Mi explicación para la historia (3 de 3)

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 4 de enero de 2016 –
(como tan modestamente suele decirse en estos casos)

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde siempre, la constante del término “cambio” como promesa ha estado presente en las campañas electorales. Rafael Caldera la usó en su campaña de 1968 con la que llegó a la Presidencia de la República por primera vez. Treinta años después, en Colombia, los principales cuatro candidatos (incluyendo el ganador), Andrés Pastrana, Horacio Zerpa, Noemí Sanín y Harold Bedoya, usaron por igual ese mismo término en la búsqueda del voto. En Argentina, el proceso de recuperación alcanzado por el kichnerismo se frustra por el entusiasmo que causó el candidato de la derecha usando también la palabra “cambio”. Hoy en Venezuela, la oposición se hace de un poder fundamental del Estado con el mismo amuleto.

Los comandos de campaña lo usan indiscriminadamente porque en las sociedades alienadas por el consumismo, la gente se proyecta a sí misma de manera ascendente. Nadie vota para fortalecer la democracia, o ni siquiera una parcialidad, sino porque quiere vivir mejor de lo que vive.

Cuando la oposición venezolana empezó a ofrecerse como una opción de cambio frente a lo que ofrecía la revolución, Chávez le salió al paso con una idea medular de su propuesta revolucionaria que la comunicación del gobierno nunca supo concretar en un mensaje de contenido político del cual la gente se empoderara como lo ha hecho con muchas ideas y conceptos propios del proceso chavista.

Chávez precisó: “El socialismo es lo nuevo, la inclusión social es lo nuevo, la reducción del hambre y la miseria es lo nuevo, el control y la soberanía sobre los recursos del Estado es lo nuevo… el capitalismo es el pasado. ¿Cómo va a ser futuro lo que durante siglos le generó tanto sufrimiento a nuestro pueblo?”

Su angustia por la falta de un sistema eficiente de comunicación que diera al traste con los esquemas desgastados e inconvenientes del modelo burgués que queríamos superar, fue probablemente la autocrítica más recurrente y severa expresada por él.

En la revolución se asume que todo periodista es experto en comunicación política y todo el discurso se ha orientado cada vez con más fuerza hacia lo estrictamente periodístico. La entrevista es el pilar central y casi único de toda la comunicación revolucionaria.

En la difusión de logros no hay reflexión ideológica alguna. La propaganda del Estado está plagada de mensajes insustanciales (y muchas veces hasta expresa y abiertamente contrarrevolucionarios, como esos que invitan a la gente a concursar a ver quien gasta más con las tarjetas de crédito del Banco de Venezuela) que no solo no dicen nada que aporte a la construcción del socialismo, sino que refuerzan el lenguaje comunicacional y simbólico del modelo burgués. Se considera una propuesta revolucionaria sustituir las catiritas bellas de la publicidad comercial por gente del barrio. Pero se conserva el mismo esquema de códigos de su lenguaje, como el asfixiante uso del “eslogan” con el que se pretende resolver el trabajo de ideologización necesario al que convocó el Comandante centenares de veces.

Los programas de opinión, que debieran suplir esa deficiencia, carecen por lo general del sentido didáctico al que están obligados por el inmenso reto histórico de la transformación cultural al que nos hemos comprometido y por el cual Chávez tanto se desveló. Los egos y vanidades de algunos moderadores parecieran estar muchas veces por encima de tal prédica, con lo cual las posibilidades para la producción de contenidos cuya riqueza investigativa, de documentación y de soportes multimedios que refuercen esa necesaria pedagogía política, se desperdician o desaprovechan dolorosamente.

Los intentos (encomiables algunos, es verdad) de posicionar mensajes acordes con la nueva realidad de la revolución, no terminan de resolver el problema comunicacional medular que debe llegarle al pueblo en esta etapa de una revolución no habituada al liderazgo conductor de ningún otro presidente que no fuera Chávez.

Toda revolución que se precie de auténticamente revolucionaria debe estar preparada para su propia evolución de acuerdo a la dinámica que sus propios logros o conquistas van alcanzando. No debe considerarse como concesión alguna a trotskismos trasnochados aceptar las exigencias de la realidad como elementos sustanciales del proyecto. La “revolución permanente” que proponía Trotsky consideraba otros aspectos que no nos resulta necesario incluir aquí.

El temor a aparecer como irreverentes de la memoria del Comandante, es un condicionante de mucho peso en una comunicación que tiene la obligación simultánea de relanzar el proyecto en la nueva fase histórica que le corresponde. Eso no es nada nuevo. Todas las revoluciones de la historia se han visto obligadas hasta por razones naturales al relevo generacional de su liderazgo.

Desde el arribo del presidente Nicolás a la presidencia pareciera que las ideas en el ámbito comunicacional se debaten en un dilema irresoluto en el que no se sabe si es mejor avanzar hacia un nuevo rostro de la revolución o mantenerse en el posicionamiento establecido. Incluso aparecen indicios que hacen sospechar de una combinación de ambas orientaciones. Y hasta de una tercera, a veces, no muy bien precisada.

Ninguna de esas propuestas ha enfrentado el problema medular del asunto. Desde “Maduro es pueblo”, hasta “Pueblo Victorioso”, ninguna ha contrarrestado directa y eficientemente la matriz más poderosa lanzada hasta ahora por la derecha contra el gobierno, con la cual se posicionó un mensaje conciso y contundente en la mente de la gente y determinó el grueso de la abstención chavista el 6-D.

Antes que mil campañas de logros o de desmontaje de la guerra mediática o económica, la matriz a atacar con una poderosa campaña central era la que respondiera la infamia de que la revolución se había detenido y que se estaba desviando hacia el reformismo.

Fue ese el peligro que desmovilizó el voto chavista y no las colas en abstracto como algunos quieren colocarlo ahora. De haber sido por falta de mantequilla o papel tualé, la gente habría votado por la derecha.

Mientras Maduro entregaba cada vez más beneficios al pueblo, esa derecha (apoyada por Marea Socialista y otros cuantos colaboradores) perseveraba en la falacia de la desvirtuación y decaimiento del proceso. ¿Por qué la gente atendió más la acusación que los logros?

¿Por qué si este gobierno ha destituido en apenas dos años a más funcionarios públicos por hechos de corrupción que los que fueron destituidos durante todo el gobierno de Chávez e infinitamente más que todos los gobiernos cuartorepublicanos juntos, sigue creciendo la percepción de que la impunidad campea frente a un supuesto desbordamiento al que se percibe como “nunca antes visto” en nuestra historia?

Pues porque se informa que fueron destituidos y pasados a tribunales, pero no se capitaliza políticamente ese inmenso logro del gobierno de Maduro. Han puesto a pensar a la gente como quiere la derecha que piense.

Se tenía que haber precisado si todo mal padecido por la sociedad, en particular por el pueblo más pobre, era parte de un mismo problema económico o no. Mucha gente de la que no votó está hoy convencida de que la falta de dólares para viajar es la causa de que no haya alimentos en los anaqueles. O que la escases de repuestos la origina la regulación de los precios de la cesta básica. Incluso hay quienes entienden como parte integrante de un supuesto mal planeamiento económico la caída del precio del petróleo.

En un proceso revolucionario la comunicación tiene la responsabilidad no solo del desmontaje de las infamias de la derecha desde el análisis coyuntural o la interpretación noticiosa, sino de alcanzar la transformación cultural del pueblo mediante un trabajo de formación ideológica permanente en el barrio, con las comunidades organizadas ya no solo para el evento electoral sino para su propia emancipación, tal como lo mandan las Cinco Líneas Estratégicas de Acción Política. El pueblo tiene derecho a la formación ideológica porque solo el conocimiento podrá salvarle de las trampas mediáticas de la derecha.

Bolívar lo expuso de manera luminosa: “Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos maestros, las lecciones que hemos recibido y los ejemplos que hemos estudiado, son los más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición”.

Por eso esta es una revolución bolivariana.

@SoyAranguibel

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3 comentarios sobre “Mi explicación para la historia (3 de 3)

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