Mi explicación para la historia (2 de 3)

– Publicado el lunes 28 de diciembre de 2015 – 

Por: Alberto Aranguibel B.

En Venezuela mucha gente que pasó de sobrevivir en la más honda miseria a disfrutar de una calidad de vida digna donde el trabajo y el salario, así como el acceso a bienes y servicios gratuitos subsidiados por el Estado, son derechos conquistados por la revolución, comenzó a delirar de un momento a otro con la idea de que la misión del socialismo no era la transformación de la sociedad, sino la de financiar la importación masiva de cuanto artefacto o producto apareciera en el mercado internacional, el derroche del turismo masivo por el mundo no una sino dos o hasta tres veces al año, el raspado de cupos de tarjetas de manera infinita y la ingesta perpetua del más costoso whisky.

El consumismo se convirtió de repente en la ilusión más insaciable de la población. La depresión del históricamente precario aparato productivo nacional y el incremento progresivo de la calidad de vida del venezolano, abría una brecha cada vez más descomunal entre la oferta y la demanda. Y el sector privado no se preparó para ello. Se dedicó más a la especulación cambiaria que a ninguna otra cosa. Se habla, por ejemplo, de la crisis del sector salud. Pero el capital privado no atiende el crecimiento de la población ni de su poder adquisitivo. Más del 85% de las clínicas privadas se construyó hace 30 o 35 años, y ya entonces era insuficiente.

Un crecimiento exponencial de centros comerciales a lo largo y ancho del territorio nacional durante la última década da cuenta de intensificación de la estrategia de negocios de un sector privado que jamás ha pensado en el desarrollo del país sino en la tasa de ganancia fácil que la importación provee, tal como lo denunció Uslar Pietri el 14 de julio de 1936. El desangramiento de nuestras reservas en la última década llegó a ser descomunal.

El rentismo petrolero ha mantenido en vilo a la economía nacional desde hace casi un siglo. El incremento de esa fiebre derrochadora que hacía ver al socialismo como benefactor y no como transformador, no era sino una burbuja que en algún momento habría de estallar.

El detonante; el “Dakazo”. Una orden presidencial para proteger el salario de los trabajadores penaliza una grosera usura de más del 300% de sobreprecio y se dispara una guerra especulativa que termina convertida en apenas dos años en el grotesco fenómeno del “bachaqueo”, que no es más que una forma burda de capitalismo popular consistente en comprar barato para vender caro. Lo mismo que hacía Daka, pero en mayor escala.

A lo largo de ese proceso cundió la matriz de la derecha neoliberal que acusaba al gobierno de culpable de una inflación a todas luces inducida. ¿Cuál política de Banco Central alguno podía regular tan inusual fenómeno?

Pero además, ¿Es correcto eso de que la economía es lo primero a resolver en revolución y no lo político? ¿Entonces, qué le da direccionalidad a la concepción económica del proyecto y asegura su perdurabilidad en el tiempo?

¿No habrá sido precisamente el haber cedido a la voracidad neoliberal de colocar lo económico por delante de lo político lo que explica el tan alto índice de beneficiados por la revolución que votan por la derecha, antes y después de las colas, así hayan obtenido gratis no solo la casa sino el equipamiento, el vehículo, el trabajo, la educación, la salud y hasta la tableta y el acceso a internet?

A medida que se intensificaba el discurso de la agudización de la crisis, la banca privada crecía a un promedio de 68% anual, particularmente en los dos últimos años. ¿Cuál economía en el mundo de la que se diga que está en una profunda crisis puede mostrar tan altas tasas de crecimiento del sector bancario? Nada es más revelador de que en Venezuela no hay crisis económica sino guerra económica.

Por la derrota electoral hasta los voceros revolucionarios más connotados infieren que el descontento se debió a la falta de medidas económicas (que es exactamente lo mismo que pregonan los voceros del neoliberalismo que procuran el desmantelamiento de la revolución) y se blande el escudo de la “autocrítica” para señalar ya no al presidente Maduro solamente, sino a todo aquel que ejerza el derecho (y el deber revolucionario) de defender a la revolución de los ataques de la derecha, cuando se les pregunta ¿No es medida económica financiar en medio de esa guerra y de la caída más vertiginosa del ingreso petrolero que ha sufrido la revolución en toda su historia, el sostenimiento de las más de treinta y cinco misiones y grandes misiones sociales, mantener el empleo, incrementar los salarios, triplicar el ritmo de construcción de viviendas, sostener el precio de la gasolina y los servicios públicos más baratos del mundo, así como la gratuidad de la salud, la educación y las pensiones, y aún así mantener a salvo al país del estrangulamiento al que somete el FMI a las economías del mundo con el endeudamiento?

¿Es la cantidad de votos que se obtengan o no en una elección el determinante de los aciertos y desaciertos económicos de un gobierno revolucionario? ¿No sería eso demasiado parecido al populismo que rechazamos como etiqueta del proceso bolivariano?

Imagino a los caraqueños marchando en su huida a oriente fatigados y hambrientos detrás del Libertador, en el disparatado y absurdo trance de detener la marcha para exigirle en tono de chantaje al Padre de la Patria una respuesta inmediata a su padecimiento so pena de abandonarlo todo y pasarse al bando realista, y a quienes en verdad veo es a quienes ahora desde nuestra propias filas le dan la razón a lo que hasta ayer denunciaron como guerra sicológica contra el pueblo. Son los que hoy piden con deslumbrante convicción cambio de ministros, de directiva del partido, encarcelamiento de funcionarios a diestra y siniestra (como si no se hubiera destituido y pasado a tribunales a cientos de funcionarios corruptos durante este gobierno) y hasta conminan al presidente a convocar cuanto antes a un referéndum consultivo, sumándose sin solución de continuidad al coro del discurso opositor.

Esos pontífices revolucionarios insisten en que el problema es que hay descontento porque no se consigue nada. Para ellos eso es tan simple como que el gobierno no funciona. Como si el aspecto de la agresión imperialista que incide en la realidad política venezolana no tuviese nada que ver en ello.

Claro que la voz del pueblo es la voz de Dios. Por supuesto que hay muchísimos errores que corregir. ¿Pero es auténtico un sentir popular manipulado como nunca antes por las más poderosas herramientas de la derecha nacional e internacional? ¿No habíamos quedado en que el peligro de esa guerra era precisamente el riesgo de confusión que ella podía generar entre el pueblo?

¿Es la falta de políticas económicas lo que genera el descontento? ¿Y los que creyeron en las patrañas urdidas por la derecha internacional contra la Primera Combatiente, o contra el presidente de la Asamblea y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, o las irresponsables infamias desmovilizadoras promovidas por Marea Socialista, Fedecámaras, Consecomercio, Felipe González, Lilian Tintori y tantos otros actores o “colaboradores” de la derecha, dónde los dejamos?

Salvo un muy minucioso y demoledor documento producido por el economista Luis Salas (muy a última hora y sin ningún apoyo de difusión por parte del sistema de medios del gobierno) no se articuló un mensaje contundente que explicara todas esas falacias y diera a conocer con precisión y claridad los trasfondos neoliberales más sustantivos, los mecanismos y los responsables de la guerra económica, ya no desde una óptica técnica económica o una simple declaración de prensa, sino desde un punto de vista estrictamente comunicacional y político perfectamente sistematizado en una gran campaña central del gobierno que evidenciara que la revolución sí estaba creciendo, pero ya no solo en términos de logros materiales sino también políticos.

La derecha supo conectar comunicacionalmente a Maduro con las colas y nosotros no supimos desconectarlo.

Porque había que “comunicar” y no solamente informar, ya no a través de la television o la radio, sino en la calle, cara a cara con el pueblo, explicando claramente la crisis económica desde el punto de vista político y no desde la concepción publicitaria de los logros.

La comunicación fue, pues, el talón de Aquiles de toda esta batalla librada en la peor desventaja por el camarada Maduro. Pero de eso voy a escribir el próximo lunes en la última entrega de esta reflexión.

@SoyAranguibel

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Un comentario sobre “Mi explicación para la historia (2 de 3)

  1. El problema consistió en que todos los mismos de siempre, diciendo siempre lo mismo, se posicionaron en los medios de comunicación del estado diciendo a cada rato que todo iba bien y que una derrota estaba demasiado lejos para verla…Ahora es muy fácil echarle la culpa al proletario de los males a los cuales nos llevaron algunos sesudos que al oído le decían al presidente “TRANQUILO” todo va bien mi comandante en jefe…Si no quieres consimismo, pues, no incentives al consumismo y después de lo del DAKASO y otras fue el detonante del asqueroso bachaqueo..

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