Capitalismo: El modelo del hambre (II)

– Publicado en el Correo del Orinoco el 24 de agosto de 2015 –

Por:Alberto Aranguibel B.

La teoría política establece que todo proceso de transición es por excelencia un espacio de incertidumbre producto de la movilidad social y las transformaciones que ella genera. No significa eso necesariamente que los agentes de los cambios no se apoyen en un instrumental ideológico consistente, sino que la evolución en la búsqueda de alcanzar los objetivos comprende escenarios imprecisos que deben sortearse progresivamente hasta superar el ámbito de lo ambiguo. Por ello la pretensión tanto de la derecha como del ultraizquierdismo trasnochado que rumia hoy desde las catacumbas dogmáticas, ha sido la de encasillar en uno u otro sentido el proyecto socialista propuesto por el Comandante Chávez en Venezuela. Solo que sin lograrlo.

La realidad política venezolana se caracteriza por una tendencia creciente a la definición cada vez con mayor claridad de las diferencias entre los modelos en pugna. El chavismo, como fenómeno social, cultural y político, es hoy toda una ideología con perfil propio basada en el humanismo bolivariano, cada vez con mayor arraigo popular. La derecha, por su parte, enfatiza su vocación eminentemente neoliberal burguesa. Un modelo cada vez más impresentable en virtud de sus propias deficiencias.

De ahí que la infamia, la calumnia y la mentira sean las herramientas dispuestas por la oposición como únicos recursos de articulación ideológica contra el modelo revolucionario bolivariano. La audacia de la acusación que desde la derecha se urde para tratar de resquebrajar la lealtad popular hacia la revolución, no ha pasado de ser para el pueblo una perorata de insulsa charlatanería oposicionista. Su fracaso ha estado determinado no solamente por la solidez del soporte ideológico de la revolución, sino por la profunda insustancialidad teórica del modelo neoliberal, que no ha podido demostrar en ninguna parte del mundo la supuesta viabilidad de sí mismo.

Aferrado al esquema anticomunista más retardatario, el neoliberalismo promueve la imagen hambreadora del socialismo, ocultando siempre de manera muy bien estudiada la lapidaria e innegable realidad que representan los casi mil millones de seres humanos que padecen hoy ese terrible flagelo en las sociedades del mundo capitalista, sin perspectiva alguna de superación desde el punto de vista político, social o económico, que no sea precisamente la comprendida en una transformación a fondo del Estado para generar mayor espacio para la inclusión, mayor justicia social a partir de una más equitativa distribución de la riqueza, y unas nuevas relaciones de producción para colocar en manos del pueblo las posibilidades de un desarrollo económico sustentable.

El economista chileno Manfred Max-Neff ha calculado que con los auxilios financieros de seis bancos centrales (EEUU, Unión Europea, Japón, Canadá, Inglaterra y Suiza) por el orden de los 17 trillones de dólares otorgados entre 2008 y 2009 a la banca privada internacional para sacarles de la quiebra, se habría podido acabar con el hambre por lo menos durante los próximos seiscientos años, tomando como referencia las cifras de la FAO que para ese mismo momento estimaba en cerca de treinta mil millones de dólares anuales la inversión necesaria para salvar todas esas vidas que hoy en día se pierden por el hambre.

Hambre producto de la injusticia social que genera el modelo de producción capitalista basado en la explotación del hombre por el hombre, determinada además por la crueldad, el desprecio y la indiferencia humanas que son inherentes e indispensables a la ética de la acumulación de riqueza.

Que solo reduciendo un 25% la comida que se desperdicia a diario en el mundo (más de 1.400 millones de toneladas al año) pueda acabarse con la falta de alimentos que hoy padecen esos casi mil millones de seres humanos y que tal reducción no se lleve a cabo por razones de carácter estrictamente mercadotécnico, es en sí mismo una denuncia que clama al cielo por su inmoralidad y su naturaleza inequívocamente criminal.

Una criminalidad que impacta sobre la especie humana, y que acaba progresivamente con toda forma de vida en el planeta, a medida que las exigencias de sostenibilidad del sistema económico de los grandes productores y distribuidores de alimentos sean más acuciantes. En Europa, por ejemplo, donde en muchas naciones todavía no se prohíbe la pesca de arrastre, normas estrictas obligan a los pescadores a desechar aquellos productos que saquen del mar y que no estén ajustados a los requerimientos del mercado. Millones de toneladas al año de pescado de diversos tipos son devueltos al agua destrozados o sin vida, para evitar perturbaciones indebidas en los precios, o simplemente para no violar alguna permisología o normativa de pesca. Esas pérdidas colaterales, o bycatch como también se le denomina a dicho proceso de devastación, contaminación y degradación de la fauna y la superficie marina, se estiman en el orden del 80 o 90% de lo capturado en las redes. Es decir, solo un 10 o un 20 % a lo sumo de todo lo que el capitalismo mata en los océanos es lo que se consume. El resto es desechado, porque de acuerdo a las reglas capitalistas tampoco puede ser aprovechado por quienes necesitan ese alimento para evitar morir de hambre.

Robert Van Otterdijk, coordinador del programa de ahorro de alimentos de la FAO, explica recientemente a The Guardian que “El cambio climático tiene que ver, por encima de todo, con el desequilibrio entre nuestra economía de producción y consumo y la capacidad de sustentación que ofrece el planeta”. Se estima que el total de CO2 producido por los alimentos desechados alcanza las 3.3 gigatoneladas al año. De acuerdo al informe publicado por Europa Press, el ser humano usa cerca de 1.400 millones de hectáreas (30% del terreno agrícola existente en el mundo) para producir alimentos que nunca van a ser consumidos.

“La producción de comida es uno de los mayores sectores productivos del mundo, y si un tercio de todo esto se produce en vano, imaginen el efecto que puede tener en los recursos naturales, en la tierra, en el agua, en la energía y en los gases que provocan el efecto invernadero”, concluye Otterdijk.

Paradójicamente, el “modelo” que la derecha nacional e internacional pretende derrocar por cualquier vía en Venezuela ha merecido el reiterado reconocimiento de las Naciones Unidas como el país que más ha logrado en los últimos años en la lucha contra el hambre, tal como lo dio a conocer en abril de este año Raúl Benitez, Director de la FAO para Latinoamérica y el Caribe, quien, en virtud de ello, anunció la decisión de ese organismo de asignarle al programa mundial de erradicación del hambre el nombre de Hugo Chávez. Algo que hasta ahora no ha merecido ninguna nación capitalista.

El socialismo emprendido por el comandante ha recorrido fases complejas que han marcado el acento profundamente humanista del mismo, desde la aprobación de una Ley de Pesca que eliminó la devastadora pesca de arrastre, y que entre otras razones ocasionó en 2002 la violenta reacción de los sectores neoliberales que condujo al llamado “carmonazo”, hasta la transformación progresiva del Estado que lleva hoy al Presidente Maduro a convertir a la Comuna en factor económico de primer orden, tal como lo ordena el Plan de la Patria.

En la consecución de ese modelo que promueve la creación de la vida y que niega el salvaje e inhumano modelo hambreador del capitalismo, el primer mandatario da pasos consistentes mediante la aprobación esta semana en Consejo Presidencial de Gobierno Popular de las Comunas de cuantiosos créditos para la aceleración de inversiones productivas, creación de un sistema socialista de distribución de alimentos, adquisición de maquinaria agrícola y de repuestos, instalación de areneras y granzoneras comunales, plantas de producción de alimentos para animales, adquisición de tierras públicas para destinarlas a la producción comunal, así como la reforma del Código de Comercio para incluir a las Comunas como factor comercial del país, además de ordenar la apertura de una taquilla única en el puerto de La Guaira y el aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía para la tramitación expedita y eficaz de la exportación de los productos comunales.

Ese empeño que luego de luchas intensas y esfuerzos sostenidos por parte del Gobierno revolucionario ha empezado a convertirse en una innegable realidad del proceso, forma parte del sueño chavista de consolidación de una fórmula propia, que no es calco ni imitación de ninguna otra y que deberá ser denominada, sin espacio alguno para la ambigüedad ideológica; “Socialismo Bolivariano y Chavista”.

@SoyAranguibel

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