El hombre que calculaba… mal

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 21 de septiembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Malba Tahan fue el pseudónimo utilizado por un notable carioca de principios del siglo XX, quien como virtuoso profesor de matemáticas escogió el misticismo de los escenarios árabes para explicar como una serie de fascinantes aventuras la complicada ciencia de las álgebras y los números que tanto le apasionaba. Su nombre era Julio César de Mello e Souza. Su libro más famoso “El hombre que calculaba” (1938), quizás uno de los textos sencillos más vendidos a través de la historia.

Por décadas, el pseudónimo fue asumido por el mundo entero como el nombre de un auténtico escritor de fábulas infantiles, para muchos de origen árabe y para otros hasta hindú. Confusión con la cual siempre estuvo complacido el matemático brasileño, autor que llegó a escribir más de 103 libros, de entre los cuales 50 fueron firmados con el pseudónimo Malba Tahan (incluyendo ficción, textos escolares y obras científicas), entre otras razones por el éxito universal que su alter ego llegó a alcanzar conquistando infinidad de premios, la admiración de notables escritores como el mismísimo Jorge Luis Borges, y un total de casi tres millones de ejemplares vendidos a lo largo de su vida.

Beremiz Samir, el personaje central del libro, trascendió como el más ingenioso de cuantos matemáticos hubiese conocido el género humano. Mediante formulaciones de prestidigitación, su aritmética asombraba hasta al más sabio de los mortales aún cuando en realidad tales cálculos no eran sino estafas prodigiosas a las que siempre les sacaba buen provecho. Como aquella de la división de los 35 camellos entre tres hermanos con la cual logró hacerse en un santiamén de dos muy útiles dromedarios para sus extenuantes travesías.

Quizás fundados en su deslumbrante ejemplo cada vez existen más Beremices en la vida real, que dada la circunstancia específica no dudan ni un instante en presentarse como rectores de las cuantificaciones numerológicas para resolver todo género de disfunciones sobre la tierra y alcanzar a la vez una posición social cada vez más envidiable a punta de embaucar a la gente con sus estafadoras elucubraciones algebraicas.

Probablemente de ahí surgen los llamados porcentualistas, que todo lo refieren en términos de porcentajes con una propiedad legislativa y de exactitud que ni los relojes alimentados con energía atómica. Una conversación con un porcentualista, esa pandemia pseudo estadística que invadió al mundo con la llegada de la calculadora de bolsillo, no saldrá jamás del terreno de las proporciones arbitrarias como: “El ochenta por ciento de la juventud padece de…” ó “El treinta y tres por ciento de las amas de casa opinan…”, irresponsablemente calculadas pero presentadas siempre bajo el signo de la rigurosidad científica.

Con base en eso, hoy puede decirse sin temor a equivocarse que “un alto porcentaje” de la sociedad es porcentualista. Otro es calculador. Y otro no menos elevado es, con toda seguridad, estafador.

Felipe González Márquez, ex presidente del gobierno español, es las tres cosas.

En su última declaración a la prensa se ha atrevido a sostener una infamia que nadie, ni siquiera en el ámbito del fascismo más recalcitrante, se ha atrevido. Que la dictadura de Pinochet fue más respetuosa de los Derechos Humanos que el gobierno del presidente Nicolás Maduro. Lo cual hace a partir de su desacuerdo personal con la sentencia dictada soberanamente y plenamente ajustada a derecho por un Tribunal de la República Bolivariana de Venezuela contra un terrorista.

Cualquier porcentaje que le haya asignado González al más cruel genocida que recuerde Latinoamérica en toda su historia de brutales dictaduras neoliberales, presentándolo como respetuoso de los Derechos Humanos en alguna medida, por muy escasa que fuera, es la más insolente ofensa que pueda hacerse ya no solo contra un continente, sino contra el mundo civilizado.

González lo hace porque, además de miserable y ruin, es muy calculador.

Él apuesta a la desmemoria de los pueblos, porque desde la óptica oligarca que él representa, los pueblos son lerdos, sumisos y descerebrados. Fue así como él entendió que era el pueblo español cuando lo eligió por trece años como presidente. Ningún otro político español se ha mantenido tanto tiempo en ese cargo.

Pero no fue por sus dotes como político que el pueblo lo eligió por tanto tiempo, sino por estafador. Porque supo engañar a los españoles, traumatizados como estaban todavía por aquel entonces con la terrible secuela de muerte y destrucción que sembró en la tierra de Cervantes, de Lorca y de Hernández, el criminal de Francisco Franco cuyo sanguinario saldo Felipe pactó esconder hasta que murieran los sobrevivientes del holocausto español que él mismo cohonestó con su silencio.

La revelación de tan inmunda inmoralidad la cuenta el propio González en el libro de Juan Luis Cebrián “El futuro no es lo que era”, según se recoge en un artículo de Luis Diez, publicado en el portal Cuarto Poder, en el que dice: “…el general Manuel Gutiérrez Mellado le pidió (a González) que esperase a que los de su generación se murieran para abrir el debate de lo que supuso la Guerra Civil. Gobernaba todavía Adolfo Suárez. Y González cumplió tan bien su palabra que hasta el día de hoy –40 años después de la desaparición del dictador–, no se ha podido conocer esta faceta de la represión franquista.”

En ese mismo libro, González hace gala de un morbo fascista sin precedentes, amén de un asqueroso cinismo pitiyanqui, con una aseveración tan inmoral (o tal vez más inmoral) que la que hace la semana pasada junto a la esposa del terrorista Leopoldo López, cuando afirma que “Europa, especialmente, pero también Japón, tiene una deuda de gratitud con los Estados Unidos, que han mostrado su solidaridad con las democracias en las dos grandes guerras mundiales, que no provocaron ellos. Esta deuda lleva a los europeos a solidarizarse con el dolor americano y a participar en la respuesta contra los ataques (en Estados Unidos contra las torres del Word Trade Center y el Pentágono en 2001). Es lógico no sólo por agradecimiento, sino porque la amenaza es común.”

Las otras treinta y cinco guerras provocadas por Estados Unidos después de terminada la Segunda Guerra mundial, incluido el lanzamiento de dos bombas atómicas contra poblaciones indefensas en Japón, no le perturban en lo más mínimo al siniestro personaje. Mucho menos los millones de vidas que en conjunto han provocado esas injustas conflagraciones movidas solo por el afán de dominación planetaria del imperio. Según él, ese genocidio debe ser agradecido hasta por los masacrados. Como los sobrevivientes y descendientes de Hiroshima y Nagasaki, por ejemplo, o por los familiares de la cantidad de muertos que su política de exterminio causó en España a lo largo de toda la década de los 80’s mediante las infaustas bandas GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) con los que los Derechos Humanos que hoy dice defender fueron violados de manera sistemática sin ningún miramiento ni compasión.

En su empeño calculador y fraudulento, lanza hoy un porcentaje arbitrario a favor del fascismo pinochetista y en contra de la Revolución Bolivariana porque supone que la verdad del mundo sigue siendo hoy la que los sectores dominantes han construido a su antojo e impuesto a través de la historia como les vino en gana, y que una infamia como esa podría traducirse automáticamente, por su sola palabra, en un triunfo electoral de la derecha el 6 de diciembre en las elecciones parlamentarias venezolanas. Un mal cálculo frente a la conciencia y la dignidad revolucionaria del pueblo venezolano y latinoamericano.

Otra opción es que piense que esa pueda ser una manera muy simpática de coquetearle a una dama a la que le corresponderá ahora asumir la irresponsabilidad de un marido que por golpista va a tener que abandonar el hogar por muchos años.

De calculador y farsante se llega directo a viejo verde.

 

@SoyAranguibel

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