De presos, cárceles y farsas libertarias

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 05 de octubre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“Saliste del mar encadenado, culpando a los que te mataron. Tu grito se escucha siempre, grito revolucionario, Alberto Lovera, hermano” Alí Primera

Octubre es un mes aciago en la historia revolucionaria venezolana.

La recurrencia de acontecimientos adversos al espíritu y propósito de las luchas populares, convierten a octubre en un sino telúrico de la política casi desde nuestros orígenes como república. Por lo general, el tema de la libertad ha estado asociado a esa confrontación trágica entre la aspiración del pueblo y la felonía de los sectores dominantes por hacerse cada vez más de mayores fortunas a costa del hambre y la miseria de los venezolanos.

Octubre vio caer hace apenas un año al diputado revolucionario Robert Serra y a su compañera María Herrera a manos del paramilitarismo, infiltrado en la sociedad venezolana por la ultraderecha nacional e internacional para intentar acabar con la revolución bolivariana.

Vio caer a los masacrados de El Amparo y de Cantaura a manos de los cuerpos represivos de los gobiernos cuartorepublicanos, asesinados vilmente por quienes usaron durante décadas el crimen político como instrumento de terror para mantenerse en el poder, convirtiendo a Venezuela en uno de los países con mayor cantidad de desaparecidos y exterminados políticos del continente a lo largo de todo ese nefasto periodo de nuestra historia.

Vio caer asimismo a gobiernos como el de Isaías Medina Angarita, considerado el más democrático de cuantos tuvo nuestro país durante todo el siglo XX, derrocado por quienes luego instaurarían el siniestro Pacto de Punto fijo, firmado también en un octubre de infausta recordación para los venezolanos; aquel del año 1958 en que se iniciaba la traición más grande que recuerde nuestro pueblo contra su sueño de una verdadera democracia y una libertad plena para el país, después de la traición de esa misma clase dominante contra el Libertador Simón Bolívar y todo cuanto él representó desde siempre.

Paradógicamente, un octubre es asesinado por los cuerpos de seguridad del Estado Leonardo Ruíz Pineda, secretario general del partido Acción Democrática durante la dictadura de Pérez Jiménez. Y es brutalmente asesinado, también en un mes de octubre, solo que trece años después, Alberto Lovera, dirigente del Partido Comunista de Venezuela, en uno de los más horrendos crímenes políticos de toda nuestra historia, cometido por el gobierno del mismo partido (Acción Democrática) que apenas unos años antes lloró el vil asesinato de su propio secretario general, por las mismas miserables razones políticas por las cuales era asesinado Lovera, pero esta vez bajo en enfoque y los requerimientos del Pacto de Punto Fijo.

Como miles de luchadores populares, Lovera fue torturado inmisericordemente hasta la muerte y su cuerpo intentado desaparecer bajo las aguas. Solo que el mar le devolvió hacia la tierra para convertirse en grito de horror que denunciaba ya no a sus asesinos sino a todo un sistema putrefacto que se soportaba con la sangre de los revolucionarios muertos que iba dejando en ese infernal camino de desolación que terminó siendo el modelo neoliberal que la derecha se empeñó y se empeña tozudamente todavía hoy en instaurar en el país.

Ninguno de esos mártires contó jamás ni con la más mínima posibilidad de asistencia o de apoyo en función de sus derechos humanos. El sistema, regido por los dictámenes del Plan Cóndor que el imperio norteamericano llevó a cabo en el continente suramericano para acabar mediante la más sanguinaria represión con todo viso de izquierdismo, así lo impedía expresamente. Todo aquello que oliera a comunismo debía ser exterminado sin contemplaciones de ningún tipo. En eso, frente a la falta de sistemas avanzados de inteligencia y por la carencia de razones de valor que justificaran su saña contra la dirigencia revolucionaria, los ejércitos y los cuerpos de seguridad de las naciones latinoamericanas asumieron al pueblo como su principal enemigo. La noción de derecho humano debió entonces ser desterrada. Algo en lo cual los perversos regímenes opresores sentían especial complacencia.

Ninguno de ellos, ni los tantos otros que padecieron el horror de las cárceles políticas a lo largo de todo el periodo cuartorepublicano, tuvieron acceso a confort alguno que se correspondiera con la dignidad que los tratados universales sobre derechos le consagran al ser humano. El régimen de opresión que el Pacto de Punto Fijo establecía como norma era ejercido fundamentalmente mediante la precariedad de la reclusión política y no nada más en la persecución o el exterminio del disidente como suele verse. El carácter aleccionador de la crueldad penitenciaria era una herramienta de mucho peso en la lógica sanguinaria del Plan Cóndor. En su condición salvaje subyacía la naturaleza humillante y degradante de la condición humana del preso, en la búsqueda ya no solo de su claudicación como revolucionario sino de su conversión ideológica, como lamentablemente muchas veces produjo la brutalidad de la tortura tanto física como mental durante aquellos espantosos cautiverios.

Solo una mente obscena y retorcida puede atreverse a fabular con alguna insolente idealización de la cárcel para presentarse a sí mismo frente al mundo como una suerte de Conde de Montrecristo redivivo que se hace mártir del padecimiento “cruel e inhumano” de una prisión que en realidad derrocha confortabilidad hasta el insulto, como lo hace hoy el terrorista Leopoldo López.

Tal como lo hace el sofisticado planeamiento mercadotécnico “The Making of Leopoldo López”, revelado recientemente por la revista Foreign Policy, donde se demuestra el costoso entramado de construcción de la imagen del líder terrorista venezolano en el mundo, colocar al preso de Ramo Verde a la par de insignes figuras como Nelson Mandela o Mahatma Gandhi es una escandalosa insolencia contra el género humano mismo. Pero hacerlo pervirtiendo hasta ocultarla la verdadera condición de holgura en la que transcurre la solariega pena por las cuarenta y tres muertes que su irresponsable e inconstitucional audacia causó en el país, es todavía mucho más ruin e insultante.

El video que muestra hoy las excesivas comodidades de las cuales se queja sin una mínima vergüenza el presidiario López en su mendaz carta al New York Times, deja al descubierto la inmoralidad de una derecha despreciable que no tiene pudor alguno en su afán de mentir hasta en lo que debiera ser más sagrado incluso para ellos mismos, como el manejo vulgar y sensiblero de la integridad emocional de sus propios hijos.

Pero deja también en evidencia, una arrogancia extrema de la cual no puede desprenderse jamás la oligarquía, que es la repulsa a todo lo que tenga que ver con igualdad de condiciones con aquellos a los que su clase considera seres inferiores.

Para López, al igual que para todos los de su clase, la respuesta de la sociedad a sus crímenes tiene que llevarse a cabo en correspondencia con su estatus social y su condición de superioridad hegemónica. Es decir, el “castigo” debe serle otorgado más bien en forma de premio a su actuación en pro de la idea de preeminencia de los poderosos (las violencia, la destrucción y la muerte por él desatadas), y jamás una reclusión que vulnere de manera alguna la noción de libertad, que a su modo de ver solo a los ricos pertenece por derecho propio e inalienable.

Para ellos su prisión no es una cárcel injusta apenas, sino una aberración de las Leyes de la naturaleza, en las cuales según su particular noción del universo se establece la obligatoriedad de los Estados, los sistemas y las naciones, a preservar todo derecho humano como atributo y propiedad inexcusable de la oligarquía. Es la creencia ancestral de los sectores dominantes que coloca a la libertad como un bien que justifica toda dominación y todo exterminio.

Los norteamericanos, por ejemplo, consideran a su presidente como el mandatario de su país solamente en términos formales. De manera informal y común, lo denominan “Líder del mundo libre”. Los atropellos a la libertad de los pueblos, las masacres y los genocidios que promueva, la destrucción de civilizaciones que lleve a cabo cualquier presidente de esa nación, no serán jamás considerados por el stablisment imperialista como indebidos, sino como el camino correcto hacia la libertad.

Por eso Obama, con la más repugnante naturalidad, se restea con el terrorista López mientras ataca con bombas y sanciones arbitrarias a los gobiernos soberanos del mundo.

 

@SoyAranguibel

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s