Mi explicación para la historia (1 de 3) 

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 13 de diciembre de 2015 – 
 (como tan modestamente suele decirse en estos casos)

Por: Alberto Aranguibel B.

Por la naturaleza disparatada de las muchas cosas absurdas que recurrentemente me suceden en la vida, me ocurre la rara circunstancia de no ser invitado a los programas de opinión de los medios de comunicación del Estado sino muy ocasionalmente, casi con la misma frecuencia de los ciclos de aproximación del cometa Halley a la tierra, y por lo general cuando se necesita algún analista que divague sobre el comportamiento veraniego de las marsopas en el sur meridional del trópico de cáncer… o cuando se produce algún revés electoral para la revolución.
Digo disparatada no porque crea en modo alguno la barbaridad de que exista ni siquiera alguna mínima obligación en ese sentido, sino porque infinidad de medios tanto nacionales como internacionales que no forman parte del sistema de medios públicos sí lo hacen con regularidad, y no precisamente para hablar de marsopas. Algo que resulta por lo menos desconcertante cuando uno tiene dedicado todo su esfuerzo profesional a la defensa de la revolución.

La misma moderadora del programa en Venezolana de Televisión al que asistí al día siguiente de las elecciones parlamentarias la semana pasada me hacía complacida la observación del hecho de que la última vez que nos habíamos visto había sido en una circunstancia similar, justo cuando la revolución había sufrido otro revés electoral. Algo que tiene que haber sucedido entonces hace mucho tiempo.

Porque si alguna precisión inicial es absolutamente indispensable hacer en este momento de manera responsable y seria es que no es la de la revolución una historia de fracasos y derrotas, como algunos (incluso muchos desde las filas revolucionarias) quieren ponerla hoy frente al logro circunstancial y perfectamente explicable de la derecha en las elecciones parlamentarias, más allá de las deficiencias y errores que se hayan cometido en la gestión de gobierno y que nadie, empezando por el propio Presidente de la República, negó jamás en ningún momento.

En una circunstancia similar, hace exactamente ocho años con motivo de las elecciones de gobernadores, en un programa en el que compartí con un muy alto funcionario de la revolución, ahí mismo en el canal 8, el periodista nos preguntaba cómo veíamos lo que él llamaba “la recomposición del mapa político”. Algo que le nacía por el retroceso que significaba la pérdida de la gobernación de Miranda, que desde aquel momento pasaba a manos de la oposición, así como la del Táchira y la de Nueva Esparta, que también circunstancialmente fueron recuperadas por la derecha luego de haber sido bastiones de la revolución.

Más que sorprenderme me indignó en aquel momento que el compatriota funcionario se extendiera parsimonioso pero enérgico en su insensata reflexión en la que no solo aceptaba como válido que había habido un supuesto cambio del mapa político, sino que le hacía un llamado público nada más y nada menos que al Comandante Chávez a “repensar el modelo socialista” porque según él, el funcionario, el resultado electoral era demostración de que los venezolanos no querían ese modelo para Venezuela.

Para mi, pues, no es nada extraterrenal ni novedoso la figura de los ultradefensores de la revolución que ante el primer revés automáticamente se convierten en inclementes fustigadores de la misma, casi siempre con los mismos argumentos de la derecha a la que nos toca vencer no solo en el terreno electoral sino fundamentalmente en el comunicacional, de donde surgen la gran mayoría de las causas que nos impiden avanzar y consolidar los alcances de la revolución más allá de las razones estrictamente economicistas que tanto se aducen para intentar explicar los infortunios del proceso, en el cual muchos sucumben igual que la mayoría de los mortales sin importar su estatura académica.

Si nos hubiéramos atenido al infundado análisis de aquel compatriota, y si el comandante Chávez hubiera atendido su desquiciado llamamiento a desmontar la propuesta socialista para hacerla más digerible a los sectores contrarrevolucionarios, habrían sucedido tres cosas.

La primera, que Fedecamaras habría hecho una gran fiesta nacional del regocijo capitalista durante por lo menos un mes, con infinidad de carrozas alegóricas al dios del dinero y del lingote de oro, alentando a la población a embriagarse hasta los tuétanos con la extinción inexorable del socialismo.

En segundo lugar, que habríamos tenido que acostumbrarnos a pasar delante de las estatuas y los retratos del Padre de la Patria tapándonos el rostro y cabizbajos, para medio soportar la vergüenza eterna de no haber sabido estar a la altura del compromiso que ese gran prócer asumió durante una guerra en la que su ejército perdió casi el cuarenta por ciento de las batallas que le tocó librar durante el proceso independentista sin haber pensado jamás en la insensata idea de abandonar o negociar siquiera el proyecto libertario por el que tanta gente del pueblo había dado ya hasta su vida. De las 80 batallas peleadas por el ejército libertador, solo 50 fueron ganadas por quienes se entregaron a la idea de soberanía con verdadero sentido de la lealtad y del compromiso histórico en el que Bolívar los educó.

Y finalmente, pues no habríamos tenido que discutir hoy al respecto, porque no habría existido ni la más remota posibilidad de que la revolución hubiera alcanzado ni siquiera medianamente la infinidad de logros y de avances sustanciales que desde aquel revés circunstancial hasta hoy ha conquistado el chavismo en estos ocho años, no solo en lo social o lo electoral, sino también (y creo que eso es lo más importante) en lo económico.

No se sabe por qué una especie de estrella maléfica alumbra siempre a las mentes del pensamiento de izquierda en los momentos de dificultades que todo proceso revolucionario está obligado a enfrentar, como por ejemplo la derrota circunstancial en una contienda entre los ejércitos enemigos, la pérdida eventual de la mayoría electoral, o la partida física de sus líderes por una causa o por otra, y los pone a terminar de hacer el trabajo que el enemigo mismo no puede alcanzar nunca por su propio pie, como es el de señalar de inmediato a su estamento dirigencial como culpables de su adversidades.

A nadie en su sano juicio se le habría ocurrido acusar a Bolívar de traidor por su dura decisión de emprender desde Mantecal el Paso de los Andes, en las condiciones tan apremiantes en que lo asumió el Padre de la Patria en 1819, por la cantidad de muertes que aquella gesta causó entre el ejército libertador. Su grandeza como líder, y su claridad de pensamiento, estaban muy por encima de la grandeza de su equipo de oficiales. Por eso las traiciones de los ambiciosos que le adversaron o pretendieron sacar provecho de su gloria cristalizan solamente cuando el gran hombre se encontraba ya disminuido y casi aniquilado por la enfermedad.

A ninguno de esos ignaros arribistas que pretendieron usurpar el genio de los grandes hombres los celebra la historia. Con excepción quizás de los doce apóstoles de la iglesia católica. Los monumentos en las grandes plazas del mundo están destinados a quienes lucharon por sus pueblos y legaron las ideas sobre las que se fundaron las sociedades a través del tiempo. Pero ellos, los oportunistas, han existido siempre.

Fallecido Chávez, saltaron de inmediato al ruedo la infinidad de auto erigidos en ductores del pensamiento chavista sobre el que según ellos debía asentarse el proceso revolucionario, independientemente de la claridad, “como la luna llena”, del Comandante en su postrer llamado al país a respaldar a Maduro y no a “quienes tratarán de aprovechar coyunturas difíciles”. Igual le sucedió a la revolución rusa con la temprana partida de Lenín. Y al mundo entero con la muerte de Marx, ya no tan temprana en términos de su edad, sino de inicio de la transformación que su pensamiento legaba. Con Marx vivo quizás no hubiera sido posible pensar tal vez no en una segunda, ni en una tercera y mucho menos en una cuarta internacional, orientadas todas como lo estuvieron a la tergiversación y distorsión arbitraria de sus planteamientos originales.

En todos y cada uno de esos casos, la revisión que se proponía era la misma: corregir los “errores” o desviaciones del modelo profundizando la revolución, pero examinado siempre tales desviaciones o fallas desde la concepción de eficiencia imperante en la lógica burguesa del desarrollo.

Quienes sostienen hoy que la caída del apoyo popular a la revolución bolivariana en estas elecciones parlamentarias se debe a la falta de medidas económicas por parte del Gobierno del Presidente Maduro, parten del mismo equivocado principio de pretender interpretar en Chávez algo que nunca dijo el Comandante; que la economía debe estar colocada por encima de la razón política.

Pero eso lo explico en mi entrega del próximo lunes.

 

@SoyAranguibel  

 


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Un comentario sobre “Mi explicación para la historia (1 de 3) 

  1. Amigo Arangibel, que asertados sus comentarios, que falta hace su programa tanto en tv. como en la radio, al igual que programas como de Alberto Nolia, tan eficaces no solo en esos momentos difíciles que ha atravesado nuestra revolución sino también en la guía en busca de la verdad y en el des-enmascaramiento, de la mentira de la oligarquía. que cree usted que nos hubiese ocurrido si existiese aun en globovision programas como los del Matacura y otros de igual corte contrarrevolucionarios, ofensivos y manipuladores, tendríamos por lo menos 150 diputados de oposición y en nuestros medios públicos puros programas mediocres y una TEVES que da lastima un regalo personal al Wiston.

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