Cuando la justicia se parece a la justicia

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 2 de noviembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Quien habla bien casi siempre tiene la razónJ. I. Cabrujas

En derecho, es norma común que la justicia no solo tiene que ser sino parecer.

Los neurocirujanos, por ejemplo, que junto con los físicos nucleares son de los profesionales cuyas carreras están consideradas las más exigentes y extenuantes de todas cuantas se han conocido en la academia desde los orígenes mismos de la universitas como centro del conocimiento humano, no usan toga para llevar a cabo sus intervenciones quirúrgicas. Y sin embargo operan.

Entregarse en las manos de alguien para concederle la posibilidad de que mediante la instrumentación adecuada le abra a uno la tapa del cráneo y hurgue a su buen saber y entender entre órganos tan esenciales y delicados como la masa encefálica que a uno le determina la vida, es algo que requiere extrema confianza en ese individuo. Su sola credencial universitaria no debe ser suficiente, menos aún cuando sabemos de titularidades delivery como las de Nixon Moreno, que con mucha Nunciatura Apostólica de por medio y mucha sociedad civil que la respalde, usted me dirá.

Un neurocirujano pues, no debiera presentarse a la consulta en sandalias de goma y franelita playera sobre desflecados shorcitos bluejean, ya no por el atentado que ello representa contra el juramento hipocrático al que se deben los galenos, sino hasta por razones de elemental buen gusto.

En todo caso, si la emergencia lo amerita, uno termina sometiéndose sin rechistar a la intervención que cualquier prestigioso médico decida, porque si de algo está clara la humanidad es de la profunda revelación que entraña la antigua conseja popular según la cual “El hábito no hace al monje.”

En ninguna sociedad avanzada los funcionarios que representan la majestad de los poderes sobre los cuales se asienta el Estado necesitan de parafernalia alguna para ejercer sus funciones. Salvo la reina Elizabeth II de Inglaterra, que todavía usa muy de vez en cuando una muy discreta tiara de diamantes africanos para eventos de muy alto compromiso protocolar (más por viejo hábito que por ninguna otra cosa), ya ni los monarcas recurren como antaño a la indumentaria como medio de distinción.

Por razones de seguridad la policía y las fuerzas armadas deben usar uniforme, porque no existe hasta ahora ninguna otra fórmula que le permita al ciudadano común diferenciar a los buenos o a los malos en medio de las balaceras, aún cuando en este aspecto el nivel de depravación en la sociedad ha roto barreras otrora infranqueables elevando los niveles de confusión a extremos imprecisables.

Los bomberos, ya por razones estrictamente técnicas referidas a la naturaleza de los elementos contra los cuales lidian esos abnegados servidores públicos, usan también trajes especiales que la gente suele identificar sin dificultad alguna.

Siendo que todos los profesionales y técnicos (y ahora los estudiantes de todos los niveles de pregrado en casi todos los centros de estudio), reciben su título con toga y birrete como parte esencial del ascenso del grado al cual opten, los tribunos (o miembros de los tribunales) son los únicos que deben ejercer su oficio con esa misma vestimenta con la cual todos se gradúan, por una sola razón; la toga no es un atavío para significar autoridad o dignidad alguna sino para ocultar la diferencia del ropaje que entre unos y otros ciudadanos existe en la sociedad.

El tribunal, además de serlo, debe parecer justo e imparcial y en eso la vestimenta es un elemento determinante, porque en un juicio donde la imprecisión y lo confuso sean los factores predominantes, el oropel y los ropajes de los tribunos tenderán siempre a influenciar a la audiencia y a inclinar con ello la balanza de la justicia en una dirección o en otra. La majestad de la justicia debe estar apoyada siempre en la idoneidad y la rectitud de los magistrados. Pero su mayor poder de convicción tiene que emanar de su dominio en extenso del derecho, de su capacidad para la conjugación de las leyes con el buen sentido, su administración luminosa y ejemplarizante de la justicia, y jamás de su eventual aptitud para el caletre o el formulismo burocrático.

Pero si en una sociedad capitalista el abogado, por muy egregio y acreditado que fuese, se presenta en chancletas y bermudas a la corte, con toda seguridad el acusado, aún siendo inocente, será sentenciado sin clemencia alguna por los jueces y el jurado a la pena máxima que los delitos por los que se le acusen contemplen, incluso antes de iniciado el juicio y sin necesidad de evacuación de pruebas o alegato alguno. En sociedades enajenadas, proclives a la valoración de la estulticia y el glamour y significación de las prendas como símbolo de estatus, un litigante con Rolex, enfundado en Armani y calzado con Prada, con toda seguridad será siempre reconocido como todo un jurisconsulto, y a eso se apuesta en el capitalismo.

De ahí la ancestral desventaja de los pobres frente a la Ley.

Para que un acusado cualquiera cuente con garantías suficientes de idoneidad en su defensa, debe contar antes que nada con un buen abogado y de acuerdo a ese esquema del derecho en el modelo burgués imperante, buen abogado es aquel que más juicios ganados tenga en su haber a lo largo de su carrera, sin importar la calidad de los delincuentes o la atrocidad de los delitos por ellos cometidos. Es decir, no será el más competente y justo en la aplicación de la Ley sino el que más billete haya ganado en ejercicio de su profesión.

El pobre suele ser pues un desvalido ante la justicia no porque su caso resulte complicado a los tribunales, sino porque el abogado eficiente, el verdaderamente capaz de ganar juicios, no por lo justo o apegado a la verdad de las sentencias que logre sino porque siempre gana juicios, es muy caro.

Cuando un rico se enfrenta a un tribunal en un juzgado regido por la lógica del capital, lo más seguro es que hasta sin proponérselo obtenga el beneficio de la absolución, porque un tribunal burgués jamás quebrantará esa norma de la justicia burguesa sobre la cual se asienta desde hace siglos el dominio de los sectores dominantes. Bajo esa óptica, el modelo de justicia que parece una buena justicia sin necesariamente serlo opera a la perfección.

Pero cuando un rico debe vérselas con la justicia en un tribunal donde lo que impera es el apego al derecho y al verdadero sentido de la igualdad de los ciudadanos frente a las Leyes, entonces la burguesía se estremece y resiente en lo más hondo de sus entrañas la necesidad de alterar el curso del universo si es necesario por restablecer el equilibrio de la naturaleza según ellos alterada. Para la burguesía la Ley nunca será justa si el sentenciado es uno de los suyos. Por eso en casos como ese su mayor urgencia será la construcción de una justicia que se parezca más a la justicia tal y como la entendió desde siempre la sociedad, y no como un populacho anárquico y descarrilado, como esa burguesía lo ve, pretenda imponer.

Franklin Nieves, un pata en el suelo de extracción humilde cuyo esfuerzo por hacerse una carrera provechosa coincidió (en buena o mala hora para él) con el tiempo histórico de una revolución que trastoca esos arcaicos y putrefactos estamentos burgueses del derecho para alcanzar el modelo de verdadera justicia social por la que clamaron los pueblos durante siglos, antes que sumarse al impulso transformador del que surgirá la nueva sociedad de iguales que Chávez y Bolívar soñaron, se queda atrás y por falta de un mínimo de vigor intelectual y ético, se desclasa y se aferra a los tablones astillados que el Titanic del capitalismo va dejando en su naufragio para venderse junto con su familia por unos miles de dólares y convertirlos a ambos en una minúscula parte de la escoria que queda del proceso de decantación de un modelo moribundo que no volverá más a la vida.

Por mucha toga en que se enfunde en los tribunales, Franklin Nieves no puede ocultar su mediocridad ni siquiera en el grotesco intento de tragarse con su mal hablar las mentiras de manera medianamente digna. Su asquerosa salivación y su repugnante balbuceo cuando profiere las infamias que le han hecho hoy famoso, dejan en evidencia que la dignidad de derecho no está en el atuendo.

Cuando nos hablaba de los miserables que se agazapaban en las instituciones públicas para sacar provecho personal, Chávez siempre nos lo recordó… “Por más que se tongoneen siempre se les ve el bojote.”

 

@SoyAranguibel

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3 comentarios sobre “Cuando la justicia se parece a la justicia

  1. Camarada es OSCAR MUÑOZ del twitter @Oscarmipasme. Espero se mejore de su operación. Y le dijo, que falta nos hace sus palabras sabias todas las mañana. Ha se me olvidabami escuálido favorito te envía saludos

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  2. BUENAS TARDES SR. ARANGUIBEL

    ME GUSTARIA CONOCER QUE HA PASADO CON SU PROGRAMA “SIN TAPUJOS” QUE SE TRANSMITE POR RADIO MUNDIAL A LAS 6AM. NO SALDRA MAS AL AIRE O ESTARA POR OTRO CANAL, QUIERO DECIRLE QUE NO ME LO PIERDO.

    SALUDOS

    PABLO MERENTES

    ________________________________

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    1. Muchas gracias, Pablo, por estar pendiente. El programa está momentáneamente suspendido por razones de salud que debo atender de manera impostergable. Ofrecí inicialmente retomar las transmisiones hoy lunes 02/11/ pero lamento mucho anunciar que tendré que prolongar de manera indefinida esa posibilidad, en virtud de nuevos tratamientos que me han sido indicados. Un abrazo.

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