Los invasores… aquí y ahora

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 09 de noviembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La tétrica mirada de Daniel Romero leyendo el Decreto de Carmona, sorprendentemente exacta a la del aspecto toxicómano del dirigente opositor común, remitía desde un primer momento a aquella vieja y muy desafortunada serie de televisión norteamericana de mediados de los años sesentas, Los Invasores, con la cual el imperio le ofrecía al mundo una variante lastimosa y muy precaria de su guerra mediática contra el comunismo.

En la serie, el arquitecto David Vincent (Roy Thinnes), debía convencer al mundo de la presencia de seres extraterrestres que venían a la tierra con el plan de acabar con la especie humana, pero la incredulidad de la gente hacía que su alerta jamás fuera atendido porque, mediante no se supo nunca cuál raro sortilegio, los extraños visitantes habían logrado convertirse en copias idénticas de los humanos. La única forma que tenía el arquitecto para demostrar la verdad del amenazante horror, era un desperfecto anatómico de los alienígenas, consistente en la imposibilidad de doblar el dedo meñique. Solo con verles el dedo engatillado, Vincent sabía que eran ellos.

La pregunta ha estado siempre en el ambiente ¿Por qué es tan frecuente en el liderazgo opositor la misma escalofriante mirada de reptil extraterrestre?

Igual que en la ciencia ficción, los integrantes de la banda de golpistas que subieron al escenario aquel día escuchaban inmutables las defenestraciones burocráticas que el orador iba leyendo con pausas calculadas como para capitalizar su efecto en una audiencia enardecida a la que cada uno de los truhanes examinaba con los mismos ojos escrutadores de Romero frente al micrófono. A ninguno de ellos se le escapó un gesto que no fuera de nerviosismo, que, como es de esperarse en cualquier audacia que incluya desplazar a un gobierno del poder, es quizás el más incontrolable de los reflejos condicionados del cuerpo. Romero mismo dio fe de ello apenas unas cuantas horas después de su efímera alocución, en los sótanos de ese mismo palacio, donde le tocó hacerse en los pantalones precisamente por su incapacidad para el control de su cobarde sistema intestinal.

Probablemente sin imaginar que el primer y único Decreto firmado por Carmona en su breve paso por el gobierno contemplaba la reinstauración en el sistema bancario de la modalidad financiera del cobro de intereses sobre intereses (mejor conocida como “Créditos Mexicanos” o indexados), la burguesía que ovacionaba la destitución de funcionarios que enumeraba Romero, estaba convencida de que el paso que se estaba dando en ese aquelarre de ultraderecha, era el salto al progreso y al bienestar que la revolución supuestamente les había robado.

Esa anacrónica burguesía, delirante y necia, es la misma que hoy abriga la pueril esperanza de que un hipotético triunfo de la derecha en las elecciones parlamentarias del próximo seis de diciembre, representará una vez más para ellos alcanzar el nivel de privilegios con los que sueñan, pero que nunca han perdido porque en verdad jamás los han tenido. Al menos como auténtica clase oligarca.

La burguesía venezolana, habiéndose chuleado durante décadas la renta petrolera venezolana a través de políticas proteccionistas dispendiosas y despilfarradoras instauradas en la cuarta república, es una burguesía ramplona, inepta y chapucera, integrada por lo general por desclasados oriundos casi siempre de caseríos recónditos del país y jamás de nobleza o entidad de ninguna alcurnia, como ellos se pretenden, erigidos en oligarcas a punta de un impúdico parasitismo, cínico y vergonzoso, del que ahora se dicen orgullosos en las cuñas de imagen de sus emporios empresariales, y del cual han sacado las inmensas fortunas con las que se jactan de incluirse en las listas de los multimillonarios connotados del mundo. Es decir, lo único que tienen es dinero.

Esos irresponsables se consideran a sí mismos superiores porque no tienen que hacer cola para comprar ni la harina de maíz, ni la mantequilla, ni el papel tualé que ellos esconden en su audaz y demencial juego de “la democracia solo para el mejor postor”, precisamente porque con el dinero que dicen no tener (y por el cual ansían derrocar el gobierno legítimamente electo) compran por tres reales y medio el trabajo de los humildes para que quienes hagan las colas sean ellos, los desposeídos y no los ricos. Una auténtica guerra solo mata pobres, tal como la han concebido, pero que los pone en evidencia como lo que en verdad son; una élite miserable y asquerosamente codiciosa que asalta hasta el modesto bienestar del pueblo, al que le roba las posibilidades que la revolución bolivariana hoy en día les brinda a los más necesitados, como los vehículos Cherys, los productos del programa Mi Casa Bien Equipada, los teléfonos de fabricación nacional, computadoras, etc., todos en manos de contrarrevolucionarios inmorales que han hecho prevalecer la fuerza del dinero sobre la idea de justicia e igualdad que Chávez propuso con la creación de esos programas.

En su delirio, esa élite putrefacta no desea una elección parlamentaria el seis de diciembre, ni más nunca si por ellos fuera, sino una concreción infalible e irreversible de aquel evento fabuloso con el cual fue tan feliz como nunca antes en su vida, en el que se enumeraban en la chirriante enunciación de Romero los cargos que el dictador en ese momento estaba destituyendo.

“Se suspenden de sus cargos a los diputados principales y suplentes a la Asamblea Nacional… Se destituyen de sus cargos al presidente y demás magistrados del Tribunal Supremo de Justicia… así como al Fiscal general de la República… al Contralor General de la República… al Defensor del Pueblo… y a los miembros del Consejo Nacional Electoral…”, decía Romero, y la burguesía hacía retumbar frenética el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, convencida de que con la simple destitución de funcionarios se resolvían ya de por sí todos sus problemas.

Para ellos el carmonazo no fue un error sino una frustración. Un trabajo incompleto que lo que había era que hacerlo bien, sin reveses, sin pueblo en la calle ni retornos chavistas indeseables.

Exactamente como lo plantean hoy.

Con su campaña del fraude preestablecido, esa burguesía se prepara para asaltar el poder no con base en los resultados electorales (porque cualquiera que sean estos su pretensión de embestida contra Miraflores será igual), sino porque, producto de esa misma campaña de terror desatada por sus propios medios, está hoy convencida de que el pueblo ya no cree en las evidencias que el mundo entero conoce cada vez más en cuanto a que su enemigo histórico, único y verdadero, es el capitalismo. Que, según ellos, al pueblo no le interesaría ningún proceso de transformación social que tienda a su propia redención y que lo rescate y lo proteja de la perversión neoliberal que la derecha pretende reinstaurar en el país. Que esa gente humilde que hoy sobrevive gracias a una idea de inclusión social de la cual jamás ni siquiera escuchó hablar hasta que Hugo Chávez se la puso al alcance de sus manos a través de las más de 39 Misiones y Grandes Misiones que hoy en día impiden que la gente pobre retorne como en el pasado a los botaderos de basura a buscar su alimento como cada día lo hacen más en el mundo capitalista, podría terminar votando por esa derecha que tanta hambre y miseria le dejó a los venezolanos.

Para ello, su maquinaria corporativa ha sido activada de nuevo para ejercer el panfleterismo político. Tal como lo vienen haciendo impúdicamente los partidos de la oposición desde hace algún tiempo (en particular Capriles Radonski con su risible oferta de continuación de las misiones sociales), ahora, según sus cuñas publicitarias, la Polar es la empresa que más ha ayudado al pueblo desde siempre. Digitel, por su parte, se lanza a la calle con un programa con el que copia exactamente la misión Mi Casa Bien Equipada. Así, empresa tras empresa, todo el estamento privado de la economía que ha cerrado filas los dos últimos años contra lo que ellos han denominado peyorativamente “el modelo”, ahora centran su atención y su accionar en el pueblo, mediante formulaciones engañosas de corte fingidamente socialistas.

Todo cuanto hace la derecha corrobora que en Venezuela hoy en día es más probable obtener votos desde la sólida propuesta revolucionaria construida por Chávez que desde la fatuidad del discurso neoliberal que ningún líder asume con dignidad en la oposición. Les resulta mejor tratar de invadir, como auténticos alienígenas de la política, el terreno del chavismo antes que dejar ver su verdadero rostro de perversa y decrépita burguesía parasitaria.

 

@SoyAranguibel

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