Los caminos de la MUD conducen solo al desastre

Por: Alberto Aranguibel B.

Jamás acusó nadie de “crisis humanitaria” a la quiebra de la economía norteamericana en 1929. La llamada “Gran depresión” dejó en la calle a más de 100.000 trabajadores en un solo día. Sólo un cuarto de siglo después, en 1954, fue cuando vino a producirse la recuperación de la bolsa de valores (Wall Street). Para ese entonces la ola de suicidios por el derrumbamiento de la economía más poderosa del planeta ya formaba parte del paisaje en los Estados Unidos. Pero no hubo llamamientos a intervención extranjera de ninguna naturaleza.

Con la crisis de las subprimes, en 2008 tampoco convocó nadie a las naciones del mundo a intervenir en la política norteamericana para corregir el rumbo de su gobierno aun cuando esa crisis era la causa de la quiebra de economías como las de Grecia, España, Portugal, Irlanda, y otros países de Europa, Asia y el Medio Oriente, donde la vorágine económica hizo estragos hasta lo indecible.

En Venezuela, la derecha nacional e internacional persiste en su delirante intento por aislar al país en el escenario internacional, con base en la imagen catastrófica que ella misma ha creado mediante la manipulación mediática de la realidad venezolana ante el mundo, como un intento de provocar una intervención extranjera que le facilite el retorno al poder por vía de facto porque a lo interno no cuenta con el respaldo popular que le permita hacerlo de manera electoral, ni mucho menos con la cooperación de ningún sector del ejército que le apoye en una aventura golpista.

La pregunta de las 64.000 lochas es entonces inevitable: ¿Qué debemos esperar ante un eventual referéndum consultivo sobre el mandato presidencial en Venezuela tal como lo pide la oposición?

La persistencia de la MUD en el formato de la violencia como recurso político no ofrece espacio a suposiciones o hipótesis. La concepción fascista de una oposición que coloca al sistema electoral como válido solo y únicamente si el resultado le favorece, es la más palpable e irrefutable demostración del carácter antidemocrático de ese sector.

Está claro que lo que propone esa atorrante derecha no es una consulta popular, sino una escalada pendenciera en la que si no obtiene el triunfo con toda seguridad desatará la furia terrorista que hasta ahora ha aplicado sistemáticamente contra la decisión de los venezolanos, esta vez para incendiar al país ya no con pequeñas guarimbas focalizadas sino con el inmenso poder de fuego con el que ahora sí cuenta gracias al apoyo externo labrado con esa farsa de la crisis humanitaria venezolana.

Su propuesta de “revocatorio” no es sino un secuestro del poder popular originario, que consagra la Constitución gracias al empeño del Comandante Chávez en el fortalecimiento de la participación y el protagonismo del pueblo.

La figura del referéndum es una opción constitucional que opera bajo normas y procedimientos que deben respetarse para preservar por encima de todo la solidez del modelo democrático propuesto. Su espíritu no es el de una simple argucia para recortar el periodo de gobierno. Mucho menos para favorecer los intereses de la burguesía en contra del supremo sueño de justicia e igualdad social por el que ha luchado desde siempre el pueblo. No fue así como lo pensó Chávez.

¿Pero qué habría más allá del holocausto de terror y destrucción que sin lugar a dudas desataría la oposición al verse derrotada, si en vez de perder se produjese el triunfo al cual aspira delirantemente ese sector?

El escenario de conflictividad y de neurosis colectiva que le ha sido tan indispensable y tan conveniente al antichavismo para acercarse a la posibilidad de acceder al poder, no sería nada fácil de desmontar en ese hipotético escenario. La sola sensación del cambio no sería suficiente para calmar la ansiedad de la población en la búsqueda de soluciones a los agudos problemas que la guerra económica ha creado.

En Argentina la promesa de cambio que impulsó a la derecha al poder se difuminó en cosa de días apenas, cuando la salvaje instauración del neoliberalismo empezó a hacer sus inevitables estragos. La represión, ordenada por Macri contra las voces disidentes, ha sido su única respuesta.

Un rasgo que define como ningún otro a la derecha venezolana es su ancestral tendencia a la criminalización de la disidencia política para desatar siempre contra ella la más feroz persecución. Fue esa misma derecha nacional la que creó la figura del “desaparecido político” que las dictaduras suramericanas desarrollaron luego para exterminar el pensamiento de izquierda en el continente.

En un supuesto gobierno de la derecha en Venezuela, los intentos por el exterminio del chavismo serían inevitables. Cualquier otra opción chocaría contra sus principios y contra la idea burguesa del arrase a plomo limpio con todo aquel que un Estado regido por tales principios considerase adversario.

Los revolucionarios, el pueblo chavista, serían pues objetivos de primer orden para cualquier plan represor de la derecha, porque es a la gente de esos sectores (los “colectivos violentos” como les dice la oposición) a quienes la burguesía considera causantes de la criminalidad en el país. De no cumplirse ese arrase, los simpatizantes de la oposición que hoy le juran a diario la muerte a los chavistas a través de las redes sociales y los portales de opinión y de noticias se convertirían de inmediato en sus verdugos.

¿Aceptaría la militancia opositora algo distinto a aquello por lo que clama hoy?

¿Qué haría un gobierno de la MUD con las colas? ¿Cómo eliminaría la derecha una distorsión que deriva del paradigma del capital que consiste en comprar barato para revender caro?

Esa derecha, que se ha beneficiado electoralmente con el malestar que ocasionan las colas y el desabastecimiento de productos, argumenta que la causa de todo ello son las regulaciones y controles del Estado que se orientan hacia el logro del bienestar social de manera colectiva. Su propuesta es la liberación del mercado para permitir que cada quién se labre el porvenir de manera individual. Exactamente el mismo principio del bachaqueo.

¿Cómo desmontaría un gobierno neoliberal esa estructura delincuencial tan compleja sin contravenir la lógica capitalista del enriquecimiento fácil y sin apelar a las fórmulas humanistas que promueve la revolución bolivariana de procurar el bienestar común mediante la organización popular y no mediante la aviesa idea del logro individual de cada quien?

¿A punta de dólares, tal vez? ¿Pero será posible la recuperación del precio del barril de petróleo solo porque en Venezuela gobierne una vez más la derecha? ¿Y entonces qué es lo que persigue el imperio norteamericano con su agresión permanente contra la revolución; poner en el poder en nuestro país a un gobierno que le venda el crudo más caro o más barato?

¿Qué mecanismo, que no fuera el represor, se vería obligada a utilizar esa derecha para contener el estallido social que la liberación de la divisa, la derogatoria de la Ley del Trabajo y las regulaciones de precios que tanto ella pide, generaría?

¿El préstamo de los 60 mil millones de dólares, quizás, de los que hablan Haussman y Mendoza en sus delirios entreguistas al Fondo Monetario Internacional?

Pero, el FMI no presta ni un centavo de dólar sin nada a cambio. Jamás lo ha hecho con ninguna economía.

Si esa contraprestación consiste en la clásica e inflexible receta neoliberal de los recortes en las nóminas de trabajadores, así como la reducción salarial o eliminación de prestaciones sociales, cesta ticket, jubilaciones, etc., amén de la aplicación de alzas desmedidas en los impuestos y tasas de interés bancarias, así como la eliminación obligatoria del gasto social del Estado (es decir, eliminación de las misiones, en el caso venezolano), entonces la rebelión popular sería el único escenario esperable y la represión la única respuesta del gobierno.

Quizás por eso los empresarios, que saben cuantificar muy bien el costo en dinero de una guerra insensata y sin posibilidades reales de triunfo, han dicho ya que no están de acuerdo con una salida abrupta del gobierno, sino que por el contrario estarían dispuestos a trabajar junto al Ejecutivo por la superación de la crisis.

La encrucijada de la derecha no es nada fácil. Dos altos voceros de la oposición (Ramos Allup y Eduardo Fernández) han hablado abiertamente de las “medidas impopulares” que se verían obligados a tomar de llegar al poder; todos sus caminos conducen de una u otra manera al desastre. Y al parecer cada uno de peor manera que el otro.

De ahí que luchar en contra del revocatorio, cualquiera sea la fecha en que sea factible realizarlo, no debe ser un asunto de simple simpatía o preferencia partidista, sino una obligación y una responsabilidad del mayor compromiso nacional para todos los venezolanos.

@SoyAranguibel

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