El fabuloso botín detrás de la vivienda

Por: Alberto Aranguibel B.

La promesa fundamental del capitalismo es sin lugar a dudas el carácter privado de la propiedad. La ilusión de poder que comprende la libertad de hacer con las propiedades lo que mejor le parezca a cada quien es un atractivo insuperable en la oferta de su modelo.

En una sociedad eminentemente consumista como la capitalista, la idea de la propiedad comunal o colectiva es poco menos que despreciable. De ahí la importancia que le otorgó el Comandante Chávez a la formación ideológica del pueblo como factor indispensable para la construcción del Socialismo Bolivariano. Para él el bienestar material, aún siendo un aspecto de suprema importancia para avanzar en la inclusión social, no era lo prioritario. Lo material, asumido de manera inconsciente, envilece y degrada al ser humano y lo hace víctima de su propia necesidad.

Aspecto relevante colocado por el Comandante en el Plan de la Patria para contrarrestar ese envilecimiento, es precisamente el de la ética bolivariana. “Para avanzar y consolidar la democracia participativa y protagónica –dice- se requiere afianzar el valor de la vida humana y su defensa, desde un plano fundamentalmente ético donde prive la solidaridad y el valor del ser por encima del valor capitalista del tener para ser, de consumir para existir”.

Por eso Chávez le imprimió a la vivienda un valor infinitamente superior al de su precio como inmueble al considerarla un Derecho Social en forma de hábitat integral que sirva para el desarrollo no solo del individuo o de su núcleo familiar, sino de la comunidad a partir del principio de vivir viviendo, en espacios urbanos dotados de servicios que aseguren el desarrollo pleno del pueblo y que resulten armoniosos con el medio ambiente.

Bajo esa concepción, Venezuela se ha convertido en una potencia mundial en construcción de viviendas de interés social subsidiadas por el Estado, alcanzando la cifra de un millón de casas y apartamentos destinadas principalmente a los sectores populares de más bajos recursos.

China, por ejemplo, la segunda economía y a la vez el país más poblado del mundo, con un ambicioso plan de construcción de siete millones de viviendas de interés social para el periodo comprendido entre el 2009 y el 2016, alcanza con ese descomunal plan solamente al 0,5 % de su población total (1.369.811.000 hab.), mientras que nuestro país, en apenas tres años y medio, arriba a un 3,2 % de sus casi treinta y un millones de habitantes (30.620.400 hab.). Si lo elevamos al grupo familiar de 4 personas en promedio por hogar, se sobrepasa el 13% de cobertura poblacional con ese plan.

La revolución popular china contempla que el terreno donde se edifiquen esas viviendas de interés social (ya sea mediante financiamiento del Estado o del sector privado) será siempre propiedad de la nación, que cede el derecho al usufructo como espacio para complejos habitacionales por un periodo de 70 años renovables. Es de ahí de donde surge la aviesa versión neoliberal según la cual en el socialismo no existiría la figura de la propiedad sobre la vivienda, lo que ha dado pie a décadas de infamias anticomunistas contra los modelos revolucionarios.

La idea de la preservación de la soberanía de las naciones sobre su territorio es contrario al propósito y razón de ser del modelo capitalista. Pero también lo es el derecho de los pobres a ser dueños de su propia casa.

La revolución bolivariana, que consagra constitucionalmente el derecho a la vivienda mediante varias modalidades de propiedad, ha avanzado en la conformación de un sistema de aseguramiento de la propiedad no solo de la misma sino del conjunto tierra, vivienda y hábitat, tal como lo establece la ley correspondiente: “El Estado desarrollará la naturaleza social de la ley, bajo parámetros de dotación de vivienda y hábitat dignos, trabajo productivo, calidad de vida y progresividad, que se expresará a través de la priorización del acceso a la vivienda según necesidades sociales de la población, la visión sistémica asumiendo la integridad entre tierra, vivienda y hábitat, el establecimiento de parámetros para la construcción de hábitat y viviendas dignos para la población, y una nueva visión de la vivienda como derecho social” (LRPVH/Art. 11).

¿Por qué entonces la derecha venezolana se empecina en la aprobación de una ley a todas luces inconducente e innecesaria como la que hoy propone en el parlamento?

Por supuesto que la razón fundamental es despojar a la revolución bolivariana de uno de sus más grandes logros como proceso de inclusión social único en el mundo, cuya eficacia se constata en la misma negación que durante años ha mantenido esa misma oposición obtusa y retrechera en contra de ese descomunal plan de inversión del ingreso petrolero en obra social.

Mediante el simple mecanismo de poner la facultad parlamentaria al servicio de la demagogia para entregar un papel de propiedad a quienes el gobierno revolucionario les ha entregado el bien material más importante que jamás pudieron ni siquiera aspirar tener durante el periodo neoliberal cuartorepublicano, la derecha procura convencer al pueblo de que quien le benefició en verdad fue el neoliberalismo y no el modelo de justicia e igualdad social que promueve la revolución. La idea es tratar de aprovechar la alienación consumista de la que es víctima la población, que pudiera llevarle a pensar que sería siempre mucho mejor ser propietario que beneficiario, por ejemplo. En la lógica individualista que promueve el capitalismo eso es perfectamente razonable.

Pero más allá del interés político en la aprobación de esa ley, está la naturaleza económica detrás del millón de viviendas que la revolución le ha entregado al pueblo.

Quienes han sugerido la hipótesis de acuerdos soterrados entre los parlamentarios que la proponen y empresas de la construcción o del ramo de bienes raíces, olvidan la naturaleza hipotecaria de ese bien tan preciado para la banca.

Cuando en el capitalismo el pobre adquiere de manera eventual alguna cantidad importante de dinero (producto de su liquidación, prestaciones, ahorros, etc.) irremediablemente se le desvanece en un proceso de gastos de bienes de consumo perdurables y no perdurables, entre los que se incluyen por lo general un vehículo nuevo, algún equipamiento del hogar y hasta el costo de una nueva vivienda. De ahí en adelante, agotado ese pequeño capital, la solución más eficaz a sus nuevas necesidades de liquidez será hipotecar la vivienda. Pero para eso necesita que exista un título de propiedad que pueda usar como garantía ante cualquier banco.

El gran negocio no es la propiedad privada sino la hipoteca de la que puede ser objeto la vivienda en manos de sectores populares que de no poseer ese bien no tendrían ninguna posibilidad de insertarse en el sistema bancario, que es el que debe crecer cada vez más en el modelo neoliberal imperante para lograr consolidarse y hacerse perdurable.

La gran crisis del capitalismo en el siglo XXI tuvo su origen en el estallido de una burbuja inmobiliaria (la llamada “crisis de las subprimes”) en una economía como la norteamericana, cuya sociedad casi mayoritariamente trabaja para cancelar no una sino a veces hasta dos y tres hipotecas por su vivienda. Sucedió que de repente el dinero fiduciario (dinero inexistente) excedía en casi cinco o seis veces el dinero real en el sistema financiero. De acuerdo a estimaciones de organismos internacionales, el dinero real circulante en el mundo, el llamado M0, no excede el 17 o 18 % del total de capitales que se mueven en el sistema bancario mundial. Un sistema de tan alta fragilidad, soportado en más de un 80% básicamente por “papeles” o compromisos de pago (bonos, pagarés, acciones, créditos, dinero plástico, etc.), necesita imperiosamente la liquidez que representa el salario de los trabajadores, la mayoría de los cuales, salvo su vivienda, no poseen bienes de capital que le resulten atractivos a la banca.

En España, como en todos los países del mundo capitalista, la ejecución de hipotecas que los sectores medios y de menores recursos no pueden cancelar, es el detonante de la crisis profunda que desde hace años padece un inviable modelo de sociedad que a medida que produce mayor riqueza para lo ricos genera mayor pobreza para los pobres.

Es el botín detrás de esa ley de propiedad de la vivienda que hoy propone el antichavismo en la Asamblea Nacional. Su fin verdadero es no solo despojar a la revolución de un gran logro, sino convertir a los dueños de un millón de viviendas que hoy tienen asegurado su bienestar para toda la vida con las políticas sociales por las cuales no ha tenido que pagar lo que ese mismo bienestar costaría en el mercado capitalista, en un sector bancarizado al cual poder expropiar a su antojo.

 

@SoyAranguibel

 

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3 comentarios sobre “El fabuloso botín detrás de la vivienda

  1. Aranguibel, revisa el porcentaje de personas beneficiadas en Venezuela por la GMVV; es 13.06% de la población, ya que una vivienda por familia beneficia a 4.000.000 (cuatro millones) de habitantes (considerando una unidad familiar de 4 personas)

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