¿Cuánto vale Bolívar?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 1 de febrero de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“Dicen que tuvo en su faz lo que salva y lo que aterra…” Potentini

La única imagen del Libertador Simón Bolívar que no fue realizada por la mano arbitraria y subjetiva de ningún artista, fue hecha por computadora luego de un exhaustivo trabajo de multidisciplinaria investigación científica que contó con lo más avanzado de las técnicas forenses y antropológicas de reconstrucción facial existentes, a partir de la propia osamenta del Padre de la Patria.

Sobre la base metodológica de esas mismas técnicas se investiga hoy el origen del hombre y las circunstancias de su evolución en la búsqueda de respuestas lo más precisas posibles para la ciencia acerca del porvenir de la humanidad y del universo mismo, precisamente para evitar las subjetivas interpretaciones de la creación artística.

De hecho, los grandes saltos del arte pictórico han surgido de la inquietud de los artistas por tratar de reproducir la realidad pero siempre a partir de un lenguaje propio que ha dado origen a las diferentes corrientes del arte a través de la historia. Por eso en los lienzos que recogen la figura humana no se busca la fidelidad de los rasgos del personaje sino la calidad, imponencia y naturaleza particular de la técnica, del trazo, o del estilo del arte que lo contiene. De haberse propuesto Picasso un retrato del Libertador, con toda seguridad habría sido excepcional y valioso como pieza de arte, pero indiscutiblemente horrendo como reflejo del Bolívar verdadero.

En su tiempo Miguel Angel, quizás el más grande artista plástico de la historia, no fue capaz de imaginar el rostro de Dios (y ni siquiera se lo propuso porque su oficio no era el de teólogo) sino que plasmó para la posteridad al anciano bonachón de luenga barba que se aceptaba comúnmente desde que la grandeza se representaba robusta y arropada con las túnicas impolutas que ataviaban a los sabios de la antigüedad.

Con Bolívar los artistas de su época hicieron lo que mejor les pareció y por las más diversas razones. La multiplicidad de rostros diferentes con los cuales lo intentaron reproducir dan fe de ello.

El historiador Jorge Mier Hoffman se refirió a este aspecto de la vida del Padre de la Patria en estos términos: “Simón Bolívar cautivó las mentes creativas de los artistas que encontraban en los cuadros del Libertador un rentable negocio ante la demanda que tenían las pinturas de su rostro… Los campos de Daubingy que bordean la cosmopolita París, era el lugar de encuentro de innumerables artistas plásticos, quienes inspirados en esos parajes pintorescos de primavera, se dedicaban a pintar el rostro de Bolívar de mil maneras, mil batallas y mil ambientes: de perfil italiano, griego, árabe, afrancesado, inglés; en fin, cada artista lo interpretaba en un ideal y un liderazgo de mil formas y mil estilos distintos…”

El gigante de las letras latinoamericanas y premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez presenta en su novela histórica El General en su laberinto, obra que él mismo afirmó le había costado cientos de horas de investigación y documentación, una esclarecedora revelación. “El más antiguo de sus retratos era una miniatura anónima –dice- pintada en Madrid cuando tenía dieciséis años. A los treinta y dos le hicieron otro en Haití, y los dos eran fieles a su edad y a su índole caribe. Tenía una línea de sangre africana, por un tatarabuelo paterno que tuvo un hijo con una esclava, y era tan evidente en sus facciones que los aristócratas de Lima lo llamaban El Zambo. Pero a medida que su gloria aumentaba, los pintores iban idealizándolo, lavándole la sangre, mitificándolo, hasta que lo implantaron en la memoria oficial con el perfil romano de sus estatuas.”

Sobre el verdadero aspecto del Libertador, el historiador argentino José Luis Busaniche compendia en su libro “Bolívar visto por sus contemporáneos” no una semblanza de antojadizos biógrafos de inspirado albedrío, sino una serie de escritos de muchos de quienes conocieron en persona al prócer independentista, incluyendo textos de aquellos que tuvieron profundas desavenencias con él, como el infame coronel inglés Hippisley, quien relata: “Si consideraba todo cuanto había oído hablar de él, se me hacía difícil identificarlo con la persona que ahora tenía ante mis ojos. Bolívar es un hombre de pequeña apariencia a quien se le darían cincuenta años de edad y no cuenta más que treinta y ocho. Tiene cinco pies y seis pulgadas de estatura ( 1,70 mts); es flaco y pálido, el rostro alargado ofrece todos los síntomas de la inquietud, de la ansiedad, y hasta podría decirse del desaliento y la desesperación. Daba la impresión de haber experimentado grandes fatigas. Sus grandes ojos oscuros que otrora fueron brillantes, aparecían en aquel momento apagados abatidos. Llevaba los cabellos negros atados con una cinta en la parte posterior de la cabeza. Lucía grandes bigotes negros y ostentaba un pañuelo negro alrededor del cuello; vestía casaca militar, pantalones azules y botas con espuelas.”

La descripción del mercenario inglés se acercaba mucho más que las pinturas a lo que Páez describió en sus memorias sobre aquel hombre de carne y hueso: “Sus dos principales distintivos –dice Páez- consistían en la excesiva movilidad del cuerpo y en el brillo de los ojos que eran negros con mirar de águila, circunstancias que suplían con ventaja a lo que la estatura faltaba para sobresalir sobre sus acompañantes. La tez tostada por el sol de los trópicos, conservaba, no obstante, la limpidez y lustre que no habían podido arrebatarle los rigores de la intemperie y los continuos y violentos cambios de latitudes por las cuales había pasado en sus marchas.”

Bolívar, pues, como lo ilustra Potentini, ha podido tener mil rostros. Que el propio Libertador haya tenido que terciar en la polémica que ya en vida suya causaba la disparidad de interpretaciones que los retratistas le hacían, al escoger el cuadro de Gil de Castro que usa como escudo Ramos Allup como “el que más se asemeja” a él, es demostración inequívoca de que ninguno de esos cuadros se le parecía.

Demuestra la bravata del parlamentario sacando de la Asamblea Nacional al Libertador con toda clase de denuestos, que la derecha jamás escuchó razones cuando se incorporaba la octava estrella al pabellón nacional. Y que mucho menos comprendía la necesidad del pueblo cuando quiso conocer si a quien se veneraba en el Panteón Nacional era en verdad a su libertador. Su problema fue en todo momento marcar la mayor distancia posible con lo que desde siempre consideró de manera irracional la simbología chavista.

El soez argumento del parlamentario a tan grave afrenta al padre de la patria (“…ese fue un invento para hacer que Bolívar se pareciera a Chávez”) pone al descubierto el desprecio ya no solo al sentimiento del alma nacional, sino a la más elemental idea del poder. Quizás porque así lo conciben los adecos, Ramos supone que la simbología puede categorizarse de acuerdo a la clase social, y en consecuencia de tal insensatez actúa.

No se trata ya del ancestral desprecio de la burguesía hacia Simón Bolívar por haber dado la libertad a los esclavos y expropiado a los terratenientes del imperio español, o de la exaltación de Páez como el restaurador de los privilegios del mantuanaje y autor de la expulsión de Bolívar del suelo patrio, sino de la delirante pretensión de una oligarquía rastacuero y pendenciera como la venezolana por hacerse de un prócer distinguido no “amulatado”.

En las casonas del Country Club, las figuras de Bolívar y de Miranda estuvieron proscritas desde siempre. Ahora, cuando un gigante de la talla de Hugo Chávez trae de nuevo al verdadero Libertador y lo coloca en el centro del corazón de todos los venezolanos, porque hoy existe entre ellos una perfecta conciencia del sentido de patria, la burguesía se encuentra en una disyuntiva asfixiante y terrorífica. Aceptar al Bolívar verdadero, al que dio su vida por la emancipación del pueblo, es una insolencia a la idea misma de alcurnia que ellos representan, pero ya no les es posible seguir escondiéndolo en un sótano oscuro y maloliente.

Lo que ha hecho el diputado Ramos con esa barbaridad pseudo académica del “Bolívar clásico”, perfectamente engalanado en imponente traje militar y muy lustrosas botas que difiere por completo al que el mismísimo Páez describe en sus memorias, es inventarle a la oligarquía un Padre de la Patria aristocrático medianamente digerible para ellos.

Un Bolívar que no será jamás el que valora el pueblo.

 

@SoyAranguibel

 

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4 comentarios sobre “¿Cuánto vale Bolívar?

  1. Hola Sr. Alberto. Me parece muy bueno su escrito. Yo considero que mi Libertador se parece al común del pueblo Venezolano. Jamás lo he imaginado parecido a Ramos Allup, o a Capriles Radonsky o a Leopoldo López aunque salió un escrito hace tiempo donde uno de ellos dice que estaba emparentado con mi Libertador. Yo creo en las cosas malas, pero lo peor que pueda pasarnos es que eso sea cierto porque hasta los hermanos de mi Libertador revivirían. JE JE.

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