El inaudito cinismo de un discurso imperialista que de nuevo le miente al mundo.

Por: Alberto Aranguibel B.

El discurso del imperio no es síntesis de tratado político alguno que permita suponer al menos la naturaleza ideológica de quienes se dicen exponentes supremos del modelo democrático según ellos más avanzado y perfecto del planeta. Para la élite que controla los hilos del poder en la nación más poderosa que haya conocido la humanidad, las ideologías son el factor determinante de las peores calamidades en el mundo.

El repudio al manejo de las ideas como elemento articulador del pensamiento político es en el ámbito de la burguesía, y en general de los estratos políticos y empresariales que constituyen los sectores hegemónicos, más que una conducta toda una cultura en la cual el modelo neoliberal capitalista se realiza sin mayores contratiempos o reveses existencialistas.

Lo que a cualquier otra área del pensamiento suele costarle un descomunal esfuerzo de comunicación para la transmisión eficiente de su doctrina, su carácter y su posición frente a los diversos temas que preocupan y mueven a la sociedad, al imperialismo no le significa nada más allá que una simple orquestación y puesta en escena del formato de la dominación que ese poderoso instrumento de alienación que es Hollywood inocula a la gente a través de la técnica propagandística que con tal finalidad ha desarrollado a través del tiempo.

En el discurso imperialista no es indispensable en modo alguno la capacidad retórica, el desempeño de las dotes del liderazgo o de capacidad de convocatoria, que se le exige al conductor de masas en cualquier ámbito político de derecha o de izquierda, porque bajo esa doctrina esa facultad no debe recaer jamás en individualidad personal alguna que pueda eventualmente hacerse del favoritismo popular que comprometa o ponga en riesgo la sobrevivencia del modelo económico colectivo sobre el cual se asienta el imperio, sino que su fuerza de arrastre popular debe estar cimentada en el poder que la simbología estrictamente hegemónica pueda transmitir.

Por eso el contenido del discurso imperialista jamás ha sido relevante. Lo que determina desde siempre el carácter pseudo filosófico de ese avanzado y complejo modelo de la dominación que hoy impera en el mundo, es primordialmente la semblanza televisiva de sus voceros (que no líderes, como no obstante no serlos se venden), el rutilante esplendor de sus decorados, y muy principalmente el disciplinado cumplimiento de los códigos del ritual escenográfico político que le es tan particular.

Toda propuesta innovadora o medianamente audaz que quebrante tales códigos de comportamiento, será de inmediato desechada por la sociedad pro imperialista y confinada al foso de la más detestable ignominia.

 No interesan en modo alguno a la doctrina imperialista la desvergüenza o el caradurismo que signifique la repetición monótona y obstinante de las mismas tres promesas que a través del tiempo los voceros de ese modelo desideologizado le hacen al mundo cada vez que el sistema les convoca a cumplir con el formalismo electoral que deben cumplir para aparentar capacidad doctrinaria y propósitos de transformación.

La primera de esas promesas que el imperialismo le hace .a su población (en concreto a la norteamericana) es la de la reducción de los impuestos a la gente de escasos recursos para incrementárselos a los sectores pudientes de la sociedad. Algo que jamás han cumplido pero que siguen ofreciendo por igual los candidatos imperialistas de manera recurrente.

La segunda que invariablemente se ofrece como fórmula para el aseguramiento del avance de la sociedad bajo ese modelo, es la del propósito de poner en marcha programas sociales que permitan a los sectores más deprimidos de la economía acceder a salud y educación de bajo costo.

Y la tercera de esas promesas es, de manera infaltable, la de garantizar la seguridad y el buen resguardo de los intereses de los Estados Unidos de Norteamérica en el mundo, sin importar el costo o el daño a la humanidad que ello acarree.

En ese sentido, uno de los discursos más impactantes en la recién concluida Convención del Partido Demócrata, llevada a cabo en la ciudad de Philadelphia para proclamar la candidatura de ese partido a la presidencia de la república, fue sin lugar a dudas el de la senadora Elizabeth Warren, quien en el verbo vehemente e incisivo que le caracteriza, arremetió contra el que será definitivamente el contendor de la primera candidata mujer en la historia de esa nación, la ex primera dama Hillary Clinton acusando al magnate aspirante a la primera magistratura de los EEUU de encarnar supuestamente lo más abyecto de la política de hoy en día en esa nación, justamente a partir de su supuesta carencia de discurso.

¿Le han escuchado algún tipo de idea, alguna propuesta sólida para incrementar los ingresos de la gente, mejorar la educación de los niños o crear trabajos bien pagados?”, les dice a los delegados que por miles se desgañitan frenéticos en loas a la oradora.

Nadie se extraña en el auditorium con la incongruencia que significa que el partido demócrata que la senadora representa tampoco propone programa alguno de gobierno, sino más bien una fraseología inconexa, mediocre y sin contenido alguno más allá de las muy bien calculadas consignas electoreras y fraseos bien intencionados que tanto empalagan el palabrerío de escenografía que caracteriza el discurso político tanto demócrata como republicano de la élite del poder en los EEUU.

Con un cinismo sin precedentes en los anales de la política universal, la senadora Warren descarga sobre el multimillonario candidato opositor exactamente las mismas palabras con las cuales el gobierno bolivariano ha denunciado persistentemente la irresponsabilidad del antichavismo golpista venezolano que el presidente Barack Obama, máximo líder demócrata de los EEUU, cohonesta, respalda y apoya de manera abierta y arrogante para procurar un cambio de gobierno en Venezuela.

“Donald Trump no tiene planes para crear o mejorar trabajos para los jóvenes universitarios, porque él solo tiene planes para la gente rica como él” dice airada y retadora la demócrata, como si del cielo le cayera una súbita revelación que le dejaría clara la perfidia del republicano, sin percatarse de la perfecta descripción que hace de aquellos a quienes en Venezuela intentan alcanzar el poder por las mismas razones de su interés personal y en modo alguno del pueblo.

¿Qué tipo de hombre engaña a estudiantes, inversores y trabajadores?… Un hombre que nunca debe ser presidente”, continúa sorprendiendo al mundo la ovacionada mujer, que no permite ni un instante el reposo de las palabras, como evitando que la audiencia llegue a conclusiones que la pongan en aprieto ante tanta desfachatez y cinismo.

“Estados Unidos no está a punto de quebrar -grita en tono pontificio- hay mucha riqueza, la cuestión es cómo se reparte”, volteando a mirar de reojo al pobre senador Bernie Sanders al que su candidata Hillary Clinton acaba de sacar de la contienda acusándolo de socialista por ideas infinitamente más reformistas que las que argumenta ahora la senadora Warren.

En la peor y más absurda imitación de Chavez mismo, la senadora remata su festival de acusaciones contra oligarcas, con la perla con la que corona su disparatada disertación. “Estados Unidos necesita una presidenta que no apruebe tratados comerciales que dejen a los trabajadores tirados en la calle”, exactamente con las mismas palabras con las que el Comandante Eterno de la Revolución Bolivariana, mandó al carajo el tratado de libre comercio que su país proponía para asfixiar las economías de los pueblos Latinoamericanos.

Resulta obvio que no son precisamente las ideas políticas las que signan el discurso de la que será sin lugar a dudas la primera mujer presidenta de los EEUU. Hablar de ideas es hablar de sindéresis y coherencia en las palabras.

Coherencia de la que a todas luces carecen quienes en defensa del modelo de democracia representativa que promueve el imperio repudian a su contendor por representar exactamente los mismos intereses contrarrevolucionarios y apátridas que representan sus aliados de la derecha venezolana a los que se empeñan ayudar a desestabilizar y perturbar la vida y la paz de los venezolanos, y quienes pretenden acabar aquí la democracia para ponerla al servicio de los más mezquinos y oscuros intereses.

Esa inconsistencia que caracteriza a la derecha venezolana con su afán de destruir la democracia en Venezuela para supuestamente imponer la democracia, es la que signa a sus amos en el imperio.

En una de dos está mintiendo de nuevo el imperio; o en el repudio a Trump o en el apoyo a la derecha venezolana.

@SoyAranguibel.

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