El doloroso síndrome de la derrota perpetua

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 28 de septiembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde el punto de vista clínico, la ambición desmedida e irrefrenable del jugador compulsivo es una patología. Es decir, una enfermedad.

La “ludopatía”, que es como se le conoce a ese trastorno, es reconocida como enfermedad por la Organización Mundial de la Salud apenas en 1980, dada la creciente incidencia de dicho fenómeno en la sociedad, toda vez que afecta no solo al individuo sino también al entorno familiar y social del mismo. El casino o el garito ya no son los únicos espacios para el fomento de esa adicción. A medida que crece la cultura del video juego, son cada vez más las víctimas de un padecimiento que hasta hace muy poco tiempo era atribuido solamente a cierta clase de botarates despilfarradores sin ningún origen neurológico, como se pensaba, y del cual hoy se sabe que es compulsivo, incurable y progresivo.

La característica común del ludópata es el afán por la riqueza fácil, el golpe de suerte que ponga en sus manos la mayor fortuna con el menor esfuerzo, aún cuando en su procura se pierda más que lo que al final se obtenga como premio, en el muy improbable y casi inexistente caso de obtenerse, y siempre bajo la premisa del logro individual y jamás en colectivo.

Nada más parecido a una definición científica del capitalismo.

Como modelo económico y político, el capitalismo se fundamenta en los atributos del libre mercado para el logro del progreso y del bienestar de la sociedad, a partir de la idea del crecimiento económico sin sentido de organicidad alguno, ni bajo reglas o normativas de ninguna naturaleza, sino aquellas que deriven de la libre competencia y bajo el principio de la mayor tasa de ganancia (especulación). La mezquindad y el egoísmo son los rasgos “éticos” más resaltantes que definen al modelo.

La mezquindad, así como la avaricia y el egoísmo, forman parte del proceso de enajenación del ludópata, quien a la larga termina por aislarse progresivamente de su entorno familiar y social por el uso indiscriminado de la mentira que se ve obligado a utilizar como instrumento de justificación, terminando por engañarse a sí mismo con su propia farsa.

La siquiatría ve al ludópata como un narcodependiente, y su tratamiento clínico, en virtud de las semejanzas patológicas del enfermo de ludopatía con las del dependiente del alcohol, es hasta hoy el mismo que se aplica a los alcohólicos. De acuerdo a Taber y McCormick, la diferencia entre unos y otros es que el alcohólico suele ser más pasivo que el ludópata, que por lo general es mucho más “competitivo, egocéntrico, enérgico, hipomaníaco y extrovertido y a menudo, intolerante y manipulativo.” La similitud de tal patología con el comportamiento usual del opositor venezolano promedio es sorprendente.

El opositor apuesta a ciegas a su triunfo en todas y cada una de las elecciones que se realicen en el país, porque en ellas solo alcanza a ver electores antichavistas en las colas. En su descomunal egocentrismo, calcula siempre que no existe posibilidad de ser derrotado por competidor alguno.

Quizás por esa obnubilación enfermiza es que en cada proceso electoral la oposición se deja arrastrar por su misma locura del triunfalismo precipitado y sin fundamentos, para caer sin solución de continuidad en cosa de horas en la más inexplicable indignación por la derrota.

El delirio del afán opositor por el triunfo solo es comparable en características y dimensiones a la arrogancia con la que en cada oportunidad argumenta su fracaso, pero del cual nunca extrae lección alguna. La única explicación válida es el fraude. El robo del que habría sido víctima. Julio Borges, Coordinador de Primero Justicia, advierte soberbio que esta vez sus testigos “están dispuestos a caerse a coñazos.” Manipular con el terror es para ellos un recurso.

De esa larga cadena de derrotas jamás aceptadas, es que surge el síndrome del padecimiento post electoral opositor en el país. Una tragedia que se resume en la obsesión por la observaduría electoral en la que se han empeñado siempre, y en la cual incurren en dislates tan inauditos como absurdos, como el de recusar a quienes certifiquen la transparencia y confiabilidad que el mundo entero le reconoce hoy en día al sistema electoral venezolano, sin importar que hayan sido ellos mismos quienes en cada caso hayan exigido enérgicamente la presencia de dichos observadores, tal como lo hicieron en su oportunidad con la representación de la OEA (al frente de la cual se encontraba el mismo expresidente César Gaviria de Colombia que hoy es vocero de esa misma ultraderecha que lo abucheó en 2004), y al Centro Carter, que terminó por renunciar a su papel como observador ante los insultos y acusaciones infundadas que desde los sectores opositores se le hicieron en Venezuela.

Con base en esa insensatez fue como un día se opusieron férreamente a la instalación de captahuellas en el sistema electoral, para luego hacer campaña a favor del mismo sin mediación de modificación técnica alguna que justificara tal cambio de posición política. Exactamente igual a lo que hicieron con el Registro Electoral, del cual demandaron categóricamente su cierre en alguna oportunidad argumentando la violación de las Leyes electorales que significaba mantenerlo abierto más allá de los lapsos hasta entonces establecidos, para meses después exigir que se mantuviera abierto en nombre de esa misma legislación.

En el caso de la obsesión por la observaduría internacional (que jamás ha negado la revolución bolivariana, impulsora como ha sido siempre de abrir al mundo la posibilidad de atestiguación de la confiabilidad de nuestro avanzado sistema electoral) subyace la perversa intención de llegar al gobierno mediante el desconocimiento del poder electoral y la instauración de un organismo supra constitucional y extraterritorial cuyo dictamen sea vinculante en nuestros procesos electorales.

Desde el intento de descalificación del Consejo Nacional Electoral con el ardid de la ONG Súmate, montado por la ultraderecha con el propósito de convertirlo en un organismo electoral paralelo que contase con el apoyo de las corporaciones mediáticas privadas nacionales como internacionales para producir de manera fraudulenta un resultado favorable a la oposición, las estratagemas de descalificación del Poder Electoral venezolano por parte de la derecha han sido incesantes.

Desde su punto de vista, el único organismo electoral eficaz es el que satisfaga de mejor manera el delirio ludópata del triunfo opositor porque sí, sin importar que quien en efecto reúna la voluntad mayoritaria del electorado haya alcanzado el triunfo limpio e inobjetable que las más de 21 auditorías técnicas del más alto nivel, antes, durante y después de la elección, así lo certifiquen. Auditorías que no son de ninguna manera las “añagazas” truculentas de las que acusa sin fundamento la irresponsable vocería de la MUD, sino que son realizadas con el mayor escrúpulo técnico y científico por personal del más alto nivel de calificación nacional e internacional, que incluye a representantes de todos y cada uno de los partidos de la oposición, quienes con su firma avalan en cada oportunidad la calidad, seriedad e inviolabilidad de todos y cada uno de los procesos de auditoría del sistema.

Pero la observaduría que hoy pretende incorporar en el proceso electoral la oposición no es aquella que sirva para atestiguar la pulcritud y perfección de ese sistema, que es (cuando mucho) para lo que está facultado en el mundo entero una labor de esa naturaleza, sino una que pueda convertirse en órgano de escrutinio facultado para la emisión de resultados favorables a la opción opositora, independientemente de la decisión del elector. Algo así como una instancia post electoral en la cual el poder hegemónico dominante determine si la elección es o no es aceptable a partir de si en ella se eligen o no a los afectos a ese poder.

Igual que el jugador compulsivo que cambia de mesa en la búsqueda de mejor fortuna, la oposición considera que el culpable de su derrota es el sistema y no su propia ineptitud para captar el favor del elector, en virtud de lo cual su obligación es luchar porque la elección se traslade a un escenario en el cual las condiciones le resulten previsiblemente favorables.

Solo que en Venezuela la gente vota cada vez más por asegurar un modelo soberano de inclusión y de igualdad social.

Y eso no puede alterarlo ninguna observaduría.

 

@SoyAranguibel

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