¿La última oportunidad?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 25 de enero de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Como quien descubre de manera prodigiosa la exacta formulación del agua tibia, el mundo empresarial venezolano celebra hoy la concordia nacional para buscarle salidas a lo que la oposición venezolana ha logrado hacer ver entre buena parte de la población como “crisis económica”, cuando todas las evidencias han mostrado de manera irrefutable que se trata de una confabulación orquestada por los sectores del gran capital para intentar acabar con la revolución bolivariana y hacer a la vez el gran negocio que es para un sector empresarial acostumbrado desde hace casi un siglo al subsidio del Estado para lucrar con la importación de todo tipo de productos de fabricación extranjera antes que apostar por la inversión en nuestro propio suelo, el diferencial que esa guerra ha creado entre el valor real de la divisa y el valor ficticio que los especuladores cambiarios han impuesto de manera artificial en la economía del país.

Para la vocería de ese sector, el punto de partida de tan necesario consenso es que la revolución bolivariana habría destruido el aparato productivo con políticas según ellos erradas para favorecer el desarrollo de una economía de puertos. Una economía instaurada en realidad en el país desde nuestros orígenes como república y contra la cual el gobierno del comandante Chávez en primer lugar y ahora el del presidente Maduro han luchado con la mayor tenacidad y empeño promoviendo una nueva cultura empresarial basada en los principios de la soberanía y de verdadera independencia económica.

En virtud de ello, lo primero que habría que hacer, según dicen, es cambiar el modelo y asumir las reglas del libre mercado como las orientadoras de este gran esfuerzo nacional.

En todas y cada una de las reuniones, tanto en Miraflores como en PDVSA y la Asamblea Nacional, la actitud de esos empresarios ha sido la misma; la empresa privada estaría dispuesta a “ayudar” a salvar la economía siempre y cuando el Estado sea el que haga las inversiones, ponga la plata, entregue las divisas y libere el mercado.

En un ritornelo cada vez más asfixiante se oyen a diestra y siniestra solicitudes de trato preferencial ya no solo en el otorgamiento de divisas para la importación sino ahora también para la exportación, como si de una feria de remates se tratara, pero a ninguno se le escucha ni el más mínimo comentario sobre el ataque al bolívar que se perpetra desde Colombia, que es el causante fundamental de la inflación inducida que nos agobia, y factor determinante en el deterioro del poder adquisitivo de los venezolanos en los dos últimos años.

Para nadie ahí es un asunto de importancia cuáles medidas debieran tomarse para frenar el embate sistemático de la página terrorista Dólar Today contra nuestra moneda, y más bien pareciera que el tema es dejado de lado intencionalmente como quien protege a un buen benefactor que podría seguir siendo muy útil en un futuro no muy lejano.

¿Cuál es el propósito de tanto silencio del empresariado con todos esos factores que definitivamente inciden de manera tan decisiva en la economía? ¿Por qué ninguno se ha puesto a la orden para ayudar en lo posible al gobierno en su lucha contra esos flagelos del contrabando de extracción, del bachaqueo, del acaparamiento y de la usura, si en verdad la disposición a cooperar en la recuperación económica es sincera? ¿Por qué su bancada en la Asamblea Nacional niega la aprobación del Decreto de Emergencia Económica?

El trasfondo ideológico es un elemento de primordial importancia en todo este proceso que hoy ha emprendido el gobierno nacional.

Durante meses, la derecha venezolana ha acusado a la revolución bolivariana de no atender el desarrollo de la producción nacional, porque desde su ángulo neoliberal no es posible reconocer que el mayor logro en apoyo a la industria del país en toda nuestra historia lo alcanzó Hugo Chávez, cuando de manera visionaria comprendió antes que nadie la amenaza que significaba el ALCA para nuestros pueblos, en particular para nuestro empresariado que por su rabioso antichavismo no llegó a ver esa inmensa oportunidad que se le abría a las economías de nuestros países con esa decisión asumida por los presidentes de 20 naciones que le dijeron al primer mandatario de los Estados Unidos durante la Cumbre de las Américas del 4 y 5 de noviembre de 2005, que rechazaban la intención de firmar un acuerdo que habría significado la más perpetua dependencia económica y financiera de la Patria Grande.

El impulso de un sector industrial propio que genere soberanía en el área de los alimentos, o de productos terminados de cualquier tipo, atenta contra los intereses de las grandes corporaciones transnacionales que aspiran precisamente al derribamiento de las barreras nacionalistas en el mundo entero bajo el sofisma de la “globalización” en la búsqueda de mercados que favorezcan la elevación de sus ingresos.

Barack Obama, máximo exponente de la ideología neoliberal que rige al sector empresarial privado venezolano y del mundo, ha sostenido de manera reiterada la visión que acerca de la soberanía tiene el imperio a su mando: “La política y la solidaridad que dependen de la demonización de otros y que aprovecha el sectarismo religioso, el tribalismo restringido o el patrioterismo, algunas veces puede parecer fortaleza en un momento dado, pero con el tiempo se expondrá su debilidad. Y la historia nos dice que las oscuras fuerzas desencadenadas por este tipo de política con certeza nos hacen menos seguros.”

“El liderazgo de Estados Unidos en el siglo XXI no es una elección entre no hacer caso al resto del mundo, excepto cuando asesinamos a terroristas; u ocupar y reconstruir cualquier sociedad que se esté desmoronando. El liderazgo significa saber usar sabiamente la fuerza militar y movilizar al mundo detrás de las causas justas. Significa tratar la asistencia al extranjero como parte de nuestra seguridad nacional, no una beneficencia.”

Quizás sea por eso que hay a quienes no les resulte extraño que de los tres presidentes que lideraron el acuerdo contra el ALCA (Chávez, Kirchner y Lula Da Silva) dos han muerto de manera prematura y el tercero padece un cáncer incipiente contra el cual lucha con un riguroso tratamiento.

Como respuesta a esa concepción imperialista, el presidente Nicolás Maduro ha puesto sobre la mesa una valiente propuesta en pro de la soberanía empresarial venezolana. Nueve motores estratégicos orientados a la fundación de un poderoso sector productivo nacional que genere bienestar social y económico en una relación de “ganar ganar”, como él mismo ha dicho.

¿Servirá esta nueva disposición al trabajo conjunto para relanzar con verdadera fuerza a nuestra economía, o por el contrario terminará siendo vista por algunos como una oportunidad para favorecer una vez más el modelo antipatriótico que promueve el imperio norteamericano?

No existe en verdad una definición universalmente aceptada del término economía. Al respecto la humanidad no ha logrado jamás un acuerdo. Luego de decenas de enfoques teóricos, desde los más escuetos que la colocaban como la simple sistematización de los recursos y los bienes escasos hasta las corrientes científicas marxistas más ortodoxas, el estudio de la economía ha terminado circunscrito hoy al comportamiento del capital en las bolsas de valores y a la manera en que los capitalistas asumen tal proceso desde sus centros de poder financiero mundial.

Por eso hablar de “producción nacional” en un mundo sometido al rigor de la globalización, es un verdadero reto.

La producción nacional por la que abogó desde sus orígenes el sector empresarial venezolano fue aquella que le ofreciera siempre la mayor rentabilidad sin importar el desarrollo del país sino la acumulación de capital. El subsidio del Estado para hacer importaciones cuantiosas que se tradujeran en muchos más bolívares que los que le ofrecía la inversión necesaria para la creación de un parque nacional pujante y competitivo, fue hasta ahora el único negocio aceptable para ese sector. La prueba del fracaso de ese modelo rentista es precisamente el clamor actual por un aparato productivo propio de los venezolanos.

¿Seguirá la economía siendo vista de esa forma tan estrecha por el empresariado? ¿Perderá de nuevo el país la oportunidad de contar con un vigoroso sector empresarial entregado con verdadero interés nacionalista al desarrollo nacional?

El patriotismo no es algo que se lleve de la boca para afuera ni el tiempo sobra como darse el lujo de perderlo en diatribas improductivas. Como que es hora de revisar la vocación auténticamente emprendedora de quienes hasta ahora solo han pensado exclusivamente en su propio beneficio.

 

@SoyAranguibel

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2 comentarios sobre “¿La última oportunidad?

  1. Buenas camarada. Excelente artículo. Hay que hacerle ver a la población este tipo de informaciones ya que la falacia y manipulación mediática de la derecha lo ocultan.

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