Lo que hay que cambiar en Venezuela no es el gobierno sino la oposición

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 23 de mayo de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La democracia no es sino el acuerdo o pacto social del que hablaron desde siempre los pensadores e ideólogos del modelo. Es decir, la búsqueda de la armonización y el correcto equilibrio de la sociedad mediante el respeto a la sabia fórmula “Tu derecho llega hasta donde empieza el derecho del otro”.

Que el imperio norteamericano y “sus aliados” del mundo capitalista más desarrollado hayan secuestrado el concepto para adecuarlo arbitrariamente a sus muy particulares intereses es otra cosa. La democracia no tiene absolutamente nada que ver con lo que vende Estados Unidos en el mundo como estadio perfecto de sociedad.

De hecho, lo poco que avanzó la democracia desde sus orígenes en la búsqueda de la igualdad social, ha sido destruido sistemáticamente por esa concepción neofascista que la coloca en la historia contemporánea como bastión ideológico de los sectores pudientes de la sociedad en contra de los intereses de las grandes mayorías depauperadas que el mismo modelo capitalista va dejando a su paso en la casi totalidad de los cinco continentes.

La pretensión imperialista es que políticamente no deberá importar jamás el padecimiento de los pueblos si la democracia está debidamente asegurada. Pero asegurada única y exclusivamente como soporte de un capitalismo que como modelo económico es cada vez más insostenible.

Para la cultura política norteamericana el concepto mismo de la lucha de clases es un adefesio ideológico sin valor alguno. Sin embargo, ahí la sociedad es dividida entre buenos y malos pero ya no desde la óptica marxista que nos refiere a la igualdad y la justicia social, sino desde la concepción que la reduce a la idea de los “buenos” y los “malos” en la forma políticamente aséptica en que lo concibe Hollywood en sus películas.

Los presidentes de esa poderosa nación que es los Estados Unidos dividen al mundo a su buen saber y entender en esos mismos términos, justificando con ello agresiones contra los pueblos a los que arbitrariamente acusan de “enemigos de la humanidad”, en la medida en que afecten particularmente los intereses del imperio. O lo que es igual; del capitalismo.

De acuerdo con esa escueta apreciación políticamente aséptica de la sociedad y del Estado, no sería correcto promover ninguna idea de igualdad social, porque los “buenos” no deben ser confundidos jamás con los “malos”, ni mucho menos considerados “iguales”, dado que ello representaría una violación flagrante de los equilibrios naturales del universo.

Para el capitalismo es perfectamente normal que las voces más recalcitrantes del neoliberalismo en el mundo exijan con toda su fuerza e indignación la liberación inmediata de un asesino como Leopoldo López, instigador directo de las muertes de más de 43 venezolanos y de la agresión contra más de 900 compatriotas a los que el terrorismo les ocasionó heridas graves, mientras en las cárceles norteamericanas se encuentra injustamente condenado a 75 años de prisión (¡tres cuartos de siglo!) un luchador pro independentista portorriqueño como Oscar López Rivera, que jamás agredió a ningún ser humano y por el cual ninguna de esas voces falsamente indignadas reclama libertad ni derecho alguno.

La lista de la obscena discriminación de la cual son objeto siempre los pobres frente a la complacencia del capitalismo con las élites burguesas, es infinita a lo largo de la historia. La esclavitud, el racismo, la explotación y la exclusión social, no son sino expresiones masivas de esa cultura oligarca del desprecio a los pobres.

Para esos voceros del neoliberalismo los muertos que Leopoldo ordenó asesinar no justifican su prisión porque no eran importantes para el sistema. No había forma de que lo fueran; eran pobres.

La esposa de López y los líderes de la derecha nacional e internacional que la usan como estandarte contrarrevolucionario lo repiten sin cesar; “¡Ya, supérenlo!” les gritan insolentes a las viudas y deudos de los asesinados mientras recorren el mundo difamando a nuestro país y dejando muy en claro que ellos sí no están dispuestos a superar la cárcel del terrorista. No tienen por qué hacerlo; ellos son los “buenos”.

Bajo la influencia de esa cultura, que aliena a un sector de la población que se considera perteneciente a una clase “superior” y la convence de la despreciabilidad de la cual deben ser objeto por parte de ellos los sectores populares, es que se puede llegar a comprender la insensatez que rige a la oposición venezolana cuando actúa con tan desquiciado empeño trasgresor de las más elementales reglas ya no solo del comportamiento político sino de la cordura misma, como es invariable en su atrabiliario accionar.

Desde aquel inaudito compendio de torpezas y chapucerías que significó el golpe de abril de 2002 contra el gobierno más legítimo que conoció el país desde sus orígenes, hasta el rocambolesco sainete seudo parlamentario que viene haciendo en la Asamblea Nacional desde hace apenas cinco meses, todo cuanto tiene en su haber como acción política la oposición venezolana es un absoluto atentado contra el más elemental concepto de democracia conocido hasta hoy por la humanidad.

El capricho por imponer en la jefatura del gobierno a un sector político que no logra jamás mayoría en elección presidencial alguna sino que de manera circunstancial la obtiene en el parlamento (tal como lo ha hecho la derecha en Honduras, Paraguay y Brasil), es ya de por sí revelador del esquema antidemocrático por el que se orienta la oposición en Venezuela. Pero tratar de hacerlo tercamente mediante la violencia más irracional y desalmada es demostración del carácter fascista que más allá de lo inconstitucional y antidemocrático guía a ese sector político en el país.

Siguiendo rigurosamente el esquema del modelo de democracia pitiyanqui que promueve el imperio norteamericano en el mundo, la derecha venezolana transmite la sensación de avance hacia el poder gubernamental solamente en la medida en que se incremente el terror que su confrontación política produzca en las calles.

Si los titulares hablan de muertos en protestas (sean del bando de los protestantes o de los cuerpos de seguridad), tal como lo exige el formato de la conflictividad usado por EEUU para promover hoy intervenciones militares en cualquier parte del mundo, entonces la oposición se considerará siempre plenamente favorecida y de ahí en adelante su objetivo pasará a ser el incremento constante de la violencia para generar cada vez más notoriedad noticiosa. El centimetraje de prensa y no la vida de las personas será lo que cuente.

La saña con la que le hemos visto actuar contra las mujeres, el odio misógino que forma parte tan profundamente arraigada de la oposición desde el punto de vista filosófico incluso, y que lo vemos en la grosera exclusión de la presencia femenina en todos los escenarios opositores, es una simple exacerbación de ese desprecio hacia el pueblo, hacia los pobres, hacia los desvalidos, a los que sin distingo alguno la derecha considera enemigos de clase.

Esa bestial agresión de la cual fue objeto la semana pasada un reducido grupo de tres oficiales femeninas de la Policía Nacional Bolivariana (a las que en ningún momento se les vio agredir a los integrantes de la manifestación que la derecha se propuso convertir en una nueva acción golpista, y que terminó siendo evidencia de lo inconveniente que es permitir que los agentes del orden público enfrenten arremetidas violentas y de naturaleza abiertamente terrorista sin armamento de ningún tipo) además de la proverbial cobardía que les caracteriza, solo sirve para demostrar de manera innegable que los problemas de Venezuela no se resolverán cambiando de gobierno sino cambiando de oposición.

La oficial Dubraska Álvarez (PNB) salvajemente atacada por los grupos fascistas entrenados desde hace meses por la derecha para provocar un estallido social en el país, no es sino una más de las tantas funcionarias y funcionarios que han sido víctimas de una forma brutal de hacer política que juega con la vida del ser humano en la búsqueda de notoriedad en el terco empeño por hacerse del poder antojadiza y antidemocráticamente.

Falta saber qué opinan de ello el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA) y sus acólitos de la derecha internacional que hoy oxigenan con su anuencia y su beligerancia a ese sector tan evidentemente criminal de nuestro país.

@SoyAranguibel

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