¿Por quién doblan las campañas… mediáticas?

(a propósito de una marcha de veladas intenciones)

Alberto Aranguibel B.

“-¿Hay muchos fascistas en vuestro país?
Hay muchos que no saben que lo son, pero lo descubrirán cuando llegue el momento”.

Por quién doblan las campanas

El poder de los medios de comunicación no es una metáfora antojadiza de las ciencias sociales para explicar el control que desde los medios radioeléctricos e impresos los sectores dominantes han ejercido sobre la sociedad.

A través de ese poder se viene modificando desde hace siglos la percepción que de sí mismos tienen los pueblos de las culturas y creencias más diversas a lo largo del planeta (exactamente en la misma medida de la penetración y alcance del medio en la sociedad), imponiéndose en cada uno de ellos códigos y valores ajenos a sus propias realidades y formas de vida, la mayoría de las veces no solo ajenos sino incluso contrapuestos a sus aspiraciones y necesidades verdaderas.

Hacerle creer al mundo en paradigmas inoculados con el propósito de su propia desmovilización, es la forma más extendida y eficaz de la burguesía para someter a las clases trabajadoras y mantenerlas en la sumisión sin la necesidad de recurrir a ejércitos represores que contengan e inhiban el natural potencial revolucionario inmanente en el ser humano.

El debate en la Venezuela de hoy no consiste tanto en la confrontación de concepciones ideológicas doctrinarias que sobre la economía tengan los diferentes sectores políticos que hacen vida en el país, como en el propósito revolucionario de la construcción del poder popular por una parte, y la necesidad que tiene la derecha de obstaculizar esa posibilidad por la otra.

En todo eso, el medio de comunicación ha jugado un papel más que decisivo.

A través del medio de comunicación la revolución ha sostenido de manera persistente su defensa del socialismo bolivariano como única vía para alcanzar la justicia y la equidad social que asegure el bienestar y el progreso que entre los venezolanos debemos construir para el beneficio común en forma colectiva, bajo la premisa marxista de “De cada cual según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades”.

La derecha, por el contrario, ha sostenido la necesidad de reorientar al país bajo los salvajes parámetros del libre mercado y su perversa lógica de la competitividad y la ganancia como norma, en la cual el ser humano no es sino un actor individual enfrentado al resto de la humanidad en el afán por imponerse sobre ella para satisfacer una ambición de riqueza que la misma sociedad capitalista le inocula como paradigma.

La marcha convocada por la oposición para el 1 de septiembre, no es sino uno más en la larga cadena de eventos estrictamente mediáticos con los cuales la derecha pretende instaurar en el imaginario colectivo la idea de su supuesta (y nunca realizada) superioridad numérica frente a la capacidad chavista para la movilización y el respaldo popular.

Del “¡Chávez vete ya!” que vociferaba desquiciada la derecha en el año 2002 para justificar su felonía golpista en 2002, hasta el “¡Maduro renuncia ya!” del 2016, el esquema de la estrategia opositora de intentar posicionar mediáticamente la matriz de su quimérica mayoría, independientemente del apoyo real que sus eventos de calle y el voto popular evidencien, ha sido invariable.

Jamás hubo millones de personas en las movilizaciones de abril del 2002 contra el presidente Chávez, como ha querido hacerle creer al mundo la oposición desde entonces. Físicamente es imposible meter más de diez mil personas en la vertiente de Chuao frente al CCCT. Tampoco hubo millones sumados al paro petrolero de ese mismo año. Lo que sí hubo en realidad fue la privación del combustible a los venezolanos, ocasionada por la paralización de cuando mucho treinta mil trabajadores apenas que laboraban entonces en PDVSA. Un sabotaje a la actividad económica nacional provocado por una minúscula porción de la sociedad.

Los resultados electorales (en los que recurrentemente triunfa la revolución) dejaron siempre en evidencia el desmedido sobredimensionamiento mediático del que era objeto la capacidad verdadera de la derecha para movilizar al pueblo. Pero buena parte de esa población que era impactada con ese discurso no creía en ello porque siempre estaba el medio de comunicación privado para alimentar su desconfianza en el sistema electoral y profundizar el odio hacia el chavismo, al que la derecha ha acusado sistemáticamente de asaltante de ese respaldo mayoritario que la oposición decía tener.

El medio de comunicación no es, pues, usado por la oposición para difundir una propuesta o elaborar un discurso político que atraiga al pueblo y lo convoque a la participación, sino más bien como instrumento para el forjamiento de una realidad virtual en la que sus seguidores se sientan confortables y plenamente realizados y el chavismo militante se sienta cohibido y desesperanzado.

Tanto las guarimbas del 2004 como las de 2014 (así como la toma de la Plaza Francia de Altamira en 2003) son fiel reflejo de ese fenómeno de la manipulación mediática al que se apega la derecha en Venezuela cada vez con más ahínco. Una minúscula cantidad de personas entrenadas en la técnica del foquismo insurreccional se distribuye en apenas 18 de los 332 municipios en los que se divide políticamente el país, para incendiar unas cuantas esquinas con escombros y basura, y los medios se encargan de hacerlos aparecer como la mayoría del país manifestando “pacíficamente” contra el gobierno nacional.

De esa manipulación mediática surgen los muertos que esa estrategia del terror ha dejado como saldo de dolor en el país. Venezolanos enervados por la ira que les causa sentirse robados por el gobierno en la condición mayoritaria que arbitrariamente les han hecho creer que ellos son, desatan la más feroz violencia contra una sociedad a la que consideran ya no la legítima mayoría sino la “cómplice” propiciatoria del asalto del cual se dicen víctimas.

Una enervación colectiva que busca hacer aflorar entre los venezolanos lo peor del ser humano de donde saca siempre provecho solamente la dirigencia opositora que, colocada oportunamente a buen resguardo (no solo en lo personal, abandonando el sitio de la conflagración a la que conducen a la gente, sino con el discurso muy bien calculado en el que califican de “pacíficas” a las movilizaciones cuyo único propósito final es que se desborden en estallidos violentos que les abran oportunidades políticas), obtiene mediante campañas mediáticas de tipo estrictamente propagandístico el premio de la desestabilización social a costa del dolor y de la muerte de sus propios militantes.

El sesgo oportunista y calculador de tan fraudulento enfoque conduce inevitablemente al fracaso, pero la oposición se niega a asumirlo. La decepción a la que ella misma expone a su militancia cuando sobredimensiona eventos donde la millonaria concurrencia anunciada no excede a la postre las diez o doce mil personas, en el mejor de los casos, es más que ningún otro factor el determinante del escaso poder de convocatoria que le ha venido caracterizando cada vez más.

Aquel postulado de la realización del ser humano en colectivo del que habló John Donne en sus disertaciones metafísicas (que inspiraron a Hemingway y que inspiran muchos de los razonamientos revolucionarios desde 1624), son exactamente opuestos a esos esquemas oportunistas de la derecha que hoy pretende convertir a los contrarrevolucionarios en héroes libertadores.

Obligan al militante opositor a creer que su batalla es la misma de los aguerridos luchadores contra la opresión, y que el compromiso antichavista es de la misma magnitud de la entrega de personajes como aquellos de Por quién doblan las campanas, que se resignaban con gallardía a la muerte inexorable que les esperaba en la acción guerrillera para la que estaban designados.

La diferencia es que en esos abnegados revolucionarios de ficción a los que el escritor daba vida en su novela, palpitaba el sentido de las causas más justas y nobles del pueblo. Aquí la derecha, que no tiene vergüenza alguna en usar a su propia militancia como carne de cañón, libra su más feroz batalla por reinstaurar el neoliberalismo para hacer que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

Intentar retrotraernos al escenario trágico que era nuestro país antes de la revolución bolivariana. Tal como lo advirtió el presidente Chávez en aquella histórica alocución del 8 de diciembre de 2012.

 

@SoyAranguibel

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