¿Democracia para qué?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 07 de diciembre de 2015 – 

Por: Alberto Aranguibel B.

Autorizo y abandono el derecho a gobernarme a mí mismo, a este hombre, o a esta asamblea de hombres, con la condición de que tú abandones tu derecho a ello y autorices todas sus acciones de manera semejante” Thomas Hobbes

Para la burguesía, el voto para elegir a los gobernantes no es sino el ritual donde se consagra de manera casi sacramental el postulado del modelo burgués del Estado, en el que se procura la preservación de la paz social no mediante la satisfacción de las necesidades o carencias de la sociedad, sino a través del fortalecimiento del sistema democrático como mecanismo de armonización de los intereses comunes a todos y cada uno de los ciudadanos tal como fue concebido desde sus orígenes por las más diversas corrientes del pensamiento a través de la historia.

Desde los inicios mismos de las disquisiciones políticas sobre la naturaleza del Estado, la democracia, que en términos generales se pensaba como el modelo que ofrecía el más amplio espacio de participación para la población, se orientó progresivamente hacia el perfeccionamiento del sistema burgués, pero presentado siempre a la sociedad como el modelo con el cual se aseguraban la realización de la convivencia humana, la justicia social y la correcta administración de los bienes públicos de la nación (la res pública).

En el ámbito de la filosofía política es posible encontrar una pléyade de formulaciones teóricas que de una u otra manera sirven de fundamento a la concepción de democracia que rige hoy a las naciones del mundo. Todas revisten de inobjetable civilidad al modelo democrático, asociándolo siempre al ideario de libertad irrestricta que en casi todas se postula y que el modelo neoliberal imperante ha terminado por defender como el activo fundamental de su propuesta.

Obviamente sin proponérselo (y por razones que todavía hoy se discuten sobre la significación y particularidades del término según su circunstancia histórica y política), el viejo Marx dio fundamento al secuestro de la democracia llevado a cabo progresivamente por los sectores dominantes, con su malhadada adjetivación del sueño de emancipación del pueblo en el poder, cuando en vez de cualquier otro término feliz y oportuno para denominar el objetivo central del proyecto comunista (como “Supremacía del proletario” o “Gobierno de los proletarios”) lo llamó “Dictadura del proletariado”.

A tan descomunal lavativa histórica le debemos en buena medida la más grande tergiversación de la que ha sido objeto el ideario de redención humana que encarna el socialismo. Porque dictadura no es hoy lo que era para Marx. Y ni siquiera para el pensamiento burgués de su época. Pero igual se lo cobran.

La élite dominante, que asumió desde siempre que la democracia era el reino irrestricto de la libertad para su voracidad explotadora y de acumulación de riquezas, entendió que el modelo, la idea misma del sentido de libertad que encierra la democracia, le correspondía por derecho propio cuando Marx anunció que el proyecto socialista era la instauración nada más y nada menos que de una dictadura.

Todo aquello que fuese asociable a violación de derechos, incumplimiento de leyes, a la ejecución de crímenes de lesa humanidad, irrespeto a la constitucionalidad y a las normas elementales de civilidad y convivencia social, cabía perfectamente en la definición que la derecha usó desde siempre para referirse al enemigo por excelencia de la democracia. Construir, pues, un discurso anticomunista no era para la burguesía nada difícil. Adueñarse así de la democracia mucho menos.

Por eso la instauración de un modelo de inclusión social tan amplio y profundo como el impulsado por el Comandante Chávez en Venezuela y continuado hoy por el presidente Nicolás Maduro, en el que millones de venezolanos han visto por primera vez en su vida la posibilidad cierta de acceder a la riqueza nacional a través de programas y obras que aseguran el crecimiento sostenido de la calidad de vida tanto para los más necesitados como para la población en general, es presentado sistemáticamente como dictadura por los grandes centros del poder político, económico y mediático del mundo capitalista.

Según el capitalismo, donde la democracia no es controlada por los factores históricos de dominación hegemónica, no hay democracia sino dictadura. Las guerras imperialistas de hoy en día están fundamentadas en eso.

Nuestro ex canciller Chaderton nos recordaba recientemente cómo es violentado sistemáticamente el principio fundamental de la división de poderes en las democracias que hoy se presentan al mundo como modelos a imitar, y que en realidad no son sino la burda pantomima de lo que en un principio fue el espíritu de justicia e igualdad que inspiró a la democracia.

Más allá de la represión, la impunidad, la corrupción y la exclusión social que signa a esas democracias, hay evidencias de verdaderos totalitarismos, como por ejemplo el abyecto esquema de designación a dedo del primer magistrado de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos por parte del Presidente de esa nación, quien goza de tal prerrogativa siendo la norteamericana supuestamente una de las más avanzadas democracias del mundo. Escandalosos formatos como el británico, en el que el presidente del parlamento es a la vez primer magistrado de la corte y ministro de justicia (o su equivalente). O el chileno, en el que toda la vida política se rige todavía por una constitución redactada por el puño ensangrentado del sanguinario dictador Augusto Pinochet.

En ninguna de esas democracias se ha resuelto el problema de las hondas deficiencias y desigualdades sociales que hacen cada vez más insostenible la vida para la mayoría de sus pueblos. Algo que a nadie en el mundo capitalista le preocupa, porque en cada una de ellas gobierna la oligarquía y no un régimen popular donde quienes dirigen los destinos nacionales son siempre considerados unos vulgares usurpadores.

Lo que pretende hoy el imperio norteamericano en el mundo, es la instauración a troche y moche de ese modelo de democracia que no representa los intereses de la sociedad sino los intereses de la élite avara, usurera y explotadora que se ha adueñado de la idea de libertad y del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo que sus propios Padres Fundadores proclamaron, para ponerla cada vez más al servicio de sus mezquinos intereses.

De ahí que en Venezuela se haya instaurado no una cultura del ejercicio del debate político por parte de esa derecha obtusa que hoy se opone a la revolución bolivariana, sino una guerra permanente por tratar de asaltar el poder que considera de su propiedad exclusiva, ya no por la vía electoral sino por vía de la retoma violenta sean cuales sean los resultados de cualquier elección, nacional, regional o local.

¿Para qué sirven entonces las elecciones si cada vez que la mayoría decida no va a serle reconocido su triunfo por parte de la minoría arrogante y prepotente que se niega a aceptar que el principio fundamental y más valioso de la democracia es el acuerdo común del respeto a las mayorías, y que ese es el sistema que asegura efectivamente la paz como objetivo supremo al que aspiran los ciudadanos por encima incluso del bienestar económico?

¿Para qué construir ese acuerdo social, ese pacto común, esa unidad por la que tanto abogan y a la que tanto aspiran los pueblos del mundo, si la norma que tratará de imponerse a la larga es la de la preeminencia antojadiza y arbitraria de los menos, de las elites sin el respaldo unánime de los ciudadanos?

¿Por qué tanta amenaza incendiaria si ocurre la probabilidad de la derrota que las élites temen cuando vota el pueblo?

Porque obviamente no es la democracia lo que interesa al capitalismo. La democracia, desde su originaria concepción teórica hasta hoy, es un modelo de sociedad eminentemente popular. El que la burguesía se haya adueñado de ella no ha sido jamás para fomentar su desarrollo sino para evitarlo a como dé lugar.

Ojalá que este evento eleccionario del cual salimos hoy, sirva para hacer reflexionar a los hombres y mujeres de a pie de esa derecha retardataria y mezquina cuyo vacuo discurso solo ha servido para envenenar sus mentes con tanto odio y tanto sin sentido. Ojalá suceda, ya no en función de ideas partidistas de ninguna naturaleza, sino de la obligación y la responsabilidad democráticas que nos corresponden a todos como ciudadanos.

@SoyAranguibel

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2 comentarios sobre “¿Democracia para qué?

  1. Saludos desde la República Islámica de Irán. Saludos a los lectores y en especial al Sr. Aranguibel. Por estos lados muy preocupada por lo que pasa en mi patria, sé que no estoy en Venezuela y no he sufrido la guerra económica pero no entiendo la respuesta del voto castigo del venezolano, a quien castigó? El mismo pueblo se castigó y nos castigaron a todos, es un llamado a reflexionar y a él DESPERTAR DEL INCONSCIENTE COLECTIVO. No nos podemos permitir perder la patria por pensar con papel higiénico y harina pan en la cabeza. Seamos Chávez carajo!!! Disculpa mi ignorancia: no están transmitiendo el Sin Tapujo? Lo espero vía internet 2 pm (hora Tehran) y no pasa nada. Necesitamos personajes recios como el compañero Aranguibel.

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  2. ¡Venezuela, país de las dificltades! ¡Teniamos que sufrir una derrota descomunal, para demostrarle al mundo que por encima de todo ésta la democracia y soberanía de un pueblo! ¡Viva Bolívar! ¡Viva Chávez!

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