El viejo truco de pretender asustar al pueblo

– Publicado en el Correo del Orinoco el 30 de noviembre de 2015 –
Por: Alberto Aranguibel B.

Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asuntoLa Carta Robada

Sostenía Edgar Allan Poe, el padre del género del terror en la literatura, que el miedo es solo el estado emocional que precede a todo aquello a lo que se le teme.

Las pesadillas son exactamente eso; situaciones angustiantes sin conclusión, es decir, que no llegan a resolverse nunca y que a medida que transcurren incrementan el desespero precisamente por el pavor a lo imprevisto que las mismas van generando a lo largo del sueño. En el cine una puerta puede llegar a ser mucho más espeluznante que un horrible ser del averno si se abre muy lentamente sin dejar ver durante un tiempo debidamente calculado lo que hay detrás de ella. Las particulares aprensiones del espectador (y quizás una música y unos efectos terroríficos de apoyo) se encargarán siempre de hacer escalofriante esa escena.

Según su tesis sobre lo que debe ser la literatura, todo ello debe transcurrir en el menor tiempo posible porque la historia que se narra no debe despreciar nunca el poder que la visión particular del lector ejerce sobre la misma a partir de su propia comprensión de la realidad. Por eso desdeñaba el género novelístico o de prosa en extenso, porque al obligar al lector a dividir la lectura en varias sesiones a través de los días, se perdía el clima creado con el texto. Al respecto sostenía: “En casi todas las composiciones, el punto de mayor importancia es la unidad de efecto o impresión […] Los sucesos del mundo exterior que intervienen en las pausas de la lectura, modifican, anulan o contrarrestan en mayor o menor grado las impresiones del libro.” Su ambición era mantener sometido al lector.

Un esquema de manipulación de las emociones constante en la mayoría de los relatos de terror de la literatura, el cine, la televisión, la radio. Y ahora también en las campañas políticas de la derecha en toda Latinoamérica y en general en el mundo entero.

Siglos de sumisión habituaron al pobre a aceptar como un designio divino la dominación y la explotación que la burguesía ejerció desde siempre sobre los humildes, a quienes esa condición de subordinación perpetua convirtió en “los desamparados”, los que no tenían derecho a nada. Mucho menos a la posibilidad de ser gobierno.

Fue esa burguesía perversa la que se encargó de promover a través del tiempo la ideología de la inevitable sumisión de los pobres, no solo a través de la explotación y la represión, sino también a través de miedo al derribamiento del sistema que se le inoculó a la gente. La esclavitud, el racismo, la exclusión social y el fascismo, son apenas algunas de las diferentes formas en que se ha expresado ese dogma. Los medios impresos y radioeléctricos (y ahora internet), han sido instrumentos para la instalación sistemática de esa falacia en el imaginario colectivo.

A falta de una propuesta viable y creíble, la derecha amalgama toda esa filosofía junto a la vana ilusión del confort en el capitalismo y la de la inexorable supremacía de los imperios y las reúne en un solo discurso. Apoyada en eso, usa como recurso aterrador que el socialismo estaría destinado a despojar al pobre del bienestar que precisamente le provee la concepción humanista de un modelo de sociedad participativa imposible de encontrar en el capitalismo.

El más grande logro del comandante Chávez con su irrupción en la escena política, fue sin lugar a dudas haber roto ese esquema perverso que colocó siempre al pobre como un desvalido sin esperanzas, al abrirle los ojos al mundo con su propuesta de justicia e igualdad social justo cuando se pensaba que hasta las más remotas posibilidades se extinguían para siempre con las caídas del bloque soviético y del muro de Berlín.

Con Chávez el pobre sintió por primera vez en mucho tiempo que la superación de esa humillante condición de subordinación era posible. Algo que la gente comprueba no solo en la persistencia del triunfo de la revolución en las elecciones, sino en las Misiones y Grandes Misiones puestas en marcha por el gobierno revolucionario para atender gratuitamente a todas y todos los venezolanos, en particular los de más escasos recursos, en los miles de obras y programas de inclusión social que significan los bajos precios de los productos de primera necesidad (de los cuales el capitalismo pretende despojar hoy al pueblo), en las cientos de miles de viviendas otorgadas sin costo alguno a ese sector ancestralmente deprimido, en los grandes beneficios para toda la población que significan la gasolina y los servicios públicos más baratos del mundo, en los millones de pensionados que ahora gozan del apoyo del Estado, los millones de jóvenes que accedieron al sistema educativo como nunca antes pudieron hacerlo, en las madres y niños que hoy cuentan con protección social y posibilidades de crecimiento nutricional sin precedentes, entre muchos otros grandes logros de un modelo que alcanzó Venezuela luego de siglos de sufrimientos y de luchas de esos a quienes el capitalismo les negó siempre todo derecho sembrándoles en la mente el miedo a la posibilidad del autogobierno.

Al no estar presente Chávez físicamente, ese miedo ancestral a la inmisericordia de la burguesía, ha puesto a buena parte de esa población que por primera vez es atendida de forma integral por el Estado, a sentir el temor de perder en cada una de las elecciones llevadas a cabo en el país desde su partida. Sin embargo, a pesar del terrible impacto que dejó en el alma nacional la muerte del comandante, en ninguna de esas elecciones el pueblo fue derrotado.

La que se avecina no es tampoco la elección más difícil para la revolución bolivariana. Al inicio del proceso de transformaciones emprendido por Chávez todo estaba por hacerse y la confianza en las posibilidades del gobierno bolivariano se basaban más en la esperanza que en la credibilidad, y sin embargo se ganaron elecciones más riesgosas y comprometidas que estas. Los innegables avances alcanzados en inclusión social por el gobierno revolucionario, primero con Chávez y ahora con Maduro, son hoy el más contundente argumento de credibilidad frente a las infamantes campañas contrarrevolucionarias de la derecha.

A través de todos los medios a su alcance la oposición ha querido sembrar en el imaginario colectivo la idea de que las colas ocasionadas por la voracidad y la delincuencia de un sector empresarial inmoral y sin remordimientos serían la causa de una hipotética y negada derrota del chavismo en la elección del 6 de diciembre. Una idea tan absurda como creer posible que alguien preferiría desechar un carro recién comprado con su más grande esfuerzo antes que cambiarle el caucho que eventualmente se le espiche.

Por eso el rumor que han pretendido instalar como matriz de voto castigo los sectores opositores no ha logrado quebrar la fibra de la lealtad y del amor al Comandante Eterno, a quien el pueblo le juró devoción y entrega aquel funesto 5 de marzo del 2013. La realidad de ese esfuerzo por construir bienestar para los pobres que la derecha quiere invisibilizar con una guerra en la que el capitalismo avaro y especulador ha quedado al descubierto, es inocultable. Por lo general la expresión que se escucha es de temor, pero no de deslealtad. Porque ciertamente hay una gran molestia por los embates de esta guerra, pero ese pueblo, el mismo pueblo chavista que ha sido mayoría en los últimos diecinueve procesos electorales, sabe perfectamente que la solución no es el retorno al neoliberalismo. Ese es el más poderoso legado de Chávez.

Si las predicciones fueran tan certeras como la realidad, no habría necesidad de elecciones. Las matrices engañosas, las hipótesis, los sondeos de opinión y los cálculos estadísticos, solo pueden proyectar escenarios eventuales que de ninguna manera sustituyen la realidad porque las elecciones se ganan con votos, no con intenciones. El triunfalismo de unos pocos para hacerlos creerse mayoría y la siembra de temores en el pueblo para intentar convencerlo de un hipotético fracaso, son recursos maquiavélicamente manejados por la derecha en su afán de reinstaurar por vía de facto el modelo neoliberal que no ha podido ni podrá reinstaurarse en Venezuela por la vía electoral.

La elección del próximo domingo servirá para demostrar de manera irrefutable que la revolución sigue creciendo en el alma del noble y valiente pueblo venezolano. Y quedará perfectamente claro que todos esos temores eran infundados.

 

@SoyAranguibel

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