¿Y la trampa de la quiebra dolosa dónde queda?

Por: Alberto Aranguibel B.

La verdadera médula de la filosofía capitalista no ha sido escrita todavía. A diferencia del marxismo, en el capitalismo las cosas a través del tiempo se van dando más por afinidad de intereses que por razones dogmáticas.

Desde Locke hasta Friedman, no se posee ahí un verdadero instrumental teórico que oriente las cosas más allá de infinidad de postulados de naturaleza más económica que de carácter estrictamente ideológico. El capitalismo les debe infinitamente mucho más a Marx y a Engels su desarrollo teórico que a sus propios pensadores.

Si fuera en verdad medianamente honesto, el postulado filosófico correcto del capitalismo tendría que ser algo así de simple y directo como: “Lo que pase con la economía o con la gente no deberá importar jamás; lo importante deberá ser siempre hacer dinero… y punto.”

Aun cuando no sea frecuente ver a empresarios, políticos neoliberales, o incluso mucho académico de derecha, que se atrevan jamás a publicarlo o a afirmarlo en público como razonamiento ideológico, es común escuchárselos en los ámbitos más informales. El buen decoro y el miedo al ridículo privarán siempre en la contención de tan brutal cinismo. Guillermo Zuloaga lo expuso una vez con perfecta claridad, pero muy probablemente por torpe y no por descarado solamente.

En el fondo, a un modelo como el capitalista no le hace falta un instrumental complejo como el que provee el marxismo. Infinidad de investigaciones, congresos, disertaciones académicas, enciclopedias temáticas, como es tan usual en el pensamiento económico de la izquierda, lo que harían sería complicar innecesariamente el fluido desenvolvimiento de una máquina que con todos sus reveses y contramarchas, ha resuelto siempre su problema fundamental (que no es otro que el de la acumulación de la riqueza en pocas manos), mediante las usuales conferencias fondomonetaristas de los mandatarios neoliberales en Bruselas, o donde quiera que se reúna la Organización Mundial del Comercio para su revisión regular del curso de los flujos de capitales extraídos al bolsillo de los trabajadores hacia el sistema financiero.

De hecho, los capitalistas han inventado las mil y una artimañas para asegurar cada vez con más eficiencia el logro de su obsesivo propósito sin importarle cuánto de hambre y miseria van desparramando a los cuatro vientos a lo largo y ancho del planeta con su frenético empeño de la avaricia y la usura.

Incluso gobiernos que resultan afectos a las causas neoliberales que entre la burguesía y los políticos de la derecha abrigan por igual, suelen terminar arrollados por la vorágine de esa poderosa máquina de ensanchar la brecha entre ricos y pobres en todos los países, cuando terminan siendo desplazados del poder por el simple antojo de la oligarquía que decide en un momento determinado “refrescar” un poco el rostro político de su modelo para aparentar fortalecimiento o avance de su democracia representativa.

Son decenas las empresas que quiebran a diario en el mundo capitalista producto de la dinámica perversa hacia la que conduce la ciega idea de competitividad y rentabilidad que propone ese modelo. Incluso ciudades y naciones enteras, como Detroit, en los Estados Unidos, y Grecia en Europa, son lanzadas virtualmente al basurero económico más por la lógica del mercado que de la política, sin importar la cantidad de gente que sea echada a la calle víctima del infortunio de la avaricia de unos pocos.

Una variante de ese fenómeno es la quiebra empresarial fraudulenta. Una modalidad de esas que se inventan eventualmente los capitalistas para resolver problemas puntuales, como por ejemplo los elevados costos de los pasivos laborales que deban honrar según se les obligue a través del incremento de los salarios, o como respuesta a leyes que regulen de alguna manera su actividad.

Para esos empresarios a los que no les gusta asumir compromisos que pudieran acarrearles dolores de cabeza de cualquier tipo, lo mejor es tirar oportunamente el proyecto a la basura. Pero eso sí, de ser posible, mediante algún estratégico mecanismo de aseguramiento e incremento efectivo del patrimonio personal, como la quiebra injustificada de su empresa.

La quiebra o cierre intempestivo que no se produce por causas fortuitas o inexorables sino fraudulentas es un negocio mucho más redituable que la simple venta de cualquier otro activo transable (como casas, barcos, aviones, terrenos o incluso fábricas operativas o no) precisamente porque exonera de manera más expedita al propietario de compromisos con los acreedores. Pero en la mayoría de los casos esas acciones son consideradas por las leyes como delincuenciales. De ahí la necesidad de que el Estado fiscalice tales procedimientos a través de tribunales mercantiles.

Pare Brachfiled, Director de Centro de Estudios de Morosología de la EAE Business School, de España, dice en su libro “La evasión de obligaciones con el acreedor. Hechos ilícitos más frecuentes”, que el delito se produce cuando la situación de insolvencia es causada en forma intencionada o dolosa por el deudor.

En Venezuela, mucha de la crisis económica que hoy padece nuestro pueblo está determinada por ese afán de lucro sin compromiso de buena parte del sector empresarial que ha decidido dejar de invertir en el desarrollo de un parque industrial auténticamente venezolano, con el mito y la excusa de la supuesta falta de condiciones y de reglas que aseguren su inversión.

Sumido como está hoy el país en el doloroso e innecesario torbellino de la anarquía y la perturbación económica que nos produjo la insensatez de aquellos que vieron en la efímera y por demás perniciosa rentabilidad de la importación y de la utilidad cambiaria una opción fabulosa y atractiva, esa calamidad que representa el cierre de empresas como fórmula de evasión de compromisos resulta altamente costosa para nuestra economía.

Una distorsión que nace de la inconsciente actitud politiquera en la que muchos se sumieron, en vez de apostar al crecimiento del país impulsando ellos mismos las infinitas posibilidades que ha propuesto la Revolución Bolivariana en su lucha por la independencia y la soberanía, con las cuales el primer beneficiado habría sido ese mismo sector privado que se dejó engañar por un discurso opositor apátrida que jugo siempre a favorecer los intereses de las grandes trasnacionales antes que los de sus propios compatriotas.

El inmoral negocio de la quiebra fraudulenta que aflora hoy para añadirse como un elemento más en medio de la crisis que esa actitud irresponsable nos ha generado, es un negocio al que, además de dinero, muchos tratan de sacarle un beneficio político a todas luces inconducente, orientado a evadir los riesgos y dificultades propios de toda sana inversión.

Está claro que lo que en definitiva evade ese deplorable negocio es la responsabilidad con la patria. Tal como lo ha hecho buena parte del capital privado del país desde hace más de un siglo.

@SoyAranguibel

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