Maduro: fortaleza de una revolución verdadera

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 14 de septiembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Un incomprensible mito ideológico ha sostenido a través de la historia que la exaltación del liderazgo es un inaceptable e inmoral culto a la personalidad que pervertiría de manera inexorable los principios éticos de la lucha. Desde posiciones dogmáticas tanto de derecha como de izquierda suele repudiarse la figura del líder argumentándose por lo general la vanidad como deformación asociada a la capacidad aglutinadora del fervor popular que el mismo pueda concitar, despreciándose así el valor determinante que esa capacidad va a representar siempre en todo proyecto social.

En la retórica del debate político venezolano del siglo XXI, el tema del liderazgo ha estado presente de manera significativa, solo que usualmente para la detracción del contrario en uno u otro sentido pero no para la capitalización efectiva de ese poderosa ventaja política en la que ese activo puede llegar a convertirse. La emocionada admiración del pueblo por el Comandante Chávez desde antes incluso de iniciarse la revolución bolivariana, es la excepción inequívoca que confirma la absurda regla de la veneración exclusivamente post mortem del líder, cuando ella finalmente se acepta. Si es que se acepta.

Desde la derecha se acusa a la militancia de ser presa de un aborrecible culto a la personalidad en la figura del Comandante, en primer lugar, y luego del presidente Maduro y del liderazgo revolucionario en general. Estos últimos señalados también desde puntuales voces ultraizquierdosas de esporádica aparición, paradójicamente movidas por las mismas ideas de la derecha contra el liderazgo.

Desde la revolución, a la derecha se le acusa a la vez de precaria e insustancial por sus deficiencias ya no solo en la formulación de propuestas sustantivas y viables para el país, sino particularmente en liderazgos descollantes capaces de reunir el mínimo de condiciones y cualidades esenciales que motiven e inspiren a las masas populares a la movilización entusiasta por su proyecto.

La misma militancia de la oposición detracta alternativamente a su élite dirigencial, pasando del amor más frenético al odio más enconado sin el más mínimo remordimiento ni compasión por el que hasta ayer fuera ya no su líder sino su ídolo indiscutible. Su propia militancia suele ser la encargada de convertir virtualmente en polvo cósmico a los líderes en los que invierten esfuerzos y recursos descomunales en cada elección. La lógica del condón, le dicen.

En el caso venezolano, la carencia de sustento ideológico más allá de las consignas y palabreríos neoliberales, explican la falta de importancia que la derecha le otorga a este aspecto tan determinante en la política. Pero eso no es así en el resto del mundo ni de la historia capitalista.

A través del tiempo la derecha ha sabido valorar el peso específico del líder en la consolidación de su modelo. El ancestral hábito humano de admiración por el conductor de las masas, los ejércitos y las feligresías, es el abrevadero cultural del fenómeno del fervor popular hacia sus dirigentes.

En el ámbito de la izquierda, una a veces no tan velada arrogancia hace estragos con el concepto, elevándolo al petulante grado de “punto de honor” ideológico adjudicándole el remoquete de “pequeña burguesía filantrópica” que Marx utilizaba para referirse justamente a los oportunistas que desconocían el rol del verdadero conductor de las luchas populares.

Una desviación como esa crea problemas. No existe ninguna revolución en la historia que haya sobrevivido al desprecio hacia su propio liderazgo desde una supuesta posición doctrinaria. Quienes argumentan en ese sentido expelen con frecuencia el tufo de la envidia y de la mezquindad más repugnantes.

La inmensa ansiedad que causó la pérdida física del Comandante, hizo aflorar temores hasta ese momento no experimentados jamás en la revolución bolivariana, que todavía hoy el pueblo no termina de procesar cabalmente. Algo de lo cual la perfidia de los detractores y oportunistas de toda pelambre busca extraer su propia y muy particular cuota de beneficio político, apelando a la infamia y a la descalificación más vil y miserable.

Manchar el recuerdo del Comandante tiene el doble propósito de intentar reducir su dimensión histórica y sembrar la idea de la supuesta agotabilidad del modelo socialista. La forma de concretarlo es destruir la generación de relevo de ese liderazgo.

Es decir, que una condición indispensable para que la revolución siga viva es que su liderazgo se consolide cómo el más importante de este momento histórico. Y eso es lo que hace hoy en día Maduro.

Quienes le atacan para provocar el desencanto popular con la revolución, dejan de lado el inmenso logro del hijo de Chávez en una elección a la que acudió a asumir una responsabilidad otorgada por el más grande líder de nuestra historia después del Libertador Simón Bolívar, al convertirse en el segundo presidente más votado desde que somos república, luego de enfrentarse en apenas once días de campaña al candidato que más recursos y respaldo le ha inyectado la derecha nacional e internacional y que más tiempo en campaña electoral ha utilizado para contactar a los electores: año y medio recorriendo el país entero desde la precampaña de las primarias internas de la MUD en 2012 hasta abril de 2013.

Jamás una desproporción fue tan injusta. Más aún si se considera el estado de postración del pueblo por la pérdida de su Comandante que le tocó superar al continuador de la revolución en medio de tan grande dolor y enfrentando las más exigentes expectativas que un nuevo gobierno haya tenido jamás. La angustia colectiva fue el terreno en el que abonaron los escépticos y los calumniadores, que trataron de minimizar la significación de ese gran logro del cual la oposición todavía no se recupera y que fue ratificado en las elecciones de Alcaldes y Concejales, así como en los eventos de elección primaria de la MUD y del PSUV, en los que se constata por igual el crecimiento de la propuesta revolucionaria en el país.

A Maduro le ha correspondido la difícil y compleja tarea de avanzar a su propio ritmo en la construcción de la nueva fase de una revolución que debe asumir la impostergable necesidad de su adecuación a los nuevos retos y circunstancias políticas, sociales y económicas, sin desvirtuar la naturaleza histórica de su pensamiento originario sino más bien aportando logros sustanciales en la nueva realidad que le corresponde de acuerdo no solo a su capacidad de respuesta en el impulso transformador sino a la del enemigo, que también cambia para “tratar de aprovechar coyunturas difíciles en su intento de reinstaurar el neoliberalismo”, como bien dijera Chávez.

La reafirmación y profundización del modelo bolivariano chavista se encuentra a lo largo del desempeño del presidente Maduro desde los inicios de su gobierno, en la orientación profundamente humanista del mismo, pero también en la rectitud frente a las amenazas acechantes. Su condición de líder antiimperialista de primer orden en el mundo lo confirma. En apenas dos años de gestión, el gobierno del presidente obrero ha recibido la mayor intensidad de ataques contra la revolución, en medio de una guerra económica que el cierre de frontera con Colombia ha terminado por demostrar de manera inequívoca e irrefutable y la abrupta caída del precio del barril de petróleo en el mercado internacional.

Sin embargo, antes que torcer el camino trazado por el Comandante Supremo aplicando los recortes a los que la lógica del neoliberalismo obliga en tales circunstancias, los programas fundamentales de la revolución continúan expandiéndose a lo largo y ancho del territorio en todas las áreas de la economía. Ningún presidente, ni siquiera de inspiración marxista, que no estuviera orientado por los principios del pensamiento chavista como lo ha demostrado estar el presidente Maduro, habría alcanzado tan siquiera la posibilidad de superar una milésima parte de circunstancias tan complejas como las que le han tocado a la revolución en esta excepcional fase.

El empeño personal del presidente en la lucha contra la inseguridad, su propuesta de mecanismos eficaces para la erradicación de la cultura de la violencia en la sociedad, el coraje contra la corrupción demostrado en la destitución y detención de decenas de importantes funcionarios de la administración pública (que van desde presidentes de empresas del Estado y gerentes de la alta nómina de PDVSA, así como de cientos de defraudadores de dineros públicos en el antiguo CADIVI, el SENIAT, y hasta en la propia Fiscalía General de la República), da cuenta de esa rectitud chavista en el primer mandatario.

Por eso la derecha y uno que otro talibán de la mezquindad intentan destruir y desconocer su liderazgo.

@SoyAranguibel

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