¿Qué tiene la democracia que tanto la defienden los corruptos?

Por: Alberto Aranguibel B.

La democracia es el nombre que le damos al pueblo cada vez que lo necesitamos

Robert Pellevé (Marqués de Flers)

Marx hablaba de la democracia como el sistema a través del cual la burguesía controla a la sociedad y hace perdurable su modelo de dominación con la ilusoria idea de que la beneficia y la protege de los abusos de intereses individuales. Ciertamente, un régimen que se ofrezca como garante de los derechos de todos por igual, terminará legitimando en la misma forma tanto a pobres como a privilegiados y con ello a la opresión y a la explotación del hombre por el hombre.

A lo largo de su obra, en particular el Manifiesto Comunista y El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en la que coloca al Estado como una fuerza coercitiva orientada a apaciguar y reprimir los movimientos sociales que propugnan la transformación, Marx describe la relación de interdependencia entre el Estado y la clase dominante, asumida tanto por él como por Engels como una “superestructura” que se erige sobre las inevitables relaciones entre lo económico y lo social del modelo democrático burgués.

De tal manera que en el capitalismo el modelo de democracia “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” del que hablaba Lincoln, es, según Marx, completamente utópico, en virtud de lo cual debe ser definitivamente desplazado para permitirle a la sociedad alcanzar la auténtica igualdad que solo promueve el comunismo.

Cuando el Comandante Chávez definía al socialismo bolivariano como la “verdadera democracia”, establecía, a partir del postulado marxista, una diferencia ideológica sustancial con ese inviable modelo y no un simple perfeccionamiento semántico del mismo. En su propuesta revolucionaria, la democracia representativa burguesa debe ser sustituida de manera radical por el concepto de participación y protagonismo mediante un proceso de transición (como Marx mismo lo denomina) donde ambos modelos se confrontan durante la etapa de construcción de la nueva sociedad, y en la que la burguesía presentará siempre a la democracia como un bien de su exclusiva pertenencia y a los socialistas como bárbaros que solo procuran asaltarla para permitir la imposición de regímenes totalitarios.

De ahí que los revolucionarios, precisamente quienes luchan por la emancipación del pueblo, por la erradicación de la explotación del hombre por el hombre, de la exclusión, del racismo y de todas las formas de discriminación, así como de las perversas formas de degradación ética y moral del ser humano que promueve el capitalismo, sean definidos por la burguesía como tiranos, déspotas, terroristas y hasta como narcotraficantes, por el solo hecho de que persiguen a través del socialismo la superación de ese modelo legitimador de la injusticia y la desigualdad social que es la democracia representativa.

Nada es más falso que el afecto de la burguesía por los pobres, esas grandes mayorías de seres humanos depauperados que constituyen el grueso de la sociedad en el mundo. La historia está repleta de las aborrecibles muestras del desprecio de los sectores dominantes hacia esas mayorías a pesar de lo indispensables que les resultaron siempre para concretar la falsa idea de participación que aparentaba su precaria democracia.

Benedicto XVI lo dejaba claro cuando sentenciaba que “La verdad no la determina el voto de la mayoría”. Algo similar llegó a decir Caldera cuando en 1998 el pueblo ungió a Chávez como presidente.

De las democracias liberales del “viejo mundo” surgieron incontables expresiones de ese desprecio. Rousseau, por ejemplo, afirmaba que “No existió nunca una verdadera democracia, ni existirá jamás, porque va contra el orden natural que la mayoría gobierne y que la minoría sea gobernada”, justamente porque hasta aquel periodo de la ilustración era impensable que la mayoría depauperada pudiera jamás acceder al poder.

Ideas como las de Henry Amiel, quien sostenía que “La democracia descansa sobre la ficción legal por la cual la mayoría no solo dispone de la fuerza sino también de la razón”, o de Gustave Le Bon, quien consideraba que “Un país gobernado por la opinión no lo está por la competencia”, no eran sino las formas en que la burguesía reaccionaba desde lo más avanzado de su pensamiento a la posibilidad de la emancipación social.

Churchill, a quien se le atribuyen sarcasmos de insólito cinismo como que “la democracia es el peor de todos los sistemas políticos, a excepción de todos los demás”, afirmaba que “El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante promedio”, con lo cual dejaba perfectamente claro que la democracia por la que él abogaba no estaba concebida para servir a los intereses del pueblo sino de la burguesía. El mismo espíritu recogido por Orwell en su “Rebelión en la granja”.

En Venezuela, esa burguesía desprecia al chavismo no tanto por lo que significa Chávez como ideólogo de un modelo alternativo al perverso capitalismo que defienden, como porque es el líder que hace visible y moviliza a un pueblo al que ella odia incluso desde mucho antes de nuestros orígenes como República y al que solamente se le acercan a la hora de pedirle el voto para la consagración del ritual electoral que les permita legitimarse como sector hegemónico.

Eso explica la incongruente naturalidad y el tono risueño con el que gente como el presidente de la Asamblea Nacional y como su esposa, hablan hoy por igual de “malvivientes”, “sucias” y ”desarregladas” para referirse a los y las chavistas, o la periodista Marianella Salazar, que haciendo esta semana referencia a la revolución popular que se construye en el país escribía que “La Venezuela del siglo XXI es prácticamente un territorio feudal gobernado por sectas, pranes, colectivos, malandros, borrachos, narcotraficantes, y los nuevos CLAP”, o los cientos de dirigentes opositores, oligarcas o simples pequeño-burgueses de a pie, que vociferan pestilencias conminatorias hasta el desquiciamiento contra los chavistas en todos los portales de prensa y redes sociales en internet al mismo tiempo que salen a pedirles casi de rodillas sus firmas de respaldo para derrocar al gobierno chavista del presidente Nicolás Maduro.

En eso consiste su pretensión del mal llamado “revocatorio”; usurpar un mecanismo de consulta popular para instaurar a una élite burguesa en el poder.

Para esa clase dominante el voto no debe ser sino un instrumento más para la reafirmación de su propiedad sobre la democracia, porque bajo su filosofía y su total control el libre desempeño del capital les permite alcanzar el fastuoso nivel de vida en el que la corrupción, la usura, la especulación y el blanqueo de capitales, que les son tan consustanciales, no son considerados delitos sino parte esencial del sistema sobre el cual se sostiene el modelo de la libertad y los derechos de la libre empresa.

Por eso la lista de defensores de la democracia que usan a Venezuela como estandarte para sus campañas de proselitismo contrarrevolucionario incluye cada vez más a corruptos y delincuentes de la peor calaña que no tienen la más mínima vergüenza, ni el más elemental recato, en que sus expedientes sean dados a conocer a la opinión pública, como cada día estamos viendo que prolifera en las filas de esa derecha putrefacta que tanto se rasga las vestiduras contra el modelo bolivariano.

Desde los bochornosos cheques que muestran el robo de dineros públicos para fundar un partido ultraderechista venezolano, hasta el escandaloso affaire del novel presidente argentino explicando con total infortunio los vericuetos de sus andanzas en el blanqueo de capitales mal habidos, pasando por las miles de grabaciones, videos, fotografías y documentos probatorios irrefutables que los muestran de cuerpo entero como lo que son, incluyendo los llamados papeles de Panamá, las cuentas en bancos suizos, en Andorra y otros paraísos fiscales del mundo en los que son ellos quienes siempre aparecen, la lista de corruptos que se presentan como adalides de la democracia y que atacan cada vez con más furia e irracionalidad a la revolución bolivariana en el continente se hace interminable.

La prostitución y distorsión del término por parte de esa derecha degenerada y pendenciera solo conduce a que la democracia pierda todo sentido y se extinga con ello la función redentora que debió haber tenido.

Para diferenciarla de esa abyección capitalista es preciso enarbolar en todo momento el carácter profundamente ético que le imprimió el comandante Chávez con su propuesta de la participación y el protagonismo del pueblo como definición primordial e insustituible.

@SoyAranguibel

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