La mentira opositora como deformación que nace del desprecio a los demás

Por: Alberto Aranguibel B.

José Manuel Rodríguez Rodríguez es un agudo intelectual de esclarecidas convicciones revolucionarias que muy poco desperdicia pólvora en zamuro. Con pulcritud literaria, y con la rigurosa economía de palabras que le caracteriza, razona constantemente sobre la genocida vocación devastadora del capitalismo y sus variantes neoliberales socialdemócratas, sin restarle nunca importancia ni peso a las críticas y aportes que de manera responsable le hace al proceso bolivariano.

De él es la reflexión que esta semana nos llega bajo el escueto título de “Es sólo desprecio”, en la que sostiene que “La mentira en la derecha es estructural, lo he dicho varias veces. Sólo con una capacidad innata para ocultar realidades y desvirtuar hechos, se puede ser de derecha. Sienten horror de someter sus creencias tradicionales a juicio. Cuando la duda los asalta se abren al cinismo. Al ver, en “Vladimir a la una”, a la madre de Leopoldo López, decir que el libro que publicó su hijo fue manuscrito en la celda sobre las piernas de ella y de su esposa, pues le impiden tener papel y lápiz; comprendí que esa inclinación a la mentira nace del desprecio a los demás.”

De un particularísimo detalle como ese el común de los mortales usualmente no se percata, porque la mente del individuo promedio en la sociedad está entrenada por el Estado burgués para que revelaciones de ese tipo no sean percibidas, muchas veces ni siquiera por los académicos que forman parte del estamento ideológico de las clases dominantes que a esos sectores les interesa preservar y que suelen encargarse junto al resto de sus superestructuras de la dominación (en particular la religión y los medios de comunicación) de hacerlas aparecer como insignificantes.

Pero, la reflexión del intelectual sirve para ver no solo el fenómeno de la delirante fiebre por la mentira y la demagogia que forma parte del código genético de la derecha (tanto nacional como internacionalmente), sino también su enfermiza vocación para la desvergüenza y el ridículo en los que con tanta persistencia incurre.

Una condición patológica que confina a la dirigencia contrarevolucionaria al estricto ámbito de la mentira y la manipulación, a tal grado de convertirse a sí misma en presa insalvable de sus propias tramposerías y desesperadas farsas porque, a diferencia de lo que ingenuamente supone, la gente no es el instrumento lerdo que arbitrariamente puede manipularse sin costos o repercusiones.

La respuesta indignada de la militancia opositora que esperaba de su liderazgo una actitud acorde con las expectativas que esa misma dirigencia le creó durante semanas para hacerla acudir a una concentración el jueves pasado, es una expresión más de la ineptitud de la derecha venezolana para comprender y asumir su fracaso como sector político en el país.

En cosa de pocas horas apenas, la virulencia por ellos sembrada en su propia militancia se les revirtió como bumerang demoledor cuando la casi totalidad de ella se les abalanzó, en su cara primero y por las redes sociales luego, para enrostrarles su inconsistencia discursiva en la marcha del 1-S. Pero la terca dirigencia opositora insiste en que su movilización fue un triunfo.

Haberle vendido durante meses a su gente que las decisiones del Poder Electoral podrían modificarse no con base en el ordenamiento constitucional y legal sino por la antojadiza y arbitraria presión de la cúpula dirigencial opositora (usando en ello a la militancia como vulgar rebaño), es sin lugar a dudas la más irresponsable e insensata maniobra demagógica llevada a cabo por la derecha en el país.

El repugnante afán egocentrista de todos y cada uno de esos dirigentes que promueven hoy el modelo neoliberal para Venezuela, excede con mucho los linderos de la sensatez. En cada gesto de desespero por la figuración en pantalla trasluce su condición atorrante y filibustera, en la cual la mentira adquiere una condición inestimable que hasta para el más desprevenido termina por resultar chocante.

Cuando toda esa militancia esperaba ver asomar en la tarima de aquel primer evento de importancia logrado por ese sector político en más de una década, el símbolo universal del liderazgo que tradujera una figura prominente cuya retórica avasallante, cargada de ideas impactantes y reveladoras, moviera la fibra emocional de la masa que ahí estaba expectante, lo que apareció en escena fue el deplorable tinglado ferial donde entre un tropel patético de semidesconocidos dirigentes de la MUD costaba precisar al orador leyendo unas temblorosas páginitas de papel mal engrapadas tratando de que no le arrancaran el micrófono que no se sabe mediante cuál prodigio le llegó a las manos, para decir que el plan definitivo de la concentración era convocar a un cacerolazo algunas horas después del evento que, además, él, con esas palabras, daba por concluido casi sin empezar.

Las manos alzadas de aquel deplorable tumulto de hedonismos desenfrenados, más que saludos, eran evidentes manotazos de angustia para ver cómo destacaba cada quien sobre el otro, de modo que el efecto visual terminaba siendo el de una refriega de egipcios deshidratados peleándose por la última gota de agua en el más equidistante medio del desierto.

Encaramados en cuanto pipote o ladrillo pudieran alcanzarles, quienes fueron relegados a las filas posteriores hacían esfuerzos sobrehumanos de riesgoso equilibrio entre empujones y tropiezos para buscar el ángulo que le permitiera a la mayor cantidad de cámaras captarlos de manera particular, en la misma estudiada pose de redentor que seguramente muchos de esos líderes se trasnocharon practicando para la ocasión.

Un ensoberbecido ex candidato (el más recurrente en el fracaso entre el grupo) hacía gala frente al orador agitando ya no las manos, sino los brazos y hasta el resto del cuerpo, en una frenética danza para la distracción multitudinaria, como para que nadie se ocupara de poner la vista sobre más nadie sino sobre él, quien, además, desatendió olímpicamente la línea del atuendo blanco acordado con antelación, para trajearse con la más chillona y multicolorida camisa que pudo encontrar, precisamente con el innegable propósito de destacar por sobre los demás.

Las mujeres, por supuesto, no fueron ni siquiera nombradas. Mucho menos los jóvenes o los trabajadores que ahí seguramente estaban presentes.

Con base en ese modelo de la mentira y el desprecio como norma, la militancia opositora se extenuó desde el instante mismo de la fracasada intentona contrarrevolucionaria (que en medio de la frustración muchos denominaron la “Marcha con retorno”) insultando por las redes sociales a sus líderes con los mismos epítetos altisonantes y soeces con los que han insultado durante meses a los chavistas, atiborrando internet con las miles de fotos y videos falsificados con los que pretendieron tergiversar una vez más la realidad haciéndole creer al mundo que por fin habían logrado reunir la masa crítica que les permitiría cambiar la historia, y urdiendo la farsa de la supuesta inasistencia de la concentración chavista en la avenida Bolívar.

El afán del autoengaño opositor, que surge del ignaro desprecio hacia la inteligencia de la gente, es de nuevo el cáncer que les impide avanzar hacia un espacio de respetabilidad política en el país y en el mundo, porque el bochorno que causa esa delirante oposición ya no avergüenza solo a los venezolanos del chavismo y del antichavismo, sino a sus propios aliados internacionales que hoy seguramente estarán preguntándose “¿Valdrá la pena seguir haciendo el ridículo por esta gente tan torpe y tan mentirosa?”

Los eventos del primero de septiembre pusieron en evidencia de manera tajante la falsedad del discurso opositor con el que esos dirigentes del fracaso se auto engañan y han engañado a miles de venezolanos a través del tiempo.

Con su sola realización en perfecta paz, ambas marchas demostraron que no hay en Venezuela la dictadura que ellos afirman que existe en el país. Que no es el del presidente Maduro un gobierno represor que conculca los derechos civiles. Que es completamente falso que no exista libertad de expresión en Venezuela, ni que los medios de comunicación sean perseguidos y no puedan llevar a cabo su trabajo.

Se demostró, en definitiva, que Venezuela es democrática y que quiere la paz por encima de lo que uno que otro mitómano opositor desfasado y sin esperanzas se proponga.

@SoyAranguibel

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