Capitalismo: El modelo del hambre (I)

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 17 de agosto de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando el comandante Chávez hablaba en 2005 de la naturaleza perniciosa del rico, se refería al carácter enajenante de la ostentación como condición humana, tal como lo consagra la biblia. “¿Ustedes no recuerdan lo que dijo Cristo? Más fácil será que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos. Nosotros no queremos ser ricos. Ser rico es malo; es inhumano”, dijo entonces.

Extraída sin alteración alguna del mismo texto sagrado frente al cual se arrodilla hipócritamente desde hace dos mil años esa oligarquía a la que hace referencia, la frase sirvió sin embargo para que la derecha pusiera el grito en el cielo como si de una revelación satánica se tratara.

Se pretendió colocar a la población en contra del Presidente, argumentando que la idea expresaba una exaltación de la pobreza como objetivo doctrinario de la revolución. Exactamente en el mismo sentido infamante en el que el dogma del anticomunismo se refiere al propósito emancipador del socialismo.

En ningún momento el líder de la revolución proponía que la pobreza es buena, sino que los pobres son buenos.

Con su extraordinario don de comunicador excepcional, explicaba que el pobre es gente de alma noble guiada por lo general por sentimientos de amor, de hermandad y de solidaridad, mientras que el rico suele ser movido por la avaricia y la mezquindad más inhumanas, con lo cual establecía la diferencia ética fundamental entre los modelos y concepciones de sociedad que se confrontan en el debate político venezolano de hoy, y que en el marco de la alienación y la enajenación a la que ha sido sometida por décadas la población era indispensable establecer para mostrar con claridad las particulares características del revolucionario proyecto de transformaciones que le presentaba al país.

El capitalismo es obsceno precisamente porque su propósito y fin último es la acumulación de riqueza por encima de cualquier otra finalidad u objetivo, sin importar el hambre y la miseria que en su proceso se genere. En eso tanto Jesucristo como el comandante Chávez tuvieron siempre la razón.

Más que la pobreza, el hambre es en definitiva el peor flagelo causado a la humanidad por el capitalismo. Un individuo pobre pero alimentado sobrevivirá siempre de mejor manera a la penuria de su miserable condición que aquel que aún disponiendo de buen techo y abrigo deba soportar la inclemencia del hambre.

De hecho, según el Programa Mundial de Alimentos (WFP) adscrito al sistema de las Naciones Unidas, el hambre mata a más seres humanos que el sida, la malaria y la tuberculosis juntas, y constituye el más alto riesgo para la salud del ser humano en el mundo.

Solamente medido por la injusticia que representa la inmensa cantidad de alimentos que hoy por hoy son desperdiciados en el mundo capitalista, hay ya una de las más terribles y demoledoras demostraciones de la perversidad de ese modelo que consagra al rico como supuesto símbolo de progreso frente a los cientos de millones de seres humanos que padecen y a diario mueren de hambre.

De acuerdo al informe presentado este mes por la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) más de 795 millones de personas al año mueren por desnutrición y unos 870 millones padecen los rigores del hambre, mientras más de 1.300 millones de toneladas de alimentos son tirados a la basura. Una cantidad que serviría para erradicar de manera permanente el problema del hambre.

Solamente en los países más ricos del planeta se bota casi tanta comida (222 millones de toneladas) como la que se produce en el África subsahariana (230 millones). La frutas y vegetales aparecen en el informe como los alimentos con la tasa más alta de desperdicio (50%), por encima del pescado (35%), los cereales (30%) y las carnes (20%).

Como es de esperarse, Estados Unidos lidera la lista de países en los que más se desechan alimentos todavía en buenas condiciones para el consumo humano. Seguido por Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

La escandalosa cifra de comida que es desechada a diario en el mundo capitalista está determinada principalmente por una mecanización irracional de la producción, sistemas ineficientes de distribución, y una lógica de mercadeo que obliga a descartar productos en buen estado pero que las leyes del consumidor consideran obsoletos o de mal aspecto. Sin embargo, la razón de más peso (y con toda seguridad la más inmoral) es la imposibilidad de permitir el acceso de la gente a esos alimentos a que obliga la lógica de la oferta y la demanda. Si los productos excedentes pudieran ofertarse a precios módicos, o llegaran a ser donados o regalados de alguna manera a los necesitados, los precios de los productos se vendrían abajo. Y eso el capitalismo no está dispuesto a aceptarlo. De ahí que se excedente deberá ser no solo desechado sino destruido.

Si a este obsceno comportamiento del mercado se añade la aberrante fruición consumista por adquirir más productos de los que en realidad se necesitan (lo que genera un alto índice de desperdicio por parte del consumidor), la cifra de alimentos que se pierden a diario en el mundo se incrementa todavía mucho más.

Una sociedad dividida entre quienes gozan del privilegio del acceso a los alimentos y quienes en virtud de la exclusión deben soportar los rigores del hambre, es completamente normal y aceptable en la lógica del modelo capitalista, que privilegia el crecimiento empresarial y el libre mercado a la vez que repudia la inversión de recursos en el ser humano (“populismo”, según la óptica neoliberal burguesa), al que considera útil solamente en la medida de su capacidad laboral. Es decir, de acuerdo a esa concepción, el ser humano deberá estar al servicio de la empresa que produce los alimentos que seguramente él no podrá consumir.

Una concepción de desarrollo que alcanza niveles de disparate cuando se estima que un 30% de la superficie cultivable (cerca de un 1.400 millones de hectáreas) en el planeta producen alimentos que jamás van a ser consumidos, pero que para su producción utilizan más agua que toda la que necesitan China o la India al año.

Por eso la guerra económica que ha desatado la derecha nacional e internacional contra nuestro país se exprese de manera más cruda contra el pueblo, a partir precisamente del martirio al que es sometido el venezolano de bajos recursos con la escases de alimentos que es inducida desde los sectores del gran capital tanto nacional como de las grandes corporaciones transnacionales que aquí operan.

En la Venezuela de hoy, como jamás lo ha hecho en la historia, el rico no hace colas para la obtención de sus alimentos porque goza de un privilegio excepcional que le permite ubicarse en una posición de ventaja frente al resto de la población. Ese privilegio es la ostentación con la cual se realiza la condición de rico. Para el sector burgués que el pobre pase trabajo y padezca hambre mientras el rico disfruta del confort que su estatus le permite es el estado ideal de la sociedad.

Una crisis fenomenal en la que, parafraseando al poeta colombiano Willian Ospina, los ricos protestan por carencias de las que no carecen, mientras los pobres soportan con lealtad revolucionaria un tormento que no merecen, porque tienen clara conciencia del carácter salvaje de un capitalismo que necesita el hambre como sustancia para el aseguramiento de su sobrevivencia.

A esos que se consideran ricos porque procuran la sobrevivencia de su confort y de sus privilegios mediante el hambre que generan en el pueblo, es exactamente a quienes se refería el Comandante Chávez cuando decía que ser rico es ser malo.

 

@SoyAranguibel

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