España, el imperio de los fantoches (II)

Por: Alberto Aranguibel B.

Si algún error conceptual ha cometido la Revolución Bolivariana en su propuesta discursiva, es el de haber convertido el término “imperio” en sinónimo del país Estados Unidos de Norteamérica. Es decir, definirse como “antiimperialista” y referirse con ello exclusivamente a una nación en particular, es más o menos lo mismo que asumir que anticapitalista es una posición ideológica contra los medios de producción y no contra la perversa lógica del sistema.

La oposición venezolana, en su absurda percepción de la geopolítica mundial, asume que sería una contradicción declararse antiimperialista si se pactan a la misma vez acuerdos de cooperación con China o con Rusia, por ejemplo, tal como lo ha hecho el gobierno bolivariano desde hace tres lustros. Neófitos como son los opositores en asuntos de ideología, no entienden que el carácter “imperialista” de una nación no está determinado por su dimensión como potencia económica, sino por su naturaleza colonialista y antidemocrática. Como es el caso del imperio gringo. Pero también el del España.

España ha sido, sin lugar a dudas, el más mediocre de los imperios contemporáneos. Su cacareada supremacía como el más grande imperio del mundo a principios del siglo XVIII solo tuvo vigencia hasta que la Gran Bretaña le desguazara su flota naval y la pujante Francia expandiera su dominio por toda Europa, incluida la península ibérica (donde más por giros del azar que por ninguna otra cosa terminó sobreviviendo casi de chiripa el reino español como tal).

La tragedia de un delirante genovés errático que murió convencido de haber descubierto por encomienda de la corona española la conexión de Europa con el Asia a través del Atlántico, es suficiente testimonio de la precariedad del que erróneamente fue considerado por la historia como un gran imperio.

Mientras Francia era la cuna de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, del Código Napoleónico, veía aflorar en Napoleón el pensamiento militar más avanzado desde los tiempos de Julio César, se imponía como centro de la cultura y el arte en toda Europa (llegando a convertir el francés en el idioma principal del mundo diplomático a lo largo de todo ese periodo); mientras el dominio de Inglaterra abarcaba la cuarta parte del planeta, transformaba al mundo con la revolución industrial, abría nuevas fronteras a la ciencia desde la Royal Society (la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural) junto con la escuela escocesa de la ilustración (la Edad de Oro en la historia escocesa); España daba palos de ciego con un ambicioso petardista de retórica deslumbrante (que ni español era) que encontró en la irresponsabilidad de unos recién erigidos reyes de Aragón y Castilla un espacio de oportunidad para hacerse de una buena fortuna personal saqueando y masacrando a todo un continente.

No existen en América grandes obras arquitectónicas, edificaciones imponentes, ni grandes acueductos españoles que impulsaran el desarrollo de la civilización como aquellos con los que imperios como el romano plagaron al mundo que en su momento dominaron. Más allá de los castillos para la defensa militar y las miles de iglesias y templos que le sirvieron de justificación al genocidio que extendió a lo largo del vasto territorio que va desde el Río Negro hasta la Patagonia, las huellas del imperio español en suelo americano no fueron sino escuetos levantamientos poblacionales sin majestuosidad alguna que la modernidad se vio obligada a relegar en la mayoría de los casos para dar paso a las ciudades avanzadas que hoy enorgullecen a nuestros pueblos. La mayor obra de ingeniería y arquitectura que ha habido en América, como Machu Pichu o Chichen Itzá, es precisamente la portentosa creación de la civilización precolombina que España pretendió no solo destruir sino borrar de la memoria americana.

España es un imperio mediocre, es cierto. Pero está vivo. Sus dos Majestades, Juan Carlos de Borbón y su hijo Felipe VI, ambas reinantes en la monarquía española por mandato constitucional, son la viva expresión de esa entelequia de modelo político que todavía rige por encima del resto de toda una sociedad en virtud exclusivamente de su supuesta condición de herederos de sangre de antiguos y circunstanciales reyes, como lo fueron Fernando II e Isabel la Católica, sobre quienes se fundó el actual reino.

Si las razones por las cuales la revolución bolivariana se opone al imperialismo norteamericano están asociadas al carácter colonialista, usurpador y explotador del mismo, es decir, si ideológicamente se ubica en contra de un sistema de opresión que cercena los derechos a la soberanía y a la independencia de los pueblos y pisotea su dignidad como tal, entonces es un deber impostergable que se declare antiimperialista frente a cualquier imperio (no solo frente al norteamericano), además de antimonárquica.

Ninguna monarquía merece la condescendencia (ni siquiera la indiferencia) de una revolución fundada en los principios emancipadores del ser humano que promueve la Revolución Bolivariana. Menos aún, si esa monarquía denota visos de reminiscencia imperialista, como es el caso del Reino de España y su terca y obstinante pretensión rectora sobre la voluntad y el espíritu de soberanía e independencia de nuestros pueblos.

Quienes desde este lado del Atlántico nos han vendido siempre la especie del orgullo que debemos rendir al aporte cultural que el imperio español nos legara con la lengua castellana (como si ello en sí mismo compensara el saqueo infame del que fuimos víctimas durante siglos) son quienes reivindicaron la conquista como un logro de la civilidad y se opusieron, y siguen oponiéndose, a la concepción republicana de la Patria. Son quienes le dieron la espalda a Bolívar y lo traicionaron luego de la Independencia, y siguen traicionándolo hoy después de doscientos años.

Sus aliados en el viejo mundo son los voceros de una élite política que antes que representantes del pueblo español son antes que nada súbditos de la Corona española. En virtud de lo cual es perfectamente claro que la guerra desatada por ese país contra la Revolución Bolivariana desde hace más de 15 años al menos, no es iniciativa personal de uno que otro bufón de la Corte en funciones de jefe de gobierno, como el títere Mariano Rajoy, sino una política de Estado orquestada desde la cúpula misma del reino, bajo los designios y mandatos de una realeza que no comulga en lo absoluto con las ideas de justicia e igualdad social que promueve el socialismo chavista, y que en definitiva controla el poder en esa nación ibérica no solo de forma, en el papel, sino en la práctica cotidiana del quehacer político nacional e internacional de ese país.

clase-espan%cc%83ola

El llamado “Libro Rojo, documentos fundamentales del PSUV”, establece que la tarea central de la Revolución Bolivariana es “desmontar el poder constituido al servicio de la burguesía y el imperialismo y refundar un poder radicalmente distinto, al servicio del pueblo venezolano y los demás pueblos del mundo […] como fundamento de la emergencia de una nueva subjetividad profundamente humana, sabia y prudente, que habrá de forjarse al calor de la lucha de clases y la derrota de las ideas y las costumbres burguesas, oligárquicas e imperialistas.”

Siguiendo la lógica de Terencio “Hombre soy; nada humano me es ajeno”, corresponde a la Revolución Bolivariana levantar la voz en nombre de ese inmenso pueblo español que a través de la abyecta y cavernaria imposición de la monarquía como modelo de falsa democracia es humillado, oprimido y degradado en su condición humana.

El enemigo de Venezuela en España no es ni ese bufón de la Corte que sirve de operario contra la Revolución Bolivariana, ni los medios de comunicación que en su misma condición de súbditos del Rey se orquestan abiertamente contra nuestro país, sino la Corte misma.

El Libro Rojo lo afirma categóricamente: “El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), debe enmarcar su práctica internacionalista para contribuir a la unión de los pueblos que luchan por establecer proyectos emancipadores y libertarios en América Latina, el Caribe y otros Continentes del mundo; en la búsqueda de proporcionar la mayor suma de soberanía, bienestar y felicidad posible a sus ciudadanos.”

Mientras existan tanto imperios como monarquías en el mundo, la justicia y la igualdad social serán siempre una utopía.

@SoyAranguibel

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s