estaría el Banco de Pagos Internacionales en Basilea, Suiza, un banco privado poseído y controlado por los bancos centrales del mundo, que a su vez son corporaciones privadas. Cada banco central trata de dominar su gobierno por su habilidad de controlar los préstamos al gobierno, la manipulación de moneda nacional y extranjera, y la influencia en toda actividad económica en el país y su influencia con los políticos por los regalos o prebendas que le otorgan en el mundo de los negocios.”

El planteamiento del catedrático no tardó en transformarse en premonición, y a medida que transcurrían los años el mundo capitalista, que se ufanó desde siempre de su liberalismo a ultranza como motor del desarrollo económico de las naciones, pasaba a ser el infernal panóptico en el que las élites de banqueros han convertido a ese modelo cada vez más saturado de controles y regulaciones infranqueables, ya no por parte de los Estados o sus gobiernos en modo alguno, sino por los grandes gurúes del nuevo orden neoliberal que hoy impera en el capitalismo. Como la inefable señora Lagarde, presidenta del FMI, quien recientemente expresara su pesar por la prolongada vida de los ancianos a quienes ella como figura cimera del neoliberalismo considera onerosos.

Quien tenga alguna duda al respecto, que revise con detenimiento no solo el genocida recetario del Fondo Monetario Internacional con el que estamos tan familiarizados en Latinoamérica, y que hoy se pretende aplicar a Grecia de manera desalmada, sino las regulaciones que ordena desde 1930 a los bancos centrales de las sesenta naciones más importantes del mundo el Banco de Pagos de Basilea.

En Venezuela, laboratorio viviente de la nueva sociedad de justicia e igualdad social que es referencia mundial de ese nuevo mundo posible a la luz del socialismo bolivariano y chavista que hoy el pueblo construye, la inoperancia del libre mercado está siendo puesta en evidencia con la guerra económica que el propio capital privado ha desatado contra nuestro país sin la más mínima conmiseración ni raciocinio.

La modalidad de “capitalismo popular” que representa el llamado “bachaqueo” que se ha puesto en práctica en buena parte de la población de bajos recursos a partir de la premisa de la especulación que se escuda tras la falsa doctrina regulatoria de “la oferta y la demanda”, no es sino demostración irrefutable de cómo el libre mercado no es capaz de asegurar por sí mismo, mediante ninguna fórmula económica sostenible, el equilibrio o la disminución de los precios de los productos sino todo lo contrario. Si la condición indispensable para elevar los precios es que el producto escasee, el capitalismo hará entonces que el producto desaparezca de los anaqueles, porque su interés no es reducir su ganancia sino incrementarla. Solo que así, mediante esa libertad absoluta e irracional que proclama el neoliberalismo (y que de manera empírica practica el bachaqueo) el capitalismo desata la furia incontenible de la anarquía que va a terminar siempre por devorarlo a sí mismo. Tal como está devorando hoy al capitalismo nacional ese bachaqueo que de su vocación especuladora surge, mientras insiste de manera obcecada en señalar como culpable de su propia tragedia al gobierno del Presidente Nicolás Maduro.

Para evitar eso es que existen el FMI, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo y el Banco de Pagos de Basilea, y sus inviolables y muy rígidos controles.

De ahí que el desmontaje del modelo económico al que se refiere la derecha venezolana (Fedecamaras, Consecomercio, la MUD, la cúpula eclesiástica, etc.) tal como lo contemplan todos los documentos, declaraciones, artículos de opinión y proclamas, de los distintos voceros y organismos opositores, incluyendo las “Primeras Ideas de Acciones Económicas a tomar por el gobierno de la unidad nacional”, aprobado por la Comisión de Políticas Públicas de la Mesa de la Unidad Democrática en 2013, así como los planes de gobierno presentados por el entonces candidato Capriles Radonski, el llamado “Plan Consenso País” presentado por el mismo sector en 2004, y el “Acuerdo Nacional para la Transición” que firmaran los líderes violentos de la derecha, no es más que un paso necesario que los sectores neoliberales del país deben dar para cumplir formalmente con la entrega de nuestra economía a un poder regulatorio mucho más férreo que cualquier otro control estatal jamás conocido hasta hoy por la humanidad, como lo es el de las élites todo poderosas del sistema bancario mundial, cuyos designios son verdaderamente inapelables e incontrovertibles y cuyas nefastas consecuencias acarrean el hambre, la exclusión y la miseria que hoy agobia a las sociedades del mundo capitalista.

Cuando el modelo coloca como eje y centro de su acción al ser humano las regulaciones que se instrumenten para protegerlo serán siempre fórmulas de justicia social. Pero cuando esas regulaciones favorecen a las minorías sedientas de acumulación de riqueza, a las que no les importa el padecimiento de ese pueblo, entonces ahí se producirán siempre las crisis que generarán la angustia y el dolor que padecen los pobres en el capitalismo.

La revolución bolivariana es el escenario donde esa verdad de la justicia y la igualdad social acabará definitivamente con la farsa neoliberal del libre mercado.

 

@SoyAranguibel

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