¿Por qué no está preso Álvaro Uribe?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 30 de mayo de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“El mal no es una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor”.

Pablo VI

El estereotipo del malvado, del criminal que roba o asesina tan solo por el morboso placer de sacar provecho fácil de los demás, es una deplorable caricatura que le asigna al delincuente la imagen del rufián menesteroso, ruin y maloliente, con la que se dibuja desde siempre al villano en la iconografía del mundo contemporáneo.

Es la simbiosis pobre-malhechor con la que la burguesía presenta al delincuente.

Ya sea porque se le atribuya la responsabilidad en la elección de los gobiernos ineficientes que el propio capitalismo le obliga a elegir como parte de su estrategia para perpetuar el sistema, o porque se le acuse de ser el causante de la anarquía, la violencia y la criminalidad en las calles, el pobre siempre será visto por los sectores oligarcas como el causante del mal, como parte de los mecanismos culturales de dominación que le permiten mantener sometidos a los pueblos.

De ahí que a los sectores más encumbrados de la oligarquía colombiana les resulte tan incongruente e impensable que un pupilo tan destacado de la más ultra conservadora élite social y política de esa sociedad, un verdadero “gomelo” en el habla neogranadina de mayor alcurnia, pudiera ser de alguna manera el tan prominente criminal que describen las acusaciones que contra Álvaro Uribe Vélez cursan en la infinidad de expedientes que lo certifican como tal en el mundo.

Por esa condición de muy “chirriado” exponente de la ultraderecha es que ha sido electo dos veces presidente de la república en su país y aceptado por la llamada comunidad internacional como abnegado defensor de la democracia y glorioso estandarte del antichavismo.

Sin embargo, el siniestro personaje es quizás uno de los más crueles y sanguinarios genocidas que haya conocido América y el mundo a lo largo de los últimos cincuenta años, al menos.

Lo que pudiera parecer en principio una vulgar exageración, se constata como pavorosa verdad cuando se toma en cuenta nada más la inmensa expansión que logró el narcotráfico a partir del apoyo que como director de aeronáutica del Departamento de Antioquia en los años 70’s le asegurara Álvaro Uribe a los carteles de la droga que convirtieron a Colombia en el primer productor y exportador de estupefacientes del planeta, lo que en sí mismo permite calcular la dimensión del crimen contra la humanidad cometido desde entonces por el ex mandatario hasta hoy en día.

Según cientos de testimonios de testigos, funcionarios de gobierno, magistrados del poder judicial, así como de ex integrantes del narcotráfico y del paramilitarismo (fuerzas creadas por Uribe para someter a la población al más tormentoso horror al que nación alguna haya sido sometida jamás en procura de la estabilidad de su gobierno y del sistema neoliberal que allí impera) la vertiginosa carrera política del ex mandatario estuvo en todo momento signada por el soporte y la connivencia con los sectores criminales más temibles del hermano país, de lo cual existe una descomunal cantidad de documentación fehaciente perfectamente verificable, así como infinidad de evidencias que constituyen las políticas de represión fomentadas por sus gobiernos, tanto como Gobernador de Antioquia como Presidente de la República, tales como las eufemísticamente denominadas “Convivir”, verdaderos grupos de exterminio violatorios de toda clase de derechos humanos y legales contra la población más pobre e indefensa de esa nación a la que exterminaron en masa mediante ejecuciones extrajudiciales para hacerles aparecer como guerrilleros y elevar falsamente sus estadísticas de efectividad en el nefasto Plan Colombia.

Las evidencias que incriminan a Uribe de manera insoslayable en decenas de masacres a lo largo y ancho del territorio colombiano, dan cuenta del carácter genocida de una política que obligó a millones de habitantes a emigrar hacia otros países, fundamentalmente hacia Venezuela, donde a lo largo de los dos períodos uribistas llegaron cerca de seis millones de refugiados, además del dolor que significa la muerte de los cientos de miles de hombres, mujeres, ancianos y niños, que no pudieron escapar con vida a la demencial guerra de falsos positivos desatada por Uribe Vélez contra su propio pueblo y que terminaron sepultados en las decenas de fosas comunes que hasta hoy han aparecido y que todavía faltan por aparecer en ese país.

De acuerdo al padre jesuita Javier Giraldo, activista defensor de los derechos humanos en Colombia, la horrenda realidad de las fosas comunes de desaparecidos se hizo evidente en La Macarena, región del Meta donde se descubrió una de las más grandes fosas, con cerca de 2.600 cadáveres enterrados desde el 2005 hasta el fin de la era uribista, así como en Vista Hermosa, San José del Guaviare, el Putumayo y Villavicencio.

Solamente en la llamada Comuna 13 de Medellín, la segunda ciudad en importancia de Colombia, aparecieron en 2015 más de 300 cadáveres de asesinados en 2002 por los cuerpos paramilitares a la orden del entonces gobernador Álvaro Uribe, exactamente de la misma forma en que se presume fueron asesinados y descuartizados las decenas de miles de desaparecidos reportados por miembros de los grupos paramilitares desmovilizados que hablan de más de 2.000 cementerios clandestinos.

La Dirección de Justicia Transicional del Ministerio de Justicia colombiano estima que el número de enterrados en todas esas fosas por órdenes directas de Álvaro Uribe Vélez, podría sobrepasar en total los 105.000 “NN” (que es como se les denomina a los cadáveres sin identificar), una cifra descomunal que supera con mucho la sumatoria de todos los desaparecidos en Suramérica durante el periodo de las dictaduras latinoamericanas y que podría ser solo comparable al holocausto nazi o a la barbarie de Pol Pot en Camboya a lo largo del siglo XX.

En un país como Colombia, dominado por una élite oligarca que detenta el poder desde sus orígenes como república mediante la cultura del terror y del sicariato ejercido sistemáticamente contra los liderazgos populares, así como contra todo aquel magistrado que cometa la osadía de imputar judicialmente a un connotado jerarca de la burguesía como Uribe, o cualquier periodista que reporte la atrocidad de los delitos por ellos cometidos, el temor a ser vilmente asesinado (como tantas veces ha sucedido) es un muro de contención frente a la justicia. Ahí, más que en ninguna otra parte, el neoliberalismo se apoya en la muerte.

La guerra que ha costado cientos de miles de vidas a Colombia desde hace más de medio siglo, y que le ha abierto las puertas a la injerencia norteamericana en el más oprobioso acto de entrega de soberanía que haya conocido la región, ha sido el oxigeno con el que ha contado Uribe para salir airoso de responsabilidad en ese genocidio por él perpetrado. Sus políticas orientadas a fomentar los crímenes de extorsión y secuestro, asesinatos selectivos de líderes sindicales, campesinos y políticos, así como del narco-paramilitarismo, son en esencia la base de sustentación con la que cuentan la poderosa industria bélica norteamericana y su aparato de control político y económico en Suramérica.

El senador colombiano Iván Cepeda lo ha dicho con perfecta claridad: “Hay una derecha internacional que está empeñada en perpetuar los conflictos armados para que encubran la crisis del modelo neoliberal… Su intención es que el proceso de paz (en Colombia) se venga abajo. Que el conflicto continúe para que a través de él se regionalice la guerra colombiana: entrometerse cada vez en los asuntos de Venezuela, seguir cultivando relaciones de enemistad con Nicaragua, Ecuador… La sensación que da es como si formara parte de una estrategia mucho más global”.

En todo eso Álvaro Uribe Vélez, por su estirpe de profunda convicción ultra derechista, su naturaleza desvergonzadamente fascista, y su talante irrenunciablemente servil y rastacuero, tiene un papel prominente que jugar; el del inmoral vendepatria rendido al interés del imperio sin el más mínimo miramiento ni conmiseración, porque supone que con ello lava el prontuario que lo amenaza con llevarle al corredor mismo de la muerte cuando su amo del norte así lo disponga.

Por lo pronto, el “gomelo” seguirá disfrutando las mieles de su estrellato contrarrevolucionario. El neoliberalismo y la ultraderecha suramericana y del mundo lo necesitan para llevar a cabo el trabajo sucio de intentar aplastar los movimientos progresistas de nuestros pueblos para imponer su fracasado ALCA en el continente.

Algo así como el narcodependiente necesita a la droga con la cual ese criminal hijo de Santander ha intoxicado al planeta.

@SoyAranguibel

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2 comentarios sobre “¿Por qué no está preso Álvaro Uribe?

  1. La principal razón por la que Uribe no esta preso por la inmensa cantidad de delitos que ha cometido, es porque el pais siempre ha estado en manos de delincuentes. Y ¿quienes son estos delincuentes? Pues los politicos y principalmente los de derecha.

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  2. Gracias aeste desgraciado sifrimos los grandes desfalcos como reficar saludcoop y chanchullos como zonas francas y muchos otros torcidos

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