Semblanza de una clase dominante que no domina

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 03 de agosto de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

En medio de la crisis que genera la guerra económica que el capitalismo ha desatado contra el país, se abre una línea de debate referida a la naturaleza clasista y no solo al aspecto estrictamente ideológico del mismo, que plantea el asunto del estatus y la categoría social como problema en el cual hay mucho por enfrentar.

Opuesta como es la burguesía criolla a todo lo que tenga que ver con chavismo, su demanda no es de ninguna manera el logro de la justicia social, sino alcanzar la calidad de vida de los ricos y famosos a la que se creen destinados por las leyes Divinas más que por ningún planteamiento ideológico.

Desde esos sectores se ha planteado cada vez con mayor intensidad la necesidad del “cambio de modelo”, asumiendo en una síntesis escueta de la división de clases que la burguesía criolla que ellos representan forma parte de una clase burguesa universal con la cual se identifican casi genéticamente.

Es común entre los opositores, verlos ondear con pasión épica la bandera norteamericana, cacerolear frenéticos a través del “quema cocos” de un ostentoso Audi, o agitar por las redes sociales contra el gobierno desde un burbujeante jacuzzi en Key Biscayne o en Las Vegas, lo que en sí mismo revela la la arrogancia que les es tan propia. Pero, sin lugar a dudas, es en la idea de creerse perteneciente a la misma clase dominante que controla las fuerzas productivas y el sistema económico mundial donde se expresa con toda crudeza la mayor ingenuidad del militante común de la oposición y en general de la llamada clase burguesa del país.

En el video que difunden esta semana convocando a una suerte de “marcha del encierro golpista”, una mujer de inequívoco talante constituyentista arenga en medio de un atosigante malabarismo del articulado constitucional con el persistente llamado a “…restituir la norma…” y “…regresar Venezuela a su estado original”, dando a entender que la reinstauración del neoliberalismo en el país es un simple asunto de enchinchorramiento y pantuflas, y que el chavismo es solo una verraquera de plebeyos erróneamente insubordinados pero corregible.

Intentar imponerle al resto de la sociedad la hipótesis de la crisis que un sector minoritario de la sociedad percibe, con base en sus aspiraciones y su particular noción de la realidad según la cual la crisis del Estado es la falta de libertad para la reinstauración de un modelo de dependencia económica que postergue hasta lo infinito el fomento y la creación de un verdadero parque industrial propio, así como de condiciones favorables para el estímulo del agro y de la actividad productiva nacional asociada a nuestros inmensos recursos, como ese mismo sector postergó en el pasado, es ya una pretensión descabellada. Sobre todo cuando acusa de totalitario al modelo de democracia participativa y protagónica que pretende erradicar.

Pero intentar hacerlo desde la posición de dominio que no se posee es todavía más insensato. Amén de petulante y ridículo.

La clase dominante en Venezuela no domina el espacio que le corresponde como sector hegemónico nacional desde mucho antes que la confrontación política la colocara como oposición al avanzado modelo de inclusión y de igualdad social que introdujo el Comandante Chávez en el país con su propuesta de socialismo bolivariano. Su condición ha sido desde hace más de un siglo la de sector subsidiario de las grandes élites hegemónicas internacionales, obligado por su relación de subordinación a los grandes capitales corporativos transnacionales a propiciar las condiciones de la dependencia científica y tecnológica que tanto ha pesado en el atraso en la producción nacional. Excepciones como la Polar, quizás, cuya dimensión corporativa ha estado determinada precisamente por su orientación al mercado de productos que responden a nuestras propias costumbres y cultura de consumo, confirman esta regla no escrita de la sumisión de la clase dominante nacional al sector dominante internacional.

Ya en 1973, en el segundo seminario internacional realizado por la Universidad Autónoma de México sobre las clases sociales en Latinoamérica, Edelberto Torres Rivas exponía con brillantez la idea de las burguesías latinoamericanas sin nación. “El proceso de cambio que ha transcurrido en América Latina en las últimas décadas –decía- puede ser considerado globalmente como un mecanismo de modernización capitalista, de predominio definitivo de las relaciones capitalistas de producción y distribución en el seno de la formación económico-social. Se trata, sin ninguna duda, del desarrollo de las fuerzas productivas a un nivel de mayor significación, pero en la medida en que el avance de las mismas no corresponde a factores endógenos sino al traslado de formas productivas y de organización social desde los centros del capitalismo hegemónico, el cambio social en esta parte de la periferia del sistema es desigual, polarizador y excluyente, así como crecientemente limitativo del ejercicio autónomo de la soberanía en el ámbito internacional.”

Hace casi medio siglo, el pensamiento latinoamericano arribaba a conclusiones que ponían al descubierto la fragilidad de las economías emergentes de nuestros países, no solo por su condición neoliberal sino por la atrofia del sector que dentro de ese mismo ámbito estaba llamado a impulsar el desarrollo y el crecimiento económico de cada país. El factor determinante de esa atrofia no era otro que el eje medular mismo del modelo; el capital extranjero, que en la lógica del neoliberalismo proviene no del intercambio comercial entre naciones sino de las inversiones expansionistas de las grandes corporaciones trasnacionales.

Al respecto Torres afirmaba: “Habría que examinar en cada caso nacional la significación que tiene la irrupción del capital extranjero no solo en el polo más dinámico de la economía, en los llamados “sectores de vanguardia”, sino en todos los poros de la vida económica. En general ello acarrea el debilitamiento de la burguesía nativa como clase nacional, ya sea porque se asocie con los intereses foráneos o porque simplemente les ceda, con o sin pelea, el terreno para su radicación interna.”

En esa apreciación, Torres define la “crisis política” en América Latina”, como los desajustes que acompañan históricamente las modificaciones de la estructura del poder político de la sociedad; por una parte, la alternación de las relaciones políticas de dominación por el debilitamiento de las bases tradicionales del poder económico y por la aparición compleja de nuevas y más dinámicas instancias productivas. Y por la otra, un cambio en la naturaleza del conflicto cuando se presentan nuevos actores históricos del cambio.

En la lógica gramsciana citada tantas veces por el comandante Chávez para hablar de la transición de la cual somos objeto, Torres concluía: “Cuando decimos que la crisis se define como el conjunto de fenómenos superestructurales (político-ideológicos) que acompañas a los cambios en las formas de relación política entre las clases, como consecuencia del desarrollo contradictorio, desigual y dependiente de las fuerzas productivas, no pueden dejarse de lado las condicionantes de origen externo que se hacen presentes a tal punto que el imperialismo se convierte en un elemento que acelera el juego de contradicciones internas, retando en unos casos y apresurando en otros la solución revolucionaria.”

Como en la Venezuela de hoy, ya entonces se alertaba sobre una grave contradicción de los sectores supuestamente dominantes de nuestras naciones; que quienes afirmaban su predominio político eran justamente las fracciones burguesas más entregadas al capital extranjero. La solución que encontraron para solventar tal deficiencia esos sectores, incapaces como fueron siempre para generar desarrollo económico para sus propias economías, fue apelar a Fuerzas Armadas dispuestas a defender los intereses del capital privado, en particular los del imperio que orientaba su adiestramiento como fuerza contrarevolucionaria. Para la burguesía, el papel de la fuerza armada debe ser el de garante del equilibrio necesario para impedir el debilitamiento excesivo del sector dominante nacional frente al fortalecimiento del internacional. De ahí los ataques cada vez más venenosos de la oligarquía apátrida contra la FANB, inquebrantablemente anti imperialista y chavista como lo es hoy nuestra fuerza armada.

Son ya incontables en lo que va de gobierno del presidente Nicolás Maduro los llamados de la oposición venezolana a paralizar el país mediante paros, trancas, cornetazos y tuitazos de todo tipo, sin que ninguno de ellos haya sido atendido por la población. Las elecciones, como las encuestas, las movilizaciones y el clamor popular por el legado del Comandante Eterno, son constancia de esa inmensa verdad que solo la derecha se niega a reconocer; que en Venezuela la burguesía hace mucho dejó de ser el sector dominante.

@SoyAranguibel

Anuncios

Un comentario sobre “Semblanza de una clase dominante que no domina

  1. …en Venezuela la burguesía hace mucho dejó de ser el sector dominante.
    Al contrario siguen dominando: sino el debacle económico y los salarios que ya no nos alcanzan para nada. Cada semana todo sube desproporcionadamente. Las leyes muy suaves o se aplican y con temor a hacerlo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s