El socialismo delivery de los exquisitos

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 16 de mayo de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Quizás la más grande dificultad que haya enfrentado la revolución bolivariana para su avance como modelo de igualdad y de justicia social no sean las perturbaciones políticas, económicas o institucionales, como suele pensarse incluso a veces desde las filas revolucionarias.

A lo largo de su proceso, y a pesar del sabotaje y el obstruccionismo permanente de la oposición, la revolución chavista ha alcanzado logros en elevación de calidad de vida de la ciudadanía que la mayoría de los países desarrollados ni siquiera pueden darse el lujo de soñar.

La sola superación del analfabetismo, el incremento sustancial de acceso gratuito a la enseñanza en todos sus niveles, el más grande programa de dotación de viviendas sin costo alguno a los sectores más necesitados, la estabilidad laboral y la protección social sin precedentes en el país, así como el logro descomunal que representa convertirse en la nación que más ha hecho por erradicar el hambre, sobrepasando de manera sostenida en los últimos años a la mayoría de los países del mundo en consumo diario de kilocalorías según cifras de la FAO, revelan el inmenso salto hacia delante dado por Venezuela gracias a la revolución bolivariana.

Sin embargo la expectativa de lo que tendría que ser la sociedad a la que se aspira pareciera ser demasiado grande no solo para sectores tradicionalmente contrarrevolucionarios sino para uno que otro librepensador de izquierda.

El cantautor cubano Silvio Rodríguez lo deja ver en su respuesta a la carta que el cantante panameño Rubén Blades tiene el tupé de dirigirle al presidente Nicolás Maduro, con motivo de la violencia desatada por la derecha venezolana en el país en 2014.

“Para mí –decía Blades en esa oportunidad- la verdadera revolución social es la que entrega la mejor calidad de vida a todos. La que satisface las necesidades de la especie humana, incluida la necesidad de ser reconocidos y de llegar al estadio de auto-realización, la que entrega oportunidad sin esperar servidumbre en cambio. Eso, desafortunadamente, no ha sucedido todavía con ninguna revolución”.

Un quimérico escenario de placidez hipotéticamente transformadora, sin perturbaciones ni convulsiones sociales de ninguna naturaleza, al que Silvio contesta: “Las verdaderas revoluciones son siempre difíciles. Che Guevara sabía algo de eso y decía que, en las verdaderas, se vence o se muere, porque una revolución no es una tranquila, pacífica obra de beneficencia, como cuando las encopetadas damas de la alta sociedad salen a hacerle caridad a los que no tienen justicia. Una revolución es un vuelco, una ruptura, un abrupto cambio de perspectiva. Es cuando los oprimidos dejan de creer en que los que mandan –los que los oprimen– tienen la verdad de su lado, y piensan que el mundo puede ser diferente de como ha sido hasta entonces. Pero claro que los opresores no se resignan a abandonar sus posiciones de dominio y luchan a vida o muerte por ellas, aunque aparentemente, los “otros” sean sus connacionales: enseguida se enajenan de la mayoría del pueblo, porque las revoluciones –no los golpes de estado– siempre son obra de la mayoría.”

El planteamiento de Blades no es diferente del de quienes creen que el capitalismo es el ámbito por excelencia del progreso, a partir de la ilusión de bienestar social que vende al mundo el imperialismo norteamericano a través de esa poderosa máquina de propaganda que son hoy las corporaciones mediáticas a su servicio.

Es la idea que tienen de desarrollo quienes dejan de lado (o justifican, lo que es mucho peor) que esa ilusoria sociedad de bienestar que transmite el capitalismo es producto del saqueo y la destrucción de civilizaciones enteras de donde extrae el imperio su soporte económico fundamental.

Desconocen, quienes así piensan, la realidad de un modelo obligado a imponerse mediante el más costoso aparato militar de la historia, sobre el cual se apoyan hoy no solo los Estados Unidos y la OTAN, sino todas las potencias económicas del mundo capitalista cuyo poderío se debe a las guerras desatadas a través del tiempo contra los pueblos soberanos del mundo.

El peor percance que puede enfrentar una revolución, en este caso la venezolana, es pues la gente que confunde imperialismo con desarrollo económico.

Para ellos el socialismo es solo posible en la medida en que se logre, no la transición a un modelo en el que la calidad de vida del ser humano sea lo prioritario, sino el perfeccionamiento del capitalismo. Es decir, una sociedad donde la realización irracional e irrestricta del consumismo sea la norma, y en la cual el gobierno solo intervenga como seguro proveedor de divisas para dar cumplimiento cabal a tal propósito.

Son un percance porque en su fabulosa y descabellada utopía no conciben procesos sociales de ninguna naturaleza sino idílicos territorios de felicidad en los que, al mejor estilo de la mítica Shangri-La de James Hilton, nadie se preocupa por las circunstancias (las condiciones objetivas y subjetivas) que determinan las posibilidades reales de una transformación profunda de la sociedad, sino más bien por “el aquí y ahora”. Y eso confunde al pueblo y lo conduce a su desmovilización.

Quienes promueven la tesis inmediatista que le exige a la revolución bolivariana el logro impostergable de la satisfacción material de la sociedad por encima de la necesidad de la igualdad y la justicia social, fomentan la alienación del proletariado y de las masas trabajadoras en la incomprensión de las verdaderas causas de la pobreza, del fenómeno de la opresión, la explotación, las atroces leyes de la burguesía para asegurar su modelo y, en definitiva, de la necesidad de hacer la revolución cueste los sacrificios que ella cueste.

De eso precisamente habla Lenín en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, así como en La bancarrota de la II Internacional.

Al respecto István Mészáros incorpora una reflexión pertinente. “Naturalmente, subrayar la importancia de una perspectiva de largo plazo no significa que podamos ignorar “el aquí y ahora”. Por el contrario, la razón por la que debemos interesarnos en un horizonte mucho más amplio que el habitual es para poder conceptualizar de manera realista una transición hacia un orden social diferente a partir de las determinaciones del presente. La perspectiva de largo plazo es necesaria, porque la meta real de la transformación sólo puede establecerse dentro de tales horizontes”.

Exactamente lo que intenta el modelo chavista que hoy impulsa el presidente Maduro, y por el cual es acusado de manera desalmada tanto por los intereses fácticos de la derecha como por sectores miopes de la izquierda que no alcanzan a ver el horizonte del proyecto bolivariano.

Una sociedad neurotizada con la idea de que quienes han saqueado al país con la fuga de capitales durante casi un siglo podrían ser sus salvadores cuando en realidad han sido quienes le han quitado la comida de su mesa para esconderla en los inmensos depósitos de la especulación, la usura, el contrabando y el bachaqueo, no puede ser sino una sociedad víctima de la perversa trampa de ese gran capital que sabe que solo mediante el atajo artero y ruin contra la democracia es como puede retornar al poder para imponer su inviable modelo neoliberal que promueve la acumulación de riqueza en pocas manos.

Ese mismo capital que intenta convencer hoy al pueblo de que el socialismo es aceptable solo si libera precios, deroga las leyes que amparan a los trabajadores y elimina el control de cambios de las divisas extranjeras para que las grandes corporaciones del país y del imperio norteamericano hagan de las suyas saqueando libremente las reservas internacionales de la nación.

Es el socialismo inmoral y fantasioso, al mejor estilo Disney World, en el que no se lucha por la conquista del bienestar sino donde se reclama el confort sin penurias ni padecimientos (a los que obliga todo proceso de transición en los que la sociedad es inevitablemente sometida a convulsiones) bajo el chantaje de entregarle el voto, o la firma de respaldo en cualquier aventura de golpismo soterrado (o institucional, como se les dice ahora), al enemigo histórico del pueblo por antonomasia.

Algo así como un “socialismo delivery”, como seguramente entenderán mejor esos ideólogos avanzados tanto de derecha como de izquierda que tanto se mortifican con los agobios y dificultades del proceso bolivariano.

 

@SoyAranguibel

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